27/04/2020
PROBLEMAS
Por: Héctor Pallás Guío
Soluciono PROBLEMAS. No
el tipo de problemas que podría apañar un fontanero, un chapuzas o un puto
informático. PROBLEMAS con mayúsculas. Estoy disponible las veinticuatro horas,
todos los días, incluso el fin de semana; especialmente el fin de semana. Mi
tarifa es cara pero siempre cumplo, y aunque hay otros muchos como yo, soy la
mejor.
El teléfono suena antes de lo que acostumbra los sábados por la mañana y estoy hecha una mierda.
Me duele la espalda, el cuello y tengo los ojos secos; los siento pegados a los
párpados por una sustancia resinosa segregada por mi propio cuerpo. También tengo
la boca seca, pero no, no es resaca. Ayer me vi del tirón la tercera temporada
de Boardwalk Empire. Creo que incluso
he soñado con la puta serie. Sí, estoy segura; salía el tipo ese de la máscara
al estilo «El Fantasma de la Ópera».
Son las 14:39. Me he
dado una ducha rápida y he salido de casa; ni siquiera me ha dado tiempo a
lavarme la cabeza. Da igual, dudo que los chicos con pelo corto también se lo
laven todos los días. No he desayunado; o al menos, mi madre nunca llamaría
desayuno a una Coca Cola. Creo que soy adicta a esa mierda. La llevo bebiendo
toda la vida y aun así soy incapaz de engordar más allá de la barrera de los
sesenta kilos.
Todavía tengo metida en
la cabeza la anacrónica guitarra de la sintonía.
En el coche solo
escucho jazz. Llevo un pen drive de
dieciséis gigas con horas de jazz. Los tengo a todos: Miles Davies, Charlie
Parker, John Coltrane, Dizzi Gillespie, Thelonius Monk, Dexter Gordon, Dave
Brubeck, Jaco Pastorius… He memorizado sus nombres a base de verlos sobreimpresos
en el display de mi reproductor. No
entiendo el jazz. Mi cabeza es incapaz de anticiparse a la siguiente nota que
va a sonar por una trompeta, el arreglo que va a hacer el bajo o lo que va a
hacer el batería. Me ayuda a poner la mente en blanco, a centrarme en mi
objetivo.
No es la primera vez
que me piden que busque a alguien. Siempre hay una niña-bien a la que se le va la olla con las drogas o un hijo-rebelde-sin-causa que llena una
mochila y deja una nota de despedida sobre la mesa de la cocina para que la
encuentre la empleada del servicio doméstico. Esta vez es diferente, tengo que
encontrarlo antes de las siete y media —ocho menos cuarto como muy tarde— y no
soy la única que lo anda buscando. El contratista ha puesto veinte mil pavos
encima de la mesa para el que lo traiga sano y salvo.
No hay pruebas, pistas,
ni el más mínimo indicio de dónde se puede haber metido. Su última conexión fue
a las once de la noche y la última vez que lo vieron sus compañeros, ayer a las
siete, al salir del entrenamiento. Se despidieron, cogieron sus coches y cada
uno se fue a su casa. «Hasta mañana, hasta mañana»; fin de la historia, hasta
que hoy no se ha personado en la concentración matinal.
Estoy en la puerta del Baja California. Nadie sabe con certeza
si hay vida después de la muerte, pero los pocos que lo creen, lo imaginan como
esta discoteca a partir de las seis de la mañana. Un monte Olimpo VIP a puerta
cerrada, levantado sobre el suelo todavía húmedo de la pista de baile, donde el
resto de los mortales se han fundido el jornal antes de que los echen a
patadas.
Conozco a uno de los
seguratas, no a un simple gorila de los que se mueven entre la gente, sino a
uno de los pretorianos que velan por la seguridad de JJ Aladrén, el dueño del
local. Tipos como él son la llave para entrar en el top de la noche zaragozana. Hay gente que mataría por tener su
número; yo no. Todo tiene un precio en esta vida, y si el fin sale a cuenta,
vale la pena pagar. Tenemos una tarifa estándar.
—Ya tardabas en llamar.
—¿Se me han adelantado?
—Unos cuantos.
—…
—Si quieres subir, sube, pero aquí no está.
—Abre, estoy en la puerta.
Paso los cien euros por
debajo de la salida de emergencia y la puerta se abre. No me mira; termina su
ronda por la parte de abajo del local.
Subo las escaleras,
cruzo el pasillo y me cuelo en la sala de las luces raras y los sofás de color
verde sintético; no hace falta que nadie me enseñe el camino. Conozco muchas
caras. Varias chicas se tambalean en una tarima. Un grupo de chicos bailotea
alrededor de la mesa del DJ; es su primera vez en el despacho de JJ. Para
ellos, todavía es ayer. Un negrata le está comiendo el coño a una gótica
cincuentona de ciento veinte kilos: es la presentadora de Iberia Sumergida. Al lado, en un ángulo lo suficientemente preciso
como para poder grabarlo todo con el móvil está mi amiga Lou Lou. Lourdes y yo
fuimos al mismo colegio, pero nos perdimos la pista al pasar al instituto. Años
después, nuestros oficios nos reencontraron: yo solucionando PROBLEMAS y ella
aireándolos a través de sus redes sociales.
—Algo me hace pensar que estoy en el sitio adecuado.
—Si has venido a buscar a Silvia es tarde, estoy
retransmitiendo en streaming.
No me mira; está de
frente a la pantalla de su móvil como si fuese un espejito mágico.
—No estoy aquí por ella, necesito información.
Lou Lou me mira con
ojos de carroñera; tiene un sexto sentido para la mierda.
—Sea lo que sea quiero la exclusiva.
—Este es un asunto serio. Puedo pagarte bien, pero no es
publicable. Al menos no hasta mañana.
—Querida, sabes que no hago esto por el dinero.
Si hay otros detrás de
este trabajo me llevan la delantera. No debí quedarme hasta tan tarde viendo la
puta serie. Ordovás, Tornos y Bienzobas nunca preguntarían a Lou Lou; saben que
no les dirá una mierda. Otra cosa es que hayan pasado por aquí Lahoz y Alcalá;
ella no me lo diría nunca.
—No sé lo que te han pagado, pero te doy el doble.
—No sé de lo que me estás hablando.
—Del doble, más un plus para que te vayas a casa ahora
mismo. Debes estar cansada después de todo el día y toda la noche.
—Eso serán dos mil quinientos.
Lahoz llega tarde. Al
verme hablar con Lou Lou se queda plantado en el sitio. Me saluda enarcando las
cejas. No se acerca a menos de diez pasos; sabe que no es ético, no al menos
para un negocio en el que sigue habiendo lealtad. Lleva sobrealiento por subir
las escaleras de dos en dos. No le queda otra que pedirse una copa e interrogar
a los camareros y a las bailarinas. Es buen tipo; de los que me caen bien, pero
nunca me lo tiraría.
—¿Y bien?
Lou Lou sonríe. Sus dientes
blanqueados se ven azules al brillo del neón. No he tenido tiempo para
cepillarme los míos.
—Ha estado aquí, junto a otros dos más del equipo. Si
quieres los nombres de los otros dos, serán quinientos más por nombre.
Niego con la cabeza.
—Lo que sí te diré es que ellos se marcharon pronto, a
las cuatro de la mañana, pero tu objetivo se quedó hasta más tarde.
—¿Estaba solo?
—Tiene buen gusto, apenas lleva dos semanas en la ciudad
y ya sabe con quién le conviene juntarse para pasar un buen rato.
—Chica.
—Frío frío.
—Dame su nombre.
—No era uno solo, estaba con dos tipos.
—No tengo tiempo, dame los nombres.
—Quinientos por nombre.
Asiento de nuevo.
La muy puta me la ha
vuelto a jugar. Me ha jodido tres mil quinientos pavos a cambio del nombre de
dos gilipollas con gorra, tatuajes y un supuesto libro de manual healthy en la mesilla de sus camas. La
acompaño a la calle y la subo en un taxi. Me muevo deprisa, tiro de su brazo y
me aseguro de levantarle el móvil antes de que se monte en el coche. Esto la
mantendrá incomunicada al menos un par de horas. Además, recuperaré parte de mi
inversión con el rescate de su teléfono.
Estoy jodida. No sé en
qué círculos se mueven esos tipos. Se hicieron famosos por subir vídeos a
YouTube dando palizas a indigentes e inmigrantes y ahora son los ídolos del zaragozano-moderno-joven-blanco-heterosexual-medio-alto.
Busco sus nombres en las redes sociales. Comparten perfil. Son como Epi y
Blas; incluso encuentro cierto parecido físico entre ellos y los muñecos de la
tele. Se dedican a asistir a festivales de música, viajar a países exóticos,
participar en carreras extremas y practicar crossfit.
Lou Lou ha reseñado el hecho de que no son pareja, pero a mí me cuesta creer
que el perfil de las redes sociales no sea lo único que comparten.
El jazz suena a todo
volumen. Intento meterme en la mente de ese par de idiotas, pero siento que
tengo más en común con una cucaracha que con ellos. Ya he invertido en esto
tres mil seiscientos pavos y no tengo nada. Voy a tener que tirar de Poulidor.
—¿Qué quieres?
La voz le suena a
dormido. No hace mucho que ha sido padre y se va cayendo por los rincones, como
un yonki del sueño.
—Algo sencillo, localízame un teléfono.
—Ya no trabajo… Sabes que lo he dejado.
Poulidor
y yo tuvimos un affaire hace unos años. Lo conozco bien y sé cuánto le gusta
que le rueguen. No sale barato, pero es el mejor.
—Te pagaré.
—No es eso… yo…
—Venga, eres el único que puede ayudarme. Además, ahora
tienes más gastos.
Ocho minutos, eso es lo
que le cuesta localizar el teléfono de uno de esos niñatos. Mientras tanto,
compro en Ebay un juego de Super Mario de la Game Boy por trescientos euros. Un
pago limpio a través de Paypal para un juego que nunca me llegará.
—Está en las Armas. Por lo que he encontrado, hoy es día
de mercado ecológico.
—Voy para allá.
La plaza está llena. Hay
foodtrucks veganos, un DJ que pincha
discos de vinilo, una barra que solo sirve vermut y cerveza artesana y una
docena de puestos repletos de verdura —supuestamente— ecológica a doblón.
Barbas, camisas de flores, gafas de pasta, vestidos de la abuela, deportivas de
marca… Son un ejército de clones en su intento de parecer originales. He visto el
mismo tatuaje en tres chicas. Las mismas gafas de sol, la misma camiseta, el
mismo teléfono. Me pierdo en los detalles, por eso escucho jazz.
Trato de levantar la
vista, pero soy pequeña. Según la ficha, el objetivo mide dos cero uno. Ninguna
cabeza sobresale tanto y las pocas que destacan no se parecen en nada a la suya.
Un grupo de chicas me
piden que las fotografíe. Accedo. Posan como modelos, parecen profesionales.
Les hago varias fotos, todas perfectas. Les pregunto por Epi y Blas, pero no saben nada. Les enseño su fotografía. Una dice
que los conoce y otra que los sigue por Instagram, pero no saco nada.
—Si tú quieres saber algo pregunte a la maipiola —me dice por lo bajo una
dominicana envuelta en una mini falda de cuero una talla menor—. Nada sucede en
este barrio sin que ella lo sepa.
La dominicana me
acompaña hasta la puerta de un local de uñas que hay en la esquina de Conde
Aranda con Cerezo. Dos compatriotas suyas guarecen el local como dos seguratas.
Ella les hace un gesto y me dejan pasar.
—Esta chica le quiere preguntar algo.
La maipiola me mira de arriba abajo; es la única clienta. Es una mujer
mayor, de una edad indeterminada que puede ir desde los cincuenta y muchos a
los setenta y pocos. Está semi recostada en uno de los sillones del local
mientras una china le hace las uñas de los pies y la otra le pinta las de las
manos. Lleva una permanente pelirroja recién teñida y un maquillaje que
recuerda a los últimos coletazos de Sara Montiel.
—Estoy buscando a tres hombres. Uno alto, muy alto, y
otros dos de estatura normal, con gorras y tatuajes.
Las chinas le miran
asustadas. Ella les alienta para que prosigan.
—Por aquí pasan muchos hombres, mi amor. ¿Qué tienen esos
que no tengan los demás?
—Estos cuestan dinero.
La maipiola se rasca la cabeza con la mano que tiene libre y mira a
través del escaparate.
—El alto habla una lengua rara, no es rumano, ni búlgaro,
pero se parece. Es guapo… Los otros dos son unos niñatos.
—¿Sabe dónde puedo encontrarlos?
La mujer llama a la
dominicana que me ha acompañado y le dice algo al oído. Ella sale del salón y
cruza al otro lado de Conde Aranda. Va todo lo rápido que le permiten sus
tacones.
—¿Mi amor, de cuánto dinero estamos hablando?
—Diez mil.
—Yo había oído que eran veinte, pero no soy afanosa, me
conformaré con quinientos. No te puedes imaginar lo difícil que se me hace
llegar a fin de mes con la miseria de pensión que me quedó después de más de
cuarenta años de oficio.
El 33 pasa a gran
velocidad delante del escaparate y devuelve un reflejo que incide directamente
contra el anillo de oro de su mano. Me ciega.
Saco la cartera.
Juraría que me quedaban cien euros, pero solo llevo cincuenta y unas monedas.
—Considere esto es un adelanto.
Enarca las cejas, como
si se estuviese explotando un grano. La china que le está lijando los cayos del
pie los mira de reojo.
—No me insultes, mi amor, ya me pagarás cuando consigas
el resto.
Retiro la mano para
guardar el billete de nuevo en la cartera, pero ella es más rápida y lo coge
casi al vuelo.
—Lo que no quita que me hagas un regalo en señal de
respeto.
La dominicana de la
falda apretada vuelve. Mira a ambos lados de la calle y cruza con pasos cortos
y rápidos. Un moro le dice algo desde su ventana; ella le insulta.
Entra al local y le
dice algo al oído a la maipiola. Le da un móvil; es un Iphone, parece el último
modelo. La maipiola le sonríe y le pellizca la mejilla. Dobla mi billete de
cincuenta euros en cuatro trozos y se lo desliza entre las manos. La dominicana
sonríe y se retira.
—Veo droga y vicio. Mucha droga y más vicio, mi amor.
Se mira en el reflejo
del móvil apagado y se recoloca los rizos que le caen por encima de la frente. En
un pasado muy lejano debió ser una mujer muy atractiva.
—Han
estado en el piso de María la de los Caracoles, pero si le dices a alguien que
te lo he dicho, lo negaré. —Se santigua dibujando una cruz de la frente al
escote y de pecho a pecho. En medio tiembla una medalla de la Virgen del Pilar—. No quiero tener nada con ni en
contra de esa gente. Después han ido al piso del Negro; buena persona, pero
competencia. Uno de ellos se ha dejado esto.
Vuelve el teléfono
hacia mí. Justo en ese momento la pantalla se ilumina mostrando la foto de de
Epi —o quizá la de Blas— y empieza a sonar una música demasiado moderna para
reconocerla.
Doy un paso hacia el
teléfono, pero ella retrae el brazo hacia sí.
—Alcalá y Tornos andan buscando este móvil como locos. Ya
me han llamado media docena de veces cada uno.
Sigue sonando. El
corazón me late deprisa. No habrá una segunda llamada.
—Te doy mil euros.
—Mil, más los quinientos de la información.
—Más los cincuenta en señal de respeto.
La maipiola sonríe y me lanza el móvil. Lo cojo al vuelo y descuelgo.
—Tío, te daré lo que sea, pero devuélveme mi móvil.
Salgo del
establecimiento. Uno de los cueros me
sigue. Me vuelvo, le miro a los ojos con toda la cara de zorra que soy capaz de
poner y se para en seco.
—¿Dónde estás?
—¿Quién eres? ¿Qué haces con mi teléfono?
—Estoy buscando a vuestro nuevo amigo.
—¿A quién?
—Al tipo con el que habéis pasado la noche y os habéis
ido de putas.
—…
—¿Sigues
ahí?
—Esto…
yo…
—O
me dices donde está o le doy tu teléfono a Lou Lou, tú decides.
—¡Está
bien! Se… se lió un follón en el piso de las putas y tuvimos que salir
corriendo, ¿sabes?
—¿Dónde
ha ido?
—No
lo sé, te lo juro, de repente se montó una
bronca y Borja y yo tuvimos que salir por piernas. ¡Joder, me he dejado
el móvil y las llaves de casa! Ese tío… no sé ni cómo se llamaba… Ese tío que
iba con nosotros se quedó en el piso, hizo muy buenas migas con un grupo de
gente.
—¿Con
quién?
—No
los conozco, eran de fuera. No los había visto antes, tenían acento andaluz y
pinta de toreros.
—Buen
chico.
Son las 16:46. Doy un
rodeo por Pignatelli hasta la plaza de toros. Hace buen tiempo, las terrazas
están llenas. Los más valientes del vermú se mezclan con los del café y las
copas. El aire es pesado y huele a puro. Las cuadrillas, más que hablar,
vocean.
El
Burladero es una taberna pequeña, de las de toda la vida.
Está regentada por el hermano mayor de Nacional IV; un fallido intento de
continuar la tradición familiar que no llegó a tomar la alternativa a causa de
una cogida en su época de novillero. Me siento en una mesa libre y espero a que
me atiendan, pero al cabo de un par de minutos desisto y entro a pedir a la
barra. No tengo tiempo que perder.
Una cuadrilla juega a
las cartas en la mesa del fondo. La luz que se cuela por la puerta les molesta
y solo entonces reparan en mi presencia. El camarero es uno de los jugadores.
Se levanta y trastabilla con dificultad hacia su trinchera de madera y
botellas.
—¿Qué quieres, guapa?
—Que no me llames guapa.
Siento los ojos de ese
atajo de cromañones en mi espalda; sobre todo en la parte baja de la espalda.
—Ponme un solo con hielo.
—No te lo vas a creer, pero tengo la cafetera estropeada.
—¿Dónde está tu hermano?
—Y a ti qué coño te importa.
—Tranquilo, no soy una de esas que mojan las bragas por él.
—Tampoco eres su tipo.
—Ponme una Coca Cola.
El camarero saca una
botella de Pepsi del arcón y la pone sobre el mostrador.
—¿Y si te digo que soy policía?
—La policía me come los huevos.
—Necesito confirmar si tu hermano estuvo ayer en el piso
del Negro.
Los cromañones dejan de
rumiar lo que fuera que estaban murmurando. Uno de ellos se ha vuelto hacia mí.
Sostiene en vilo el tres de espadas —triunfo— y va a matar al caballo de oros
de su compañero y el rey de oros y el caballo de espadas de la pareja rival.
—No te importa. Y ahora mismo lárgate de aquí antes de
que te dé un guantazo.
—Está bien, solo quería asegurarme de que no hay ningún
problema en que el paparazzi de nuestra revista publique las fotos de la
fiestecita de ayer. Quizá os suene: un hombre callado, de unos dos metros de
alto.
Me vuelvo hacia la
puerta y tenso los músculos de la espalda. Esa última mirada que me ha echado es
la propia de los tipos que te acuchillan por la espalda. Pero no sucede nada.
Salgo del local y
escucho una silla correrse por el terrazo. Cinco, quizá diez segundos después,
uno de los cromañones sale detrás de mí. Su acento andaluz me resulta un
dialecto casi ininteligible.
—Po favó, zeñoita,
tengo muhé y do´hiho.
Es moreno y chaparro;
el vivo retrato del picador de Botero. Hasta tiene las mismas patillas.
—No pué publicá
ezaz fotografíah, m´hundiría en la miceria.
—¿Dónde está Nacional IV?
El picador se agarra a
una estampita del Sagrado Corazón de Jesús.
—Ce fue con er
paparashi, ce lo huro por Dió.
—¿Con el alto?
—Ci, un tío mu´
raro, de má de do metro. Le desían er ruzo, pero yo creo que era má bien shecolovaco.
No entendía ni papa de lo que le desíamo,
zolo cé que no quería ice a caza.
—¿Dónde los puedo encontrar?
—Er zeñorito diho
argo de que luego s´ irían a zu caza.
—…
—En Montecaná, en er shalé con forma de cozo
taurino; no tiene pérdida.
Corro hacia el parking
de Salamero. La ciudad se ha puesto en marcha y el buen tiempo acompaña para echar
la tarde por el centro. Estoy sudando y llevo horas con nada más que una Coca
Cola en el cuerpo.
Pago con la tarjeta de
crédito y bajo las escaleras hasta el tercer sótano. Odio aparcar entre coches,
por eso siempre aparco al final de la última planta, entre la pared y una nada
de treinta huecos vacíos.
Abro la puerta y me
meto en el coche. Siento algo extraño, como si hubiese cambiado el ángulo entre
mis ojos, el volante y el capo y todo tuviese una perspectiva distinta.
Enciendo el contacto y suena el jazz de Oliver Nelson. Meto primera y el coche
sale hacia adelante, pero rechina, como si estuviese atascado en el barro. Más
que moverse, se arrastra.
Me han pinchado las
ruedas. La delantera derecha y la trasera izquierda. No las han deshinchado,
las han rajado y sé quién lo ha hecho. Salgo corriendo del parking. Llevo el
móvil en la mano, esperando a que vuelva la señal.
—Eres
un hijo de puta.
—Creo que el taller del Carrefour está abierto las
veinticuatro horas.
Alcalá es uno de los
mejores. A diferencia del resto de especialistas en resolver PROBLEMAS, su
técnica consiste en ocuparse de la competencia antes que del propio objetivo.
Se hace mayor y ya no es tan rápido, ni tan ágil; además, ha perdido comba con
las nuevas tecnologías. Compensa sus carencias con mala leche. Fue mi maestro.
—No tienes nada, ¿verdad?
No me contesta. Finge
una risa de madurito intelectual que le funciona con las viudas adineradas de
la Modo y me suelta un mezquino:
—¿Vamos a medias?
Cuelgo el teléfono. Mi
taxi ya está aquí. Me gusta trabajar siempre con el mismo. Le pago el doble de
la tarifa normal y no hace preguntas; en realidad no dice nada. Conduce con la
luz de servicio apagada y pone un CD de jazz. Es trompetista aficionado en un
combo que se junta los martes por la noche. Ese es el único momento en que no
puedo contar con él. Los martes, de ocho a doce.
Conoce la casa en forma
de plaza de toros de Montecanal. En realidad, cuando se la he nombrado ha
puesto una cara como si le hubiese mandado a Puerto Venecia o a la plaza del
Pilar.
Busco el nombre de mi
objetivo en Google. El primer resultado es una noticia en la edición digital
del Heraldo. Deslizo el dedo. Tengo las uñas hechas una mierda. Lo segundo es
su página de la Wikipedia: dos cero uno, noventa y tres kilos, nacido en Zadar,
Croacia, el veintidós de octubre del ochenta y nueve. Tenemos la misma edad.
Puntos, estadísticas,
más estadísticas. No sé lo que es un doble-doble, ni mucho menos un
triple-doble, pero tiene varios récords. En Croacia, en Turquía y en España.
Busco imágenes
relacionadas con él. Es guapo. No es mi tipo, pero es guapo. Nunca sonríe.
Mantiene esa actitud de balcánico disciplinado. Pero yo puedo ver más allá, más
allá del objetivo de las cámaras.
El conductor sube el
volumen. Suena una parte de trompeta. Es un flipado de Miles, pero esto suena a
grabación casera. Creo que es él.
Pasamos junto al McAuto de los Enlaces. Veo una fila
interminable de coches de segunda mano con las «eles» de novato en la luna
trasera. También mucha infantería preadolescente. Hay varios coches de policía
y muchos curiosos tomando fotos. Al llegar junto al mostrador encontramos un Hummer amarillo empotrado contra otro
coche. Le ha hundido todo el costado y está levantado con dos ruedas en el
aire. Sale humo del radiador.
La casa de Nacional IV
se puede ver desde la cuarta altura de la protección oficial de Valdespartera,
por encima de un muro de setos. El pórtico, los arcos y la fachada son una
reproducción de la plaza de toros de la Misericordia a una escala de 1:2. A
diferencia del coso en el que tomó la alternativa, el centro de la construcción
no lo ocupa el albero, sino una piscina redonda.
Llamo al timbre, pero
nadie responde. Un jardinero desbroza las hierbas del perímetro de la casa.
Lleva cascos para evitar el ruido y no me oye. Doy una vuelta alrededor, pero
no hay signos de vida en su interior. Las luces están apagadas, las cortinas
corridas.
Suena el teléfono. Es
un número desconocido.
—Quiero mi móvil.
Es Lou Lou. Me llama
desde el teléfono de su madre.
—Yo también me alegro de verte. No sé de lo que me estás
hablando.
—Mi móvil, sé que fuiste tú.
—…
—Por tu culpa se me ha adelantado esa asquerosa de
Monique Q.
—Creía que tenías la exclusiva de lo de Silvia de Iberia Sumergida y ese negro.
—¿Lo de esa gótica? Eso ya está pasado de moda. Estoy
hablando de lo de Nacional IV.
«No te pongas nerviosa,
no te pongas nerviosa»; me repito a mí misma.
—¿Qué es lo que ha pasado?
Creo que mi voz ha
sonado convincente; pero el corazón me late a mil.
—¿En serio?... Nacional ha hecho un alunizaje contra un
McDonald´s. Se ha roto la pierna y las dos muñecas, pero sobrevivirá.
—Te tengo que dejar. Ya hablaremos de tu móvil.
Vuelvo al taxi. Sí,
tengo Instagram. También Facebook y Twitter, pero los utilizo cada vez menos;
sobre todo desde que mi madre se creó un perfil. Busco a esa tal Monique Q, le
doy al botón seguir. No me fijo en su foto, ni en su cara; busco EL VÍDEO.
Fotos, fotos y más
fotos. Ha añadido ocho entradas a Instagram en la última hora. Ochocientos,
setecientos, ochocientos likes otra
vez. Mueve más gente que Jesucristo. Ahí está. El tanque amarillo empotrado
contra el turismo. Una pareja de ecuatorianos con las manos en la cabeza; una
tercera ecuatoriana con ropa de fiesta tendida en el sueño. Nacional IV no
puede salir del coche; está atrapado por el cinturón y el airbag. Ella, ella y
ella. Cuesta ver la escena por encima del hombro de Monique Q. Me pregunto si
estas chicas tienen el pelo así o si van todos los días a la peluquería.
Vuelve a enfocar el
accidente. Llega la policía. Se abre la puerta del copiloto del Hummer. El
policía tapa el objetivo con la palma de la mano. No veo nada.
Son
las 18:11. El icono de los mensajes es un avioncito de papel. Mando un texto
corto y conciso. No tarda ni dos minutos en contestarme.
—¿De
verdad tienes el teléfono de esa puta?
—Tengo
el teléfono de Lou Lou
—¿Y
qué quieres a cambio?
—Respuestas,
solo eso. ¿Hay trato?
—…
—Monique,
¿sigues ahí?
—Sí,
hay trato.
—¿Quién
iba con Nacional IV en el coche?
—Iba
solo.
Que
la verdad y la mentira suenan diferentes es un hecho. Pero lo es más todavía
cuando suena en la voz de una niña pija.
—Alguien
le acompañaba, lo he visto en tu vídeo. ¿Quién era?
—Solo
su novia, nadie más, pero me tienes que jurar que no dirás nada; es mi
exclusiva. Porfa.
—Descuida.
—La
muy guarra le estaba haciendo una mamada mientras conducía.
—¿Dónde
está ella?
—La
han llevado al hospital. Parecía grave, pero iba tan colocada que no se
enteraba de nada.
—¿Y
Nacional IV?
—Pobrecillo…
me ha dado mucha pena. Creo que se ha hecho daño en… ya sabes, en su cosita.
Su
numerito me resulta del todo innecesario, pero la dejo que continúe.
—Decía
que tenía que hacer algo en casa, o sea
que no podían llevarle así en la ambulancia.
—Ya
entiendo.
Mi
taxista es un chico listo. Sabe que nunca tiene que aparcar delante de los
objetivos y ha guardado el coche a la sombra en un callizo sin nombre que se
ramifica de la laberíntica avenida de la Ilustración.
Llegan
varios coches. Traen prisa; uno de ellos hace rechinar el asfalto debajo de sus
ruedas al frenar. Detrás de ellos llega otro más. Uno es el Mercedes de Alcalá;
el otro es un taxi.
El
corta césped se ha detenido. Suena el timbre de la casa y varios segundos
después la voz de una mujer. Se abre la puerta.
Me
asomo a la esquina. Un taxi con la luz roja espera con los cuatro intermitentes
danzando frente a la puerta. A diez metros veo la parte trasera del Mercedes de
Alcalá; está hablando por el móvil. Él también tiene sus informadores. Le
pregunto a mi taxista si tiene una navaja, pero me dice que no. Mira en su caja
de herramientas y lo único que me ofrece es un pequeño destornillador de punta
plana afilado como un estilete. Valdrá.
Me
deslizo por detrás del Mercedes y me agazapo junto al parachoques trasero. Mi
baja estatura resulta una ventaja en este tipo de acciones. Suenan gritos y
cristales rotos en el interior del chalet. Alcalá abre la puerta del coche y
sale. Corre hacia la verja que rodea la casa y se asoma. Apuñalo la rueda
trasera izquierda con el destornillador de punta plana. Al principio, el
destornillador rebota, pero lo agarro con las dos manos, echo mi —poco— peso
encima y lo hundo en una depresión de la banda de rodadura. Al sacarlo suena un
silbido neumático que parece susurrar: «jódete».
La
salida de vehículos se abre de forma automática. Se desliza sobre un raíl que
circunda la verja de la casa acompañada de un pitido de seguridad. Alcalá
vuelve a su coche. Yo ya estoy lejos de ahí, en el callejón donde me espera mi
taxi.
Salen
dos todoterrenos negros con las lunas tintadas. Detrás dos chicos jóvenes y una
chica con pinta de top model de
provincias. Más atrás sale un tercero que cierra la verja apuntando con un
mando a distancia. Lleva el torso desnudo y la camiseta sobre el hombro.
Ninguno de ellos es el objetivo.
El
joven sin camiseta hace una señal a los todoterrenos de las lunas tintadas y se
mete en su taxi. Va en el asiento del copiloto. Arrancan. Los dos todoterrenos
les siguen.
Alcalá
sale tras ellos, pero pronto recibe su doble ración de karma.
Mi
taxi se pone en marcha y los sigue a una distancia que definiría como prudente.
Cerca como para poder seguirlos sin perdernos en este laberinto de chalets y
adosados.
Me
deslizo en el asiento de atrás para que no me vean. Le pido a mi conductor que
me cante las calles. Baja el volumen del jazz. Nunca me había fijado en que su
voz parece la de una persona más menuda y joven de lo que es en realidad. Nunca
antes me había fijado en su voz.
—Gómez
Laguna, a la altura del Olivar.
Desde
el ángulo que tengo entre el asiento y el marco de la ventanilla solo veo un
trozo de cielo. Es de un absurdo color azul.
La
gravedad hace que mi cuerpo se ladee hacia el lado de mis pies.
—Es
la rotonda de vía Ibérica.
La
suspensión del taxi lo corrobora. Atravesamos las vías del tranvía.
—Va
hacia el centro.
La
catenaria del tranvía aparece en mi trozo de cielo. Se contonea arriba y abajo.
Me estoy perdiendo en los detalles. Le pido que suba la música.
Conducimos
hacia el centro. Suena jazz.
—¿Conoces
al taxi que llevamos delante?
—No
es de mi cooperativa, pero si veo su número de licencia puedo intentar ponerme
en contacto con él.
Asiento
y él me ve a través del retrovisor.
—Nueve-tres-cinco-siete
vía Ibérica. Nueve-tres-cinco-siete vía Ibérica. Aquí cero-cero-dos-uno.
Repito, aquí cero-cero-dos-uno.
El
silencio de la emisora no existe. El tiempo de espera suena a una corriente
herciana salvaje. Insiste:
—Nueve-tres-cinco-siete
vía Ibérica. Nueve-tres-cinco-siete vía Ibérica. Aquí cero-cero-dos-uno. Repito,
aquí cero-cero-dos-uno.
Caigo
en la cuenta que no sé su nombre y en realidad es algo que no debería
importarme, pero me importa.
—¿Qué
tal, cero-cero-dos-uno?
—Bien,
trabajando.
—Como
todos, cero-cero-dos-uno, ¿en qué puedo ayudarte?
De
fondo los jóvenes hablan, pero no se entiende bien lo que dicen.
—Escúchame,
necesito un servicio. Bien pagado. Huevo Kínder,
fardacho abierto en canal y yo te lo pago esta noche.
—…
—…
—Vale,
en la cooperativa a las diez me va bien.
—Un
abrazo. Cuídate.
La
emisora gruñe al otro lado, como si alguien la estuviese manipulando. Después,
tras un prudencial silencio de no más de siete segundos comienza a escucharse
la conversación del taxi que seguimos —ahora por Fernando el Católico, directos
hacia el centro—.
—Ese
tío está loco, te lo juro.
Es
una voz ronca, pero juvenil.
—¿De
verdad crees que lo va hacer?
—Seguro.
Si ha sido capaz de follarse a la mujer del alcalde, este tío puede hacer lo
que sea.
—Joder,
qué fuerte lo de la mujer del alcalde.
—Sí
tío, podría ser su madre.
—Pues
yo me la follaría.
—Tú
te follarías hasta un agujero en la pared.
La
voz de la chica es la única que se diferencia entre el galimatías de
testosterona juvenil. Ríen. Pase lo que pase, la cosa no va con ellos.
—¿Crees
que Nacional le dará su casa si lo
hace?
—Fijo
que se mata.
—El
que casi se ha matado ha sido él.
—Prefería
la apuesta de las cincuenta hamburguesas.
—…
—Una
vez vi una foto de unos tíos cruzando el río. El agua no les llegaba ni a la
rodilla.
—Lo
que os digo, ese tío se va a matar.
—Eso
seguro que fue en verano, yo he visto bajar mazo de agua.
—Vete
a saber.
—Y
yo que sé. Sé lo mismo que tú.
—Yo
no me meto ahí ni loca. ¿Os acordáis del vídeo ese de unos peces gigantes
comiéndose palomas?
Plaza
San Francisco, Gran Vía, Independencia, el Coso y Echegaray y Caballero. Nueve-tres-cinco-siete
les cobra veintitrés euros. Les ha metido el plus de recogida, festivo y
nocturnidad, pero a sus clientes les da igual.
Los
dos todoterrenos negros se detienen junto al puente de Piedra. Del primero se
bajan cuatro personas. Del segundo tres. Uno de ellos es alto, mucho más que
los demás.
Le
hago un gesto a mi taxista y me bajo unos metros más adelante. Nadie sabe quién
soy, ni lo que he venido a hacer aquí, pero necesito tiempo para pensar. Hay
mucha gente, demasiada. Solo hace falta que uno lo reconozca para que todo se
vaya a la mierda. Miro el reloj: son las 19:21. Confío en que todo aquel al que
le guste el baloncesto ya debería estar en el Príncipe Felipe.
Bracea.
Discute acalorado con uno de los tipos que lo acompañan. Tiene mal genio y
mucha fuerza. Miro al vacío que hay entre mi orilla y los edificios del barrio
Jesús. Creo que nunca había visto tan poca agua, ni siquiera en verano. Hay una
isleta de grava en la que ha crecido un arbolito pequeño o un matorral muy
grande.
Estoy
a su lado; es inmenso. Voy a necesitar ayuda en esto. Chapurrea el inglés con
varios tipos que no le entienden.
—Swim, swim.
—Jump, jump.
Uno
de sus compañeros de jarana hace el gesto de lanzarse de cabeza al agua con las
dos manos juntas. El otro señala más allá del puente de hierro. No saben que
ese tipo va en serio.
El
teléfono me vibra en el bolsillo de atrás del pantalón. Es el icono del pulgar
en alto. El curioso grupo empieza a despertar la atención de la gente. Todos
son guapos, visten ropa cara y están colgados.
Tornos
y Lahoz se acercan corriendo por la margen izquierda; se han asociado. Esquivan
a un grupo de turistas chinos en procesión tras un paraguas plegable en ristre.
Una despedida de soltera de veinte tías y un unicornio cruzan en rojo desde Don
Jaime para abalanzarse contra el grupo de mi objetivo. Un autobús pita al estar
a punto de atropellar a una de las rezagadas. Retrocedo unos pasos y salgo del
puente. Miro a derecha e izquierda; no pasa ningún taxi. Corro Echegaray y
Caballero abajo, hacia las Tenerías y las Fuentes.
Todavía
estoy en buena forma. Me vuelvo y lo veo subido al murete de una de las
troneras del puente. Me cruzo con un par de runners
fluorescentes que me aniquilan con la mirada de arriba abajo. Corro todo lo
deprisa que puedo. Siento el calor de las baldosas a través de la fina suela de
mis Converse.
Me
vuelvo otra vez. Ya no está. En su lugar hay un centenar de teléfonos
fotografiando el escaso cauce. Nadie llama a la policía; prefieren los likes en Instagram. No somos muy
distintos, pero al menos yo lo hago por la pasta.
Sigo
corriendo; todavía no he llegado al puente de hierro. Me falta el aire. Un
jubilado con camisa a cuadros y gafas de intelectual avanza hacia mí por el
carril bici. Me sonríe. A parte del rollito canoso-intelectual
también se las da de eco-mujeriego.
Le devuelvo la sonrisa y reduce la marcha. Me pongo en mitad de su camino. Un
patinador con casco y rodilleras nos esquiva. Se vuelve y me mira con ESA CARA.
Sí, lo voy a hacer, sin que sirva de precedente. No es mi estilo.
Empujo
al jubilado con todo mi peso y cae al suelo. Escucho el grito escandalizado de
dos mujeres anónimas; pero no veo a nadie. Esos gritos siempre salen de la
nada. Agarro la bicicleta por el manillar, la levanto y me pongo en marcha
hacia mi objetivo.
Es
la primera vez que llevo una de esas bicis rojas del ayuntamiento con cestito y
guardabarros. Tengo que hacer mucha fuerza para moverla y el sillín me va alto,
pero levanto el culo y pedaleo con todas las fuerzas —pocas— que me quedan.
No
quiero mirar al río, pero lo hago. Varias veces. No veo nada.
Salgo
del carril bici para bajar a un paseo asfaltado que recorre la orilla derecha
del Ebro. Agradezco la cuesta abajo, pero me sigue faltando el aire.
Niños,
parejita, runner, carro, balón. Otra
vez niños, parejita, gitanillos, runner, bici,
runner, runner, runner.
Llego
al azud y cruzo hacia la otra orilla. Es la primera vez que paso por ahí en mi
vida. Creo que me he perdido demasiadas cosas de esta ciudad. Veo al taxista en
el embarcadero, pero él no me ve a mí. Tiene la vista puesta en el agua.
Ya
estoy en la margen izquierda. Al otro lado suenan alarmas. Dos coches de
policía persiguen a uno de los todoterrenos negros. No sé dónde está el otro.
Llego
hasta la orilla. Una parejita con perro y niño señala algo moviéndose en el
agua. El sol me deslumbra, no lo veo con claridad. Me hago una visera con la
mano izquierda y le llamo haciendo aspavientos con el brazo derecho.
Ahí
está. Avanza deprisa hacia el embarcadero. La brazada es limpia y apenas
levanta agua con los pies. Sigo llamándole con el brazo.
Cada
vez está más cerca. El taxista corre a por una manta a su coche. Apenas le
faltan cinco metros para llegar hasta mí.
Se
agarra a la estructura de madera. No soy la persona a la que esperaba. Su
rostro tampoco es de decepción; parece desorientado. En realidad no esperaba a
nadie. Le tiendo la mano y le ayudo a salir del agua. Pesa mucho, casi caemos
los dos.
Me
mira extrañado. No entiende quién soy, ni por qué quiero ayudarle. Sospecha —y
con razón— que voy a sacar algún beneficio de todo esto. Es guapo, mucho más
que en fotografía. Tiene cara de cansado, pero aun así es guapo. Nunca he
estado con un hombre tan alto. Me empiezo a preguntar demasiadas cosas acerca
de su tamaño y las proporciones áureas. Estoy divagando otra vez. Necesito escuchar
jazz.
Parece
que no quiere subir al taxi. Lo intento con una palabra:
—Barça.
Dos
neuronas malheridas parecen enlazarse entre sí dentro de su cabeza.
—¿Barselona? —repite.
Le
enseño el reloj; son las 19:40.
Serena
el gesto y asiente. Él acaba de ganar un chalet; yo veinte mil euros —menos
comisiones—. Corremos hacia el taxi. Por el camino llamo a mi contratista.
No
es mi primera vez en el Príncipe Felipe. Aquí he visto conciertos, espectáculos
sobre hielo, e incluso bailé una coreografía con el colegio cuando apenas tenía
siete años. Lo recordaba más grande.
He
entrado hasta el túnel de vestuarios. El aforo está completo. Llevo una
acreditación colgada del cuello y los seguratas y el resto de invitados de la
zona VIP me miran con extrañeza. Se deben preguntar si soy la novia de alguno
de los jugadores. Noto su imaginación funcionando a dos mil quinientas
revoluciones por minuto.
Todo
está a oscuras y la megafonía pasa lista a la alineación del equipo contrario. Después
se hace el silencio. Suena un rugido. Empiezan a llamar uno a uno a todos los
jugadores. Son enormes, más grandes incluso que él. Lo han dejado para el
final. Todavía lo están vistiendo entre dos asistentes técnicos. Pasa a mi
lado. Apesta a río y a alcohol. Ni siquiera me mira. Lleva desatado el cordón de
la zapatilla derecha.
Suena
su nombre: «Borna Mažuranić» y el pabellón se viene abajo.
Tengo
hambre y estoy cansada. No me quedo a ver el partido. Dormiré algo y, si el
teléfono no suena, veré la cuarta temporada de Boardwalk Empire.
Apenas
he salido del pabellón y ya está sonando.

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