NEGRO Y ORGULLOSO

NEGRO Y ORGULLOSO

15/04/2020

Por: Héctor Pallás



 

Son las tres de la mañana. Hace más de una hora que se ha largado el último cliente; es tarde para un tugurio de esta calaña. Las luces están encendidas y la persiana medio bajada; o medio subida, como la paradoja del optimismo acuático a través del prisma de un vaso de agua.

Las sillas están colocadas boca arriba con los asientos sobre las mesas y los respaldos apoyados entre sí en un cónclave romancero. El suelo está a medio fregar.

El Hermano Moussa ha ido a la cocina a comprobar que estamos solos. El Hermano Abdoulaye vigila la puerta. Fuera, en la esquina, los Hermanos Antoine y Pape esperan con el motor en marcha.

El acúfeno del compresor de la cámara frigorífica llena todo el local. En la pared, en un marco seborreico, Iker Casillas levanta la copa del mundo. A su lado, Pardeza hace lo mismo con la Recopa de Europa y la palma abierta de la mano de Induráin enfundado en su quinto amarillo. La cara de Franco les observa desde la pared opuesta del bar, enmarcado por la bandera preconstitucional y la letra del «Cara el Sol» en una cuidada caligrafía gótica.

El dueño del local está tendido en el suelo, boca abajo. La gravedad tira de sus más de ciento treinta kilos contra el terrazo original de 1.981. El exceso de grasa acumulado bajo el mentón le obstruye las vías respiratorias. Su rostro rojizo y arrugado está virando a un tono violáceo. Tiene la lengua fuera y bajo su boca se está formando un charco de babas y flemas.

Mi bota le presiona la espalda a la altura del trópico en que se divide la región cervical de la escapular. No puede mover los brazos. Tampoco puede hablar, ni defenderse.

Es un hombre mayor, demasiado mayor para seguir al frente del negocio. Racista, homófobo y misógino a partes iguales; incapaz de afrontar la incertidumbre de desprenderse de los parroquianos del discurso facilón que proclamaba más allá de la frontera de los sesenta y cinco años. Su clientela se va extinguiendo en silencio, como el lince ibérico o las selvas tropicales, y no hay relevo que les siga. La fama de su negocio como último bastión ante la invasión china le precede.

–Abre la caja, coge lo que quieras –cloquea las sílabas balbuceando desde el suelo.

–No somos ladrones –respondo. Al evitar mi mirada se encuentra con los ojos del Hermano Moussa. Viste de negro y lleva guantes de cuero, boina y botas militares, como todos nosotros.

Coge una bocanada de aire. Siento su pleura pulmonar tratando de luchar contra la presión de mi pie.

–Si es por lo de esa chica… Llévate el dinero, la caja está abierta.

Cuando llegamos a la ciudad unos vecinos dieron a mis padres dos bolsas colmadas de ropa de abrigo. También les regalaron sartenes, una vieja estufa catalítica de butano y una caja llena de juguetes viejos. Todavía existía solidaridad en un barrio que se decía «obrero» con orgullo. Entre los juguetes había un ejemplar del Juego de las siete Familias. Chino, indio, tirolés, esquimal, árabe, mexicano y bantú. Ahí fue cuando aprendí que el color de la piel nos recordaría durante toda nuestra vida que éramos diferentes.

–Tarde –responde Moussa. Se está dejando crecer el pelo y está en una fase en la que su silueta recuerda a la del negrito bantú del juego de las cartas.

El hombre blanco resopla en el suelo incapaz de responder. Su olor habla por él: alcohol, salitre, nicotina y Varón Dandy mezclados con su propia mierda.

No hay tortillas en el mostrador de la barra. Tampoco croquetas, ni gambas a la gabardina; solo un bote de vinagre con la etiqueta desteñida en un naufragio de olivas, pepinillos y banderillas agostadas en el fondo. Hace más de un mes que no tiene cocinera. La última, una chica negra, no llegó a terminar la jornada; se marchó llorando a su casa con una sartén al fuego en la que daba el último calentón a una media ración de  bravas.

El Hermano Moussa coge dos pasos de carrerilla y golpea con la puntera de su bota la cara boquiabierta del dueño del bar. El Hermano Moussa llegó a jugar hasta su segundo año de juveniles en el equipo del Colegio Público Andrés Manjón, donde asistió hasta que su hermana Aminata se tuvo que hacer cargo de la casa. Golpea con tanta fuerza que siento cómo pierde el equilibrio hacia delante y le tiendo mis manos para evitar que caiga. La sangre ha salpicado hasta la cara del Hermano Abdoulaye que espera junto a la puerta con los brazos cruzados.

El hombre blanco se rinde. El fuelle de sus pulmones se hunde y la tensión bajo de mi bota se relaja tras varios espasmos violentos.

–Ya está –le digo mirándole a los ojos. Está temblando, asimilando que acaba de arrebatarle la vida.

El Hermano Abdoulaye coge un puñado de servilletas de papel de un servilletero y se limpia la cara. Hago una señal a Moussa que abre la caja registradora. Hay un doble fondo en el que guarda los billetes grandes. Está semi oculto con una pegatina de la bandera de España; una caja de resistencia para defraudadores de Haciendo disfrazados de patriotas como él.

–Coge el dinero de tu hermana. –Le indico–. Sólo el dinero de tu hermana.

–Seis horas, a cinco euros la hora. –Moussa baraja los billetes con dificultad al tacto de los guantes de cuero.

–Treinta, ni uno más –le recuerdo.

–No somos ladrones –me parafrasea el joven Abdoulaye.

Ha hecho una bola con las servilletas ensangrentadas y se la ha tirado al cadáver del dueño del bar.

Asiento con respeto y encaro la salida del local. Al salir, el Hermano Moussa arranca el cartel del escaparate en el que se busca cocinera española. Se lo guarda en el bolsillo de la cazadora de cuero para devolvérselo a Aminata junto a su dignidad. La calle está despejada. El Hermano Antoine me abre la puerta del Mercedes del ´85 y espera a que me acomode en el asiento del copiloto. El Hermano Pape fuma un cigarro liado. Nuestra Organización prohíbe el alcohol y las drogas recreativas, pero presenta lagunas respecto a la postura ante el tabaco y el café. Bajo la ventanilla dando tiempo a que el resto de Hermanos ocupen sus puestos en la parte trasera. Suena I´m black and I´m proud, de James Brown.

Está siendo un invierno raro, demasiado caluroso y seco para esta época del año. El Mercedes negro con matrícula de Huesca se pierde por las callejuelas de Alférez Rojas. Empiezo a pensar que quizá no es el tiempo el que está cambiando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                             

 

 

 

 

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