WACO AL CHILINDRÓN

WACO AL CHILINDRÓN

11/11/2019

Por: Héctor Pallás




 

Los faros de un Astra se abren camino por la A-129 dirección norte. Dibujan la rugosidad del asfalto devolviendo sombras que cobran vida al otro lado de la oscuridad. Nunca antes había circulado por esa carretera, mucho menos de noche.

“En cuatrocientos metros tome el desvío de la derecha”; la voz del GPS interrumpe la canción que suena en la radio. Jaime se da cuenta de que es la primera vez en su vida que escucha esa emisora, de música moderna y bailable, tan distinta a los programas de tertulia que acostumbra a escuchar. Siente que hoy es un día especial, un día para probar experiencias nuevas, como el cuarto de pastilla que le ha pasado ese chaval del gimnasio y que en este momento se disuelve en su estómago.

Tras la pausa, la canción vuelve a sonar contundente, sobre una base electrónica generosa en graves. Jaime mueve compulsivamente la pierna izquierda siguiendo el ritmo. Mira de reojo a la pantalla y gira la ruleta del volumen en el sentido contrario de las agujas del reloj hasta callarla por completo.

Marca con el intermitente para señalar la maniobra hacia el camino que se desvía a la derecha. En ese momento recuerda que él no debería estar ahí. Debería estar en su piso de Rosales del Canal, viendo la tele, en pijama, a punto de irse a la cama. Los faros anaranjados apenas lanzan un par de fogonazos que parecen fundirse sobre la estepa monegrina a la velocidad de la luz. Mira por el retrovisor. A su espalda, la quietud del alumbrado de las calles de Villamayor queda como único testigo.

El camino es de tierra, pero está bien cuidado. Le recuerda al acceso a la granja que sus tíos tenían en el pueblo. Lejos del secano que había imaginado, Jaime descubre un trazado que se pierde entre pinos raquíticos y cipreses bien parecidos a los que apuntalan el acceso al cementerio. No está acostumbrado a circular fuera del asfalto. Por un momento se siente desorientado. Es incapaz de asegurar si ha recorrido un kilómetro o apenas trescientos metros desde que tomó el desvío.

Jaime detiene el coche y se saca el teléfono del bolsillo. La luz de los faros hace que miles de partículas de polvo e insectos cobren vida alrededor de su órbita. Mira hacia el escuálido pinar y le parece percibir formas extrañas que se deslizan entre las sombras. “No hagas caso, es por la pastilla”: se dice. Sus dedos desbloquean el móvil con rapidez. Tiene abierta la aplicación, esa maldita aplicación que descargó la pasada Noche Vieja y que no se decidió a usar hasta el puente de la cincomarzada. Es su primera vez.

La pantalla le ilumina el rostro como en la icónica imagen de la película de la Bruja de Blair. Nunca la ha visto, solo sabe que es una peli de miedo; más de lo que está dispuesto a aguantar. Su posición aparece señalada sobre un mapa con un corazón al que le cuelga una protuberancia con forma de cruz. A escasos cincuenta metros sobre el plano hacia su derecha hay otro icono muy parecido al suyo. Jaime pulsa sobre el otro corazón con la yema del dedo índice y se abre una ventana emergente con la foto de un chico moreno más o menos de su misma edad. Siente el corazón acelerado, pero no entiende por qué. No sabe si le gusta o si está a punto de cometer un error. No sabe si todo es producto del éxtasis o si lo único que le mueve es el deseo. En ese momento siente una presión creciente dentro de sus pantalones. Una parte de su cuerpo ha decidido por él.

AlexXx, veintiún años”: lee en voz alta.

“Vamos allá, Álex”, se dice para sí.

Guarda el móvil en el bolsillo, apaga el contacto y sale del coche. La noche es fría y siente el vaho saliendo de sí a cada exhalación. Se frota las manos, se las lleva a la boca y lanza una bocanada de aliento para calentárselas.

– ¿Hola? –llama en mitad de la noche– ¿Álex?

La posición del mapa le lleva hacia un camino flanqueado por cipreses. A un lado encuentra un cartel en el que se pueden leer unas grandes letras pintadas a mano: “Prohibido el paso. Propiedad particular”.

Jaime continúa una docena de pasos hasta que avista varias luces sobre una loma. Son varias ventanas iluminadas que brillan en la noche, como píxeles en una pantalla de baja resolución. Trata de afinar la vista, pero está muy oscuro. Es incapaz de distinguir si se trata de una granja o un chalet.

Un ruido le sobresalta. Una alimaña nocturna ha salido de entre unas zarzas y ha huido hacia los pinares. Jaime se lleva la mano al pecho. Siente el corazón latiendo con una fuerza anómala.

            –¿Álex? –Insiste.

Saca el móvil del bolsillo. A pesar de no tener un gran sentido de la orientación, está seguro de que ha caminado en la dirección correcta. La pantalla del teléfono ilumina su busto. Arquea el ceño mientras comprueba que el icono que indicaba la posición de AlexXx ha desaparecido del mapa.

            –Mierda –se dice.

En ese momento suena un zumbido procedente de uno de los recuadros iluminados. El sonido agudo de un proyectil le pasa rozando la oreja izquierda y se estrella contra la margen del camino. Ladran varios perros.

Jaime corre hacia su coche. Suena un segundo disparo que siente surcar el aire a un metro por encima de su cabeza. Su cuerpo bascula hacia delante. Es incapaz de coordinar la cadencia de brazos y piernas en movimiento.

Suena un tercer disparo y Jaime cae al suelo. No puede moverse. Al respirar, siente cómo se le llenan los pulmones con el polvo blanquecino del suelo. Le sabe metálico y salado a la vez en la boca. Quiere levantarse, pero su cuerpo no responde. En ese momento comprende que está muerto.

 

Al día siguiente de la noche de autos en “La Iglesia de la Visión de Ezequiel”.

 

César ha mandado reunir a todos los miembros en la sala grande. Es una antigua bodega reconvertida en santuario de la comunidad. Medio centenar de sillas del Ikea colocadas en círculo rodean el tablado desde el que César predica la Visión de Ezequiel. Pero esta mañana no hay ningún tipo de celebración espiritual.

Casi todas las sillas están ocupadas. Hay una veintena de hombres, más de treinta mujeres jóvenes y un gran número de niños, todavía pequeños, en los regazos de sus respectivas madres. Todos están en silencio, exceptuando los sollozos de aquellos bebés demasiado jóvenes para comprender la gravedad de lo que está sucediendo.

En el centro del círculo hay un pequeño escenario, una especie de altar equipado con un micrófono, desde el que César predica, como un actor de stand up comedy. Ahora está vacío.

La estancia subterránea no tiene ventanas, ni ningún tipo de respiradero o contacto con el exterior. Está iluminada por dos hileras de tubos fluorescentes colgados del techo. Uno de ellos, el que cae justo encima del escenario parpadea nervioso en un último estertor antes de apagarse para siempre.

Un golpe abre la puerta de doble hoja hacia adentro. Varios miembros se sobresaltan, incluso una de las chicas da un respingo. Todos se vuelven hacia la puerta. Un tipo malcarado con pinta de hippie camina delante, con un fusil al hombro, abriendo paso al líder. Tras él, otros dos hombres con barba y pelo largo traen amordazado a un quinto cubierto de sangre y moratones.

El hippie camina hacia el centro del círculo de sillas a través del pasillo de acceso al altar. Ninguno de los miembros se atreve a mirar a César a la cara, no al menos directamente; nunca sin su permiso. El hippie ocupa su silla en la primera fila y César sube los dos escalones que lo alzan a lo alto del escenario.

Hace un gesto con la mano a los otros dos matones y traen al apaleado hacia el centro de la sala. Les indica que se detengan al adivinar su intención de subirlo junto a él.

            –Dejadlo ahí abajo –les ordena.

César apenas tiene veinticinco años, pero aparenta ser mucho mayor. Lleva unas gafas de montura metálica pasadas de moda, de esas que se oscurecen cuando les da el sol. Tiene la frente amplia y despejada, pero a pesar de ello, unas greñas descuidadas le cuelgan hasta casi tocarle los hombros. Viste un jersey de lana deshilachado y unos vaqueros que le quedan grandes. La ropa no es capaz de esconder su famélica figura, producto de la estricta dieta que ordenó el profeta Ezequiel a base de pan (de avena o trigo), habas, lentejas… y Coca Cola.

            –¿Tienes algo que confesar? –pregunta con su voz de rata al tipo maniatado.

Está de rodillas en el suelo, con las manos atadas a la espalda con un par de bridas de plástico negro que le han hecho cortes profundos. No responde, está cabizbajo, sollozando como un crío.

            –Sé que muchos os asustasteis ayer con los disparos –se dirige al resto de miembros a través de sus dientes amarillentos–. No os culpo, yo mismo me sobresalté.

Hace una pausa dramática buscando los rostros de los suyos. Solo le pueden mirar directamente a la cara cuando se encuentra sobre el altar.

–Como sabéis, un enemigo atravesó los límites de nuestra propiedad en mitad de la noche y Víctor, nuestro vigía, se vio obligado a abatirle–. Señala hacia el tipo con pinta de hippie.

            –¿Pero cuál fue nuestra sorpresa cuando salimos a proteger el perímetro? –Sube el tono señalando con la uña negra del dedo índice hacia el techo–. Descubrir que uno de los nuestros nos había traicionado.

El dedo de César baja de lo alto hasta señalar la nuca magullada del tipo que tiene a sus pies.

            –Alejandro nos traicionó. Lo hizo por acción, por omisión y por negligencia. Amargado, arrebatado de sí mismo por las bajas pasiones, para yacer con un hombre. No con una mujer –insiste– sino con un hombre. Levítico dieciocho veintidós: “es abominación”; no lo digo yo, lo dice la Biblia.

Toda la comunidad al unísono se santigua haciendo una ligera variación en forma de círculos respecto a la fórmula cristiana habitual, dibujando las ruedas motrices de la nave espacial de la que descendió Dios cuando se apareció a Ezequiel.

            –Y no solo engañó a Dios, sino que nos engañó a todos nosotros –César se saca un teléfono móvil del bolsillo–. Se comunicó con el exterior y atrajo a un extraño a ésta, su casa, nuestro hogar. Una tras otra, quebrantó todas las reglas.

Un murmullo se adueña de la sala. La ausencia de cualquier tipo de decoración hace que cualquier sonido se maximice. El fluorescente con Párkinson da una fuerte sacudida y finalmente se apaga. El hippie del rifle les manda callar y César, que se había quedando mirando a la luz, le devuelve una mirada de aprobación.

El líder baja los escalones hasta colocarse a la altura del traidor. Agarra a Alejandro del pelo y le dice:

            –Mírame a los ojos.

Alejandro obedece. En ese momento, César saca un cúter del bolsillo, el mismo con el que los dos estuvieron cortando los metacrilatos de las ventanas rotas hace apenas tres días. Todavía hay virutas en la hoja.

            –¡No , por favor, César! –le suplica.

            –Has estado a punto de acabar con todo lo que amamos –le dice sin apenas alterar el gesto–. ¿Qué hubiese sucedido si llega a descubrir nuestra misión? No eres digno de ocupar un lugar en esta iglesia.

            –¡César, por favor…!

El cúter secciona la tráquea en un tajo muy torpe. La punta esta mellada y al filo le cuesta llevarse por delante los cartílagos de la laringe. Una cascada de sangre borbotea de la garganta de Alejandro. Tiene los ojos clavados contra el reflejo de las gafas de César, hasta que su iris y sus pupilas se abandonan del yugo del sistema nervioso. El torso maniatado vence su peso hacia un lado, como un objeto inanimado y César le suelta llevándose consigo un puñado de su cabellera.

            –Como penitencia, toda la comunidad guardará dos días de ayuno. Incluidos niños y mujeres encintas.

Todos agachan la cabeza con solemnidad; todos, menos un bebé de apenas seis meses que le mira divertido.

            –Jenny, Laura –llama a dos jóvenes–. Venid aquí. El resto podéis retiraros a vuestras dependencias.

Uno de los dos guardaespaldas se acerca a César.

            –¿Qué hacemos con el cuerpo? –le pregunta en voz baja, casi susurrando.

            –Tiradlo al pozo negro, junto al intruso que abatió Víctor –ordena.

Los dos guardaespaldas asienten y se llevan el cadáver a rastras, tirando cada uno de un brazo. A su paso dejan una macabra alfombra roja.

César señala a Laura, la más lozana de las dos. Tiene las tetas más grandes y hoy no ha dado de mamar a su bebé de tres meses por reservar la leche para él. César se sienta en una silla cercana y ella le acerca los pechos a la boca. Se amorra al pezón derecho y comienza a succionar como un cordero. Laura le acaricia el pelo, mientras Jenny, más delgada y enfermiza, se quita la blusa esperando a que vacíe las ubres de su compañera y co-esposa.

 

Tres días después de la noche de autos, en la Jefatura Superior de Policía de Zaragoza, paseo María Agustín.

 

Mondeviela entra al despacho sin llamar.

            –Ha aparecido el coche. –Lanza sobre la mesa un dossier mal cerrado del que se escurren un par de fotografías–. Un agricultor que llevaba varios días viendo el coche avisó a la Guardia Civil.  Nos han filtrado que no hay signos de violencia, ni manchas de sangre, ni ninguna huella de nadie que no sea el propio desaparecido.

La comisaria habla deprisa, como si siempre llegase tarde a algún sitio.

            –Hemos interrogado a sus familiares y a varios compañeros de trabajo –responde Lorenzo organizando las fotografías del dossier–, fueron los que denunciaron su desaparición.

            –¿Novia, amigos?

            –Era un tipo bastante solitario.

Mondeviela se rasca el mentón. Es un gesto impostado que aprendió de su predecesor en el cargo. Va a juego con las cejas afiladas, la cara de borde y el modelito de ejecutiva agresiva.

            –Necesito que te acerques ahí. Te asignaré un compañero.

            –¿Ahora? –pregunta Lorenzo con los ojos puestos sobre el reloj a punto de marcar las dos.

            –Rápido, antes de que los Civiles conviertan la escena en un Belén viviente.

La comisaria se esfuma taconeando en dirección contraria a su despacho. Lorenzo observa que lleva el bolso al hombro y que al pasar junto a la chica de la limpieza le regala una amplia sonrisa, acompañada de un cariñoso: “hasta mañana”.

Lorenzo Paz es el-policía-ese-raro. A mediados de los noventa, con el boom de las sectas en España, la moda de Expediente X y todo lo que sucedió en Zaragoza con la Orden de los Caballeros del Pilar y la Iglesia de la Revolución, la Dirección General decidió equipar a cada Jefatura Superior con un técnico experto en asuntos de esta índole. Con la carrera de derecho sin terminar y una oficialía de segunda en una máquina impresora de offset a cuatro colores, este aficionado a la ufología y lo paranormal fue reclutado por el Ministerio del Interior de su país a través de una encuesta oculta en un cuestionario para conseguir una biografía de Carl Sagan.

En las estanterías de su despacho descansa (casi) toda la colección de las revistas Año Cero y Más Allá (con la excepción de los números setenta y tres, ciento ochenta y siete y dos cientos noventa y dos, de esta última). En los veinte años de servicio que lleva jamás ha solucionado un caso oficial. Por ello, y ante la insistencia de sus superiores, la comisaria Mondeviela decidió desviarle parte de las desapariciones que gestionaba su departamento.

            –Debe ser ahí –dice el policía que conduce el coche patrulla sin dejar de lanzar miradas a su pasajero a través del espejo retrovisor. Es un ex-TEDAX que perdió una pierna en una detonación. Después del accidente, se le negó la invalidez, por lo que la Policía decidió reubicarlo como chico de los recados en la Jefatura Superior. No tiene ningún pelo en la cabeza, ni siquiera en las cejas o las pestañas.

Lorenzo se había quedado en blanco mirando al vacío monegrino desde el asiento de atrás.

            –¿Disculpa?

            –Ahí delante, ¿ve las luces?

Lorenzo se asoma al otro lado del coche. El centelleo de varios rotativos tiñe de azul las copas de un pinar mal replantado. A pesar de tener prácticamente la misma edad, a Lorenzo le sorprende que su compañero –del cual desconoce el nombre–, le trate de usted.

            –Mierda, se nos ha adelantado la prensa –protesta el agente en voz alta.

Lorenzo se escurre fuera del asiento. Varios coches del Heraldo y el Periódico han pisoteado todo el entorno de la escena. Un tipo de la televisión regresa de entre los pinos levantándose la bragueta, mientras la reportera verifica su peinado contra el reflejo de la ventanilla del coche del desaparecido.

            –Por favor, aléjese del vehículo –le indica Lorenzo sin mirarle a los ojos. Ella no le escucha y Lorenzo siente el impulso de tocar su hombro, pero desiste.

Su voz es lánguida, como todo él. Patilargo y desgarbado, lleva un traje marrón y unas gafas tan viejas que se han pasado de moda y han vuelto varias veces al mainstream. A día de hoy, su estética está completamente desfasada. Arrastra los pies por el suelo levantando una nube de polvo.

Los Guardias Civiles que custodian el vehículo del desaparecido se miran y se hacen muecas entre sí y con el joven policía nacional.

            –Mira, es el tío ese que te decía. Ya verás que va a decir la frase, te juro que la va a decir –le susurra un Civil al otro.

            –No jodas, tío.

            –Ya verás cómo sí –insiste con un codazo.

Lorenzo se aproxima hacia ellos y sin mover ni un solo músculo de su ajada cara les dice:

            –Ya pueden marcharse, mis compañeros de la policía científica no tardarán en llegar.

Su boca permanece recta, como si fuese de mármol. Parece mentira que las palabras hayan podido escapar por esa ranura.

Los agentes de la Benemérita asienten aguantándose la risa y uno de ellos se tapa la boca llamando por la emisora.

            –Ya ha llegado la élite, nosotros nos volvemos –dice clavando los ojos sobre Lorenzo.

            –Y llévense de aquí a toda esta gente, por favor –añade el compañero de Lorenzo, que llega más tarde.

El TEDAX se encarga de despachar a los periodistas. Al caminar balancea la cadera en círculos, como si moviese un hula hoop de hormigón invisible. Avanza en una continua muestra de molestia, con el gesto de un dolor punzante grabado en la frente. Es efectivo en su cometido, como un monaguillo en vísperas de comulgante o un perro pastor bien entrenado.

Los dos se quedan solos frente al Opel Astra del desaparecido. El TEDAX, en una clara deformación profesional se ha tirado al suelo y está comprobando los bajos del vehículo.

Un cierzo suave trae hacia ellos las trazas que escupe la chimenea de la papelera “la Montañanesa”. El olor a celulosa y productos químicos en combustión hace que todo el entorno huela a coles podridas a pesar de encontrarse en mitad del monte. Lorenzo rellena el parte apoyado sobre el capó del coche patrulla esperando a que llegue la científica. No está autorizado para tocar nada, ni para tomar ningún tipo de decisión; tan solo es el encargado de ejecutar los flecos burocráticos y formales de este tipo de situaciones. El TEDAX intenta reincorporarse, pero no puede. La pierna ortopédica no tiene suficiente agarre para traccionar por sí sola y las suelas de los zapatos se le deslizan sobre la grava del suelo. Evita tocar la carrocería con las manos, pero le resulta imposible. Tras varios intentos fallidos llama a su compañero:

            –Ayúdeme, por favor.

Lorenzo se acerca a él y le tiende las manos. Es en ese momento cuando se da cuenta de las heridas que la explosión le dejó en la cara. El TEDAX le agarra y tira con fuerza con su pierna buena. Cuando se consigue poner en pie, Lorenzo se limpia las manos con un pañuelo. Su compañero se sacude el polvo de la culera del pantalón.

Un vehículo se acerca al cruce por un camino de cipreses, procedente del interior del pinar. Es una C-15 blanca con los bajos de color negro. Al pasar a su lado, el conductor les mira desafiante. Lleva las ventanillas abajo y escucha a todo volumen la versión en directo del ´79 de “The Ripper”, de los Judas Priest.

 

Cuatro días después de la noche de autos, en el parking del Eroski de Santa Isabel.

 

Las puertas automáticas de cristal se abren ante el avance del carro de la compra de César. Está colmado de Coca Cola, papel higiénico, pañales y bolsas de pan de molde.

Tras él, a un par de pasos de distancia, una embarazada de quince años empuja otro carro igual de colmado, con latas de conserva, cajas de leche y gran cantidad de papillas y comidas infantiles. A pesar de estar a mediados de marzo, viste como una mendiga veraniega, con chanclas, pantalones cortos y la chaquetilla de un chándal. Lleva los pies negros y el pelo, otrora cobrizo, enmarañado en una larga rasta natural que le cae por el costado derecho.

El parking es pequeño y está al aire libre; apenas hay otros cuatro coches aparcados. César detiene el carro junto a la furgoneta. Se rebusca en los bolsillos de los vaqueros y saca las llaves. Abre las dos puertas de la parte trasera de la C-15 y se acerca a la niña embarazada.

            –Cárgala –le ordena–. Vuelvo en un momento.

            –¿A dónde vas? –le pregunta. Su voz suena a la de una mujer cansada de vivir, encerrado en el cuerpo de una chica que tiene toda la vida por delante.

            –No hables con nadie –le responde César sin mirarle a la cara mientras se aleja hacia el bar que hay en la acera de enfrente.

Celia está pasando un mal embarazo. Además de los habituales dolores y náuseas, lleva varios días aquejada de fuertes mareos que le hacen perder el equilibrio. Tras cargar toda la compra en la furgoneta, se sienta a descansar en el asiento del copiloto de la furgoneta. Para matar el tiempo juguetea con las ranuras del aire, la manivela de la ventanilla y las molduras de la guantera. Dibuja varios círculos concéntricos sobre el polvo que cubre el salpicadero y en el del centro, como si fuesen los radios de una rueda, las aspas de una esvástica perfecta; el símbolo de la Iglesia de la Visión de Ezequiel.

Una hora y media después, cuando ya está anocheciendo, César regresa con el paso rígido al aparcamiento donde solo queda su furgoneta. Celia ha aprendido a reconocer ese deje tenso e incómodo al caminar, como si llevase una china en cada uno de los zapatos. César entra en la furgoneta y el portazo suena a chapa y goma cuarteada. Ha vuelto a perder todo el dinero.

Acciona el contacto y el motor de arranque carraspea varias veces. Vuelve a intentarlo y la C-15 se ahoga víctima de su propia polución.

            –Te he dicho mil veces que no escuches mis cintas –protesta al tiempo que lo intenta una tercera vez–. Se gasta la batería y luego la furgoneta no arranca.

Celia solloza.

            –Abajo, ahora –le ordena señalando la puerta con la uña en forma de garra de su pulgar derecho.

Ella obedece. Se traga una vez más las amargas lágrimas que le corren por la cara.

            –Empuja –le dice.

César mete segunda y acomete un cuarto intento con la llave en el contacto.

            –¡Vamos, empuja!

La joven embarazada impulsa con todas sus fuerzas y la Citroën blanca sale dando un tirón que le hace perder el equilibrio y caer al suelo. César da una vuelta al parking esquivando un carro vacío y regresa a por ella.

De vuelta a la comunidad la música suena a todo volumen en el radio casette. El riff de guitarra de “Tyrant” escupe un muro sonoro de semicorcheas distorsionadas. César se rasca compulsivamente la coronilla. Celia tiembla.

La furgoneta se detiene en el último semáforo de la ciudad, en esa parte a las afueras de Santa Isabel conocida como el Espartidero. Una zona de adosados simétricos tapizados de caravista, alrededor de una campa recién asfaltada que siempre se inundaba cuando llovía y el final de línea del 32. Celia recuerda la urbanización en la que vivía con sus padres. No era muy distinta a esta; tenía piscina, muchos amigos y a su perro en el jardín. Una luz tiñe de rojo el interior del vehículo. Los ojos de César recorren el salpicadero hasta encontrar el dibujo que Celia ha pintado sobre el polvo.

            –¿Lo has hecho tú?

Celia asiente. Sus ojos lloran, pero sus labios sonríen.

            –Cuando nazca mi hijo te convertiré en mi primera esposa –le dice. Apoya su mano sobre la rodilla magullada de la joven y la desliza por el muslo hasta perderse entre sus piernas.

 

Una semana después de la noche de autos, en la calle Jerónimo Zurita.

 

Lorenzo y su compañero esperan en un despacho con vistas a la plaza de los Sitios. Están sentados en sendas butacas rematadas en cuero a juego con el escritorio y la librería de roble que flanquea la pared. Sobre la mesa hay varios marcos de fotografías familiares y demás decoración pasada de moda, pero de buena calidad; testigo de un fructífero pasado no muy lejano.

            –¿Desean tomar algo los señores? –Les pregunta la criada desde el marco de la puerta; una ecuatoriana de unos cincuenta años de gesto amable y uniforme con cofia.

            –No gracias –responde el TEDAX con su voz neutra.

            Lorenzo rehúsa con la mano.

Varios minutos después entra el anfitrión. Es un octogenario acostumbrado a vestir bien y a la buena vida que le ha legado su pensión de alto mando. Camina con pasos cortos e inseguros, como si todavía se estuviese amoldando a una prótesis de cadera.

            –Yo hice la guerra con Franco, ¿saben? –les saluda mientras toma asiento al otro lado de la mesa. –En Ifni, tenía diecisiete años recién cumplidos. Mi propio padre, que ya había luchado en la Guerra Civil, firmó el permiso para que me pudiese alistar a pesar de no tener la edad reglamentaria. Todavía recuerdo sus palabras: “hijo, ve a la guerra y hazte un hombre”. Diecisiete años… –tiene los ojos acuosos, como atascados en el desagüe de la bañera– los mismos que tenía Alejandro cuando desapareció.

            –Tenemos una nueva pista en el caso de su hijo –Lorenzo saca de una carpeta azul con dos gomitas varias fotocopias y las desliza sobre el roble recién encerado–. La policía científica ha localizado la señal de su teléfono en una triangulación para la búsqueda de otro recién desaparecido.

El anciano echa un vistazo por encima de los papeles. Su vista ya está cansada y le cuesta leer, incluso con las gafas.

            –No tienen nada –responde. El temblor de la mano derecha con la que les señala le sacude todo el cuerpo, especialmente los pellejos que le cuelgan del cuello, justo por encima del pañuelo de seda que lleva cuidadosamente anudado–. Un número, una coincidencia; nada.

            –Si me lo permite –el TEDAX carraspea–, es una evidencia muy importante. No lo sitúa en Filipinas, como nos hicieron creer las pruebas de la anterior investigación, sino que podría estar aquí, muy cerca de nosotros.

            –¿Aquí, en Zaragoza?

            –No exactamente. –El lisiado ex-TEDAX se recoloca sobre el asiento–. La señal procede del entorno de un pueblo cercano.

            –Villamayor –añade Lorenzo–. Villamayor de Gállego.

El anciano se queda en silencio. Traga saliva con esfuerzo buscando un punto infinito entre él y el retrato del Caudillo en traje de faena que decora la pared que tiene en frente. Después vuelve al primer plano de sus invitados, como si por un momento hubiese abandonado esta realidad.

            –Villamayor, Filipinas… ¿Qué más da? –responde con una sonrisa torcida con varios remates de oro–. Nadie lo secuestró.

Un gorrión que tomaba el sol posado sobre la moldura de la ventana huye a las copas de los árboles de la plaza hacia nidos menos incómodos.

            –Siempre he sabido dónde está.

            –¿Entonces por qué denunciaron su desaparición? –pregunta el TEDAX.

            –Mi esposa, que en paz descanse, nunca lo aceptó –responde con tono de reproche. Su actitud parece conformada y se hunde en el respaldo de la silla–. Seguía instalada en la quimera de que Alejandro regresaría cualquier día y que él y yo volveríamos a ser el padre y el hijo que éramos en su imaginación.

            –¿Qué le sucedió a su esposa? –Pregunta Lorenzo.

            –La realidad. Eso es lo que la mató. La cruda, bastarda y entera realidad –golpea con el puño la mesa acentuando la última sílaba–. Supongo que fue demasiado duro para ella ver que su único hijo, al que ella misma ablandó hasta convertirlo en un… en un sodomita, acabase en un lugar donde podrían curar su enfermedad.

            –¿Qué lugar es ese?

            –Un lugar que no encontrarán por mucho que busquen en Filipinas. 

 

Once días después de la noche de autos, en “La Iglesia de la Visión de Ezequiel”.

 

César no puede evitar mostrar su nerviosismo. Hace continuos viajes a su habitación, donde además del arsenal de armas tiene escondida bajo su cama una bolsa con casi medio kilo de speed. Lleva la barbilla y los bigotes blancos. La mezcla de anfetamina y medicamentos se le ha solidificado en los caños de la nariz y respira quejoso por la boca. Le duele la garganta y el paladar, quemados por la acción abrasiva de la química. Lleva varios días sin dormir y su cuerpo ya ha sobrepasado con creces su tolerancia a la excitación. Acaba de entrar en la siguiente fase.

            –¿Estás segura de lo que viste? –abofetea con todas sus fuerzas a Judith, una pelirroja de diecinueve años. Lleva la cara amoratada, tanto, que apenas se le distinguen las pecas que decoraban su rostro infantil.

            –Te lo juro César, ¡te lo juro por Dios! –responde ahogándose en su propio llanto. Lleva más de un día seguido aguantando el interrogatorio.

            –No digas su nombre –le agarra del pelo y le grita al oído–, no pronunciamos su nombre en vano.

            –Eran dos hombres; uno alto y delgado y otro calvo y cojo –vuelve a repetir por enésima vez sílaba a sílaba–. Miraban la casa desde el camino y hacían fotografías.

Víctor, el hippie de la barba y el pelo largo entra a la habitación de César sin llamar; es el único que puede hacerlo.

            –Dice la verdad, Celia también los vio mientras tendían la ropa. –El hippie lleva la camiseta manchada de salpicaduras de sangre–. Las versiones coinciden.

            –¿Mi hijo se salvará? –pregunta César.

            –Sólo si sobrevive la madre; no le he pegado en el vientre.

César le apoya la mano en el hombro.

            –Buen trabajo, mi más fiel apóstol. Ahora reúne a todos en la sala grande.

 

Dos horas después.

 

César se ha puesto la túnica. Hacía más de seis meses que no la vestía. La última vez prometió que se encerraría en cuerpo y mente para desentrañar el mensaje oculto del libro de Ezequiel. Como dijo San Jerónimo, en las profecías de Ezequiel se encierra el laberinto de los secretos más profundos de Dios; y César juró no volver a vestirla hasta que no fuese capaz de desentrañarlos.

Está sobre el altar, iluminado tan solo por dos círculos concéntricos de velas. Sus huesos cuelgan del pie de micro. Ha llevado su cuerpo hasta la extenuación. Frente a él, las caras de los miembros parecen asustadas. Algunos lloran, otros rezan y se santiguan dibujando círculos con las manos. Llevan varios días oyendo rumores que podrían poner en peligro la misión de la comunidad.

            –Hermanos, he tenido una revelación –la voz de César es nasal y chirriante; más que de costumbre. El fulgor de las velas se refleja contra los cristales de sus gafas y le confiere un aspecto fantasmagórico–. Tú, hijo de hombre, tómate un adobe, y ponlo delante de ti, y diseña sobre él la ciudad de Jerusalén. Y pondrás contra ella sitio, y edificarás contra ella fortaleza, y sacarás contra ella baluarte, y pondrás delante de ella campamento, y colocarás contra ella arietes alrededor. Tómate también una plancha de hierro, y ponla en lugar de muro de hierro entre ti y la ciudad; afirmarás luego tu rostro contra ella, y será en lugar de cerco, y la sitiarás.

Todos escuchan en silencio.

            –Ezequiel, cuatro, versículos del uno al tres –se recoloca las gafas con el dedo índice–. No lo digo yo, lo dice a través de mi lengua el mayor de los hombres, el único y verdadero profeta.

Fuera de la casa se escucha un zumbido creciente que llega por el oeste. Los miembros de la comunidad musitan asustados. Víctor, que no se ha separado de su fusil de caza hace el amago de levantarse, pero César le detiene con un solo gesto de su mano.

            –No temáis, porque Ezequiel también dijo –César saca una navaja de uno de los pliegues de su túnica–: y tú, hijo de hombre, tómate un cuchillo agudo, toma una navaja de barbero, y hazla pasar sobre tu cabeza y tu barba –pasea el canto de la cuchilla desde su amplia frente hasta su nuca ante la mirada desencajada de todos–; toma después una balanza de pesar y divide los cabellos. Una tercera parte quemarás a fuego en medio de la ciudad, cuando se cumplan los días del asedio; y tomarás una tercera parte y la cortarás con espada alrededor de la ciudad; y una tercera parte esparcirás al viento, y yo desenvainaré espada en pos de ellos.

César vuelve a pasar la cuchilla, esta vez partiendo de su sien izquierda hacia atrás, bordeando con pulso tembloroso el filo superior de su oreja. Con la otra mano sujeta los mechones resecos que se van desprendiendo de su cabeza. Una gota de sangre se le escurre por la frente.

            –Mirad, son los estigmas de Jesús –grita un hombre entre los asistentes.

            –¡Es verdad! –Secunda una chica que acuna un bebé a su lado.

Un clamor de admiración se adueña de los asistentes que comienzan a agitarse en sus sillas. Son incapaces de escuchar el zumbido de las hélices sobre el tejado de la casa.

            –Nos está poniendo a prueba –continúa César–. Todo este tiempo hemos estado ciegos. La guerra no se va a librar en el Nuevo Jerusalén al que nos llevará con su nave; la guerra ha comenzado aquí y ahora. Y es aquí y ahora cuando debemos luchar. Y no temeremos sus consecuencias, porque Ezequiel ya nos dijo lo que sucederá: una tercera parte de ti morirá de pestilencia y será consumida de hambre en medio de ti; y una tercera parte caerá a espada alrededor de ti; y una tercera parte esparciré a todos los vientos –el líder hace un gesto a su lugarteniente y éste le acerca un fusil de asalto CETME–, y tras ellos desenvainaré espada. Y se cumplirá mi furor y saciaré en ellos mi enojo, y tomaré satisfacción; y sabrán que yo Jehová he hablado en mi celo, cuando cumpla en ellos mi enojo. Ezequiel cinco, versículos doce y trece.

César tira hacia sí de la palanca y se asoma a la negrura de la recámara.

            –Hay cien como este en el arsenal. El hermano Víctor os entregará uno a cada uno. Las mujeres deberéis abandonar vuestras tareas, incluida la cría de vuestros hijos para preparar los cargadores. Los hombres aseguraréis el perímetro.

Uno de los guardaespaldas de César enciende las luces. Un bebé se despierta en un llanto sobresaltado. Las pupilas de los miembros de la comunidad se contraen al unísono. Ya lleva el pelo rapado, como su líder.

Una chica rubia con pinta de estudiante de intercambio que escucha extasiada en primera fila se desliza de rodillas hacia los pies descalzos de César:

            –Córtame el pelo –le implora. La muchacha, a diferencia del resto de sus compañeras luce una melena bien cuidada que le llega hasta la cintura.

César, al que todavía le cuelga el lado derecho de la cabellera coge la cuchilla de afeitar mellada con la que se ha rasurado dos tercios de la cabeza y la pasa por el cráneo de la joven. Primero por un lado, después por el medio y al final por el otro lado. Le ha dejado el cuero cabelludo lleno de marcas y arañazos, pero la chica sonríe. El pelo le cae por los hombros, las rodillas y las manos como una lluvia dorada.

Uno tras otro, la navaja va pasando por todos los miembros. Cuando lleva una docena de cabelleras, César ya está agotado y son los discípulos ya rasurados los que van cortando el pelo al resto de sus compañeros. Al final, el filo apenas es capaz de cortar el pelo de un niño y deja las cabezas llenas de trasquilones y heridas. 

César se sienta en una silla de Ikea con los pies en alto sobre otra. Jenny y Laura lo amamantan.

 

Cuarenta y cinco días después de la noche de autos, en los alrededores de “La Iglesia de la Visión de Ezequiel”.

 

El operario municipal maneja la llana con soltura. Tiene los hábitos del que ha trabajado con el yeso desde pequeño y esos detalles se notan, ya sea para lucir una pared o para rematar las juntas de una lápida sobre un nicho.

Dos hermanos lloran tras el sepulturero. Separados por un metro de distancia, lloran sin abrazarse, sin tocarse; sin hablarse incluso en el entierro de su santa madre. A sus espaldas, divididos por un mar de incomodidad se agolpan las huestes de hijos, sobrinos y nietos de cada bando, enfrentados más si cabe por los futuros litigios del testamento. Todos vestidos de negro; todos lanzando desplantes en forma de miradas a sus tocayos de apellido.

Fuera, al otro lado de la tapia se escucha una discusión que rompe la solemnidad del sepelio. El cura mira hacia arriba y se santigua con una cruz perfecta sobre el pecho.

            –Me cago en Dios, ¿cuántos hombres más tienen que morir? –protesta una voz que suena como una traílla arrastrando media tonelada de grava–. ¿Cuántos más, me cago en mis muertos?

            –Bosnia, el Líbano, Irak,  Afganistán… ¿Sabes cuántos hombres he perdido en combate? –Discute un tipo con voz igual de ruda, pero suavizada por el filtro de la educación en la Academia General Militar–. ¡A mí no me vengas a dar lecciones! Si hubiesen dejado intervenir al ejército desde un primer momento no habría pasado nada.

            –Eres un hijo de puta.

            –Y tú un cabronazo.

Suena un ruido de sillas arrastrándose y cosas cayendo por el suelo. Entre medio, las onomatopeyas habituales del resto de contertulios tratando de separar a los dos gallos y poner paz.

            –Que venga el Ministro ahora mismo –dice el tipo de la voz ronca.

            –¡Eso, que venga! –replica el otro.

            –¿Quieren meter al ejército en esto? Me parece perfecto. Nosotros nos vamos a casa.

El helicóptero del Ministerio del Interior aterriza una hora después en un campo de trigo todavía verde. Crece a corros, sobre una tierra demasiado salina para hacer brotar la vida de su interior. Varios furgones de la policía cortan la carretera en dos y los agentes escoltan al Ministro, a su asesor y al arzobispo de Zaragoza hasta el campamento del Alto Mando que se ha instalado junto a la tapia del cementerio de Villamayor.

            –Señor, me temo que el asalto ha sido un fracaso. Hoy han caído otros dos GEO, señor –dice uno de los asesores del Ministro, un vallisoletano enchufado en la época dorada de Aznar que se supo agarrar bien al puesto.

Pero el Ministro no le escucha, está más pendiente de lo que el arzobispo Puyarruego, en traje de faena, le tiene que decir.

            –A ver, es que estamos hablando de Ezequiel, uno de los cuatro profetas del Dream Team del antiguo testamento… –El arzobispo se sujeta los bajos de la túnica con las dos manos para que no se la levanten las aspas del helicóptero al ralentí–. Ezequiel, Jeremías, Isaías y Daniel. Casi nada para el cuerpo.

Las sillas vuelan dentro del campamento del Alto Mando. Al otro lado de la tapia, el monaguillo hace sonar la campana. El Ministro, sus asesores y el arzobispo esperan en la puerta del camposanto a que se relajen los ánimos.

Uno a uno van saliendo los familiares del entierro. Cada hermano desaparece con su prole en sus coches. Para poder sacarlos de la explanada, hay que mover varios coches patrulla y media docena de vehículos oficiales aparcados en doble fila.

            –Hagan lo que crean conveniente, pero esto no puede alargarse ni un día más –sentencia el Ministro–. A mí me da igual que sea el ejército, los GEO o la madre que los parió. No podremos ocultar esto durante mucho tiempo a los medios; y si estalla, el presidente me corta los cojones.

El arzobispo carraspea.

            –Disculpe la blasfemia, Monseñor.

El religioso da un paso al frente. Es un hombre mayor, como lo son todos los de su calaña. Descuidado en su peso, gafas de montura metálica, con el pelo apenas invadido por las canas y dos grandes y atípicas patillas en un hombre de su posición.

            –Yo solo quiero decirles que es para mí un honor formar parte de este… equipo negociador.

            –Ha sido una de las exigencias del líder de la secta –añade el vallisoletano.

            –¿Cómo se llama el muchacho? –pregunta el arzobispo.

            –César –responde Lorenzo Paz desde un rincón–, César Castellote.

            –¿Y usted es…?

            –Eminencia, este es el agente Paz –interviene el asesor aznarista–, nuestro experto en fenómenos paranormales de la Jefatura Superior de Zaragoza.

            –Ya veo –le mira inquisitorial.

            –Es el que ha llevado el caso desde el principio.

            –No les quepa duda que con la ayuda de Dios yo seré el que lo lleve hasta el final –sentencia el religioso.

 

Media hora después…

 

El arzobispo Puyarruego atraviesa el cordón de seguridad y encara el edificio principal de la Iglesia de la Visión de Ezequiel. Lleva un megáfono en la mano y un chaleco antibalas oculto debajo de la túnica. Aconsejado por los expertos negociadores del Ministerio del Interior, se ha dejado el báculo y la mitra en el helicóptero.

            –¿Quién es el responsable de esta barbarie? –Chirría distorsionado a través del megáfono. El timbre de su voz suena a catequista impostado. Camina sobre un jardín en el que hace meses que dejó de crecer la hierba, cruzado por varios corredores de adoquín que comunican el camino con el perímetro de la casa y el acceso principal–. ¿Dónde está ese hombre que mata en nombre del profeta Ezequiel?

Nadie responde. Las ventanas están torpemente tapiadas con tablas de palet y la puerta bloqueada por varios somieres y un par de bidones de gasoil llenos de escombros. La fachada de ladrillo está agujereada por varias hileras de balazos de distintos tamaños. Entre la casa y él quedan los restos de una alambrada y los postes que la unían tumbados por el suelo. Los arrancaron la semana pasada, en un fallido intercambio de rehenes.

            –No dé ni un paso más. –Suena a varios metros un disparo de advertencia desde el piso de arriba.

            –Deja salir a esas pobres criaturas –ruega el arzobispo con las manos en alto– y hablemos como cristianos que somos.

            –No me fío, los hombres que aguardan detrás de usted han matado a muchos de los míos, incluidas mujeres  y sus hijos –advierte César–. Dígales que se marchen.

            –No es tan fácil, hijo mío. No tengo poder sobre ellos.

            –Ni tiene poder sobre mí, por eso le he llamado.

El Monseñor sigue avanzando. Apenas distan siete pasos de la entrada y ya siente en los pulmones el olor de las heces y el hacinamiento. Mucho más fuerte que el olor de la pólvora y el agua estancada.

La puerta principal se abre hacia adentro. Una mano hace un gesto invitándole a pasar.

            –No creo que sea buena idea –sugiere el religioso.

            –No me expondré a que uno de sus francotiradores me dispare –responde César desde el interior–. Si quiere hablar lo haremos aquí adentro.

El arzobispo entra a la Iglesia de la Visión de Ezequiel.

 

Un día antes, en la plaza del Pilar.

 

Un colombiano de unos cuarenta años con un ojo de cristal opaco empuja una silla de ruedas por la plaza del Pilar. No es una silla al uso, sino que tiene el respaldo y los reposabrazos modificados a la medida del anciano que la ocupa. Una manta le cubre las piernas, por la que asoman un par de zapatos bien lustrados, con las suelas a estrenar. Viste jersey de cuello alto y las manos enguantadas. Cubre su cabeza con una gorra de cuadros y unas gafas de sol de aspecto ortopédico con protecciones laterales y moldura dorada.

            –¿Es usted Hilario Castellote? –Lorenzo Paz y el TEDAX cortan el paso a la silla de ruedas.

El rostro debajo de las gafas y la visera es rosáceo, casi blanco, producto de las innumerables quemaduras que lo deforman. La boca se confunde con una de las cicatrices que le cruzan la cara, desde el lugar donde tuvo la oreja derecha, hasta esa protuberancia a la que el cirujano plástico se empeñó en llamar nariz.

            –¿Quiénes son estos payasos? –Se dirige a su cuidador sílaba a sílaba con voz traqueotomizada.

            –Policía –el TEDAX enseña la placa, deslizándola fuera del bolsillo al estilo Corrupción en Miami–. Tenemos unas preguntas que hacerle. No le quitaremos mucho tiempo. Podemos hacerlo aquí, en una de estas cafeterías, o si lo prefiere, podemos llevarles en el coche patrulla a nuestra preciosa comisaría.

 

El camarero deja una a una las bebidas junto a su curiosa clientela. Un cortado para el TEDAX, un café solo para el colombiano del ojo de cristal y una tila con pajita para el señor de la silla de ruedas. Lorenzo no toma nada.

            –¿Es usted el último miembro de la Orden? –Pregunta Lorenzo. Toma notas en una libreta con las tapas azules.

            –Ya les conté todo lo que sucedió aquella noche. –Escondido tras sus gafas de sol, el anciano eleva la mirada hacia el vacío que dejó la torre noreste en la Basílica del Pilar–. Pero creo que no vienen a hablar de eso, ¿no es así?

            –Es sobre su hijo César –interviene el TEDAX–. Creo que ya estará al corriente del lío en el que anda metido.

            –César no es mi hijo.

El colombiano le acerca la pajita a la boca. El anciano no tiene fuerza en los brazos.

            –No al menos mi hijo biológico –aclara tras dar un largo sorbo.

            –No son muchos los casos en los que se permite adoptar un niño a un minusválido soltero –indica Lorenzo–. Mucho menos cuando la madre de la criatura fue brutalmente asesinada en mitad de la calle.

            –Sí lo es cuando tienes más dinero del que poder gastar en diez vidas holgadas–responde el anciano. Se pasa la lengua por los cantos de carne que le hacen las veces de labios–. Adopté a César cuando tenía tres años. Le proporcioné un hogar, una educación y unos valores sobre los que cimentar su futuro.

            –Señor Castellote –insiste Lorenzo–, se dice que tras el accidente usted recibió una compensación económica de ochocientos millones de pesetas, ¿es eso cierto?

El colombiano arquea la ceja sobre el ojo sano.

            –Unos cinco millones de euros –aclara el TEDAX.

El anciano sonríe en un carraspeo cavernario.

            –¿Cuánto te dieron a ti por tu pierna, héroe?

El TEDAX aprieta las mandíbulas.

            –Con la muerte de mis Hermanos Cofrades, Zaragoza quedó descabezada –el anciano parece un maniquí al que el titiritero solo le mueve la boca–. Desde el consistorio a la iglesia, pasando por el ejército y las principales empresas. Los líderes de la ciudad murieron en la explosión. Yo fui el depositario del legado de la Orden. Al salir del hospital me esperaba una ciudad que gobernar sumida en la anarquía…

            –Nos las supimos arreglar sin ustedes –añade el TEDAX.

            –César se convirtió en mi prioridad.

            –¿Cuándo le vio por última vez?–Pregunta Lorenzo.

            –Desde pequeño demostró tener un gran sentido de la espiritualidad. El mismísimo arzobispo Puyarruego se interesó por él. Tanto, que decidió regresar de su Misión en Filipinas para convertirse en un mentor.

            –¿De dónde sacó el armamento? –Insiste el TEDAX. Ya está cansado de la actitud del viejo.

            –Sólo cuando lo vi con mis propios ojos comprendí la grandeza de su Visión. –El anciano comienza a temblar.

            –¿De qué visión está hablando? –pregunta Lorenzo.

            –Relájese, señor Castellote –el colombiano del ojo de cristal se saca un pastillero plateado del bolsillo.

            Y las cuatro tenían una misma semejanza; su apariencia y su obra eran como rueda en medio de rueda–. El temblor del viejo se convierte en un espasmo. El colombiano le mete la pastilla debajo de la lengua. –Cuando ellos andaban, andaban ellas, y cuando ellos se paraban, se paraban ellas; asimismo cuando se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban tras ellos; porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas.

            –Ezequiel –dice el TEDAX.

            –Una nave espacial –interviene Lorenzo–. Esperan la llegada de una nave espacial.

 

Cuarenta y cinco días y medio después de la noche de autos, en “La Iglesia de la Visión de Ezequiel”.

 

El arzobispo está sentado en una silla del Ikea sobre el altar, a la derecha de César, al quite, como un monaguillo. No hay suministro eléctrico ni gasolina con la que alimentar el generador; iluminan la sala grande con los dos círculos concéntricos de velas que acostumbran a usar en las celebraciones litúrgicas.

Más allá de la luz apenas queda una veintena de sillas ocupadas. Los huecos vacíos se levantan como lápidas en honor a los miembros caídos en la docena de asaltos armados que han sufrido; la mayoría mujeres embarazadas o recién paridas usadas como carne de cañón con la que guarecer puertas, ventanas y las zonas más vulnerables de la casa.

            Una tercera parte morirá de pestilencia y será consumida de hambre –dice César después de un silencio de casi un cuarto de hora señalando a un montón de cadáveres de tamaño pequeño. Están cubiertos por sábanas, pero se adivina el zapatito de uno de ellos asomando por una esquina–; y una tercera parte caerá a espada.

La voz de rata ha perdido la fuerza y el poder de convicción de los primeros años, cuando el dinero fluía y se dedicaban al libertinaje, como los niños bien que siempre habían sido. Solo le quedaba el último recurso, una última bala en el cargador.

            –Se ha cumplido la profecía. Esta noche, cuando el reloj marque la una, será el momento en que descienda hasta nosotros.

En los rostros de la comunidad ya no se adivina el brillo con el que escuchaban sus palabras. El hambre, las heridas y la falta de munición han torpedeado la delgada línea de flotación sobre la que se asientan los cimientos de la Iglesia de la Visión de Ezequiel.

            –Hoy nos acompaña el arzobispo Monseñor Puyarruego –presenta César ante su público de cabelleras rapadas–. Él va a ser el testigo en la tierra de nuestro ascenso al Nuevo Jerusalén. Él será el encargado de contar nuestra historia cuando el bronce refulgente descienda con el viento del norte sobre una nube de fuego.

César se santigua esbozando los círculos sobre su pecho y el resto de la comunidad, a pesar de todo, le imita.

            –Recordad que el viaje durará hasta el año treinta, por lo que permaneceremos una década dormidos –les dice–. Cuando la nave abandone el destierro en el que os encontráis sumidos y dé el salto a la oscuridad del cosmos, cada uno de nosotros se liberará de sus pecados en su particular Babilonia onírica. Para facilitar el tránsito debemos tomar este relajante que nos ayudará a conciliar el sueño.

El arzobispo Puyarruego agita el contenido transparente de una garrafa de agua  y sirve más o menos hasta la mitad de un vaso de cristal. César bebe el primero de su propia copa, un cáliz de bronce regalo de su padrastro en su primera comunión.

Uno tras otro, en fila de mayor rango a menor, van pasando por el altar todos los miembros de la comunidad. Cuando casi se ha terminado el brebaje, César cae en la cuenta de que falta alguien.

            –¿Dónde está Celia? –pregunta a uno de sus guardaespaldas, el nuevo lugarteniente tras la muerte de Víctor; pero no responde. La mezcla ha empezado a hacer efecto y apenas es capaz de mantenerse en pie.

César baja del altar y camina entre los suyos.

            –Ya escucho el zumbido de las ruedas –le dice una chica que se cuelga de su túnica. César se la quita de encima de una patada.

            –¡Celia! –la llama a gritos desde la escalera que sube a la planta calle.

Sale al pasillo y sube al piso de arriba. En cualquier rincón de la casa al que mire encuentra una salpicadura de sangre, excrementos o un montón de ropa sucia. Mira en los barracones masculinos, en los femeninos, en el baño, en la despensa vacía y en la cocina. Nada.

            –¡Celia! –Su voz suena cada vez más rota, como un motor sin aceite a punto de gripar.

El arzobispo aparece tras él. Se sujeta los bajos de la túnica para no pisárselos mientras corre.

            –¿Estás seguro que no está muerta?

César parece poseído. Camina por las habitaciones de la planta superior como un espectro guiado por algún tipo de magnetismo. Se asoma a una de las troneras que defienden el paritorio y es entonces cuando la ve corriendo por el jardín hacia el camino que se comunica con la casa.

Coge uno de los CETME que hay apoyados contra la pared y baja las escaleras de dos en dos tras ella. Magullada y embarazada de siete meses, no puede llegar muy lejos.

César corre hasta la puerta. Celia la ha dejado abierta. Le dispara, pero no consigue acertar en el blanco; necesita salir de la casa si quiere acabar con ella. Vuelve a disparar, pero el retroceso del arma hace que la ráfaga se vaya alta.

En ese momento, siente varios impactos de bala muy cerca de él. Se estrellan contra los bidones que protegen la entrada, contra el marco de la puerta y la pared. Incluso uno de ellos hace saltar por los aires la bombilla que otrora iluminaba la entrada. El arzobispo tira de él y lo mete dentro de la casa.

            –Si se salva podría contarlo todo –protesta César.

–Ya sabes lo que tienes que hacer –le reprende el arzobispo cabizbajo, sin atreverse a mirarle a los ojos.

 

Veinte minutos después comienza a salir un humo negro por los huecos de las ventanas. La columna se eleva mecida por un cierzo suave y el edificio pronto se convierte en una viuda negra que agoniza boca arriba. El ejército, en una acción conjunta con la policía hace el último asalto. Cuatro vehículos blindados se aproximan a la entrada de la casa sin el menor signo de resistencia. Dos GEO son los primeros en entrar. Suenan disparos de armas automáticas de distintos calibres, una ráfaga que pregunta y disparos individuales que responden. Después, una gran explosión. Y al final, el silencio.

 

5 de abril del año 2.030, diez años después de la masacre de Villamayor.

 

Lorenzo camina por el paseo de los cipreses. Celia le ha acompañado, pero en el último momento ha preferido quedarse en el coche.

No hay ninguna placa ni monumento que haga alusión a este lugar. Todo el mundo hizo un pacto de olvido tras la masacre y el suicidio en masa de todos los miembros de la comunidad; todos excepto ella. Sobre las ruinas de la Iglesia de la Visión de Ezequiel tan solo queda un túmulo de escombros cubierto de hierba. Una pala excavadora se encargó de retirar los cuerpos calcinados, así como el armamento que había quedado sepultado. Un arsenal entero de CETMES obsoletos del ejército financiados con generosas donaciones que el Estado declinó investigar.

A un lado del camino se adivinan los restos de un ramo de flores secas. A los familiares no se les puede obligar a olvidar.

Lorenzo mira el reloj. Es la una menos cinco.

Sobre el cielo monegrino apenas se dibuja una nube. Las estelas blancas de dos aviones se cruzan como dos rectas secantes. Abajo, a ras de suelo, giran en silencio las hélices de un campo de aerogeneradores, con sus luces rojas intermitentes. Se levantan como atalayas futuristas sobre los campos de trigo, todavía verde.

 

 

 

 

 

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