LOS INFANTICOS

LOS INFANTICOS

19/04/2020

Por: Héctor Pallás Guío



Finales de octubre de 2.014.

Javier llegaba tarde. Se había confundido de parada y tuvo que acompañar al 25 hasta el final de línea en la Cartuja para acometer un nuevo intento; esta vez en sentido Zaragoza.

Atardecía; eran las siete y diez y la salida de la carretera de Castellón estaba –como siempre– atascada. El conductor le indicó que debía bajarse en la parada del restaurante Los Faraones para luego cruzar al otro lado de la carretera por la pasarela peatonal. Javier llevaba colgado del hombro su keytar –un híbrido entre teclado y guitarra muy popularizado por las bandas de los ´80–. Lo llevaba al aire, sin la funda, como si estuviese dentro de un videoclip o más bien, como si en algún momento fuese a tocarlo a cambio de una limosna. Los cuatro carriles estaban colapsados por dos hileras de luces blancas y dos de luces rojas apuntando hacia el epicentro de la ciudad; y él en medio, a pie, en una tangente de hormigón y hierro.

Sacó el móvil y mandó un mensaje de texto tranquilizador: «TOY LLEGAND». Solo quedaba confiar en la impuntualidad genética de los músicos.

Al otro lado de la pasarela le esperaban desde hace diez minutos los miembros de la Orquesta Nuevo Apolo Show. Habían comenzado las audiciones para completar la formación de la temporada 2.015.

            –Os juro que es él. –El cantante principal también era el manager de la orquesta. Había sobrevivido a los años del auge de las discomóvil y varias crisis económicas en ayuntamientos rurales; también había conseguido revivir los restos de la mítica Orquesta Apolo.

            –Y una mierda. –El saxofonista era a la vez su hermano pequeño. Pulía con una gamuza la junta de la boquilla de su instrumento sujetando un cigarrillo liado con la punta de los labios–. Esos tipos están todos muertos.

Los dos hermanos habían sobrevivido juntos al caballo, el juego y el alcoholismo, aunque habían encontrado una más que placentera zona de confort en la cocaína y las mujeres. Junto a ellos completaban la banda el trombón, el batería, el guitarrista y el trompetista original, junto a dos bailarinas –una rumana y una dominicana–, una cantante con aires de diva que se quedó a las puertas de entrar en la tercera edición de Operación Triunfo y un guitarrista en paro reconvertido a bajista. Solo les faltaba un teclista.

            –Lo he buscado, no tiene redes sociales, pero el nombre y el apellido de su dirección de correo electrónico coinciden.

            –Puede ser cualquier Javier Rubiales –dijo el baterista, ajustando la bordonera de su caja. Pesaba más de cien kilos, se había dejado perilla y llevaba una de esas gorras hacia atrás con el logo de un canguro que llevan los percusionistas autodidactas con ínfulas de intérprete de jazz.

            –Si es él, puede ser un pelotazo –añadió el saxofonista.

            –Que quede claro desde este mismo momento: no pienso cantar ninguna de sus canciones –protestó la diva sin levantar los ojos de la pantalla de su teléfono móvil. Iba excesivamente maquillada para ensayo de pretemporada en el local.

             –En los ochenta las tocábamos –recordó el saxofonista. Después fraseó la línea vocal de la canción Adoquín quin quin.

El resto de miembros rieron, sobre todo los originales.

            –En los ochenta estabais demasiado colgados como para ser conscientes de lo que hacíais. –La diva levantó la uña roja de porcelana del dedo corazón de su mano izquierda.

 

Aunque había oído hablar de ellos, Javier no conocía «los locales del Señor Baratto». Era una parcela al aire libre enclaustrada entre un cementerio, una fábrica abandonada y el campo. El suelo estaba sin asfaltar y lleno de hondonadas que tenían pinta de convertirse en auténticas balsas de agua cuando llovía. Hacía tiempo que no caía una gota y lo único que había era una nube de polvo mezclada con olor a excrementos de animales. A los lados de una especie de plaza central se levantaban distintas construcciones de ladrillo que se repartían entre chabolas, cheniles para perros de caza, gallineros y locales de ensayo. Al otro lado de una tapia de ladrillo rojo podía escucharse una versión acelerada de Iron Maiden, mientras un par de tipos con pinta de agricultores venidos a más y con ropa de camuflaje hablaban alrededor de un todoterreno.

Buscó el número seis sobre la puerta, pero no lo encontró. La organización urbana no seguía un orden lógico, por lo que decidió llamar por teléfono para que saliesen a buscarle. Ya eran las siete y veinte.

            –Hola Enrique, soy yo, Javier. Estoy en los locales, pero no encuentro la puerta.

 

Septiembre de 2.015; prisión de Zuera. Parte I

 

Un funcionario caminaba por el pasillo del módulo de aislamiento. Debajo del brazo llevaba una carpeta amarilla con el logo del Ministerio de Interior junto al anagrama de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. Al final del pasillo, detrás de una cancela, una Guardia Civil custodiaba el acceso al ala que separaba a los reclusos de primer grado de los FIES –fichero de internos de especial seguimiento–.

            –Buenos días, ¿celda? –preguntó la joven con el acento impostado que traen los agentes recién destinados del sur.

            –Cero uno cero –respondió el funcionario enseñando su identificación.

La agente no pudo ocultar el gesto; sus compañeros le habían contado historias acerca del «recluso diez». Llevaba preso desde los diecisiete años. Ya en el primer centro de menores en el que estuvo ocupó una celda especial. «Demasiado loco para los centros penitenciarios normales y demasiado peligroso para los centros psiquiátricos», decían. Desde entonces, los directores de las distintas prisiones en las que estuvo se dedicaron a pasárselo de una cárcel a otra, como el que se pasa una patata caliente. Un mal, pero al fin y al cabo, un mal común.

            –Tenga mucho cuidado –dijo la agente patinando en la pronunciación de la extinta letra «che»–, ese hombre es muy peligroso.

            –No se preocupe, desde que llegó aquí es poco más que un vegetal –el funcionario sonrió. A pesar de que le quitaba casi una década no ocultaba que le resultaba atractiva–. ¿Sabe que es de Zaragoza?

            –A mí me da muy mal fario. –La agente arrugó el ceño, como conteniendo el impulso a santiguarse. A ella no le gustaba el funcionario con pinta de panoli.

Cuando lo trajeron a la recién inaugurada prisión de Zuera; cesó su actitud violenta y entró en una especie de fase de letargo. Sus constantes vitales seguían activas, pero en una intensidad muy débil. El funcionario Martínez ya lo había visto antes, en una ocasión, durante un registro rutinario.

Era incapaz de olvidar sus ojos completamente blancos, como si el globo ocular hubiese absorbido el iris y las pupilas. Recordaba incluso haber tenido pesadillas con el recluso esa misma noche.

Sonó un pitido y después el pistoneo metálico de un mecanismo desencajándose. Se había abierto el acceso al módulo de aislamiento especial.

La agente acompañó a Martínez hasta la celda sin decir nada. Él caminaba detrás de ella, observando su coleta castaña bambolear como la cola de un poni. Su pelo era más moreno cerca de la raíz y se aclaraba hasta llegar a un tono muy cercano al rubio en las puntas. Los pasos de los dos repiqueteaban sobre el suelo de hormigón pulido en un ritmo bronco, de pisadas largas e irregulares y pasos más cortos y seguros. La agente llevaba un manojo de llaves colgado del cinturón que tintineaba a cada balanceo de su cadera contra el muslo derecho. Podían sentir a los presos agitándose desde el otro lado de las puertas de alta seguridad. Al llegar a la altura de la celda número diez la agente cogió la argolla que llevaba al cinto y seleccionó una llave identificada por el mismo color que la cerradura.

Abrió el ventanuco que permite ver el interior de la celda y comprobó que el «Recluso Diez» estaba sentado en su cama, con las cuencas oculares ocupadas en la confluencia de los vértices que apuntaban a la esquina superior izquierda de su celda.

            –Todo en orden –dijo–. Si necesita cualquier cosa estaré aquí fuera.

Martínez asintió con la cabeza y ella devolvió el cabeceo afirmativo haciendo girar la cerradura.

            –Señor Rubiales.

El preso giró la cabeza hacia la puerta en un ángulo que hubiese tronchado el cuello a cualquiera. Le miraba, pero no le veía; los ojos asomaban entre sus párpados como tallados en mármol enrojecido por un lecho de venas.

            –Señor Rubiales, soy el funcionario Martínez y es mi obligación entregarle el formulario para la aceptación o rechazo de una visita para este martes. –Dejó la carpeta abierta sobre las piernas del recluso. Martínez estaba de pie, en la dirección a la que apuntaba la nariz del recluso. Se sentía como si le estuviese hablando a uno de los helechos de la recepción –. Según nuestro registro, todavía no ha recibido ninguna visita durante su estancia en Zuera. Su expediente tampoco muestra haber recibido otra antes, ni nos consta que lo visase con su ingreso, por lo que debo explicarle el funcionamiento del programa de comunicaciones y visitas y debe firmar como que lo ha entendido. Es un trámite administrativo de cara a las auditorías internas.

Martínez leyó en voz alta los artículos del cuarenta y uno al cuarenta y nueve del Reglamento Penitenciario. Después, saltó al cincuenta y uno de la Ley orgánica Penitenciaria y regresó al doscientos dieciséis. Al acabar, entregó una hoja con un recuadro destinado a que el recluso estampase su firma.

            –Firme el acuse de recibo. –Martínez dejó caer un bolígrafo sobre la carpeta.

El preso no reaccionó. Martínez le puso el boli Bic entre los dedos de la mano izquierda del recluso. Se había molestado en leer su historial clínico y le llamó la atención el hecho de que era zurdo, como él.

Le sujetó la mano y la guío sobre el papel haciendo la fuerza necesaria para que estampase una cruz de lados desiguales sobre el cuadrado destinado para tal fin.

Sin soltarle el bolígrafo de entre los dedos, Martínez le entregó la hoja rellenada por la secretaria que gestionaba la cita previa de las visitas.

–Este es el formulario de aceptación de la visita. Usted no los puede ver, pero en la hoja que tiene delante hay dos recuadros, uno con un sí y otro con un no. Debe hacer una cruz sobre una de las dos opciones y en cualquier caso, firmar el acuse de recibo. Como su cerebro parece no gestionar correctamente sus funciones motoras, sepa que tiene hasta las doce del mediodía de mañana para decidirse. Haga cualquier signo afirmativo o negativo y yo mismo me encargaré de transcribir su voluntad.

Martínez se acercó a la puerta e hizo una señal a la agente de la Guardia Civil para indicarle que ya habían terminado. Regresó junto a su interlocutor inerte para quitarle el bolígrafo de las manos, pero entonces sintió una tensión extraña, como movida por una fuerza del más allá que devolvió al funcionario los terrores infantiles de su primera y única experiencia con la ouija. El papel estaba rellenado con una cruz en el recuadro del sí y su firma estampada: «Raúl», con trazo redondeado de cuaderno de caligrafía y un corazón en el lugar que debería ocupar la tilde sobre la «u».

 

Julio de 1.987. Estudios Horus; Gran Vía, Madrid.

 

Las caras eran largas. Puede sonar a una expresión demasiado manida, rozando el lugar común, pero en realidad lo eran. Ya hacía un par de horas que se habían largado los músicos de sesión del estudio. No habían pasado de la segunda canción. El productor había intentado contactar con la gente del sello, pero ya era muy tarde; no quedaba nadie en las oficinas de Intermediterránea Records.

            –Repetimos desde arriba –dijo Nacho a través del micrófono con el que le estaban grabando las voces. Llevaba unos grandes auriculares sobre la cabeza y tocaba la guitarra a la vez.

El técnico de sonido levantó el pulgar de la mano izquierda entre la bruma de los dos paquetes de Ducados que se había fumado. Había dejado de mirar el reloj. Dentro de la cabina de control parecía una especie de pez exótico manejando una enorme mesa de sonido entre aguas turbulentas.

            –Encima no los animes, Antonio –protestó el productor. Estaba sentado al lado del técnico de sonido–, esto va a ser nuestra ruina.

            –A mí me han dicho que esto se tiene que quedar grabado. Me importa una puta mierda lo que canten, me limito a hacer mi trabajo lo mejor que puedo.

El cantante y guitarra era el mayor de los tres. Era moreno y el pelo empezaba a caerle sobre los hombros. Llevaba una camiseta de Pink Floyd descolorida. A su derecha, detrás de un muro de teclados y sintetizadores Hammond, Moog y Farfisa, había un quinceañero rubio con el pelo rizado, con pinta de ángel anunciador en la función de colegio. Corregía con un bolígrafo rojo varios compases de sus partituras.

Los dedos de la mano izquierda de Nacho se posicionaron en una variante muy particular del do sostenido menor séptima sobre el mástil de su Fender Telecaster. Hizo una señal con la cabeza al teclista y este asintió. El batería apenas superaba los trece años. Los rizos pelirrojos le caían justo por encima de los ojos. Las pecas de su cara se contaban por docenas y contrastaban más todavía sobre la palidez de su rostro. La luz roja estaba encendida.

Marcó con las baquetas al aire un compás 11/8 contando con los ojos cerrados en cuatro grupos de dos separados por un compás ternario. Al onceavo golpe comenzó a tocar en su batería un ritmo que recordaba a las composiciones más locas de Frank Zappa. El teclado creó una atmósfera orquestal tétrica, pero con un efecto rotativo, envolviéndolos a todos con la sensación de que el estudio pudiese despegar en cualquier momento.

Nacho comenzó a rasguear su guitarra sin cambiar la posición del acorde. Con la mano izquierda, el teclista hacía el bajo sobre la primera octava de un Hammond. A pesar de ser solo unos críos, sonaban como los herederos ibéricos de un híbrido entre los primeros Pink Floyd y unos King Crimson en estado de gracia.

Los tres comenzaron a cantar al unísono. Armonizaban en una cuarta y una octava la voz de Nacho, que recitaba los pasajes de un libro que había estado leyendo de forma compulsiva:

            Ven a mí, ven a mí, Babilonia; entre Dios y el diablo. –A diferencia del resto de sus compañeros, su voz había cambiado, pero no sonaba a la de un adolescente cabreado, sino que había adquirido una profundidad poco usual–. Siete sellos y un jinete sobre un caballo blanco. Temedle y dadle gloria.

Al otro lado del cristal, el técnico movía los controles de la mesa con la suavidad de un restaurador.

            –Son unos putos genios –dijo el técnico recuperando su cigarrillo casi apagado del borde de un cenicero con el logo de Cinzano.

            –Como si son los Rolling Stones –interrumpió el productor–, no están grabando las canciones que les trajo la discográfica. Este material no va a ver la luz nunca. Además, ¿tú estás escuchando la letra?

La canción había alcanzado su clímax en una estructura lineal, sin puentes o estribillos. El grupo ejecutaba una parte instrumental en la que el solo del teclado era el absoluto protagonista. Nacho comenzó a doblar con la guitarra la melodía subyacente del teclado en una tercera menor al tiempo que susurraba al micro un mensaje ininteligible.

Varios compases después, la canción redujo el tempo en un redoble decreciente sobre los timbales y el Goliat. Al final, un golpe de gong envolvió toda la canción hasta que se fue apagando poco a poco.

El técnico levantó el pulgar y paró la grabación.

            –¿Pasamos a la siguiente? –les dijo a través del sistema de comunicación entre el control y la sala. Miraba de reojo las manecillas de su reloj indicando las dos menos cuarto de la madrugada.

            –Si tú la ves ok, por nuestra parte no hay problema –respondió Nacho sin mirarle; estaba cambiando la afinación de su guitarra a un re abierto.

            –Ha quedado bastante bien, lo único la parte de las voces del final…

Nacho y el batería rieron cómplices.

            –La parte de las voces sobre el solo han quedado perfectas, pasamos a la siguiente  –dijo Nacho entre carcajadas.

El productor se levantó de la silla para estirar las piernas. Hacía varias horas que se había quitado la corbata y diez minutos que se había fumado su último cigarro.

            –¿Me das un pito?

            –¿Estás seguro? –El técnico le acercó la cajetilla blanquiazul de Ducados y siguió a lo suyo, cambiando la bobina de grabación.

            –Joder, ¿es que aquí nadie fuma rubio?

El productor salió de la sala con la chaqueta debajo del brazo. En los bajos del edificio había un bar que abría hasta tarde, pero era difícil que un miércoles aguantase hasta tan tarde.

Mientras los jóvenes músicos hablaban entre ellos, el técnico dio un repaso a lo que había recogido en su grabación. Parecía mentira que esos mocosos hubiesen empastado de esa forma una partitura tan complicada. El técnico avanzó hacia el último tercio de la canción; quería escuchar esas extrañas voces de las que tan orgullosos estaban. Era un susurro, como el fantasma de un borracho al que no se le entendía nada de lo que decía.

            Ied munger mine tse muilat; soe sitireubihorp en. Em da erinev soluvrap etinis.

Frunció el ceño, se llevó el cigarro a los labios y le dio una fuerte chupada, pero hacía rato que se había apagado.

En la acera de enfrente del edificio donde estaba el estudio de grabación, el productor gastaba su último cartucho en forma de moneda de cinco duros por la rendija de una cabina de teléfonos mal iluminada. Desde ahí podía ver las luces encendidas en la quinta planta del edificio.

            –Señor, disculpe que le llame a estas horas –dijo el productor con su voz de vasallo obediente. Después carraspeó.

            –Más te vale que nos estén invadiendo los comunistas o los marcianos, como me hayas sacado de la cama por nada, te juro que te corto los huevos y se los doy a mi perro para desayunar. –Un ladrido sonó lejano desde el otro lado del hilo telefónico.

            –Es mucho peor, me temo que la grabación se ha ido a la mierda.

            –¿Qué grabación?

            –La de los chicos, señor, están grabando su propio material. Además han despedido a los músicos que habíamos contratado y están grabando ellos mismos las canciones.

            –Por favor, recuérdame para qué te pago, porque te juro que ahora mismo no entiendo nada –protestó la voz del otro lado. Hizo una pausa, como si en su mente estuviese haciendo una lista de posibles consecuencias a partir de la decisión que estaba a punto de tomar. El enorme perro seguía ladrando y su voz sonaba como la del cancerbero, magnificada por el efecto embudo del pasillo–. Vuelve al estudio y coge las cintas; que no salga nada de ahí. Tráemelas mañana por la mañana a mi despacho a primera hora.

            –¿Qué hago con los chicos?

            –Despídelos tú mismo; pensaba hacerlo de todas formas el año que viene. Ya son demasiado mayores…

            –Gracias señor.

            –Ah, otra cosa.

            –¿Sí?

            –Despide también al técnico; sabe demasiado.

 

Septiembre de 2.015; prisión de Zuera. Parte II

 

Javier llegó demasiado pronto a la cita. Dada la difícil combinación que había para llegar hasta la cárcel mediante el transporte público, su ex mujer había accedido a prestarle su Opel Corsa, no sin antes torturarle con una tragedia griega en tres actos de súplicas y el previo pago de cincuenta euros en concepto de los atrasos acumulados.

Una funcionaria le había tomado los datos y esperaba a que le llamasen a través de la megafonía. Compartía el espacio con pequeños grupúsculos de gitanas, madres con bastón y mirada perdida e hijos adultos con deportivas nuevas y olor a recién duchado. Guardaban un mínimo de dos asientos vacíos entre sí, como si estuviesen sujetos a algún tipo de restricción espacial por cuarentena.

Uno de esos tipos con deportivas nuevas y olor a recién duchado se levantó para beber agua. Era una de esas fuentes con una garrafa de veintitantos litros puesta boca abajo. Mientras se llenaba un vaso lanzó un par de miradas hacia Javier, que jugueteaba con las gomitas de su carpeta azul.

            –Yo a ti te conozco, tío –le dijo el tipo de la fuente.

Javier no respondió. Le miró y torció los labios hacia un lado en un gesto difícil de interpretar.

            –Sí, yo te conozco –insistió. Tenía más o menos la misma edad que Javier, pero le faltaban  los cuatro incisivos superiores–. Tú eres famoso, tío, tú cantabas en ese grupo… ¿Cómo se llamaba?

            –Creo que me confunde con otro. –La silla de plástico se le hacía incómoda y no terminaba de encontrar la postura. Comenzó a sentir las miradas sobre su cara y la temperatura calentándole las mejillas.

            –Joder… ¡Mamá! –Llamó a una de las ancianas que esperaba su turno con un bastón entre las manos– ¿Cómo se llamaba el grupo ese? Ese que nos llevasteis a ver a mi hermano y a mí al Parque Torre Ramona cuando lo inauguraron.

            –No me acuerdo, hijo mío –respondió la madre sin apenas inmutarse.

Las gitanas cuchicheaban desde su rincón y le miraban. Varios grupos de visitantes murmuraban entre sí y se lanzaban miradas cómplices; incluso sintió el fogonazo del flash de la cámara de un móvil.

La funcionaria de la recepción también se dio cuenta.

            –Les recordamos que está prohibido hacer fotografías –bramó desde detrás del mostrador–. Y hagan el favor de guardar silencio; se encuentran en una cárcel, no en un bar.

El tipo del agua llenó su vaso y se sentó en uno de los asientos vacíos que flanqueaban a Javier.

            –Me acuerdo de ese concierto, tío, yo debía tener nueve o diez años, pero me acuerdo como si fuera ayer –le susurró casi al oído. A cada respiración, Javier sentía como sus pulmones absorbían el olor a detergente de su ropa y se le pegaba en la garganta, como un filtro de partículas–. También os vimos en el parque de atracciones. Teníamos vuestras cintas, tío. Os escribimos cartas, pero nunca nos respondisteis. ¿Tan poco éramos para vosotros?

            –Manolín, deja de molestar a ese señor –le llamó su madre con tono autoritario.

De repente, sonó el zumbido de la megafonía:

            –Javier Rubiales, sala cinco. Javier Rubiales, sala cinco –repitió la megafonía antes de colgar con un sonido estático.

Javier se levantó con rapidez hacia el mostrador y la funcionaria, sin decir nada, le señaló el pasillo por el que se desplegaban las puertas de acceso a los locutorios de visitas y las salas donde se consumaban los vis a vis.

Volvió la esquina y caminó hasta la sala cinco. A través de las puertas abiertas podía ver las salas alargadas equipadas con esa especie de cabinas telefónicas acristaladas donde los presos hablaban con sus familiares o sus abogados. Casi todas estaban vacías. A mitad del pasillo estaba la sala cinco, que a diferencia del resto de equipamientos de la prisión, era un pequeño despacho, más parecido a una consulta médica. La puerta estaba abierta.

            –Javier Rubiales, ¿cierto? –el funcionario se levantó de su silla y le estrechó la mano. Era un hombre de cuarenta y pocos años, con gafas y ni una sola cana. En el dedo anular de la mano izquierda todavía se le notaba la marca de haber llevado durante mucho tiempo el anillo. Javier se fijaba mucho en ese tipo de detalles–. Mi nombre es Alberto Martínez y soy el responsable de los FIES y los casos… especiales.

            –Ya entiendo… –Javier miró de reojo la silla, pero el funcionario permanecía de pie.

            –No sé si lo sabe, pero esta es la primera persona a la que recibe Raúl. –Se le quedó mirando como si esperase algún tipo de respuesta por su parte–. Nadie se ha acordado de él en veintitrés años, señor Rubiales. Ni una sola visita, ni una sola carta, ni el más mínimo contacto del exterior.

El funcionario hizo entrega de un par de folios con ese tono a marfil sucio que tiene el papel reciclado. Javier apenas leyó el encabezamiento.

–Es mi deber informarle que si bien ahora el recluso es poco más que un vegetal, cuenta con unos antecedentes realmente violentos.

            –Soy consciente. –Asintió Javier.

            –Necesitamos que entienda nuestra preocupación ante el hecho de que esta visita pueda suponer un cambio potencial en el statu quo de Raúl que de alguna manera haga… despertar esa conducta.

            –No se preocupe, solo he venido a aclarar un tema económico con él.

            –Al tratarse de un preso con un historial tan complicado, señor Rubiales, el reglamento especifica que la visita debe realizarse en presencia de un funcionario y al menos un miembro del equipo de seguridad, ¿lo entiende?

Javier asintió sin soltar su carpeta azul de gomas blancas.

            –Yo mismo les acompañaré –dijo el funcionario. Un pitido sonó en alguno de los cacharros que abarrotaban su mesa–. Está bien, su hermano ya está preparado.

            –No es mi hermano, es mi hermanastro.

 

Junio de 2.015, Ejea de los Caballeros; Fiestas de San Juan.

 

            –¿Qué tal lo estáis pasando, Ejea?

La voz principal de la Nuevo Apolo Show sonaba como la de esos crooners de segunda que mendigaban aplausos entre plato y plato durante las cenas con espectáculo de los hoteles levantinos, diciendo al público lo maravilloso que era. También había trabajado en cruceros, en karaokes, en una sala de bingo, en la construcción e incluso tuvo un paso fugaz por la industria del cine con un papel secundario en un par de películas porno made in Spain.

Estaba solo sobre el escenario; el resto de miembros de la orquesta estaba haciendo uno de los numerosos cambios de vestuario con los que amenizaban la producción; sobre todo las bailarinas. La Diva clavaba sus pestañas postizas contra él fumando un cigarrillo desde detrás de los telones del escenario. Llevaba más de diez años en este negocio y cada vez aguantaba menos las sesiones infantiles de tarde; lo odiaba.

            –Amigos de Ejea, sois un público maravilloso y tenemos una sorpresa muy especial que nos apetece enormemente compartir con todos vosotros.

Los miembros de la sección de viento salieron al escenario vestidos con esos ridículos trajes. Con esos pantalones ajustados imitación de cuero rojo parecían «una cuadrilla de chaperos». Esa fue la frase literal que utilizó el saxofonista el día de las pruebas de vestuario. No le faltaba razón; el atuendo lo completaba una camisa blanca con chorreras y un pañuelo rojo anudado al cuello.

El batería llevaba una peluca rizada pelirroja que provocó las primeras risas y el surgimiento de varias docenas de teléfonos móviles al alto, con los flashes de sus cámaras dispuestos a disparar.

            –Ejea, vamos a regresar por un momento a nuestra infancia. Sobre todo esos que ya somos un poco mayorcitos. –Aunque un cantante del montón, nadie podía negar que era todo un experto en manejar los tiempos. Decía que esas pausas debían durar el tiempo exacto que le llevase encontrar a la tía entre el público a la que le gustaría follarse esa noche, mirarla a los ojos y sonreírle. En los años buenos, además, esperaba a que ella le devolviese la sonrisa; ahora, se conformaba con poder verla sin gafas–. Vamos a sacar ese niño que llevamos dentro, a ese niño que se sabe esas canciones que nos han acompañado durante toda nuestra vida.

Delante de Javier saldrían las bailarinas y la Diva; él era el último. La noche anterior decidió que no usaría la peluca rubia que le habían comprado. Parecía una parodia del mudo de los Hermanos Marx.

            –Como sabéis, la Orquesta Nuevo Apolo Show tiene la gran suerte y el enorme privilegio de contar en sus filas con alguien muy especial. –Los carteles impresos a todo color en todas las marquesinas de la comarca de las Cinco Villas ya lo habían anunciado a bombo y platillo, pero no estaba de más volver a recordarlo–. Ejea, hemos traído para vosotros un trocito de historia viva de la música española de los ochenta. Un músico a la altura de Enrique y Ana, Parchís o Teresa Rabal. Os sabéis sus canciones…

El cantante hizo una señal con su dedo índice al técnico y comenzó a sonar una música pregrabada que cogió desprevenidos a varios de los músicos que había sobre el escenario. Un primer golpe de batería con las baquetas todavía en su funda y un primer fraseo de trompeta con las boquillas a medio palmo de los labios. Las bailarinas salieron a escena rodeando al cantante principal y la Diva sacó a Javier de la mano como una azafata que presenta a un concursante en la Ruleta de la Fortuna.

Las luces de debajo del escenario se multiplicaron y los flashes de las cámaras comenzaron a inundarlo todo.

            –Ejea, con todos vosotros, Javier Rubiales, cantante y teclista del grupo…

Los flashes tenían un color azulado en contraste con la iluminación residual del escenario y las luces de emergencia del pabellón. Era una luz blanca, más pura, pero a la vez cegadora; era el color del rayo. Toda la tensión de su cuerpo se concentró en los párpados y las mandíbulas. Por más que trataba de abrirlos, sentía una fuerza eléctrica que se lo impedía.

No podía ver, ni podía cantar. A través de las membranas de los párpados sentía los fogonazos de luz iluminados en rojo, mutando al azul hasta degenerar en el verde. Esos organismos de plancton improvisados orbitaban alrededor de su nervio óptico en coreografías satelitales imposibles. La música sonaba lejana, submarina, sin ningún tipo de definición. Un alambre de espino le atravesaba la cabeza de un oído a otro, paladeando en el fondo de la lengua el sabor a hierro oxidado.

Un objeto le golpeó en la cabeza. No sabía si se había chocado con alguna de las torres de iluminación, un pie de micro o el mástil de la guitarra. Después volvió a sentir otro golpe en el hombro y dos más en el pecho y de nuevo en la cabeza. Comenzó a sentir un líquido frío empapándole el pelo y la cara que le despertó. El alambre salió del interior de sus oídos de un tirón rápido, como cuando se arranca un esparadrapo. Ese alambre pareció desbloquear el quicio que oprimía sus mandíbulas. Se llevó la mano a la oreja izquierda para comprobar si sangraba. Entonces pudo liberar poco a poco la presión que ejercían sus párpados.

Las luces estaban encendidas. El público les abucheaba y lanzaba todo tipo de objetos al escenario. Le pareció ver incluso una cabeza de ternasco. ¿Quién demonios sale de casa con una cabeza de ternasco? El resto de músicos habían abandonado el escenario hacía un buen rato. Sobre las tablas de solo estaba él, cubierto de escupitajos y los restos de los litros de cerveza que le habían arrojado. Varios agentes de Protección Civil y miembros de la comisión de fiestas hacían de escudo humano frente a la primera fila del escenario; el público quería lincharlos.

Su primer impulso fue mirarse las manos; no sangraba.

 

Febrero de 1.980, 8:50 de la mañana, Plaza del Pilar.

 

Javier y Raúl cerraban la columna de infanticos que recorría en fila de a dos los escasos doscientos metros entre la Escolanía en la que estaban internos y la Basílica del Pilar. No era una mañana fría, pero el cierzo hinchaba los hábitos de los niños como campanas. Varias monjas escoltaban al séquito, una a cada flanco, como centinelas de un grupo de deportados hacia un campo de concentración. Nadie hablaba; o más bien, nadie se atrevía a hacerlo, aunque los dos hermanos nunca necesitaron decirse nada para comunicarse entre sí. Javier, el más pequeño de los dos, lloraba en un gemido sordo. Raúl, el pelirrojo, le cogía la mano y se la estrechaba como si por un extraño sistema a base de signos de presión fuese capaz de decirle: «todo va a salir bien».

            –Hablaré con el padre Luis, no te preocupes –susurró Raúl a su hermano aprovechando el ruido de las puertas de la Basílica al abrirse.

Los infanticos formaron en semicírculo alrededor del atril central del coreto de la virgen, ocupando sus posiciones en la sillería. Un infantico estaba destacado en el centro respecto a los demás. Era el catorce cumpleaños de Federico; el último que pasaría junto a sus compañeros de la escolanía. A pesar de que nunca fue un gran solista, esa mañana se le había reservado el honor de liderar el canto en la misa de las nueve.

El resto del coro acompañaba la melodía del órgano con sus voces. Los más pequeños bostezaban y se frotaban los ojos; los más mayores pasaban el rato con la mirada perdida en algún punto del camarín de la virgen que se levantaba frente a ellos. Tras cuatro compases, el padre Luis, hizo un gesto al resto de niños para que levantasen la voz, diluyendo la vergüenza con la prudencia cristiana que le caracterizaba. Javier solo movía los labios.

La partitura era una de esas interminables misas cantadas que hablan de la salvación y el pecado. Palabras inconexas en las mismas fórmulas manidas. Sílabas, notas musicales sobre partituras heredadas de cursos anteriores.

Dentro de la Basílica hacía esa mezcla entre frío y calor que atormenta el reúma de los viejos en los templos de grandes dimensiones. Los cuerpos pintados en el fresco de la bóveda se retorcían en un torbellino de ángeles que bailaban alrededor de un incendio adorando a un triángulo amarillo. Los rostros estaban desdibujados por la mala iluminación y la capa de suciedad producto de años de combustión de las velas. Aun así, sus expresiones eran de miedo y sufrimiento. Unos ángeles abrazaban a otros, un tercero almizclaba la escena con un incensario; «una medicina para soportar el dolor», pensó Javier. Varios querubines parecían flotar atraídos hacia el triángulo amarillo, mientras en la base, las cabezas cortadas de otros congéneres suyos ennegrecían hasta casi desaparecer. Solo se les veían las cuencas vacías de los ojos.

Javier se sentía mareado. Tragó saliva, pero el grumo se le hizo demasiado denso como para hacerlo pasar por la estrechez matinal de su garganta. Tampoco había podido desayunar y por ello le esperaba un castigo al comienzo de su jornada lectiva. Al recuperar el ángulo de inclinación normal de su cabeza todo comenzó a darle vueltas. Trató de centrar la vista en un punto, pero lo único que encontró fueron los ojos de Nacho, un infante varios años mayor que él, que no dejaba de mirarle fijamente con una sonrisa de gato negro.

Su mirada lo decía todo por él: «sé lo que visteis».

Al finalizar la liturgia y salir a la calle Javier comenzó a sentirse mejor. El cierzo renovó el aire viciado de sus pulmones y la luz del sol le ayudaba a verlo todo con mayor claridad. Raúl desfilaba a su lado, con esa cara de angustia que sabía impostar para llamar la atención del siempre predispuesto padre Luis.

El Vicario General Puyarruego paseaba con las manos a la espalda al refugio del cierzo en la calle Florencio Jardiel, donde se encontraba el Colegio Escolanía de Infantes del Pilar. Era un hombre joven y ambicioso que había escalado rápido en la carrera eclesiástica. El resto de sacerdotes y monjas decían de él que sería el próximo Arzobispo, si algún escándalo no acababa apartándole de la Iglesia primero.

Las monjas le saludaron con amplias sonrisas y él, que cubría su cara ancha con grandes patillas y unas gafas de esas que se oscurecían cuando les daba el sol, les devolvió un leve saludo con la mano derecha.

El Vicario abordó la formación bípeda de cardenales en miniatura y puso su mano sobre el hombro de Nacho haciéndole salir de la fila. A pesar de no haber cumplido los doce, era uno de los más altos de la Escolanía; más que muchos de los infantes de último año. El Vicario lo apartó a un lado sin dejar de sujetarle el hombro con su mano anillada. Hablaba con él en voz baja, susurrándole al oído y él se limitaba a asentir.

La columna de infanticos alcanzó la puerta del colegio. Antes de entrar, Javier y Raúl echaron un último vistazo hacia el Vicario; Nacho les estaba señalando con el dedo.

 

Septiembre de 2.015; prisión de Zuera. Parte III

 

La sala de visitas parecía más bien una sala de interrogatorios, incluso tenía un gran espejo en un lateral. Las paredes eran de hormigón deslucido con una única abertura en forma de respiradero en lo más alto y dos puertas. Una mesa atornillada al suelo separaba la habitación en dos hemisferios, como el mostrador de una tienda, con una puerta a cada lado.

Javier y el funcionario Martínez esperaban en su mitad sentados sobre un par de sillas incómodas, de esas de las que la moldura metálica se clava en la parte alta de la espalda. Al otro lado de la mesa vacía aguardaban dos sillas mellizas dispuestas frente a ellos en un ángulo predispuesto a conversar. La rodilla derecha de Javier martilleaba el suelo. El funcionario Martínez aguardaba inmóvil, como un reptil en las horas de calor o una pantalla de ordenador en modo ahorro de energía.

Un portazo sonó al otro lado de la puerta que tenían enfrente. Puertas abriéndose y cerrándose antes de abrir la siguiente; nada por casualidad, ahí todo seguía los procedimientos establecido. Más puertas abriéndose para ser cerradas. Después, el sonido de unas cadenas, un retintín de llaves y un trozo de metal encajando en una cerradura.

Javier carraspeó. Martínez seguía sin hacer un solo movimiento.

El primero en pasar a la sala fue un Guardia Civil. Tenía la cabeza pequeña en comparación con el cuerpo; poco después Javier descubrió que el efecto visual se debía al uso de guantes, chaleco y el equipo completo de protección cuando se manipulaba a este tipo de internos.

Al final de una cadena de unos dos metros estaba Raúl. O al menos el tipo con el que compartía el nombre, los apellidos y el documento nacional de identidad. Caminaba cabizbajo, con los pasos más largos que le permitían los pies engrilletados. Avanzaba siguiendo la inercia de la cadena que lo sujetaba a un arnés que le cruzaba los hombros y la cintura y desembocaba en un empalme con las esposas de las manos.

Lucía el color de los pelirrojos mal envejecidos; a mechones anaranjados mezclados con otros más pálidos y otros totalmente blancos. Lo habían peinado y acicalado con la misma delicadeza con la que se desinfecta una granja de pollos. Olía a algún tipo de desinfectante industrial al que huelen por las mañanas los hospitales.

El Guardia Civil enhebró la cadena por algún tipo de argolla que había en el canto contrario de la mesa, invisible para los visitantes, y lo aseguró con un candado. Después, tiró de las esposas del preso y lo sentó en la silla de enfrente de Javier.

El Guardia Civil cerró la puerta y se quedó de pie apoyado en la pared tras Raúl. Su gesto era tenso.

            –Ya estamos todos, señor Rubiales. –El funcionario Martínez rompió el incómodo silencio–. Cuando quiera, Raúl puede escucharle.

A Javier le temblaba la barbilla. El tipo que tenía delante estaba doblado, casi tocándose las rodillas con el mentón, como si perteneciese a algún tipo de familia de moluscos gigantes de tierra. La espalda encorvada le subía y bajaba al ritmo de cada respiración; también parecía nervioso. Al otro lado de la fina tela del uniforme de recluso se le marcaban las costillas y el complejo sistema de articulaciones de los hombros. No era un traje a rayas, ni una indumentaria especialmente vistosa; era un pijama del SALUD con el logo antiguo –de cuando todavía era el INSALUD–.

            –Ra… Raúl, s… soy yo, Ja… Javi.

La joroba de su hermanastro dejó de batir.

            –¿Q… Qué tal t… te encuentras?

Javier puso la mano sobre la mesa y el Guardia Civil intervino en un volumen que sobresaltó a  todos menos al recluso:

            –Por favor, aleje las manos del preso.

            –Está bien, está bien. –Tranquilizó Martínez sin dejar de tomar notas sobre su carpeta–. Culpa mía, agente; debía haberle avisado.

            –Pe… pe… perdón –dijo Javier.

La cresta sobre la espalda de Raúl volvió a galopar arriba y abajo. Al retirarla de la mesa, la palma de la mano de Javier dejó una huella húmeda que se evaporó muy despacio hasta desaparecer sin dejar un solo rastro de su paso por ahí.

            –¿Te dan bien de comer?

Nadie respiró. El bolígrafo de Martínez dibujaba un trazo ininteligible sobre un folio con el membrete de Instituciones Penitenciarias. Javier se lo quedó mirando; dudaba mucho que fuese capaz de entender su propia letra cuando tuviese que pasarlo a limpio.

            –Ne… necesito hablar de un tema con… contigo, ¿s…sabes? –Javier abrió las gomas de la carpeta que llevaba y sacó varios montones de hojas grapadas.

Miró al Guardia Civil solicitando su permiso y este no hizo ningún gesto ni afirmativo ni negativo; mantenía esa cara de portero al que le van a lanzar un penalti. Javier decidió improvisar y lanzó las hojas sobre la mesa deslizándose con suavidad sobre el acero inoxidable hasta llegar frente a Raúl.

            –Esto…. Raúl –Javier se inclinó hacia delante liberando sus dorsales de la incomodidad del respaldo–. No… no estoy pa… pasando por un buen momento, ¿sabes?

Raúl emitió un sonido extraño, una variante de tos aspirada con un deje que podía recordar vagamente a una carcajada. Los tres se sorprendieron, incluso Martínez, que levantó por un par de segundos sus gafas de montura metálica por encima del papel; sin dejar de garabatear.

            –Lo… lo que he… lo que he de… dejado sobre la mesa es una modificación sobre nuestro contrato, ¿sabes? –Javier se rascaba el lado izquierdo de la cara con la mano derecha de forma compulsiva. Varias marcas de arañazos con solera delataban que se trataba de un vicio añejo–. Llevo… llevo más de veinte años entre juicios y a… abo… bogados; estoy arruinado. Esto… esto ha sido… ha sido una… ha sido una locura.

Raúl volvió a lanzar uno de esos gruñidos. Esta vez más claro que el anterior: estaba riendo. Su espalda comenzó a erguirse poco a poco, como un minutero que remontaba de menos veinte hasta casi menos cinco. A cada golpe que invertía para incorporarse sobre su propio eje, sus vértebras crujían como si las ramas de un árbol viejo se estuviesen resquebrajando. Parecía imposible que un cuerpo humano fuese capaz de reproducir semejante horror sonoro y seguir respirando; pero Raúl parecía estar más vivo que nunca.

            –Jo… joder, ¡Raúl! –Javier no pudo evitar dar un salto en su silla y retroceder hasta parapetarse detrás del funcionario Martínez.

            –Trate de serenarse, ya se lo advertí.

El Guardia Civil echó mano a la pistola de impulsos eléctricos que llevaba donde suele llevar el arma de fuego reglamentaria, pero Martínez le hizo un gesto tranquilizador. Fue el único momento en el que su bolígrafo se levantó del contacto con el papel dibujando un rayón prácticamente recto.

            –Apocalipsis –dijo la efigie de ojos blancos.

Alguien metió un palo entre los radios de las ruedas de la rotación terrestre y esta se detuvo de golpe. También lo hizo el tiempo y la gravedad, hasta que el sonido del bolígrafo de Martínez cayendo al suelo los despertó a todos.

            –¡Puto chalado! –dijo el Guardia Civil con el Táser en la mano preparado para freírle el cerebro.

            –Suelte eso inmediatamente –ordenó Martínez, no autoritario, sino al indulto la vida de su propia criatura de Frankenstein.

De repente, dos círculos de color descendieron de la parte superior del ojo. Los iris y las pupilas de Raúl regresaron a su posición habitual. Apuntaban directamente a Javier, mientras su cara, ausente de cualquier indicio de arruga o mancha, sonreía.

            –¿Nacho? –dijo.

–No soy Na… Nacho, soy Javi –respondió.

–Nacho, Apocalipsis –insistió– Apocalipsis Now.

 

Febrero de 1.980, 21:05 de la noche, Cine Pax; Plaza de la Seo, 6.

 

El padre Luis caminaba delante a un paso más ligero del que acostumbraba. Llevaba el abrigo desabotonado y las solapas se le abrían con el viento. Raúl y Javier lo seguían a un par de metros de distancia; acababan de cantar la Salve a la Virgen en la Basílica y no habían tenido tiempo para coger sus abrigos.

            –Venga, chicos, que llegamos tarde. –Se volvió para apremiarles.

Los dos niños dieron un pequeño acelerón para ponerse a su altura. No sabían a dónde les llevaba, ni se atrevían a preguntar. Atravesaron la plaza del Pilar por los porches del Ayuntamiento parapetándose del cierzo que agitaba las copas de los árboles y convertía a los transeúntes en criaturas sin cuello. Al llegar al paso de cebra, el padre Luis miró a ambos lados y tras cerciorarse de que no pasaba ningún coche les urgió a cruzar con un movimiento de mano, en una posición de guardaespaldas, con los brazos abiertos.

Ahora los niños caminaban delante y el padre les daba palmadas en la espalda. Delante de ellos se levantaba la torre de la Seo. Pasaban hasta cuatro veces al día por delante y apenas reparaban en su presencia, preferían fijarse en los coches que había aparcados en la plaza o en el kiosco que vendía dulces y tebeos. Pero ahora, esa torre mal iluminada se levantaba como un faro de estilo barroco que se esforzaba en ahuyentarles; o al menos, intentaba prevenirles.

            –Deprisa, deprisa –les dijo el padre Luis al percibir que ralentizaban el paso.

            –¿Pero a dónde vamos? –protestó Raúl.

            –Ahora lo sabréis, seguid recto.

Cruzaron los adoquines de San Gil y bordearon la sucursal de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja que hacía esquina. Era uno de esos enclaves en los que el cierzo se encañona, se comprime y sopla helador. El Cine Pax estaba cerrado, pero al advertir la presencia de los dos infantes y el padre Luis, se abrió una de las puertas anexas a la entrada principal; un joven diácono les esperaba sin soltar la mano de la cerradura. Al verlos, miró de soslayo la esfera de su reloj y protestó al padre Luis con un cabeceo altivo.

El maestro de los niños se quedó plantado sobre las baldosas de la plaza y los niños se detuvieron con él.

            –Rápido, pasad, la película ya ha empezado –insistió insolente el joven diácono.

Los pequeños Javier y Raúl se miraron y sonrieron.

            –¿Vamos a ver una película? –se volvió Javier, el más pequeño de los dos hacia el padre Luis. Tenía el rostro encendido por una sonrisa que disipó todos sus miedos.

            –Claro, hijo, era una sorpresa –respondió con un hilo de voz rota faltando al octavo mandamiento.

Raúl le miró para solicitar su permiso y el padre Luis afirmó con la cabeza. El color de su rostro no era muy distinto al del asfalto.

El diácono cerró la puerta con llave. En el hall había carteles de los estrenos recientes de Los Energéticos y un par de películas de Bud Spencer y Terence Hill. La sotana del diácono se deslizaba ágil por el encerado hacia unas escaleras que llevaban al palco superior.

            –Seguidme, llegáis muy tarde.

Javier y Raúl corrieron tras él y subieron los escalones de dos en dos. Los acordes de The End, de The Doors, retumbaban por los pasillos, mientras unas explosiones engullían las palmeras de una selva en algún lugar del sudeste asiático.

Los niños quedaron petrificados ante los ojos azules del Capitán Willard. Sentían que les miraba desde más allá de la pantalla, absorto en el giro de un ventilador de techo que poco a poco se fundía hasta convertirse en las aspas de un helicóptero. Poco a poco, la canción iba desapareciendo en detrimento del zumbido de los rotores.

A la izquierda del pasillo superior se desplegaban una docena de filas de asientos. Estaban ocupados por un grupo de hombres, envueltos en sotanas, lanzando a la luz del proyector grandes bocanadas de humo, riendo y pasándose botellas de whisky. También había otros chicos; chicos adolescentes sin camiseta.

El Vicario Puyarruego se levantó de su butaca y se acercó a Javier y Raúl. La boca del Vicario apestaba a rubio de contrabando y whisky de la base americana. Era un hombre corpulento y de cara ancha que lucía unas grandes patillas que le habían granjeado el sobrenombre de Algarrobo, en honor al personaje de la serie Curro Jiménez. Las gafas de montura metálica le quedaban pequeñas y las varillas le hundían la redondez de la cara por encima de las orejas. Tenía las manos anchas y fuertes; una herencia preparada para el trabajo en la granja paterna que nunca desempeñó. Eran suaves y frías.

            –Me alegra mucho que estéis aquí –les dijo agachándose para acariciarles la cara. Los niños podían verse reflejados en sus grandes cristales–, el padre Luis me ha hablado mucho y muy bien de vosotros. Dice que sois los mejores cantantes  de la Escolanía de Infantes, ¿es eso cierto?

Los dos niños se miraron y se encogieron de hombros. Puyarruego se echó a reír y les pellizcó los mofletes.

            –Huid de la falsa modestia, chicos, no es más que la soberbia disfrazada de humildad.   

El religioso se rebuscó en los bolsillos de la sotana y sacó un paquete de Camel y una caja de cerillas, recordatorio de una boda a la que asistió el fin de semana anterior. La sacudió para comprobar que quedaban un par de fósforos, sacó uno y lo encendió frotando la cabeza contra la patilla izquierda haciendo reír a los chicos.

            –¿A que no habías visto hacer esto antes a nadie? –Festejó encendiéndose el cigarro–. Seguro que no.

El Vicario Puyarruego se volvió hacia las butacas y avisó a uno de los obispos que veía la película con los pies encima el respaldo de la butaca que tenía delante. Manipulaba el cigarrillo con maestría entre los rechonchos dedos corazón y anular. Con cada calada se encendía el anillo de oro que llevaba en la mano derecha.

            –Mi amigo Nacho tampoco. Porque conocéis a Nacho, ¿verdad?

Javier y Raúl se miraron antes de asentir. Las gafas del Vicario actuaban como un espejo de la verdad. En su reflejo, los dos hermanos empequeñecían y se enfrentaban a sus propios miedos. Sentían una fuerza capaz de captar la preocupación que les había atenazado durante todo el fin de semana. Esos cristales se alimentaban del miedo.

            –Mi amigo Nacho canta muy bien, tan bien como vosotros. Además, también se ha criado en un orfanato, por lo que sabe mejor que nadie todo por lo que habéis pasado en vuestras jóvenes vidas.

Uno de los obispos trajo consigo al chico que les miraba fijamente por la mañana. Lo llevaba cogido de la mano, a pesar de que los dos eran prácticamente de la misma altura. Era moreno, con rasgos agitanados y cara de astuto. Tenía el pelo un poco más largo que los demás y un largo flequillo liso le caía por encima de la ceja derecha hasta casi ocultarle el ojo.

            –Además, es un gran chico, muy obediente y servicial.

El capitán Willard reflexionaba en voz alta a través de los altavoces del cine: «yo quería una misión y por mis pecados me dieron una». El obispo le soltó de la mano y Nacho dio un par de pasos al frente hasta ponerse al lado del Vicario.

            –¿Vosotros también me ayudaríais si yo os pidiese una cosa? –les preguntó a los hermanastros. Nacho ya no les miraba amenazante, sino que el rictus de su cara se había relajado hasta un gesto de obediente sumisión.

Los niños asintieron.

            –Sabía que podía contar con vosotros –festejó Puyarruego con una amplia sonrisa de dientes oscurecidos por el abuso del tabaco y la falta de higiene–. Mañana, a las diez de la mañana, cuando hayáis acabado la misa, os esperará un coche en la puerta del colegio.

            –Yo me encargaré de todo, Vicario –dijo Nacho.

Puyarruego no podía dejar de sonreír.

            –¿A dónde iremos? –preguntó Javier, asustado–. Mañana tenemos clase con el padre Luis…

            –No, mañana no tendréis clase; quedáis liberados de todas vuestras obligaciones hasta nuevo aviso.

            –¿Y qué haremos entonces? –preguntó Raúl rascándose los rizos pelirrojos que le brotaban de la cabeza.

            –Cantar, tío, vamos a hacer el mejor grupo de canciones del mundo, seremos mejores que Parchís –intervino Nacho–. Grabaremos discos, haremos películas y saldremos en Barrio Sésamo, y en Aplauso, y en el Un, Dos, Tres, ¿a que sí, Vicario Puyarruego?

En la pantalla, un grupo de oficinistas con uniformes del ejército discutían alrededor de una mesa llena de comida. El calor era sofocante; dentro del Cine Pax también.

            –Yo no lo hubiese dicho mejor –el Vicario apuró el cigarro y lo tiró al suelo. Después lo aplastó con la suela de su zapato.

 

Zaragoza, abril de 1.998. El despacho de la psicóloga. Parte I.

 

            –Javier, ¿quieres hablarme de tus padres? –La psicóloga garabateaba sobre un montón de folios sueltos que tapizaban su mesa. El lápiz con el que escribía –más bien, dibujaba– estaba coronado por las típicas muescas de mordisco hiperactivo.

            –Sinceramente, no sé qué tiene que ver esto con mi contrato. Yo solo quiero que saquen mi disco. Es mi debut en solitario, es muy importante para mí.

Javier hablaba tras un muro de brazos y piernas cruzadas. Todavía no había asimilado que la consulta de un psicólogo distase tanto de las amplias salas enmoquetadas con diván que salían en las películas americanas. El gabinete al que asistía pertenecía a una mutua de seguros en la que un abogado y ella alternaban los despachos por horas. A ojo, esa habitación no debía superar los catorce metros cuadrados; palmo arriba, palmo abajo.  

La psicóloga levantó la cabeza del papel tras una pausa lo bastante larga como para incomodar al cliente de su aseguradora.

            –¿Puedes al menos quitarte las gafas de sol? –sugirió. En el reflejo de su silueta sobre el cristal de las gafas de Javier advirtió que no le vendría mal una visita por la peluquería–. Me gusta mirar a los ojos cuando hablamos.

Javier chasqueó la lengua y obedeció. Se colocó las gafas con cuidado sobre la cabeza a modo de diadema, haciendo lo imposible por no deformar el elaborado peinado a lo cantante italiano de finales de los noventa.

            –¿Contenta?

            –Mucho mejor –respondió la psicóloga. No era mucho mayor que Javier; lo suficiente como para no haber bailado sus canciones en las funciones del colegio–. Estabas a punto de hablarme de tus padres…

Javier se rascó la nuca y se buscó con los dedos la etiqueta de la cazadora de cuero. A pesar de que tenía calor, consideraba que le quedaba de puta madre con la camiseta interior blanca y los pantalones de piel que llevaba.

            –¿De cuáles de los dos quieres que te hable? –Ni las mechas rubio platino, ni el piercing en la ceja, ni las patillas en punta ni la sonrisa sardónica eran capaces de ocultar el pavor que reflejaban sus ojos–. ¿Quieres que te hable de la madre que me abandonó o prefieres a los padres fanáticos religiosos coleccionistas de buenas acciones?

            –¿Recuerdas a tu madre biológica? –Los esquemas que dibujaba sobre el papel se bifurcaban con forma de hidra de dos cabezas.

            –No –respondió Javier. Había deshilachado la posición de pies y manos y ahora jugueteaba con el cierre de la correa del reloj–. Una de las monjas de la Gota de Leche me dijo que me encontraron entre un fajo de cartones. Todavía tenía el cordón umbilical colgando.

 

Javier carraspeó y apartó la mirada. La única ventana daba a un tendedor y varias máquinas de aire acondicionado colgadas sobre el vacío del patio de luces.

            –¿Quieres un poco de agua? –Intervino la psicóloga. Llevaba semanas picando en roca y acababa de abrir la veta del filón.

Javier rehusó con la mano y se esforzó en tragar saliva.

            –Háblame de María Pilar y Andrés. –Regresó a los primeros folios de sus apuntes.

            –Eran mis padres adoptivos.

            –¿Y qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando piensas en ellos?

Javier sonrió, pero sus grandes ojos azules decían lo contrario.

            –El Rosario –respondió sin pensarlo demasiado–. Cinco misterios: los lunes y  sábados, los gozosos, martes y viernes los dolorosos; jueves, los luminosos y miércoles y domingos los gloriosos. Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria y las letanías de la Virgen. Además de la misa, la catequesis y las jornadas de convivencia en la parroquia.

            –Era una familia con un alto grado de espiritualidad –añadió la psicóloga.

            –Eran unos pobres idólatras que no tenían dónde caerse muertos.

            –Sigues usando sus apellidos…

            –Yo tenía siete años cuando nos adoptaron; Raúl ocho. –El carboncillo del lápiz de la psicóloga casi había desaparecido y empezaba a hacer un sonido desagradable al rozar su trazo sobre el papel–. A los seis meses, con la llegada del curso escolar, nos metieron en los Infanticos.

            –¿Internos?

            –Cambiamos los barrotes del orfanato por los del zoo y el espectáculo.

            –¿Ahí fue donde conocieron a Juan Ignacio Compte Mazaleón? –La psicóloga leyó el nombre directamente de las copias que le había proporcionado la gestoría.

            –A él también se la jugaron, como a nosotros. –Javier entrecruzó los dedos de las manos entre sí y se agarró la rodilla izquierda hasta hacerlos crujir–. Nadar en la misma mierda es algo que acaba uniendo bastante.

            –¿Qué quieres decir con que se la jugaron? ¿Quién os la jugó?

 

Julio de 2.015, Terraza de las Ocas, parque Grande, Zaragoza.

 

A pesar de que había sido uno de los días más calurosos de lo que llevaban de verano, esa noche soplaba una brisa teñida de los romeros y tomillos del secano. Su mezcla arrastraba también el tamiz aromático de los pinares de Torrero y el olor del césped recién cortado del parque.

Desde su inauguración a principios de los ochenta, la terraza de las Ocas se había esforzado en amenizar las tardes y las noches de la capital aragonesa al aire libre. A los ojos de Borja, a pesar de la pátina de glamour con la que intentaban colmar su agenda de eventos, el local seguía siendo ese quiero y no puedo; un híbrido de estación de servicio de carretera y chiringuito playero con asador.

A su lado, Bárbara inspeccionaba la marca del tirante que el sol había hecho por omisión sobre la piel de su hombro. Las tardes de piscina le habían dorado el cabello, así como habían devuelto las pecas a la superficie de su cara. Estaba más guapa que nunca, pero hacía meses que Borja había dejado de quererla.

Nunca le habían caído bien sus amigas; mucho menos los novios de sus amigas, pero con la fecha de la boda a la vista, sentía que debía hacer un esfuerzo, o al menos, intentarlo.

Sobre el escenario de la terraza, en el marco de la XIV edición del concurso «Cara o qué», una chica de un metro y medio y ciento treinta kilos de peso rememoraba una versión libre del «Sueña que no existen Fronteras» que interpretaron Chenoa y Rosa en Operación Triunfo. Llevaba un vestido de brillantes negro que no le favorecía y una capa de chapa y pintura excesiva.

Una treintena de mesas con manteles blancos la ignoraban al tintineo de los hielos contra sus copas de cristal vacías. Pero la mesa de Borja y Bárbara la escuchaba con atención: la que estaba sobre el escenario era la prima de la mejor amiga de Bárbara.

Sus amigos, los hijos mayores y recién asentados de las familias más ricas de la ciudad, eran incapaces de reconocer el ridículo que estaba haciendo. Donde ellos escuchaban una base de  violines, violas y violonchelos, Borja era el único capaz de distinguir un sonido midi no muy distinto al de los teclados de Camela. Pero hacía un buen rato que Borja había desconectado. Se había perdido en el eco de los chicos de barrio que hacían botellón en las explanadas del Rincón de Goya y el zumbido lejano de las luces de un coche con el tubo de escape agujereado cruzando el voladizo de la Z-30 sobre el Parque Grande.

Un estrepitoso aplauso le devolvió a la realidad. Cualquier persona es capaz de distinguir una sonrisa falsa, una carcajada falsa o un apretón de manos falso. Borja era capaz de distinguir el  sonido impostado de unas palmadas falsas: más frío, más hueco y con un patrón rítmico carente de cualquier tipo de emoción. Los vítores, los silbidos, los aullidos-a-la-americana, los «guapa», los bises,…

            –Ha estado muy bien, ¿verdad? –preguntó Piluca, la mejor amiga de Bárbara.

Ella le devolvió la mejor de sus sonrisas falsas.

Los presentadores eran una pareja de rostros conocidos de las tertulias vespertinas de Aragón Televisión. Él llevaba un esmoquin que resultaba a todas luces excesivo; ella llevaba un vestido corto más acorde con la situación.

            –Qué bien que lo ha hecho María Pilar, ¿verdad? –alentó a la mesa de Borja y Bárbara la presentadora a través del sonido del micro de diadema que llevaba. En la otra mano sujetaba un montón de tarjetas con el guión de la gala.

            –Por supuesto que sí –apostilló el co-presentador–. Y ahora vamos a dar paso al sexto y último finalista de la noche, que no sé si será casualidad o no, pero el sexto va a cantarnos una canción de Camilo Sesto.

De nuevo la falsedad, esta vez en el idioma de las risas.

            –Así es, Daniel, así que amigos de las Ocas, amigos de Zaragoza, recibid con un fuerte aplauso a… –la presentadora hizo una pausa en el lapso de tiempo que le llevó cerciorarse del nombre del concursante sobre una de sus tarjetas– Javier Rubiales, que va a interpretar para todos nosotros la canción Getsemaní.

Sonó un aplauso comedido que poco a poco se fue fundiendo en un silencio incómodo, de incompatibilidad de archivos y la genial idea de que el sobrino del dueño se encargase de dar al play. La brisa movía las cortinas y las banderolas rotuladas con el logo de la XIV edición del concurso. Los camareros seguían atendiendo a las mesas y sonaba un zumbido procedente del interior del lavavajillas.

El rostro de Borja se iluminaba con la luz de fondo de la pantalla de Google. Siempre había sido un tipo curioso, pero en cuestión de un par de años se había convertido en un indagador compulsivo de datos, nombres y fechas.

De repente, la pista musical comenzó a sonar a un volumen exagerado. La canción iba por el segundo cuarenta y cuatro y el público; demasiado joven o inculto para conocerla, comenzó a aplaudir.

            –Vamos, sal –le empujó hacia el otro lado del telón el presentador del esmoquin.

            –No puedo salir así, la canción está empezada; ponedla desde el principio –protestó Javier.

            –Me importa una puta mierda, esto tiene que acabar antes de las once y media. Sal ahí y canta la puta canción, niño prodigio.

El segundo empujón fue más fuerte todavía e hizo que Javier saliese propulsado al escenario. Los aplausos –falsos, falsísimos– volvieron a amplificarse.

            Yo tenía fe cuando comencé. –Javier empezó a cantar justo con el primer redoble de batería, cuando la canción empieza a subir de intensidad y a ganar enteros. Su voz, ya de por sí buena, había sumado los matices de la madurez–. Ahora estoy triste y cansado. Mi camino de tres años me parece que son treinta y ¿qué más puede un hombre hacer?

Se movía por el escenario con soltura. A pesar de no estar del todo bien vista por la iglesia, el padre Luis les puso la película en una ocasión. Desde entonces, Jesucristo Superstar se convirtió en todo un referente audiovisual para Javier. Tenía el doble LP de Camilo Sesto, el doble casette, el doble CD, una copia en MP3, la banda sonora original, la película en VHS, una grabación pirata con Ian Gillan de Deep Purple en el papel de Jesucristo, e incluso el vomitivo remake del año 2.000.

Sus movimientos imitaban a los de Ted Neeley en la película, escalando el roquedal invisible del Monte de los Olivos. Los combinaba con las caídas de ojos, la forma de coger el micro y los gestos con el puño de las actuaciones de Camilo Sesto en Televisión Española.  

Si he de morir, que se cumpla todo lo que tú quieres de mí. Deja que me odien, que me claven en su cruz. Yo quiero ver, yo quiero ver mi Dios. Yo quiero ver, yo quiero ver mi Dios. Quiero saber, quiero saber, Señor. Si he de morir…

Todos los resultados que arrojaba Google correspondían con la hemeroteca de varios diarios de gran tirada nacional; todos anteriores a 1.988. El dedo de Borja se movía ligero en sentido ascendente. Seguían las noticias, el resto eran vídeos, enlaces de Youtube a las actuaciones de un grupo musical infantil.

            –Joder, este tío es el rubio de los Infanticos –dijo Borja.

            –¿Quién? –preguntó Bárbara sin mucho interés; más pendiente de revisar los likes que había conseguido su posado en la piscina de la urbanización con el filtro de luz lark y la leyenda summertime sobrescrita.

            –Los Infanticos, el grupo ese que parecían monaguillos, los de Adoquín, quin, quin y la jota que cantábamos en el colegio. La de El Ebro Guarda Silencio.

El rumor de la conversación entre Borja y Bárbara alcanzó al resto de los amigos con los que compartía mesa.

            –Dicen que ese tío es famoso. –Señaló Piluca a Javier en voz alta.

            –¿Ese tío? No me suena –añadió otra de las pijas con el arrastre en las eses que pronunciaban las chicas de su clase social.

            –Borja dice que era del grupo ese que imitaban a Parchís –añadió Bárbara.

            –¿Quién?

            –Borja.

            –No, que quién es él.

Sus amigos se volvieron hacia el escenario con los móviles en ristre. El rumor comenzó a extenderse al resto de las mesas, como un virus.

            –… Dime por qué quieres que me claven en su cruz. Muéstrame el motivo, dame un poco de tu luz. Di que no es inútil tu deseo y moriré. Me enseñaste el cómo, el cuándo, pero no el por qué. –Javier estaba de rodillas en el escenario, sujetando el micro con las dos manos. Se le clavaba en la rodilla la junta de dos tablas, pero era incapaz de sentir el dolor en ese momento de éxtasis. La intensidad de la actuación estaba a punto de alcanzar su punto más alto. –Muy bien, yo moriré, pero… pero por favor. Cuando muera, cuando muera mírame por favor; mira mi muerte.

El agudo de la última vocal repicó a través de los discretos altavoces de la terraza. La base musical que grabó y arregló el propio Javier sonaba inmensa ocupando el agujero verde que abría el Parque Grande en la ciudad. Él seguía arrodillado, con los brazos en cruz, como hacía el mismo Camilo Sesto, con la cabeza baja y el pecho arriba y abajo tratando de recuperar el resuello.

Javier abrió los ojos y encontró las mesas petrificadas, con el vaivén de los manteles blancos agitados por la brisa como único signo de vida. Nadie aplaudía ni decía nada. Tampoco le ignoraban; al revés: todos le miraban con atención.  

Los presentadores de la gala salieron a la palestra. El presentador del esmoquin le ayudó a levantarse del suelo, y la presentadora a romper el silencio que los había congelado:

            –Vamos a darle un aplauso muy fuerte a Javier, que ha cantado una canción preciosa.

Javier se retiró del escenario bajo media docena de aplausos. También escuchó algún silbido y lo que le pareció un abucheo.

            –Muy bien, querido público de la Terraza las Ocas, ha llegado el momento de hacer vuestras votaciones, por lo que nuestras azafatas pasarán por las mesas para entregaros un papelito que deberéis rellenar marcando la casilla correspondiente con la actuación que más os haya gustado –dijo el presentador.

            –Mientras tanto –salió al quite la presentadora–, os dejamos con la actuación de la ganadora del año pasado. Recibid con un aplauso muy fuerte a Marina Mayflower.

El micro protestó en un desagradable acople, mientras el técnico de sonido ajustaba la altura del pie a un metro por encima del suelo. Varios tipos con pinta de camareros del Canterbury colocaron una rampa de chapa para acceder al escenario y un tercero remolcó hasta lo más alto del tablado una silla de ruedas.

Esa tipa agarró el micro y volvió a abrasar los oídos del público con una historia manida sobre barreras y limitación. Tras un aplauso con el público en pie en forma de salto triple con tirabuzón de falsedad, la chica minusválida destrozó por segundo año consecutivo el: «Y no me importa nada», de Luz Casal.

Mientras tanto, en el camerino, el presentador del esmoquin llamó a Javier.

            –Pase lo que pase, no puedes ganar –le dijo–. Lo entiendes, ¿verdad?

            –Deja que el público vote –sugirió Javier. Se secaba el sudor con una toalla con sus iniciales  grabadas de los años en los que intentó relanzar su carrera en solitario–. Necesito la pasta.

            –No queremos que este concurso se acabe convirtiendo en un circo de monstruos –advirtió la presentadora. Salía del baño aspirando los restos de coca que se le habían quedado en el caño izquierdo de su nariz–. Esta es una institución respetable, el concurso de talentos más importante de la ciudad y no dejaremos que lo jodas.

            –Yo solo os pido que seáis justos –rogó Javier.

            –Mira, Javier –el presentador le puso la mano sobre el hombro–, este es un concurso para aficionados. Pero tú, tú eres un profesional.

La presentadora no pudo evitar reír. Por el gesto de su cara se estaba tragando todo el amargor.

            –Ya has cantado, te ha oído la gente y te has quitado el gusanillo, pero no podemos saltarnos las reglas.

            –No me jodas.

Uno de los regidores les hizo una seña y los dos presentadores salieron a la palestra. En una mesa larga de camping, los miembros del jurado hacían el recuento de votos. Varios minutos después, sonó el sample de un redoble de tambores y María Pilar subió a recoger el premio entre la ovación del público; especialmente la mesa de los amigos de su prima Piluca.

Javier recogió sus cosas y se marchó. Antes de abandonar el recinto sintió que alguien le seguía. Escogió el paseo central del parque, por ser el más ancho y el mejor iluminado. Una vez encarada la fuente central aceleró el paso y sintió que dejaba atrás al maníaco que lo perseguía. Fue en ese momento cuando aquel tipo lo llamó por su nombre.

Era un hombre alto y delgado, como una sombra de alguien a quien conocía, pero del que no podía recordar su nombre. Por la edad podría ser su padre.

            –Llevo más de diez años buscándote –le dijo. No sólo le sonaba su aspecto, sino que su voz de fumador empedernido también le resultaba familiar.

            –¿Quién eres? –preguntó Javier–¿Qué quieres de mí?

            –Un negocio –respondió–. Uno de los gordos.

            –Mire, no le conozco de nada, pero permítame que le dé un consejo. Deje de creerse todo lo que dijeron los periódicos de mí, yo nunca he probado las drogas, ni mucho menos he sido traficante.

Javier llevaba la mochila al hombro, pero la agarraba con fuerza de una de las correas, como si estuviese a punto de atizar a ese hombre con ella.

            –Tengo las grabaciones –le dijo rebuscándose algo en el bolsillo de detrás del pantalón–. La gentuza de Intermediterránea me despidió el mismo día que os despidió a vosotros.

            –Joder, eres tú –bajó la guardia Javier.

            –Me pidieron que destruyese las pruebas de lo que grabamos esa noche y así lo hice. Lo que ellos no saben es que guardé una copia.

Aquel hombre larguirucho sacó de su cartera una fotografía descolorida en un formato de esquinas redondeadas. Le temblaban las manos, como si la abstinencia o algún tipo de dolencia reumática le aquejasen las articulaciones. A pesar de la escasa iluminación de las farolas del parque a la altura del paseo Bearneses, en la fotografía se veía perfectamente a los tres miembros del grupo junto al técnico de sonido.

            –Guardé una copia del que es sin duda el mejor disco que he grabado en mi vida. Desde Triana o Camarón, jamás se registró un talento semejante en una cinta magnética en este país de ladrones y sinvergüenzas.

            –Pensé que se había destruido. Incluso robaron las partituras que Nacho escribió.

            –Intermediterránea lo intentó todo, pero no pudieron destruir algo tan bello, tan perfecto.

            –Lancémoslo, visitemos a las grandes discográficas –dijo Javier agarrándole las manos.

            –No es tan fácil, primero tienes que solucionar tu contrato.

            –¿Qué contrato? Intermediterránea quebró hace más de diez años.

            –Pero los derechos de imagen son un bien imperecedero. –Javier no recordaba los ojos de perturbado de ese hombre, al que recordaba como un profesional con la misma sangre en las venas que un oficinista.

            –No puedes pedirme eso –Javier le soltó las manos.

De fondo comenzó a sonar de nuevo la versión «sueña que no existen fronteras» de María Pilar, como ganadora del XIV concurso de karaoke. Esta vez desafinaba más aún si es que eso era posible.

            –Es la única solución. Raúl y tú seguís siendo los dueños del grupo, al cincuenta por ciento. Además de las canciones de este disco, –dio un par de sacudidas a la fotografía– por no hablar de los royalties generados por las canciones de Infanticos. Javier, el noventa por ciento de vuestras canciones eran versiones o composiciones de otros, pero vuestras ventas se contaban en discos de oro.

            –No puedo, no he vuelto a ver a mi hermano desde que… desde que todo eso sucedió. –Javier se sujetaba las sienes.

            –Me he informado, Javier, tienes más de dos millones de euros inmovilizados –el dedo huesudo y amarilleado por años de consumo irresponsable de nicotina se alzó hacia la negrura de la noche haciendo de antena receptora de la ópera bufa en que se había convertido la XIV edición del concurso de karaoke–. ¿Lo escuchas? Es el sonido del fracaso, como tu carrera en solitario, como lo que sucedió en Ejea el mes pasado. ¿Acaso tienes una opción mejor? ¿No vale la pena intentarlo?

 

Septiembre de 2.015; prisión de Zuera. Parte IV

Javier estaba sentado en la silla de Martínez. Aquejado desde joven por una severa escoliosis, había decidido sustituir la silla estándar de todos los funcionarios por una butaca acolchada regulable en altura, con refuerzos lumbares y cervicales hechos a medida. El resto de funcionarios decían que se había gastado en esa silla la extra de navidad, más una parte de su paga por objetivos.

–¿Estás seguro que puedes continuar? –Martínez pululaba alrededor de su propio despacho.

–No lo sé –respondió Javier.

–Nunca antes había visto algo semejante–dijo Martínez. Parecía que hablaba consigo mismo–. Raúl ha estado doce años con los ojos en blanco. Doce años de forma voluntaria, ¿sabes lo difícil que es mantenerlos así durante diez segundos?

Javier le miraba, pero no le veía; su cabeza seguía dentro del punto de comunicación.

            –Es imposible. –Decía Martínez intentado mantener los ojos en blanco–. Es algo sobrehumano.

            –No es imposible –dijo Javier. Seguía con la vista fija en un punto de la pared del despacho–. Raúl lo hacía siempre que quería. Era un truco con el que nos divertía.

            –Ahora parece que el que se está divirtiendo es él, ¿no crees?

Javier no respondió, pero se le quedó mirando con un gesto grave.

El Guardia Civil entró sin llamar.

            –¿Qué hago con el preso? En una hora tenemos que despejar la sala.

Martínez se volvió hacia Javier.

            –¿Estás preparado?

Javier asintió, cogió aire y se levantó.

Cuando entraron a la sala de comunicación, Raúl parecía una persona distinta a la que habían dejado. Estaba sentado en una actitud relajada, con las piernas estiradas y jugueteaba con los eslabones de las esposas que lo mantenían maniatado. Ya no tenía la columna encorvada, sino que estaba estirado, en perfecto paralelo al respaldo de la silla.

El Guardia Civil fue el primero en entrar. Después, tras una seña pactada, dio un par de golpes en la pared y entró Martínez seguido por Javier.

            –¿Raúl, estás bien, quieres un vaso de agua?–preguntó Martínez al tiempo que invitaba a Javier a tomar asiento.

Raúl negó con la cabeza. Tenía los ojos clavados contra su hermanastro. Escudriñaba cada arruga, cada gesto, cada matiz, preguntándose el precio que había pagado por cada día bajo la luz de sol. Los ojos de los dos se encontraron; Javier apartó la mirada.

            –¿Y bien?–dijo Martínez en un intento de desbloquear un nuevo silencio incómodo.

Nadie se movió. Martínez dio un golpe con el pie a Javier. Éste se volvió hacia él y Martínez le señaló con la cabeza los papeles que había dejado encima de la mesa.

            –Ah, sí, el co… contrato –dijo Javier–. Raúl, te… te he traído una co… co… copia de nuestro co… con… con… contrato.

Raúl giró los ojos hacia los papeles que había sobre la mesa.

            –Ne… ne… necesito que la firmes. Solo eso. Fírmalo y no… no volveré a mo… mo… molestarte nunca m... más.

            –Tartamudo otra vez –le dijo Raúl. Al sonreír se le arrugaba la cara en unas facciones que le asemejaban a la versión pelirroja del Paul Newman madurito de la época de la Leyenda del Indomable al que se le había negado cualquier contacto con la luz del sol–. ¿Sigues rezando?

            –Yo… yo… ya no… no creo en Di… di… Dios. –Por momentos parecía que Javier estaba perdiendo facultades básicas del habla.

            ¿No te he dicho que si crees, verás la Gloria de Dios? –dijo Raúl en un tono firme; su dicción era perfecta.

            –La… la… Lázaro –respondió Javier.

Raúl asintió solemne.

            –¿Puede acercarle el contrato?– Solicitó Martínez al Guardia Civil.

Éste se lo puso en las manos y Raúl se lo acercó a un palmo de la cara para poder leerlo. Se humedecía la punta del pulgar izquierdo para pasar las páginas.

El Guardia Civil volvió a su posición de centinela detrás de él, con las manos a la espalda, tieso, como si dentro de su cabeza estuviese retumbando el Himno Nacional. Javier no dejaba de martillear con la pierna derecha y el funcionario Martínez había vuelto a tomar notas.

–Raúl, ¿te importa que te hagamos un par de preguntas? –interrumpió Martínez.

Raúl chistó con impertinencia. Varios minutos después terminó la lectura y dejó los papeles sobre la mesa.

            –Si… si… si no te pa… pa… parece mal, pu… pue… puedes firmar la úl… úl… última hoja. –Dijo Javier.

            –¿Nacho? –preguntó Raúl.

            –Na… Na… Na… Nacho est… est… está… está…

Los ojos de Raúl amenazaron de nuevo con encerrarse en el blanco calcáreo que los había mantenido ajenos al mundo durante catorce años. Martínez sintió que era el momento de intervenir:

            –Raúl, estamos aquí, no te vayas.

 

Febrero 1.980. Basílica del Pilar.

 

En los últimos días, los chicos habían visto cómo la autoridad del padre Luis había quedado relegada a un segundo plano. El Vicario, en nombre del Cabildo Metropolitano de Zaragoza había pasado a ser el responsable directo por encima de cualquier autoridad en la Escolanía. En una extensa carta abierta dirigida al Arzobispo, Puyarruego había explicado punto por punto la repercusión que tendría su proyecto musical en la misión de reclutamiento de niños para la decadente Escolanía de Infantes de Nuestra Señora del Pilar. De esta forma dio por concluida la etapa de engrosar sus filas a base de los huérfanos que poblaban el orfanato municipal, la Hermandad del Refugio y la Gota de Leche.

A pesar de todos los cambios, Javier, Raúl y Nacho seguían desempeñando sus obligaciones. Combinaban los ensayos con las clases, las misas cantadas con las coreografías y los cantos de la Salve con las pruebas de vestuario y los viajes relámpago a Madrid.

Esa tarde, la Virgen del Pilar se elevaba sobre un manto verde con las iniciales de un potentado local bordadas en hilo dorado. Un coro de adultos amenizaba el Paso de la tarde; poco más que un grupo de teloneros antes del canto de la Salve por parte de los Infanticos. Los Infantes designados para subir a los niños a besar el manto de la virgen eran Raúl y Javier, pero el pequeño de los dos hermanastros estaba enfermo. Según le había explicado al padre Luis, llevaba una semana sin poder dormir a causa de las pesadillas que le había producido una película. Decía que se podía llegar al infierno a través de una barcaza. Pero en su sueño, el infierno era verde, como una selva tropical atravesada por un río. Nacho recibió la tarea de sustituirle y cubrir la baja en sus obligaciones. El Vicario Puyarruego pensó que sería positivo que se estrechasen los lazos entre los hermanos y Nacho más allá de sus obligaciones musicales.

Al ser más mayor, Nacho era el encargado de subir los bebés en brazos hasta el púlpito del camarín  y rozar sus caras contra la tela del manto. Desempeñaba su labor con maestría y una gran sonrisa. Su rostro estaba enmarcado en cientos de hogares aragoneses; desenfocado, demasiado oscuro o con la cabeza cortada por el formato de la fotografía; pero siempre él. Había aprendido a posar con los bebés sobre el regazo, justo en el tercer escalón. Raúl, por su parte, cogía la mano de los niños lo suficientemente formados como para poder subir la escala por sí solos y los acompañaba hasta la imagen.

El Paso de Niños duraba una hora. Nacho y Raúl se alternaban como una pareja de estibadores, dando abasto a la interminable columna de fieles que serpenteaba por los pasillos de la Basílica hasta la puerta de acceso.

La misa estaba a punto de dar comienzo y varios diáconos jóvenes se apresuraron en despejar el grueso de la fila. La Basílica estaba colmada de una marea de fieles que se afanaban por coger un buen sitio.

Nacho le hizo una señal a Raúl para que cogiese a uno de los dos últimos niños que quedaban por pasar. Uno era un bebé de un par de meses, el otro casi tenía el año.

            –Pero es muy pequeño –protestó Raúl en voz baja cuando se cruzó con Nacho.

            –No pasa nada, puedes hacerlo, la misa está a punto de empezar.

Nacho cogió al bebé más pequeño de los brazos de su madre y se lo pasó a Raúl. Vestía un traje blanco con puntadas en rosa. De su cuello de cordero colgaba una medalla de la Virgen del Pilar.

            –Así –le dijo depositándola sobre la cuna que había dibujado con sus brazos–. Sobre todo tienes que sujetarle la cabeza.

La niña no protestó; estaba dormida. Raúl subió los escalones con mucho cuidado, tratando poner las plantas de los pies lo más paralelas posible a los escalones. Mientras tanto, Nacho se encargaría del otro bebé.

Una vez alcanzado el patíbulo del camarín, Raúl respiró. Se agachó y acercó la mejilla de la niña al bordado del manto; ella sonreía en la tranquilidad de su sueño, como si se estuviese encontrando con la Virgen en un plano más allá del sensorial. En todo el tiempo que llevaba en la Escolanía había pasado a más de un millar de niños por su manto, pero ella fue la primera con la que sintió algo semejante. No podía aguantar las ganas de ver al padre Luis y a su hermano, para contarles el milagro que acababa de presenciar.

Comenzó a descender la escalinata, cuando se dio cuenta que Nacho iba decidido a subir con el otro bebé en brazos. Las reglas eran muy claras: uno no sube hasta que el otro ha descendido. Por un momento pensó en regresar arriba, esperando a que Nacho acabase su pase, pero era tarde y los estaban esperando. Además, Nacho subía deprisa; no había marcha atrás. Los dos se cruzaron en la escalera a la altura del cuarto peldaño. No se miraron.

A partir de ese momento todo sucedió muy deprisa. No estaba seguro si se le enganchó el hábito en la esquina de uno de los escalones, o si fue Nacho quien se la pisó. Quizá tenía un cordón suelto o se desequilibró por algún movimiento inesperado del bebé.

La niña lloraba, pero fueron los gritos de la madre los que le hicieron recobrar la consciencia. Despertó al sentir un golpe muy fuerte en las costillas. Tenía el sabor de la sangre pegado al fondo de la boca y la sensación de que un clavo le había atravesado la frente.

Una suela de zapato le alcanzó de lleno por segunda vez. El sonido del impacto retumbó en el camarín de la Virgen. Al final de ese pie estaba el rostro iracundo del padre de la criatura. Eran unos zapatos nuevos, con las suelas a estrenar. Dos diáconos jóvenes se tiraron sobre él para defender al infantico. Uno de ellos se interpuso entro los golpes de aquel hombre, construyendo una bóveda con su cuerpo. Su boca era un surtidor de improperios y blasfemias. El otro diácono, un bilbilitano recién salido del seminario, trató de cerrársela con la mano, pero se la mordió. Varios asistentes a la misa de la tarde se arremolinaron en torno a la riña y los separaron. Alguien asió al padre del cuello del jersey y la lana cedió y se abrió como los huecos de una red de pesca. Sus ojos le buscaban desde dentro de la muchedumbre.

El murmullo dentro de la Basílica se fue haciendo más y más grande y el tumulto alrededor del camarín más numeroso.

Apareció la policía. Junto a ellos estaba el Vicario Puyarruego escoltado bien de cerca por Nacho.

Los brazos del Vicario Puyarruego eran grandes y fuertes. Raúl sentía el calor de su pecho muy cerca del rostro y el olor de su perfume abrasándole la garganta. Los bramidos del órgano sonaban lejanos, como sumergidos en el lecho del río. Delante de ellos corrían los hábitos de Nacho abriendo camino hacia la puerta de la sacristía.

El Vicario lo depositó sobre una butaca mullida. Al caer del púlpito de la Virgen se había dado un fuerte golpe en la frente contra uno de los candelabros de plata.

            –Avisa al padre Luis –ordenó Puyarruego a Nacho– dile que llame a una ambulancia.

            –Hay un coche en la puerta –replicó Nacho–, puede ir en ese coche.

El Vicario era un hombre sin mesura. Comía, bebía y fumaba sin mesura; también amaba a Dios sin mesura, pero la paciencia no era una de sus virtudes más cultivadas.

Por suerte para Nacho, la bofetada le vino de la mano izquierda. Trastabilló y dio un par de pasos en busca del equilibrio que le llevaron a parar contra una estantería donde se guardaban los libros destinados a la liturgia. Cuando vio su reflejo en la base dorada del Cirio Pascual encontró la mano de Puyarruego marcada en su mejilla izquierda.

            –La última vez... –dijo el Vicario con su mano anillada en gesto amenazador.

Fue la primera y la única vez que Raúl vio a Nacho llorar. Aunque le caían dos grandes lágrimas por la cara, su gesto era el de un perro rabioso. Apretaba las mandíbulas con fiereza, casi se podía escuchar el sonido de sus dientes rechinando entre sí. Puyarruego le dio la espalda y él se arrancó el hábito de infante y salió corriendo de la sacristía.

Todo daba vueltas: los armarios, las sillas, la mesa grande del centro, los trajes colgados en sus perchas. Todo tenía ese color a madera vieja encerada una y mil veces; todo contaminado por el olor a limpio peleando contra una inmunda peste a cerrado. Las lámparas del techo, el crucifijo central, los cuadros en las paredes, las cornisas… Todo giraba cada vez más deprisa dentro de la cabeza de Raúl. La hinchazón de la frente había empezado a cerrarle el párpado superior derecho.

Fue entonces cuando lo oyó. Claro, alto e inequívoco: el llanto de un bebé.

 

Octubre de 2.001, Zaragoza.

 

Todos los expertos en televisión coinciden en que «Iberia Sumergida» fue el programa que catapultó a la fama a una todavía desconocida Silvia Cañavate. Sus afiladas entrevistas sin pelos en la lengua y con un lenguaje que muchos puristas consideraban excesivo, se convirtieron en la punta de lanza de una televisión regional que a cada emisión ganaba hordas de jóvenes adeptos. Tele 5, Antena 3, Canal +, e incluso una cadena privada mexicana ofrecieron cantidades ingentes de dinero por comprar el formato, pero Silvia las rechazó todas: ella era Iberia Sumergida, e Iberia Sumergida –a parte de una canción de los Héroes–, era ella. Las cosas se hacían a su manera o no se hacían.

Las entrevistas se grababan los domingos a las doce de la noche en un rincón del pub el Teatro de las Ánimas, para editarse durante la semana y emitir la noche del sábado siguiente. Se grababa con dos cámaras fijas y un foco que dotaba al programa de un particular filtro azulado. Una cámara se colocaba justo por encima del hombro izquierdo de Silvia, mientras que la otra captaba parte de su espalda y el peinado que llevase esa semana. Nadie sabía cómo era, a pesar de que se había convertido en todo un deporte para los jóvenes, especular acerca de su aspecto y su identidad.

En esa época llevaba el pelo amarillo; no rubio, sino amarillo, como las Vespas de Correos o el logo del Frutos Secos El Rincón. La luz azulada del foco se mezclaba hasta alcanzar un tono verdoso.

            –Joselito, Marisol, Macaulay Culkin, Webster, el rubio de los Pecos… Cuéntanos, Javier, ¿qué se siente cuando has sido un niño prodigio y ahora nadie te recuerda?

Silvia siempre fusilaba a sus invitados sentada en la rigidez de una silla de anea, sin más artificios que el propio superyó al que alimentaba con las entrañas de los peores fantasmas de sus entrevistados.

            –Bueno… lo recuerdo como una etapa. Una etapa como cualquier otra. –Javier estaba sentado en un sofá-al-estilo-de-la-abuela. Más que sentado, se hundía en el hueco entre el respaldo y las almohadas de base, a causa de la ausencia de una de las tablas. Era el asiento más incómodo del mundo, pero nadie se atrevía a decirlo.

Cada noche de sábado, frente a la programación cutre-casposa de Televisión Española, Silvia Cañavate tenía patente de corso para poder soltar respuestas como esta:

            –No me lo trago… Y tu respuesta tampoco.

Vestía como una punky y hablaba como una puta; su silueta permanecía estática durante toda la entrevista, aunque el Teatro de las Ánimas fuese el epicentro de un terremoto que redujese Zaragoza a escombros.

            –El disco que vengo a presentar es un nuevo paso, una nueva etapa –respondió Javier. Miraba por encima del foco de la cámara, envidiando al monigote luminiscente impreso sobre la señal de salida de emergencia.

            –¿Te refieres a este mojón? –Silvia levantó un CD y lo interpuso entre la cámara y el entrevistado. El técnico se limitó a hacer un brusco zoom sobre lo que parecía una fotografía de Javier Rubiales en una playa, saliendo del agua con una camiseta negra mojada–. «Resurrección» –leyó divertida la presentadora.

            –Sí, es el título de mi debut en solitario…

            –No tan rápido forastero –interrumpió Silvia–. No tengas tanta prisa, has tardado trece años en sacar tu disco; el público puede esperar un poco más, te lo aseguro.

En la emisión del programa, el rotulista aprovechó el incómodo silencio para sobreimprimir el nombre de Javier Rubiales en la parte inferior izquierda de la pantalla. Debajo, en letras más pequeñas aclaraba: «el rubio de los Infanticos».

            –Creía que tu disco no le iba a importar a nadie, Javier, pero al leer el título me he dado cuenta de lo equivocada que estaba. Cuéntame, ¿a qué resurrección te refieres exactamente con el título de tu obra: a la del grupo Infanticos, a la de Nacho?

Javier no respondió. Tras un silencio más largo de lo arreglable en la sala de montaje, Silvia se levantó de la silla.

            –Lo siento –dijo Javier.

Los cámaras pausaron la grabación y se encendieron las luces del local.

            –Hacemos un descanso de cinco minutos –dijo una voz anónima.

            –Esto es una puta mierda, Javier, si solo hablo yo, esto no funciona –protestó Silvia. A pesar de su aspecto macabro y lo que el público –sobre todo el masculino– había dilucidado, era una tía de la parte media-baja del montón, con una cara más que común y un maquillaje pasado de moda. Fuera de la lente de la cámara, hasta su voz parecía diferente.

            –Ya te he dicho que lo siento –insistió Javier. Correteaba por el pub detrás de Silvia–. Me has pillado por sorpresa.

            –Es imposible que te haya pillado por sorpresa, mi agente te envió las preguntas hace un par de semanas.

            –Ya lo sé, pero he estado muy liado; no he tenido tiempo para leerlas.

            –Escúchame, Javier –Silvia le puso la mano sobre el hombro–, y escúchame bien, porque solo lo voy a repetir una vez más, y te juro por Dios, que será delante de esas dos cámaras. No sé si hay una sola persona al otro lado de la televisión con la idea de ver una entrevista en la que se desgranen una a una las canciones de tu puto disco de baladas pop. Lo que sí sé; y por ello te hemos pagado la cantidad de dinero que te hemos pagado, es que la gente quiere saber qué coño pasó con Nacho, el moreno de los Infanticos.

Javier cabeceó con el ceño fruncido:

            –No necesito pasar por esto.

            –Créeme, lo necesitas. Estás a una llamada de teléfono de ser declarado socialmente-muerto –la presentadora dibujó dos grandes comillas con las manos– en la radio y la televisión de esta ciudad. Tú eliges.

 

            –Luces fuera, volvemos a posiciones –habló por segunda y última vez la voz anónima.

El sofá era más incómodo que antes. Más que digerirlo, Javier sentía el pudor de que ese sofá se lo estaba follando vivo, incansable, como uno de esos insectos que nacen, crecen y se desarrollan con el único objetivo existencial de aparearse durante una noche entera para después morir extenuado.

Este corte se resolvió en la emisión con un simple cambio de plano que devolvió al espectador el hombro derecho de Silvia Cañavate. Pero la cara de Javier había cambiado; su entrecejo contenía una pesadumbre incapaz de liberar que lo arrugaba como si en vez de cinco minutos, hubiese vivido un lustro con sus subidas y bajadas.

Silvia disparó tras un breve carraspeo. No apoyaba las entrevistas sobre ningún papel o chuleta, las traía memorizadas como un mantra:

–Enganchamos con la última pregunta y después lo cortamos –hizo una pausa de tres segundos que contó para sus adentros–. ¿A qué resurrección te refieres exactamente con el título de tu obra: a la del grupo Infanticos, a la de Nacho?

–A la de mi carrera, sin duda –respondió Javier.

–Genial, perfecto, y ahora háblame de Nacho, ¿qué es lo que sucedió realmente?

Javier agradeció que esa tipa saliese siempre de espaldas. No existía –y sigue sin existir– un adjetivo para describir esa expresión que se dibuja en la cara de una persona que te mira y piensa: «jódete».

            –Siempre se ha dicho que Nacho era el líder del grupo, pero eso no era así en realidad –Javier sacó su culo del agujero negro del sofá y se sentó en el borde, engrosando su cara convirtiendo el plano medio corto en un primerísimo primer plano. El cámara de la izquierda protestó, pero Silvia lo calló con un manotazo en la rodilla. Alejó el zoom y acabó encuadrando a Javier en un más que aceptable primer plano–. Nacho no era más que un pelele, como lo era mi hermano Raúl, o como lo era yo mismo.

Javier miró a los ojos a Silvia. Ella batió los párpados animándole a continuar.

            –Cuando no era el productor eran los de la discográfica; cuando no era el mánager, era el director de una película. Siempre había algún sitio al que ir: un centro comercial que inaugurar, un festival de verano, las fiestas de un pueblo… Solo el primer año hicimos más de noventa conciertos. Eso, en kilómetros, suma más de cincuenta mil, por no hablar de los vuelos, los trenes y los barcos. Eso vuelve loco a cualquiera.

            –Hablando de locos, luego te preguntaré por tu hermano; pero creo recordar que estabas a punto de revelarme qué es lo que le pasó a Nacho –interrumpió de nuevo Silvia.

Javier hablaba con los codos apoyados en las rodillas y una amalgama de dedos cruzados bajo el peso de su barbilla. No era una posición cómoda, pero por fin se le veía relajado.

            –Nacho se crió en un orfanato, como Raúl y yo; pero al menos nosotros nos teníamos el uno al otro. A él le tocó crecer deprisa, quizá demasiado. Le robaron la infancia y a la vez le convirtieron en un ídolo infantil. Eso le mató.

            –Eso no es lo que habíamos oído. ¿Es cierto que abusaba de ciertas sustancias?

            –Nunca lo vi tomar nada; era abstemio. La música era su única droga.

            –Eso es una horterada, además de una bola.

            –De no ser por la música, Nacho se hubiese convertido en el psicópata más grande de la historia, pero supo canalizar toda su rabia y convertirla en genialidad.

            –Vuestro primer disco no está del todo mal… para un crío de siete años, pero, ¿no crees que sobrevaloras a tu amigo?

Aquella fue una entrevista rara. Se cortó y se pegó demasiado en la sala de montaje. Este es un extracto de la respuesta que nunca se llegó a emitir:

            –(…) Nacho nunca fue mi amigo.

 

Octubre de 1.983

 

Desde la ventana del salón del Vicario Puyarruego se veía el arco del Deán; pero esa noche tenía las persianas bajadas.

La radio sonaba a todo volumen. A tres cuartos de hora de su piso, en el estadio municipal de la Romareda, el Real Zaragoza estaba ganando al Real Madrid dos a cero, pero todavía quedaba mucho partido. Sobre la mesita había un plato de duralex con los rastros de vinagre que habían supurado una lata de olivas y otra de sardinas en escabeche; su madre siempre le decía que esa no era cena para un hombretón como él, pero su madre ya no estaba ahí para sermonearle.

Al lado del plato, entre los cubiertos y un coscurro de pan, se levantaba un cenicero colmado hasta los topes, un zigurat moderno de color amarillo, con propaganda del licor Ricard. En realidad, en ese piso todo era amarillo: el papel de las paredes, el techo, las cortinas, los muebles; todo había amarilleado por la huella de la nicotina.

Puyarruego estaba tirado en un sillón individual que había cincelado a base de paciencia a la horma de su enorme cuerpo en un par de años. Vestía una camiseta interior Abanderado de color blanco y los pantalones de un pijama a cuadros.

Se había reservado una botella de DYC de ocho años para el partido, pero la noche anterior se le complicó más de lo debido y en el mueble bar no quedaban más que el culo de una botella de limoncello recuerdo de unas jornadas de convivencia en Roma, vino en garrafa y media botella de Marie Brizard que se juró a sí mismo no volver a probar jamás.

Tenía una caja de zapatos apoyada sobre la tripa. En su interior, apelmazadas en un riguroso orden de recepción, tenía más de ochenta cartas. El colorido de los sobres era de lo más variopinto: desde el tradicional de papel blanco, a rosas, azules y verdes, con cenefas de fantasía o decorados por los propios remitentes.

El limoncello le escocía al pasar por la garganta, como el vertido de algún producto químico prendido por la nicotina en combustión en el cielo de su boca. A pesar del grosor de sus dedos, había depurado una curiosa técnica con la que abría los sobres sin romperlos, despegando la solapa superior poco a poco, con la paciencia del que no tiene nada mejor que hacer.

Dentro había un par de bultos: una fotografía y una carta escrita a mano, con una caligrafía de colegial. Era una fotografía tomada con una Polaroid. La luz no era buena, ni el encuadre, ni la composición; se adivinaba que la autora se había autorretratado en la soledad de su cuarto, con cara de prisa y miedo a que sus padres descubriesen que se había hecho mayor. Pero al Vicario Puyarruego no le importaba.

La niña había respondido una a una a todas las preguntas que le había hecho haciéndose pasar por Raúl; incluso a las más íntimas. Especialmente a las más íntimas.

El Vicario Puyarruego había encontrado en el sabor del adhesivo de los sobres su particular afrodisíaco. Se convencía a sí mismo –y a sus papilas gustativas– que era capaz de captar el poso de la saliva de aquella niña mientras se masturbaba. Pero esa noche no le funcionó.

Su polla era incapaz de erguirse hasta un nivel aceptable. La piel flácida se le escurría entre los dedos, el prepucio seco y las primeras marcas de lo que parecía una herida por la rozadura de su anillo. Apagó la radio, se quitó el anillo y continuó. Abrió media docena de cartas.

Con algunas de esas chicas (y varios chicos) ya había intercambiado correspondencia varias veces. A todos ellos les había pedido una fotografía y todos habían accedido. A todos ellos les había dicho lo mucho que les gustaba y les había empezado a hacer preguntas subidas de tono. Además de su amor incondicional por cualquiera de los miembros del grupo, todos tenían algo en común: la cohibición extrema, una falta de libertad a menudo oprimida por unos padres rigurosos o unos profesores severos. Esos últimos eran los que mejor le funcionaban a Puyarruego; encontraba un placer extra en la clandestinidad en la que habían sido escritas y arrojadas al buzón, a escondidas, en un acto de liberación que desafiaba al poder más extremo. Sus párrafos estaban compuestos por largas frases encadenadas con delirios de libertad y planes de fuga. Las frases, a su vez, tejidas por palabras prohibidas, se elevaban en la gestalt del lector como un nuevo género literario, a mitad de camino entre lo erótico y lo epistolar; con esa mezcla de lo real y lo ficticio que compartían ambos géneros.

Pero esta vez no. Fue incapaz de correrse leyendo las cartas, chupando los sobres, e incluso respondiendo la correspondencia con la Olivetti de su despacho.

Hacía un buen rato que había terminado el partido. El Zaragoza había ganado y la ciudad dormía tranquila, pero Puyarruego no podía pegar ojo.

No se molestó en mirar el reloj, era el Vicario y podía hacer lo que le saliese de los cojones. Marcó el número de la Escolanía y esperó.

Medio minuto después de tonos interminables, el padre Luis respondió:

            –Escolanía de Infantes, ¿en qué puedo ayudarle? –No tenía voz de dormido, sino de cansado.

            –Pásame a Nacho, tengo que hablar con él –respondió. Le sobraba cualquier formalismo o presentación.

            –¿Ya has perdido el reloj de oro que te compraste con el dinero de los chicos? –protestó el Padre Luis– Están durmiendo, como todos los hijos de Dios a estas horas.

            –Déjate de milongas y llámale, es importante –ladró malhumorado, como si el padre Luis fuese el culpable del gatillazo que acababa de tener.

            –Déjale en paz, vas a acabar por volverle loco.

            –Llámale o te juro que te envío a curar leprosos con la Misión de Nicaragua.

El Padre Luis lanzó un suspiro largo y entrecortado; sus pulmones ya no eran los mismos de siempre y todavía arrastraba las secuelas de la neumonía que lo dejó postrado en la cama durante el pasado invierno.

            –Tú ya no tienes remedio, salva al menos su alma pecadora antes de que no haya marcha atrás.

            –¡Llámale!

Varios minutos después, el eco de unos pasos ligeros en las escaleras de acceso al despacho del Padre Luis trajeron consigo a Nacho. Ya tenía trece años y encaraba la recta final permitida de su estancia en la Escolanía.

            –Hola –respondió. Todavía estaba medio dormido.

            –¿El Padre Luis está contigo?

            –Sí.

            –Pues dile que se vaya a tomar por el culo, que esta conversación es privada.

Tras  una breve pausa, Nacho respondió:

            –Ya se ha marchado.

            –Escúchame, mañana lo haremos otra vez –dijo Puyarruego.

            –Mañana tenemos ensayo, no puedo…

            –Me da igual, cambia el turno con quien sea y ocúpate del Pase de la tarde. Hablaré con un par de colegios para que envíen a varios grupos. Algo bullicioso, con muchos críos y con pocos maestros mirando.

            –¿Niño o niña? –preguntó Nacho.

            –Niña, una niña rubia –respondió Puyarruego. En la mano sujetaba la fotografía desenfocada de esa niña.

 

Septiembre de 2.015; prisión de Zuera. Parte V

 

El comunicador del Guardia Civil dio un pitido que sobresaltó a Martínez y a Javier. Raúl no se inmutó. El funcionario le apercibió con la mirada y el agente se apresuró en bajar el volumen del aparato.

            –Me están llamando de la cantina, tengo que echarles una mano –se disculpó el Guardia Civil. Las luces de la sala se reflejaban en el sudor de su calva.

            –¿Ya es la hora de comer? –Martínez se remangó el puño de la chaqueta para ver la hora.

            –¿Q… qué pasa? –preguntó Javier.

            –Las normas con claras –respondió Martínez recogiendo la carpeta y el bolígrafo–. Sin la presencia de un agente de seguridad no podemos continuar con la visita; tiene que marcharse.

            –Espe… pe… espere –protestó Javier estirando los brazos en un intento inútil de cortar el paso del funcionario. El Guardia Civil ya había levantado a Raúl de la silla–. Ne... necesito q… que firme el co… con… contrato.

            –No firmaré esa mierda hasta que me traigas algo mejor –protestó Raúl desde detrás del blanco de sus ojos.

            –¿Y q… qué quieres q... que ha… haga? –La voz de Javier rebotaba contra las paredes de hormigón sin lucir–. ¿Q… que me a…arrastre? ¿Q… que m… me sui... suicide?

Raúl sonrió.

            –Te… tengo la… las gra… graba…grabaciones de Babilonia –traqueteó Javier.

Raúl se detuvo en seco. Las pupilas descendieron de nuevo hasta la posición cero de cualquier ser humano binocular y no estrábico.

            –Fi… fir… firma el co… con… contrato y se… serán tuyas.

            –Mañana.

            –No… no es t… tan senci… ci… cillo –protestó Javier– ne… necesito m… más ti… ti… ti… tiempo.

            –Mañana –insistió Raúl.

            –¿Firmarías tu confesión también? –Interrumpió Martínez.

            –Mañana.

 

Febrero 1.980. Escolanía de Infantes.

 

Las primeras canciones llegaron en un par de semanas. Eran melodías simples, en escalas mayores y compases ternarios que facilitaban la adecuación de las coreografías. El Vicario Puyarruego había insistido en presenciar los ensayos y había escogido personalmente a los profesores de canto, baile e interpretación. Él sería el encargado de formarles en oratoria y de asegurarse que siguiesen cumpliendo con sus obligaciones espirituales.

Los tres niños bailoteaban frente a un espejo que Puyarruego había mandado colocar en la sala destinada a los deportes. Nacho estaba en medio y los hermanos le flanqueaban, cada uno con una vela en la mano haciendo las veces de micrófono.

            –Un, dos, tres y dos, tres; un, dos, tres y dos tres –repetía la coreógrafa al tiempo que hacía un sencillo paso de pies lateral.

Era la profesora de jotas de los Escolapios, prima de uno de los diáconos de confianza de Puyarruego y oveja descarriada durante unos años de libertinaje en Madrid.

            –Vamos, chicos, es el paso más sencillo de todos. –A pesar de que su intención era la de animarles, su voz denotaba cansancio. Llevaba varios días intentando que se aprendiesen una copia barata de una coreografía de Parchís y comenzaba a pensar que eran seres arrítmicos. Con muy buena voz, pero ortopédicamente arrítmicos.

Javier, el más pequeño de los tres, tan solo tenía siete años. Bostezaba y se reía, más pendiente de no tropezar con Nacho, cuando este se desplazaba a la izquierda y él se movía a la derecha. Llevaban más de tres horas ahí, con la misma canción sonando en bucle a través de un radio casette. Sin pausas para descansar, para mear o para beber agua.

Puyarruego fumaba un cigarro tras otro observándoles desde una silla plegable que gruñía cada vez que estiraba el brazo para tirar la ceniza o volver a llevárselo a la boca.

            –Javier, ven aquí –lo llamó con voz autoritaria. Los otros dos chicos, incluso la profesora se quedaron plantados en el sitio mientras la música seguía sonando como una tortura–. ¡Vosotros seguid! He llamado a Javier.

El pequeño rubio se acercó hacia el Vicario. Desde la noche de Apocalipsis Now era incapaz de mirarle a los ojos.

            –¿Me puedes decir qué es lo que te hace tanta gracia? –El rostro de Puyarruego era el de una de esas gárgolas de piedra que había visto en un libro.

Javier estaba tan cabizbajo que solo se veía las punteras de las zapatillas. Eran nuevas, un regalo del propio Vicario.

            –Contéstame cuando te hablo, ¿me puedes decir qué es eso tan gracioso?

            –Y… yo… n… no. No sé –. Además del pánico hacia la figura de Puyarruego, Javier había empezado a trabarse al hablar recientemente.

            –Mírame cuando te hablo –Puyarruego lo sacudió de los hombros–. ¿Qué te pasa, que eres un tartaja o es que eres retrasado? ¿Me estás diciendo que no sabes hablar y quieres ser cantante?

El rostro del pequeño Javier comenzó a compungirse en una serie de espasmos que le arrugaban la barbilla y la frente, accionados por un resorte que las tensaba y las destensaba.

            –¿Quieres que llame al padre Luis y le diga que deshacemos el grupo? ¿Es eso lo que quieres?

Javier negó con la cabeza. A pesar de todo, la música era su única salvación y la Escolanía su hogar.

            –¡Pues apréndete el puto baile y las putas canciones!

La profesora sintió lástima por el chico, pero no la suficiente como para intervenir. Le venían demasiado bien los cuarenta duros a la hora que le pagaba el Vicario. Nacho tampoco dijo nada. Fue su hermano Raúl el que intervino:

            –Canta muy bien, Excelentísimo Señor, canta muy bien, pero al hablar se atasca.

            –¿Y cómo puede ser eso de que cante bien y hable como un puto retrasado? –respondió Puyarruego. Al hacerlo señalaba a Javier como lo haría un ganadero que rechaza a un ternero por tener la pata rota–. ¿Es una maldición? ¿Brujería? ¿O lo hace por joder?

            –A lo mejor es un milagro –Raúl le respondió con esa convicción aplastante con la que los niños afirman lo que no llegan a comprender.

Puyarruego se quedó petrificado. Parecía a punto de cualquier cosa: de pegar a Javier, de gritar, de tirar la mesa al suelo… Pero le dio por reír. Una risa floja, demasiado aguda para un hombre de su tamaño. Una risa de esas que nacen en el diafragma y que sacuden el cuerpo del que la padece. Todo su ser temblaba. Se le habían puesto las mejillas rojas, incluso por debajo de las abultadas patillas. Se llevó la mano derecha a la cara y se quitó las gafas; estaba llorando de la risa. Se enjugó las lágrimas con el dorso del puño de la sotana. Con la mano izquierda se sujetaba la tripa, a la altura del fajín para tratar de mitigar el dolor que le producían semejantes espasmos.

            –¡Un milagro! –Decía entre carcajadas– ¡Este chico… este chico es un milagro!

 

Abril de 1.987.

 

Puyarruego desapareció por la noche. Fue escoltado por un coche de la policía hasta el aeropuerto; hizo el puente aéreo a Madrid y desde ahí puso rumbo hacia la Misión de la Virgen del Pilar, en la isla de Mindoro, Filipinas. Su nombre había aparecido en la lista de proveedores de una red de pederastas a los que llevaba suministrando carne durante más de una década. La policía interceptó la llamada y decidieron arreglar una salida honrosa con el Cabildo Metropolitano de Zaragoza, en forma de veinticuatro horas de margen para esfumarse.

            –¿Qué va a pasar ahora? –preguntó Raúl.

Raúl y Nacho ya estaban fuera de la Escolanía, alojados en un piso particular que les costeaba Intermediterránea Records. Llevaban un año y medio sin sacar material nuevo y su último álbum no había sido tan exitoso como lo esperado, pero el teléfono todavía sonaba y seguían sacando rédito de su primer disco. Sin ir más lejos, en la víspera del Pilar del año anterior, los Infanticos dieron un concierto en la inauguración de la Feria de Muestras, ante la presencia –entre otros treinta mil asistentes– de los reyes de España. Las canciones nuevas habían llegado hacía unas semanas, pero todavía no las habían ensayado a fondo; Javier afrontaba la recta final de la EGB en la Escolanía.

Los dos adolescentes bebían cerveza y fumaban marihuana alrededor de un tocadiscos y un montón de elepés tirados por el suelo. Todavía no sabían liar los porros en condiciones; les salían trompeteros, demasiado delgados o excesivamente cargados, pero ninguno como los que fumaban sus ídolos de las revistas y los libretos. No parecía ser la misma sustancia que los convertía en más creativos, ni más virtuosos, ni más ingeniosos; ambos eran conscientes de que tan solo les amodorraba y les daba hambre, pero ninguno decía nada. Por los altavoces sonaba una de las pajas mentales de Frank Zappa, cuando ya se había deshecho del coprotagonismo de los Mothers of Invention; un soniquete ridículo que tras varios compases indescifrables, se elevaba sobre una base magistral de bajo y batería.

Raúl jugueteaba con la portada del The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Sobre sus rodillas, en una pila de importación encargada a Discos Linacero, se amontonaban: el disco blanco de los Beatles, el debut de King Crimson, el Closer to the Edge de Yes, el Mirage de Camel, Ommadawn de Mike Oldfield y el 666 de Aphrodite´s Child. Todos ellos cubiertos por las cenizas y las briznas de tabaco mezclado con hierba; especialmente el álbum blanco de los Beatles.

Nacho trasteaba una guitarra española sobre la melodía de Zappa. No había dicho ni una palabra en todo el día que superase el tamaño y la expresividad de un monosílabo.

            –Voy a poner este –dijo Raúl, con el plástico del Dark Side en la mano.

Nacho punteaba las cuerdas de su guitarra. Había captado una de las melodías del disco y la estaba reinterpretando a su manera. Raúl levantó la aguja del tocadiscos, pero Nacho no dejó de tocar. Quitó el Apostrophe y puso el Dark Side a la altura del último corte de la cara «A».

Tras el patinazo del aterrizaje de la aguja sobre el surco del vinilo, comenzó una lenta introducción de piano. Para Raúl, ese era el sonido de una puesta de sol al atardecer en una playa paradisíaca. Podía ver las olas frenándose contra el mar, dejando un rastro de espuma y huellas en forma de cenefas náuticas. Sobre la base del piano, un velero de poca enjundia se mecía sobre las olas de la pleamar; más que mecerse, se deslizaba. Raúl no solo era capaz de ver la embarcación sino que la sentía; él era el único tripulante.

            –Me encanta esta canción –dijo Raúl. Se acercó el porro a la boca y le dio una fuerte chupada, pero se le había apagado, por lo que cogió el mechero de encima de la mesa y volvió a prender la punta del canuto. Esta se descompuso en una brasa con forma de prepucio que no dejaba de levantar volutas de humo y ceniza por toda la habitación.

Más o menos al mismo tiempo, comenzó a sonar la voz de una tía desgañitándose que le alejó de las tranquilas costas en las que fondeaba, pasando del miedo al dolor y del dolor al placer en menos de un minuto, para acabar en la locura y la melancolía en los últimos y sutiles compases.

                  –Es como si la estuviesen violando –dijo Raúl–. Como si la estuviesen violando y eso le gustase.

                  –¿Y cómo sabes lo que siente si nunca te han violado? –Sin sutilezas; así era Nacho y esa era su forma de cortar una conversación cuando no le gustaba.

Raúl no dijo nada más, dejó que terminase la canción y volvió a poner la cara «A» desde el principio.

A pesar de ser un chico mayor, famoso y liberado de cualquier compromiso no musical para con Raúl y su hermano, Nacho siempre estaba con ellos. Nunca jugaba, ni se divertía con nada; para él todo era un trabajo, impostura; una técnica que aplicar. Era un cincuentón encerrado en el cuerpo de un chaval de diecisiete años.

En una parte muy concreta de Breathe, Nacho dejó de tocar y preguntó a Raúl:

                  –¿Tú sabes dónde está Mindoro?

                  –Dicen que es una isla de las Filipinas –Raúl se encogió de hombros sin levantar la vista del surco giratorio del vinilo.

                  –¿Quién lo dice?

                  –Ya sabes; la televisión, la radio… Todo el mundo está hablando de eso.

Nacho volvió a las cuerdas de su guitarra. La tercera se había desafinado ligeramente y la tensó de oído con un cuarto de vuelta a la clavija. Dibujó un acorde de re mayor y lo hizo sonar para comprobar que todo había quedado armonizado.

                  –¿Significa eso que ya se ha acabado? –Preguntó Raúl.

Nacho asintió con aflicción. Nunca antes lo había visto así.

                  –¿El grupo también?

La guitarra dejó de sonar.

                  –Ahora somos nosotros los que mandamos; aquí no se ha acabado nada. Ahora haremos las cosas a nuestra manera.

 

Septiembre de 2.015.

 

Javier llegaba tarde. Las vacaciones se habían acabado, los niños habían vuelto al colegio, sus padres al trabajo y el caos a la ciudad. Era mediodía y el sol pegaba con fuerza. El aire acondicionado del Opel Corsa de su ex mujer no funcionaba; Javier conducía con las ventanillas bajadas, haciendo que el coche se llenase del típico olor a tubo de escape y brea caliente de las grandes urbes en verano. En su espalda y bajo su culo sentía su piel, la ropa y el forro del asiento laminados en un solo material incómodo hecho a base de presión y sudor.

Javier creía en extraños rituales. Llevaba la radio apagada, como si al liberar el sentido del oído fuese capaz de estimular un sexto sentido que le ayudase a encontrar aparcamiento. No recordaba cuándo lo empezó a hacer ni por qué, pero lo hacía. Llevaba más de tres cuartos de hora dando vueltas alrededor de las callejuelas del Portillo –también llamado el Carmen–. Madre Sacramento, Juana Francés, García de Galdeano, Doctor Horno,  Elvira de Hidalgo y otra vez Madre Sacramento. Desconocía quiénes eran esas personas o él mérito que habían hecho en vida para merecer una calle en la Inmortal Zaragoza, pero les odiaba. Más que a ellos odiaba sus homenajes: no eran plazas, placas o salas de museo, no; se trataba de calles infernalmente estrechas, de un solo carril, arboladas y con apenas sitio para aparcar. Miró el reloj, hacía media hora que tenía que haber llegado a su cita. El Opel Corsa conducía en bucle, en una caravana de coches con la misma intención que el suyo. Contenedores, coches mal aparcados, huecos reservados para minusválidos, badenes, puertas de garaje, líneas amarillas… Había memorizado todos los accidentes urbanos de esa parte de la ciudad, ese barrio demasiado periférico para pertenecer al distrito Centro. Una vuelta más amplia de lo normal y ya estaba en María Agustín, Hernán Cortés o el Paseo Teruel. Un trazado alternativo hacia la estación, Correos y el Caixa Forum y ya pisaba el suelo de las Delicias.

Delante de él y un BMW se detuvo un camión de la basura, uno de esos un poco más estrechos de lo normal, que cogen los contenedores verdes por un flanco y se vuelcan el contenido dentro. La calle estaba colapsada y él empezaba a desesperarse. Golpeó el volante, el salpicadero, el techo y hasta el retrovisor, haciéndolo saltar de su posición. Al colocarlo de nuevo en su guía, advirtió un reflejo a su derecha, paralelo a su Opel Corsa del 2.004, un sitio en el que podría aparcar una furgoneta. Era un hueco libre, a la sombra de dos enormes plataneros que se combaban en la estrechez de la calle por encima de un edificio de cuatro plantas para captar con sus hojas en mayor número posible de horas de luz. Metió marcha atrás para obligar a que retrocediese el monovolumen Seat que tenía pegado el culo y este, aunque entre pitidos y braceos, obligó a hacer lo mismo al Dacia que tenía detrás de él.

Marcó la maniobra con el intermitente derecho y dio un fuerte volantazo con el que colocó al Corsa en el hueco. Al aparcarlo sintió que el tipo del monovolumen le miraba con una expresión rara al pasar a su lado; no de enfado, sino un coctel de lástima, pena y contrición. «La envidia», pensó Javier, hasta que levantó la vista y vio la señal de aparcamiento para discapacitados.

            –Me la suda –se dijo a sí mismo en voz alta. En cuanto Raúl firmase el contrato desmovilizaría los dos millones de euros de los derechos de los Infanticos y no tendría que molestarse ni en ir a buscar el coche de su ex al depósito municipal.

Pero antes, Antonio tenía que darle las cintas. Llevaba un par de días alojado en la Ferroviaria, una de las cuatro pensiones que poblaban la acera de los impares de Madre Sacramento. Javier aceleró el paso hacia la pensión, casi al final de la calle, en la confluencia con Anselmo Clavé, desde donde se veía el edificio de Correos. Por el camino, antes que pensar en todas las deudas que lo ahogaban, ya fantaseaba con volver a intentarlo en solitario. Buenos músicos, un buen compositor, una gira por las principales ciudades y una promoción en condiciones en radio y televisión duplicarían esos dos millones en el plazo de un año.

Al llegar a la pensión se encontró con la puerta cerrada. Se asomó, pero no vio a nadie, tan solo un pasillo embaldosado hasta el techo largo y angosto, por lo que tocó el timbre y sin que nadie le respondiese sonó el pitido que desbloqueaba la cerradura. Al final del pasillo, en el hall donde estaba la recepción y las habitaciones de la planta baja, sonaban los bramidos de una tertulia televisiva a un volumen más que considerable. Detrás de un pequeño mostrador de madera se encontraba la recepcionista.

            –Buenas tardes, ¿la habitación de Antonio Navarro? –preguntó Javier.

La recepcionista era una mujer de unos cincuenta años con gafas, el pelo recogido en un moño y cara de mala leche. Apartó la vista del monitor y lo acuchilló con una mirada:

            –¿Se va a alojar aquí? –En su cara no solo podía leerse el adjetivo despectivo que se da a las personas inclinadas sexualmente hacia individuos de su mismo género, sino que parecía estar a punto de preguntarle si su rol era activo o pasivo.

            –No, solo he quedado con él, si hay algún problema puede avisarle y que baje. –Javier castañeó con las uñas sobre el mostrador. La recepcionista le miró como si lo hubiese hecho sobre la tumba de su padre.

            –No lo sé, dígamelo usted.

            –Que le diga el qué. –Javier estaba sudado y respiraba con dificultad.

            –Si hay algún problema con el señor Antonio Navarro, porque hace menos de dos minutos que acaba de preguntar otro hombre por él.

            –¿Otro hombre, dónde está?

Al principio pareció el sonido de una colisión entre dos coches, por el golpe y los cristales rotos. La recepcionista y Javier se giraron a la vez hacia la puerta de la calle. Fue en ese momento cuando Javier vio el cuerpo de Antonio, el técnico de sonido, tirado en mitad de la calle. Alguien lo había arrojado desde el tercer piso de la pensión. Alguien que acababa de pisar el mismo suelo que él estaba pisando en ese preciso momento. Alguien que todavía estaba ahí.

 

Octubre de 1.987.                

Hacía varios días que Raúl no pasaba por el piso y Javier empezaba a temerse lo peor; sobre todo desde que sucedió lo de Nacho. A pesar de que ya no pertenecía a la Escolanía de Infantes, el padre Luis era la única persona en la que podía confiar.

            –Volverá, hijo mío, siempre vuelve –la voz del padre Luis ya no se parecía a la de aquel hombre paternal que le cuidaba y le daba consejos. Llevaba meses postrado en la cama y hablaba con la dificultad con la que se expresan los enfermos terminales–. Lo único que podemos hacer es rezar. Habla con Dios como has hecho otras veces, Él te escuchará, Él oirá tus plegarias.

            –Tengo miedo, padre. –Javier sujetaba su mano. Sentía las venas marcadas y los dedos retorcidos como garras. El resto de su cuerpo también estaba aquejado por esa dolencia que lo consumía y le confería un aspecto aguileño, de una persona veinte años mayor.

            –Vuelve a casa, hijo mío. Vuelve a casa y espérale –los ojos del padre Luis se cerraban en parpadeos cada vez más cansinos.

 

Esa misma tarde, Raúl deambulaba por los Pinares de Venecia, alrededor del Parque de Atracciones. En el interior del recinto se mezclaban los ruidos y la algarabía propia de las labores de puesta a punto para las fiestas del Pilar. A los pies del monumento de la legión brillaba la Fuente de la Junquera, Casablanca, el Canal y una inmensidad desenfocada de tejados y edificios desiguales. La ciudad era silencio, pero Raúl no podía dejar de escuchar ese sonido constante, como el chirrido de una tiza sobre el encerado, que llevaba varios días instalado al fondo de su oído.

No estaba solo, le acompañaba un niño de cuatro años que se cogía a su mano. Tenía toda la cara sucia, excepto los cauces de lágrimas que le caían desde los ojos y le cruzaban las mejillas hasta empaparle el cuello de la camiseta. Hacía buen tiempo; todavía llevaba pantalones cortos.

            –Quiero irme con mi mamá –sollozó el niño, pero Raúl no podía escuchar otra cosa que ese ruido.

Se miró los zapatos. Los tenía cubiertos de tierra, de la misma tierra blanquinosa y ácida sobre la que se levantaban los pinos. Trató de limpiarse un zapato con el otro, pero no consiguió más que extender las manchas de polvo, esta vez dejando la impronta de los relieves de la suela.

Raúl tiró de su pequeña mano y caminaron hacia el pinar. Había numerosas sendas como esa; pequeños senderos dibujados entre la hierba y los montones de hojas caídas, sembrados de botellas rotas y condones usados en busca de intimidad.

Los pinos eran jóvenes, pero famélicos y mal alimentados. La luz se colaba entre sus copas y proyectaba un juego de luces y sombras chinescas que parecían dotar de vida a esa parte de los pinares de Venecia. Dos grillos copulaban sobre la corteza de un árbol. Uno era oscuro, casi del mismo color que la superficie donde yacían, mientras que el otro era de color amarillo vivo. Lo tocó con la mano y el grillo amarillo salió disparado con un gran salto. Lo que parecía ser otro ejemplar de color más oscuro, resultó ser la muda del exoesqueleto viejo. La sujetó con los dedos; era liviana, pero a la vez resistente, una réplica cóncava y perfecta en sus formas, pero aun así vacía.

El insecto de color amarillo se posó sobre la cabeza del niño. Raúl lo sentía dentro; él era el emisor de ese pitido que atenazaba sus oídos. Después llegó un segundo que aterrizó sobre su hombro y otros dos que se asieron a la corteza de los pinos cercanos. En cuestión de segundos todo el pinar quedó cubierto por una plaga de color amarillo. El grillido en su cabeza se magnificó hasta multiplicarse por mil. La conversión del ruido en la cabeza de Raúl se convirtió en un estímulo físico, una descarga eléctrica que tensaba los músculos por encima de sus sienes y ponía a prueba la dureza de sus occipitales. Soltó al niño y se llevó las manos a las sienes en un intento de sujetarse el cráneo. El sonido siguió creciendo como un latido que poco a poco reveló un mensaje cifrado, en una variante del Morse que ignoraba conocer. Entonces lo vio claro.

Raúl corrió tras el niño. A pesar de que había escapado de su campo visual, seguía sus pasos a través del laberinto de sendas entre los pinos, guiado por un instinto que iba más allá del olfato. Los troncos famélicos devolvían un eco leñoso de las zancadas de Raúl. Al fondo del pinar, hacia el sur, sonaba otra melodía, más pequeña, pero a un ritmo igual de acelerado. Los árboles también proyectaban sombras y formas cambiantes; rostros que se asomaban y espectros que corrían a la par, ocultos en la invisibilidad del ángulo muerto, pero a la vez muy presentes.

De repente, sonó un golpe hueco seguido de un llanto. Un llanto ahogado con las dos manos en la boca; innecesario cuando la figura de la madre está lejos y el depredador acecha.

En niño había tropezado en el saliente de una raíz. Esa parte del pinar estaba inclinada y marcada por las roderas que excavaron las lluvias de la primavera, dejando al aire las raíces de los árboles. Estaban a tres metros escasos de la carretera que comunicaba el parque con la Fuente de la Junquera.

Dijo algo, pero su idioma no era más que un trabalenguas extranjero carente de cualquier significado. Raúl solo era capaz de comunicarse a través del zumbido que borboteaba en sus oídos.

Lo cogió del brazo y lo arrastró pinar adentro. El niño pataleó y en su lucha perdió los zapatos y los pantalones. Tenía las piernas llenas de golpes y arañazos.

Pasaron varios coches. Uno grande, con dos adultos en la parte delantera y dos niños en la parte de atrás y una furgoneta solo con el conductor. Ninguno de los cinco los vio, porque nadie miraba nunca hacia ahí. Todos elegían mirar hacia el parque de atracciones; levantar la vista hacia los gigantes de hierro y color erigidos tras las tapias. Si tan solo uno de ellos hubiese elegido mirar hacia el otro lado, se hubiese percatado de que una de esas sendas descendía hacia una hondonada. Ahí era donde se recogía el agua de la lluvia y los pinos crecían más altos y fuertes. También ahí era donde se acumulaba la mayor cantidad de basura y escombros movidos por el agua, el aire y el principio más básico de la gravedad.

Entre los restos de unas obras recientes, Raúl encontró un bote de pintura de carretera. Le faltaba la tapa y estaba cubierto por una costra a mitad del contenido del envase. La perforó con una rama de pino y sacó la punta teñida de pintura fresca de color amarillo.

A la mañana siguiente encontraron el cadáver del niño. Su cuerpo descansaba sobre un altar de hormigón; la base desnuda de una torre de alta tensión que nunca se llegó a levantar. Tenía los ojos vaciados y sustituidos por piñas de pino. De los oídos le sobresalían ramas del grosor de un lápiz clavadas hasta el oído interno. En la autopsia posterior se encontraros signos de violencia en los  genitales y el ano. El cuerpo estaba completamente pintado de amarillo.

 

Septiembre de 2.015

 

Javier salió corriendo. No miró atrás, sabía que ese amasijo de cristales, camisa de verano y hueso era el cuerpo de Antonio. Solo había doscientos metros entre la pensión y la comisaría más cercana, pero corría movido por un miedo que bloqueaba su memoria espacial y cualquier capacidad de razonamiento. Su primer y único impulso era el de llegar hasta el coche y alejarse de ahí lo más rápido y lejos posible.

Al llegar a la calle donde tenía aparcado el Corsa de su ex mujer se encontró con las motos de dos policías locales junto a su coche.

            –¡Policía! –les llamó desde lo lejos.

La reacción de los municipales le alertó. No parecía que se estuviesen limitando a cursar una sanción por mal estacionamiento. Uno de los agentes, dijo algo a través de la emisora que llevaba colgada del hombro. Era una mujer, la voz le sonaba distorsionada por a través de las estrecheces del casco.

El compañero se encontraba tirado en el sueño, revisando los bajos del Corsa con una linterna de bolsillo.

            –Las manos en alto, donde pueda verlas. –La voz de la mujer policía pretendía resultar autoritaria, pero apenas superaba el aprobado según el protocolo del manual.

Javier siguió caminando hacia ellos.

            –Le he dicho que ponga las manos en alto –insistió la policía. Su tono seguía sin ser muy distinto al de una profesora novata en un instituto del extrarradio.

            –Ha habido un asesinato, han tirado a un hombre por la ventana. –A Javier le faltaba la respiración.

El compañero de la policía llevaba el arma desenfundada, pero ella era quien llevaba la iniciativa de los dos.

            –Lo tenemos –dijo el policía a través de la ranura que comunicaba el casco con la emisora.

            –Javier Rubiales, colóquese boca abajo con las manos extendidas –ordenó la mujer–. No me obligue a repetírselo.

Javier se detuvo en seco y abrió los brazos muy despacio.

            –Pero… ¿es que no van a hacer nada?

Puso una rodilla en el suelo y muy lentamente bajó la otra hasta quedar postrado sobre el asfalto caliente. Las ventanas de Doctor Horno devolvían el reflejo azulado de las sirenas de los coches de policía. Varias furgonetas y un coche patrulla entraron a la calle desde María Agustín, en dirección contraria.

            –Boca abajo con las manos extendidas –repitió la policía.

Javier tragó saliva. En el tránsito por la garganta la sintió como un mazacote; sólida, de piedra vieja, adoba y un pegote de asfalto caliente. Sentía el vacío entre los dientes y la encía, un  sabor a salitre filtrado por la chimenea de la papelera. Ni rastro del cierzo, ni del Ebro, ni de la ciudad que lo vio nacer. Era el hijo bastardo de Zaragoza y todos le odiaban; pero él ya no podía tragar ni la culpa.

 

Zaragoza, abril de 1.998. El despacho de la Psicóloga. Parte II.

 

            –Háblame de ese tartamudeo que has nombrado antes. –La psicóloga seguía amontonando folios y más folios. Los escribía por las dos caras, numerando las páginas en la esquina inferior derecha. Esa era la número diecisiete–. ¿Cuándo empezó?

            –Empezó un buen día… y de repente se fue, no ha vuelto desde entonces –respondió Javier. Llevaba tres horas ahí y empezaba a sentirse disperso, diluido en demasiada agua.

La psicóloga no anotó nada. Se le quedó mirando en silencio, con el lápiz en ristre, esperando que le diese una respuesta decente.

            –¿Sabes una cosa, Javier? –intervino la psicóloga. Dejó el lápiz sobre la mesa y se quitó las gafas para frotarse los ojos–. Antes de montármelo por mi cuenta trabajé durante unos cuantos años en el hospital psiquiátrico. Ahí traté a un chico que me recuerda mucho a ti, ¿sabes?

Javier trató de acomodar la postura, pero se había convertido en una tarea imposible.

            –No soy patólogo del habla, ni mucho menos, pero pude tratar muy de cerca a ese chico. Él, al igual que tú, también padecía un tartamudeo neurogénico producido por un trauma. En su caso, era tan extremo que a veces le resultaba imposible pedir un vaso de agua. Los demás chicos se reían de él, hasta tal punto que trató de quitarse la vida dos veces: una cortándose las venas y otra tragándose un bote entero de pastillas. Ese chico tan solo tenía nueve años, Javier, pero tomaba medicación como para tumbar a una mula.

            –Yo no tomé, ni tomo ninguna medicación, ya te he dicho que tal y como vino, se fue.

            –Eso es lo más interesante de todo, Javier, eso es exactamente lo que le pasó. A pesar del tratamiento, jamás mostró el más mínimo indicio de mejoría –el tono de voz de la psicóloga había cambiado, ya no parecía la doctora aburrida que tomaba notas, sino que parecía estar charrando con un amigo en un bar–. ¿Sabes cuándo terminó todo?

            –Me tienes intrigado. –Javier exageró una apertura de brazos que finalizó en una palmada.

            –Una mañana entré a su habitación, le di los buenos días y le pregunté qué tal había dormido. Como había hecho todos los días durante los últimos cuatro meses. ¿Y sabes qué?

Javier negó con la cabeza.

            –Ya no tartamudeaba. No solo era capaz de pedir un vaso de agua sin ahogarse, sino que construía palabras, frases, ¡frases complejas! Hasta su voz parecía diferente. ¿Y sabes por qué? –La psicóloga se inclinó encima de los codos y se acercó hacia Javier como si fuese a confesarle un secreto–. Porque era otra persona.

            –No entiendo qué tiene que ver esto conmigo –Javier retrocedió sobre su respaldo. Al hacerlo sintió el crujido de varias de sus vértebras.

            –Ese chico se despertó convencido de que era su hermano gemelo, Fran.

            –Raúl y yo no somos gemelos, ni siquiera somos hijos de los mismos padres.

            –¿Sabes lo que le sucedió a Fran? –Ahora la voz de la psicóloga parecía más oscura. Sin las gafas, sus ojos aparentemente marrones descubrieron un destello verdoso muy sutil.

            –No quiero saberlo –protestó Javier. Al hablar apretaba las mandíbulas.

            –Fran cayó por las escaleras. La noche anterior habían discutido por un videojuego y a la mañana siguiente decidió empujarle escaleras abajo. Lo había planeado durante el desayuno, en silencio, sin inmutarse, ajeno a las consecuencias. Fran se fracturó el cuello y murió en el acto. Su hermano bajó las escaleras como si nada, pasó por encima de su cuerpo y fue a clase como cualquier otro día. Cuando la profesora le preguntó por su hermano fue cuando empezó a tartamudear.

            –¿Por qué me cuentas todo esto?

–¿Qué fue eso que viste, Javier? ¿Qué fue eso tan terrible que te hizo convertirte en Raúl?

Javier miró la agenda de la psicóloga. La tenía sobre la mesa, abierta en la página del día, con las hojas atravesadas por una cuerda de tela roja. Él era el último paciente al que atendería; una gran cruz marcada junto a la línea de las cinco de la tarde. El resto de pacientes tenían nombre, apellidos, e incluso edades, pero Javier no. Era una cruz anónima tratada con la discreción que exigía un caso como el suyo. Nadie, a parte de la psicóloga y él mismo sabían que estaba ahí.

            –Dime, tú que tanto sabes y que has visto de todo, ¿has presenciado alguna vez la violación de un niño? –dijo Javier.  Él también recostó los codos sobre la mesa de la psicóloga; sus cabezas estaban separadas por un palmo de distancia. Al respirar, podía sentir que consumía el aire con el sabor de los pulmones de la psicóloga–. ¿Puedes imaginar su rostro en el momento en que lo secuestran? ¿Sus gritos cuando cinco adultos bien formados se lo follan por turnos? Yo he visto esas caras mirándome a los ojos, he visto cómo les arrancaban la infancia de golpe. La he visto salir de sus cuerpos, como un aura que se aleja flotando hacia el cielo. Sí, he visto esa aura de color amarillo.

            –Javier, creo que ya hemos tenido suficiente por hoy –la psicóloga retrocedió de vuelta al respaldo de su silla y recogió los folios hacia sí con la palma de su mano.

            –Si se lo está preguntando, la respuesta es: no. A mí nunca me tocaron. Al igual que Nacho y mi hermano no éramos más que peones, piezas dentro de una maquinaria demasiado compleja para que lo pueda entender.

            –Javier, ya son más de las siete, por favor, márchate, mi próximo cliente está a punto de llegar.

Javier se levantó de la silla y señaló con la mirada la agenda de la psicóloga.

            –Nadie sabe que estamos aquí.

  

Septiembre de 2.015. Prisión de Zuera. Parte VI

 

El capellán de la prisión se encontraba en el salón de actos con un  reducido grupo de reclusos. Habían terminado la misa y estaban con los ensayos para el sainete «La Señorita Trevélez», de Carlos Arniches, que representarían –Dios mediante– en Navidad. El elenco, formado por doce hombres y cuatro mujeres, se disponía alrededor del escenario, bajo la atenta mirada del capellán y otros diez reclusos masculinos y alguna mujer que habían decidido apuntarse a teatro, una de las pocas actividades mixtas que se realizaban en la prisión. Todos seguían la obra con las fotocopias del guión que el propio capellán les había facilitado.

            Dentro de quince minutos ocurrirá en esta destartalada habitación el más famoso y diabólico suceso que pudieron inventar imaginaciones humanas –leyó de un tirón un guaperas de ojos azules condenado a dos años por tráfico de drogas en el papel de Tito Guiloya. Le gustaba el escenario, pero carecía de cualquier tipo de talento.

            Ja, ja, ja, va a ser terrible –añadió un ex yonki al que le faltaban las palas superiores. Le gustó el nombre del personaje Torrija y el papel le fue entregado por aclamación popular.

            ¿De manera que todo lo has resuelto? – El rol de Manchón era para más veterano de todos los actores; un ex concejal de un pueblo de la comarca de Valdejalón al que se le pilló con las manos en el botín. Era el que mejor actuaba de los tres.

            Absolutamente todo. Los interesados están prevenidos, las cartas en su destino, las víctimas convencidas, nuestra retirada cubierta. No me quedó un cabo suelto. –Replicó Tito. Los actores participantes en la escena eran estacas clavadas sobre el tablado.

            ¿De modo que tú crees que esta broma insigne, imaginada por ti…?

            Va a superar a cuantas hemos dado, y las hemos dado inauditas. Va a ser una broma tan estupenda que quedará en los anales de la ciudad como la burla más perversa de que haya memoria. Ya lo veréis–. Cuando el preso de los ojos azules levantó la vista para encontrarse con la entrepierna sin bragas de una de las chicas que aguardaban entre las sillas del salón de actos se encontró con la comitiva.

El Director de la prisión caminaba escoltado por dos guardias civiles, la subdirectora de régimen y el de seguridad. Sábado por la tarde y semejante turba de cargos públicos solo podían significar que como mínimo se había levantado un motín.

Verdaderamente, a mí, a medida que se acerca la hora, me va dando un poco de miedo –continuó ajeno a la visita el ex yonki en su papel de Torrija con el papel a un palmo escaso de la cara. Tenía sus frases marcadas con subrayador amarillo.

El Director carraspeó. El capellán se volvió hacia él y este le hizo un gesto con las puntas de los dedos pulgar e índice, como si solo necesitase un minuto de su tiempo. El capellán se levantó con el gesto cansado e hizo un gesto a los actores en escena para que continuasen.

            ¡Ja, ja, tus temores pueriles! –continuó Manchón sin mirar al papel. No solo se sabía su texto de memoria, sino que se había aprendido los pies para las réplicas a sus frases el resto de sus compañeros.

            –¿En qué puedo ayudarle, señor Director? –Preguntó con una amplia sonrisa el capellán. Llevaba un par de años jubilado y su labor en la prisión respondía a un programa de voluntariado promovido por los mercedarios.

            –Verá, padre, hemos recibido una visita. –El director se repeinaba una y otra vez con la mano el lateral derecho del pelo desde detrás de la oreja a la nuca–. Es una visita muy especial que requiere de su presencia.

            Hombre, es una broma tan cruel –replicó Torrija.

El capellán miró hacia el escenario con los ojos vidriosos.

            –No se preocupe, lo hemos dispuesto todo para que continúen el ensayo –añadió la subdirectora–. Ahora mismo llegarán un par de técnicos del comedor para que les acompañen.

El capellán asintió.

            –¡Qué más da! La burla es conveniente siempre; sanea y purifica; castiga al necio, detiene al osado, asusta al ignorante y previene al discreto. Y, sobre todo, cuando, como en esta ocasión, escoge sus víctimas entre la gente ridícula, la burla divierte y corrige–. Replicó Tito de fondo mientras la comitiva abandonaba el salón de actos. El protagonista de los ojos azules hizo un corte de mangas a la espalda del director, pero uno de los guardias civiles lo vio y así se lo hizo saber con un sutil gesto.

La comitiva los dirigió hasta una habitación anexa al despacho del Director, una sala donde acostumbraban a celebrarse las Comisiones Disciplinarias y las reuniones de la Junta Administrativa.

La explosión que derribó una de las torres del Pilar en el 98 fue el detonante que hizo que Puyarruego regresase de su misión en Filipinas en un vuelo directo fletado por el Ministerio de Defensa. Eso y la demanda para cubrir las vacantes que habían quedado en la cúpula del Cabildo Metropolitano de Zaragoza, incluida la guinda del pastel: el Arzobispado. El resto de competidores en la pugna utilizaron toda serie de artimañas en su contra, incluso la repatriación de varios niños que afirmaban ser hijos suyos, producto de una nueva doctrina –todavía hoy practicada en ciertas comunidades de la isla de Mindoro– por la que se permitía a los religiosos casarse y tener hijos.

Tras una dura cruzada que dejó muchos cadáveres en la cuneta, Puyarruego solo tuvo que esperar a la muerte de Juan Pablo II para que una mano amiga –y bien pagada– lo nombrase Arzobispo de Zaragoza como una de las últimas voluntades del sumo pontífice.

Estaba más gordo, más canoso y parecía que sus dioptrías habían aumentado a razón de lo que lo había hecho el espesor de los cristales de sus gafas. Sus dientes también habían disminuido; no en cantidad, sino en tamaño, aquejados por un bruxismo de manual. Seguía luciendo sus enormes patillas, descuidadas y asimétricas y la misma cara de cabrón de siempre.

            –Es un placer recibirle, Excelentísimo –el capellán hizo una genuflexión y besó el anillo del Arzobispo–. De haber sabido que venía, me habría puesto un atuendo más apropiado.

            –No se preocupe –respondió Puyarruego–. Necesito la ayuda de un hombre de confianza, un hombre de Dios, como usted.

El capellán recordaba bien a Puyarruego. Siempre olía a tabaco, a alcohol, a lo que Dios quiera que oliera una mariscada y al coño de una puta. Lo recordaba cuando anuló la línea de crédito con la que los mercedarios financiaban su humilde centro de reinserción.

            –El señor director me ha comentado que no puedo quedarme a solas con un preso, por lo que tengo que estar acompañado por un miembro personal de la prisión –Puyarruego sonreía.

            –Excelentísimo, me temo que no soy personal de la prisión, soy un simple voluntario…

            –Bobadas, bobadas –interrumpió el Director–. Usted es un miembro fundamental de nuestra… comunidad. Será un placer que acompañe al Arzobispo.

            –Será muy rápido. –Puyarruego levantó la mano en un gesto de gran teatralidad que pretendía resultar tranquilizador–. Tan solo se trata de una visita a un viejo amigo. Me vendrá bien su ayuda para darle la comunión.

            –En ese caso… –Aceptó con un cabeceo el capellán.

            –Perfecto –festejó Puyarruego–. Por cierto, ¿tienen un reproductor de música?

 

¡Qué amargura, Marcelino! ¡Ver llorar a un ser que tanto quieres con unas lágrimas que ha hecho derramar la gente sólo para reírse! ¡No quiero más venganza sino que Dios, como castigo, llene de este dolor mío el alma de todos los burladores! –leyó el final de la obra un empresario valenciano acusado de estafa de capitales en el papel de Don Gonzalo.

 

Agosto de 1.987; Lo de Nacho.

 

Aquella madrugada no eran pocos los que intentaban contactar con Filipinas. Las noticias que llegaban de Manila eran confusas, pero todo apuntaba a que un coronel del ejército estaba perpetrando un Golpe de Estado contra el débil gobierno de Corazón Aquino.

Javier y Raúl dormían en el cuarto de al lado. Era la habitación más grande, pero con el espacio que ocupaban las dos camas, la mesa y los armarios; no se hacía muy distinta de lo que había sido cualquiera de los cuchitriles que habían ocupado antes.

La espera al otro lado del hilo telefónico se hacía eterna. Nacho jugueteaba con el cable del teléfono, estirándolo y devolviéndolo a su forma relajada una y otra vez, concentrado en el vacío hertziano que se arrastraba al otro lado. Sobre la mesilla, desplegada en cuatro dobleces y años de abandono, Nacho tenía un viejo número de una publicación trimestral religiosa. En ella, bajo un artículo ilustrado con una fotografía de una playa de arena blanca, aparecía el número de teléfono de la Misión de la Virgen del Pilar en la isla de Mindoro.

En Zaragoza eran las tres de la madrugada; en la isla, apenas las ocho de la mañana. Había pasado media hora desde que la operadora le confirmó que establecería la conexión en breve, que se mantuviese atento. Pero nadie respondía desde el otro lado.

Aquel estaba siendo un verano extraño. La maquinaria se había detenido en seco tras seis años seguidos de conciertos, un centenar de actuaciones en televisión, dos películas y seis discos –el último, Babilonia, inédito–. Era como si de repente hubiesen despertado y todo lo vivido con el grupo Infanticos no hubiese sido más que un sueño.

No sólo se trataba de la fama o el dinero. Para tres huérfanos sin familia, estudios o un oficio con el que ganarse la vida más allá del trapecio; el olvido comenzaba con las cuatro paredes de su casa.

Tras un chasquido sonó un tono de espera a través del altavoz del teléfono. Era un tono distinto al habitual, al que se oía en las llamadas nacionales; era un sonido extranjero.

Tras cinco de esos pitidos, una voz femenina respondió desde el otro lado del aparato. A pesar de que no comprendía lo que le decía, su voz resultaba poco amigable, casi  a reproche.

            –Por favor, póngame con el Vicario Puyarruego. Dígale que soy Nacho –repitió varias veces. Se sorprendió a sí mismo escuchando el desespero en el eco de su voz devuelto por un ligero retardo casi imperceptible, a pesar de los once mil kilómetros que los separaban.

La mujer extranjera hablaba muy deprisa y en una lengua que no se parecía a nada que hubiese escuchado antes.

            –Puyarruego –insistió Nacho–, quiero hablar con el Vicario Puyarruego.

De repente, la mujer encadenó varios pares de sílabas que se parecían mucho al apellido del Vicario.

            –¡Eso es, Puyarruego!

El tono de esa mujer cambio y dijo algo que a Nacho le sonó más gentil. Después, el silencio, unas pisadas lejanas, unos pasos más fuertes y la voz del antiguo Vicario.

            –Vicario Puyarruego, soy yo, Nacho.

            –Por el amor de Dios, ya no soy Vicario, soy Prelado, puedes dirigirte a mí como monseñor. –Su voz sonaba como si le hubiesen sacado de la cama–. ¿Qué es lo que quieres?

            –Necesito hablar con usted.

            –¿Tú sabes la hora que es aquí?

            –Quiero que vuelva, monseñor, desde que se fue todo ha ido mal –Nacho llenó de babas el auricular del teléfono con su balbuceo.

            –No puedo volver, tengo una Misión que atender aquí. –Puyarruego había perdido ese deje parental y misericordioso con el que siempre había tratado a Nacho. Se dirigía a él con la distancia con que lo hacía con cualquier campesino filipino hispanohablante–.

            –Le echo de menos, monseñor, lléveme con usted.

Javier estaba despierto. Desde los primeros años en el orfanato desarrolló un mecanismo de alerta que le despertaba ante el más mínimo ruido. A través de la estrechez del tabique se oía la conversación de Nacho con nitidez. Raúl también escuchaba, pero fingía estar dormido.

–No puedes molestarme con tus niñerías cada vez que te sientas solo. –La voz de Puyarruego era un cabreo in crescendo–. Además, no es bueno que sepan que hemos hablado, podrías meterme en un lío.

–Vuelva Monseñor, he seguido su obra, he seguido cogiendo flores para usted –le dijo entre sollozos.

            –¿Flores?

            –Sí, el mes pasado cogí una flor blanca, muy joven, todavía un capullo. Hace un par de semanas cogimos una flor amarilla, de sus favoritas.

            –¿Cogimos? –preguntó Puyarruego.

            –Sí, Raúl me ayudó, es un buen chico, él también le quiere y le extraña.

            –¿Qué hicisteis con las flores? –El enfado se había disipado en la garganta de Puyarruego, en favor de la curiosidad.

            –La flor blanca se murió, era muy joven, pero la flor amarilla la tengo guardada, será mi ofrenda a la virgen, para que usted vuelva.

            –Escúchame bien, Nacho, deshazte de esa flor amarilla, la virgen está saciada.

            –Cuando usted estaba aquí, la virgen necesitaba muchas flores y todo nos iba bien. Le entregaré mi flor como ofrenda para que usted vuelva.

            –Nacho…

La comunicación se cortó en seco. Nacho tenía la oreja caliente y el corazón acelerado. Fue a la cocina y bebió agua directamente del grifo. Se sentó en el sofá, pero lo sintió duro e incómodo, impregnado del olor de las cosas sin dueño. Se levantó y caminó alrededor de la mesita del salón. Sentía el piso menguar por momentos, las paredes estrecharse entre sí. Le faltaba el aire.

El portazo hizo que Javier se sobresaltase en la cama.

            –¿Q… qué ha si… sido eso? –preguntó.

            –Es Nacho, ha salido –trató de tranquilizar Raúl. Su voz sonaba muy despierta, quizá demasiado–. Intenta dormir, si no se te hará el día muy largo.

Javier se tumbó en la cama, recolocó la sábana y lanzó un suspiro que le vació los pulmones.

            –Ra… Raúl –dijo Javier en un tono demasiado infantil para sus catorce años– ¿P… puedo ir a... a buscar flo… flores con vosotros?

            –Venga, duérmete, no seas plasta –protestó Raúl con la autoridad que le confería ser dieciséis meses mayor.

 

La ciudad dormitaba tranquila. Un taxi con una abolladura en un lateral cruzaba el Coso Bajo. Era un Renault 18. Los edificios dormían apagados, salvo alguna que otra persiana insomne.

Caminó por una callejuela de la Madalena. Las casas eran tan viejas como la propia ciudad, y a la vez, tan distintas que parecían pertenecer a cualquier otro sitio. Las fachadas de ladrillo, las puertas en arco, los escombros y los balcones con olor a albahaca. Una pareja follaba con la ventana abierta; solo se le escuchaba a él, en un resoplido bronco. Ella parecía disfrutar del placer en silencio. Una grúa se levantaba en mitad de un solar. La estructura era de hormigón armado y se erigía hacia arriba sobre los hombros de varias casas viejas de dos plantas que parecían haber menguado por la edad. Dos farolas consecutivas estaban fundidas dando a la  calle la apariencia de un callejón sin salida, pero Nacho sabía bien hacia donde iba.

La calle Asalto se levantaba a la sombra de las paredes de un convento en desuso. Al otro lado, se desplegaba la negrura del parque Bruil, salpicada por algún islote mal iluminado. Nacho caminó hacia la base de hormigón sobre la que se asentó la jaula de la osa Nicolasa, coprotagonista de la primera película de los Infanticos. La piscina, el pavo real y los monos regresaban a su memoria como un recuerdo tan lejano que le llegaba a resultar ajeno.

Todo era quietud; el suelo olía a humedad bajo las copas de los árboles. Al fondo, más allá de las tapias que delimitaban el parque, zumbaba el rumor saltarín del Huerva, arrastrando toneladas de basura a escasos trescientos metros de su desembocadura en el Ebro.

Varias luciérnagas de color naranja revoloteaban alrededor de un banco. Bailaban una extraña danza de apareo en la que descendían, cogían impulso y volvían a subir para lucir al máximo en su cénit. Al menos había cuatro. Cuando se acercó, Nacho comprobó que aquellos insectos no eran más que las brasas de unos cigarros.

Una de las luciérnagas cayó al suelo y se apagó bajo la suela de una zapatilla.

            –Oye, amigo, ¿no llevarás un cigarro? –le preguntó una voz con acento calé.

La risa de sus compañeros sonó siniestra.

            –Ven aquí, pedazo de mierdas –insistió la voz, jaleada por el resto.

Nacho se alejó de ahí tan rápido como pudo sin llegar a correr. Delante de él se levantaba una farola con forma de palmera que iluminaba el paseo central del parque. Calculó que le separaban de ahí cincuenta pasos y comenzó a contarlos en alto.

«Uno, dos, tres, cuatro,…». Sus zancadas eran largas e irregulares. Sentía los músculos entumecidos al pisar. Demasiado agarrotados a la caña del hueso, casi dormidos, incapaces de echar a correr en caso de que fuese necesario.

A su derecha, extramuros del parque Bruil malvivía el Cuartel de Sementales; un vestigio de los tiempos en que las guerras se hacían a caballo, todavía operativo y en pie. Pensó en ir hasta ahí y pedir ayuda.

«Ocho, nueve, diez, once,…». Era ridículo; no podía presentarse ahí pidiendo auxilio solo porque unos gitanillos le hubiesen vacilado. No estaba dispuesto a convertirse en el hazmerreír de una compañía militar.

Sintió unas sombras moviéndose por su costado izquierdo. No eran los gitanos; aquellos chicos seguían gritándole improperios desde su altar de madera y forja. Se volvió por encima del hombro sin dejar de caminar, pero no vio nada. Al devolver la vista al frente se encontró con las luces de un coche de policía: «salvado», se dijo.

Contó hasta el número quince.

Dos agentes pertrechados con una linterna vigilaban la entrada al parque. Nacho caminó hacia ellos, incluso les saludó con la mano desde lejos.

Uno de los agentes le devolvió el saludo.

            –Buenas noches  –dijo el policía de la linterna cuando lo tuvo lo suficientemente cerca.

Aquellos dos tipos no parecían policías. Tenían cara de boxeadores retirados, con las narices chatas, los ojos hundidos y cortes de pelo caseros. Uno de los dos llevaba una gran cadena de oro que brillaba desde lo lejos, a juego con una pulsera. El otro era bajito, demasiado para llegar a ser policía; tenía cara de inestable. En los últimos años, desde la creación de la UVE –Unidad de vigilancia Especial–, ningún policía parecía serlo en realidad.

            –A ver, tú, melenas, la documentación –dijo el enano. Su voz era un mal doblaje, un graznido inconexo con el resto de su cuerpo.

Nacho se palpó los bolsillos del pantalón, pero no encontró nada. Con las prisas se había dejado la cartera junto a las llaves y el tabaco encima de la mesilla del teléfono.

            –No la llevo encima, me la he dejado en casa –respondió Nacho.

El policía de la linterna y la cadena de oro se le acercó y lo examinó con detalle. La puso tan cerca de su cara que lo cegó. Nacho hizo una visera con la mano sobre su frente y apartó la mirada hacia el suelo. Entonces cayó en la cuenta de que los pantalones y los zapatos de los dos agentes eran distintos.

            –Date por jodido chaval –le susurró al oído el enano, rondándole por la espalda.

            –Se lo juro, me he dejado la cartera en casa.

El policía de la linterna se volvió hacia el coche patrulla. Era un Opel Kadett de color negro con un rotativo azul enganchado al techo.

            –Las manos a la espalda, tú te vienes con nosotros. –El enano le presionó los riñones con un objeto metálico. Nacho pensó en una porra, después en el cañón de una pistola; pero no era ninguna de las dos.

Los policías se llevaron a Nacho en el Kadett. No entendía nada. Lo sentaron en el asiento del copiloto, con las manos esposadas hacia atrás, abrazando el respaldo. El tipo de la linterna conducía; el enano iba en el asiento de atrás.

Al igual que ellos, el coche tampoco parecía un coche patrulla al uso, a excepción de una emisora a la que le sobresalían los cables por el hueco donde debería ir la radio y el rotativo azul. No llevaba rótulos, ni un habitáculo preparado para transportar detenidos. Llevaba un asiento de bolas y el cenicero colmado de colillas de rubio americano. No era muy diferente al vehículo de cualquier macarra de medio pelo.

El policía conducía deprisa, o al menos esa era la sensación que tenía Nacho, al cruzar las calles de la Madalena por las que había paseado hacía media hora escasa. Se sentía desprotegido, sin más impedimento entre su cráneo y el asfalto que un salpicadero vacío lleno de polvo y restos de ceniza. Ninguno de los dos policías dijo una sola palabra.

El coche se saltó el semáforo de Cantín y Gamboa con Asalto y chirrió con un fuerte acelerón hacia las Fuentes.

De repente, Nacho escuchó un sonido familiar: el de una tira de cinta americana desenrollándose. Un tirón seco seguido de un mordisco y un corte. Se asomó al retrovisor, pero el conductor lo tenía dirigido en un ángulo que no devolvía más que el reflejo del tapizado del techo convertido en un filtro gigante de nicotina. El enano se colocó detrás de él y le pasó la tira de cinta americana por delante de los ojos hasta estampársela en la frente; después fijó los laterales al reposacabezas.

            –¿Qué hace, que es…?–preguntó Nacho.

Pero no llegó a terminar la pregunta. El conductor le clavó el codo entre las costillas en un golpe certero que le sacó todo el aire de los pulmones. El enano se dejó de lindezas y comenzó a rodear la cabeza de Nacho con cinta americana alrededor del reposacabezas, dándole la forma de un tótem enmascarado.

Le tapó los ojos, la frente, la barbilla, la nariz y las orejas. Tan solo dejó libre el hueco de la boca para hablar y respirar; aunque el hecho de que su rehén fuese capaz de respirar, les resultase una función secundaria en ese momento.

Nacho apenas podía oír nada. Tenía el sabor del adhesivo pegado al paladar, la nariz y la laringe hasta la boca del estómago. Sentía las aletas de la nariz presionadas entre sí contra el tabique y el oxígeno que le rellenaba las cavidades interiores convertido en una masa gelatinosa y caliente.

El coche siguió recorriendo la ciudad hasta que el piso bajo las ruedas se convirtió en un terreno vasto, como un camino de tierra o un descampado. Condujeron durante lo que parecieron un par de minutos hasta que el Kadett redujo en un gruñido de frenos y el motor se detuvo en seco.

Después se hizo el silencio.

Los policías salieron del coche dando dos respectivos portazos y hablaron entre sí. Nacho no pudo distinguir nada. Al poco, uno de los dos policías perforó la cinta adhesiva en torno a sus orejas con un objeto punzante y le susurró:

            –¿Dónde está la chica?

            –¿Qué chica? No sé de qué me está hablando.

            –La chica… tu flor amarilla.

Nacho enseguida comprendió de qué iba todo esto. Sabía que el antiguo Vicario seguía siendo una persona poderosa en el más amplio sentido de la palabra: poder religioso, poder económico, poder político… Pero no imaginaba que sus tentáculos llegasen a contar con un brazo armado. Si lo hacía rápido, al menos se ahorraría el bochorno de arrastrarse ante ese par de esbirros.

            –Quiero hablar con Puyarruego, solo hablaré con él.

            –Me parece que no estás en posición de negociar condiciones –dijo la voz de uno de los policías al que Nacho identificó como el conductor.

El pecho le subía arriba y abajo. La masa gelatinosa se estaba secando en su interior y cada vez le costaba más esfuerzo respirar. Se palpó el paladar con la lengua y la sintió envuelta en un tejido basto.

Los policías se alejaron del coche. Parecían discutir. La voz del enano sonaba enfadada; el otro le pedía que bajase el volumen.

Regresaron. Uno de ellos giró una ruleta que hizo un «clac» en la emisora y se puso en contacto con alguien a quien se dirigía con la autoridad de un superior:

            –El chico solo hablará con Puyarruego.

            –Eso es imposible. –La voz del otro lado sonaba distorsionada por el eco, pero sin duda alguna, era la de un hombre mayor.

            –Pero, señor… la chica…

            –Aparecerá, no desesperéis. Tardaremos más o menos en encontrarla, pero al final aparecerá. Y si no siempre nos quedará el otro.

            –Raúl no sabe nada –intervino Nacho–, yo soy el único que sabe dónde está.

            –¿Lo ha oído? –dijo el policía al hombre que escuchaba desde el otro lado.

            –Alto y claro –respondió–. Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Nacho apenas tuvo la oportunidad de gritar. Cuando se quiso dar cuenta tenía un tubo metido en la garganta. Era un objeto frío, metálico, demasiado duro para quebrarlo con los dientes.

Se lo clavaron hasta el fondo de la garganta, en ese cruce incómodo donde surgen las náuseas. Entonces, comenzó a sentir el tintineo metálico de unos pequeños objetos que le bajaban por el esófago a través de la canalización que le habían metido en la boca. Al principio pensó que eran piedrecillas, sentía su peso amontonándose una tras otra en la boca del estómago. Pataleó y forcejeó en su asiento, pero a cada movimiento que hacía sentía la rebarba de ese tubo metálico rozándole la campanilla y las anginas. Le sacaron el tubo de golpe y se apresuraron a cerrarle la boca con un par de vueltas más de cinta americana. Los policías de la UVE se movían ágiles; estaba claro que no era la primera vez que lo hacían.

Después, le amordazaron el brazo derecho. Nacho siempre tuvo las venas muy marcadas. Ahora sentía una presión muy fuerte en el bíceps y otra que le estrangulaba la muñeca. Algo le aguijoneó el brazo. No se parecía a ninguna de las veces que le habían sacado sangre. No podía verlos, solo escuchaba sus resoplos y bramidos de esfuerzo. Le habían inyectado algo por vía intravenosa. Liberaron la presión del brazo y sintió queroseno ardiéndole por el brazo aguas arriba hacia el corazón. Después, un zumbido extraño y un rumor recorriendo hasta el último capilar del cuerpo.

Comenzó a desandar los pasos que lo habían sacado de casa en mitad de la noche: «treinta y nueve, treinta y ocho, treinta y siete…». Era capaz de verse a sí mismo caminando de espaldas; pero en su visión no era de noche, sino que el sol radiaba en lo más alto. Tenía forma de corona; una enorme corona hecha de círculos concéntricos elevada sobre un trono de plata al que se accedía a través de siete escalones. Y sonaba música; una música tocada solo para él.

 

El cuerpo apareció al día siguiente en la zona de las Graveras. Lo encontraron unos críos que jugaban en el canal. Al principio pensaron que se trataba de un saco o una bolsa de basura, por lo que lo golpearon con palos hasta acercarlo a su orilla. El Patriarca vendió la exclusiva al mejor postor y según dijeron las malas lenguas de aquel entonces, sacó más de cien mil pesetas limpias.

La fotografía del cadáver de Nacho en la portada del Heraldo de aquel seis de agoto se convirtió en una de las imágenes más icónicas que se recuerdan de la prensa aragonesa, quizá solo superada por el incendio del Corona, el atentado de la Casa Cuartel, el gol de Nayim o el derrumbe de una de las torres del Pilar en el 98. Tenía los ojos abiertos y las cejas enarcadas en un gesto de perplejidad casi cómica.

Bajo la fotografía, un titular en mayúsculas subrayado: «SOBREDOSIS».

El suceso empequeñeció la triste noticia de que el cuerpo de la niña de siete años a la que  llevaban buscando una semana había aparecido sin vida en un piso abandonado no muy lejos del arco del Deán.

 

Septiembre de 2.015. Prisión de Zuera. Parte VII

 

La mesa de la sala de visitas se había convertido en un altar improvisado. El capellán había trasladado ahí todo su arsenal: había una Biblia, un cáliz, un copón, una patena, el corporal, la palia, agua bendita, los óleos, el lavabo –y su manutergio–, las vinagreras, el purificador, dos velas y un crucifijo. También había un radiocasete pasado de moda conectado al único enchufe de la pared.

Puyarruego vestía una llamativa casulla de oro y púrpura regalo del torero Nacional III. Había sido bordada por la misma sastrería en la que le confeccionaban sus icónicos trajes de luces. El capellán hacía las veces de monaguillo vestido con su indumentaria secular.

Fuera, en el despacho del director, los teléfonos ardían.

Sonó el cerrojo de la puerta y un Guardia Civil con pinta de regular de Melilla trajo consigo a Raúl encadenado de pies y manos, con la misma técnica que especificaba el manual para internos con su mismo grado de peligrosidad. Raúl no encontró a su hermano Javier, ni al funcionario Martínez, por lo que pensó que detrás de esa misa improvisada a la que le habían invitado no podía esconderse más que una desgracia.

Raúl olía a limpio y todavía tenía el pelo mojado. También le habían cambiado de ropa, improvisando una indumentaria de domingo con un jersey, una camisa y un pantalón de su talla sin planchar que sustrajeron de la lavandería. Era la personificación de las prisas.

El Guardia Civil lo encadenó a la argolla de la mesa y le acercó una silla para que se sentase. Después, miró a Puyarruego y este le hizo un gesto para que los dejase solos, tal y como habían convenido en una reunión previa con el Director de la prisión, la subdirectora de régimen y el director de seguridad. El agente de rasgos rifeños salió de la habitación.

            –La paz sea a esta casa y a todos los que habitan en ella –dijo Puyarruego con las manos juntas en señal de oración.

El capellán le miró extrañado al reconocer la fórmula que estaba utilizando.

            –Mi hermano –dijo Raúl. Tenía el rostro tenso, pero el ceño fruncido–. ¿Dónde está mi hermano?

Puyarruego tomó el crucifijo de la mesa, vertió sobre él unas gotas de agua bendita y se lo acercó a Raúl para que lo besase.

Me rociarás, Señor con el hisopo y seré purificado. Me lavarás y seré más blanco que la nieve –continuó Puyarruego–.

Raúl se quedó mirando el crucifijo, pero no lo besó. De repente reconoció el olor pegado a los dedos rechonchos y amarillentos, el anillo y la mano que lo portaba.

            –¿Qué has hecho con mi hermano? –preguntó.

Oremos: Señor Jesucristo… –comenzó Puyarruego el rito de la extremaunción.

El capellán escuchaba la liturgia lejana, como amortiguada por el sonido de una almohada a pesar de estar a menos de un metro del Arzobispo. Por primera vez en su vida oía hablar de Jesucristo, los Santos, la Virgen y la salvación eterna, y esas palabras no significaban para él más que la nada más absoluta. Vocablos conectados con más o menos acierto, pero vacías en su fondo.

Puyarruego carraspeó y se volvió al capellán. Tenía que dar la réplica.

            –Amén.

            Oremos. Escúchanos, Señor Santo, Padre omnipotente, Eterno Dios; y dígnate enviar tu Santo Ángel que custodie, ampare, proteja, visite y defienda a todos los que moran en esta casa. Por Cristo nuestro señor…

            –Amén –volvió a repetir el capellán, esta vez sin que el Arzobispo tuviese que amonestarle.

            –Repite conmigo, Raúl: «yo Pecador…» –introdujo Puyarruego el Confiteor.

Pero Raúl no continuó.

            –¡Repite conmigo! –insistió. Su voz regresó treinta años atrás en el tiempo.

            –Excelentísimo, este hombre está enajenado –interrumpió el capellán.

            –Que le den por el culo –arrojó el crucifijo sobre la mesa haciendo sonar un metal innoble revestido en una imitación de oro.

Puyarruego cogió las aceiteras metálicas donde se guardaban los óleos y se puso de pie para poder ungir con ellas a Raúl.

            –En el nombre del Padre, y del hijo y del Espíritu Santo, quede extinguido en ti todo poder del diablo por la imposición de nuestras manos, y por la invocación de todos los Santos Ángeles, arcángeles, patriarcas, Apóstoles, Confesores, Profetas, Mártires, Vírgenes y todos los Santos Juntos.

            –Amén –replicó el capellán.

Puyarruego mojó el pulgar de su mano derecha y lo acercó a la frente de Raúl. Este dio un tirón de las cadenas, intentando agarrar las manos del Arzobispo, pero no pudo levantarlas por encima del mentón.

            –Capellán, ponga la música –ordenó Puyarruego sin quitar los ojos de encima del preso.

El capellán obedeció y con la mano temblorosa hundió la tecla del play hasta que hizo un «clack» y los bujes dentados comenzaron a rodar en el sentido contrario a las agujas del reloj.

Puyarruego ungió los ojos, las orejas, la nariz y la boca de Raúl nombrando en voz alta cada parte que cubría con el óleo.

El capellán rezaba el Padre Nuestro en silencio.

Tras un silencio de varios segundos empezó a sonar música. Guitarras eléctricas, batería y teclados psicodélicos. Las voces armonizadas de tres jóvenes comenzaron a trepar por el muro de sonido como una hiedra venenosa. Intercalaban versos en latín con pasajes en los que se hacía referencia a capítulos del Antiguo Testamento.

El capellán reconoció una de las estrofas: «desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor».

Después, un fraseo de guitarra creciente en tempo e intensidad sobrevolando las turbulencias de un teclado que crece hasta la estridencia para alcanzar una parte instrumental de calma y claridad sobre la que frasea tranquilo.

Raúl sonreía. Puyarruego le acercó la estola púrpura a los labios y la besó.

            –Él ha perdonado todos tus pecados –susurró Puyarruego haciéndole entrega del crucifijo–. Ofrécele el sacrificio más bello de todos.

Raúl asintió sin dejar de sonreír. Dos lágrimas le cayeron por las mejillas al unísono.

El crucifijo tenía la forma de una cruz de Santiago, pero las aristas eran mucho más pronunciadas. Si se miraba con detalle podía observarse que las puntas estaban afiladas, lo suficiente al menos como para seccionar la yugular de un adulto sin más esfuerzo que el necesario para cortar un filete poco hecho.

Puyarruego retrocedió dos pasos y el capellán vio a Raúl desangrándose. La sangre le brotaba del cuello como un grifo abierto alimentado por una bomba manual. La sangre salpicó la casulla del Arzobispo, también la Biblia, el cáliz, el copón, la patena, el corporal, la palia, el recipiente del agua bendita, el de los óleos, el lavabo –y su manutergio–, las vinagreras, el purificador, y las dos velas. Pero sonreía. Sonreía presa del mismo éxtasis que paralizaba los músculos del capellán, poseídos por la música que sonaba a través del radio casette.

Puyarruego pulsó el stop y la cinta se detuvo en otro «clack» mecánico. El capellán se desmayó detrás de él y cayó sobre sus ancianas rodillas. El cuerpo de Raúl se vació y se inclinó hacia adelante chocando su cabeza contra la mesa.

El Guardia Civil llamó desde el otro lado de la puerta:

            –¿Va todo bien?

Entonces, Puyarruego empezó a gritar. Su voz era la de un demente; una mezcla de abandono, miedo y dolor. Un grito adulto más allá de un simple reclamo materno filial o un aviso de peligro para el resto de la manada. Tampoco sonaba a desafío. Era el sonido del pánico.

 

Epílogo. Octubre de 1.987.

 

Unas horas después…

Cuando Javier llegó al piso ya era más de las dos de la madrugada, pero Raúl todavía estaba despierto.

            –¿Se puede saber dónde te has metido? –Raúl salió a su encuentro al pasillo en cuanto oyó abrirse la puerta.

Javier estaba ahí, de pie, con la ropa sucia, los brazos y la cara llenos de arañazos y las manos y la ropa llena de salpicaduras de pintura amarilla.

            –Yo… yo so… solo quería ser co… co… como vosotros –balbuceó Javier. Su cara era distinta, las mandíbulas más marcadas y los ojos hundidos en las cuencas; parecía haber vuelto de la guerra.

            –Dios mío, ¿qué has hecho? –preguntó Raúl.

Pero Javier no respondió.

Raúl le cogió de la mano y lo llevó hasta el lavabo. Llenó la bañera de agua caliente y lo desnudó. Una vez llena le ayudó a meterse en el agua y lo lavó a conciencia. Tenía las uñas llenas de barro y piel y los genitales cubiertos de sangre seca. Al entrar en contacto con el agua, la pintura reaccionó  y se cuarteó, secándose al instante. Estaba esparcida por toda la bañera, incluso en las manos de Raúl.

Cuando despertó al día siguiente, Javier no recordaba haberse puesto el pijama de invierno, ni cómo había llegado a su cama. Un recuerdo fugaz, pero muy intenso, aleteaba alrededor de su cabeza. Pensó que solo había sido un sueño, después deseó que solo hubiese sido un sueño, pero los arañazos de sus brazos seguían ahí. Tenía marcas de yodo; alguien se los había curado.

Se levantó de un salto y la cabeza se le fue por un momento en forma de mareo. Se agarró al armario, después a la mesa y al pomo de la puerta y salió al pasillo.

            –Raúl, ¿estás ahí? –le llamó. Pero el piso estaba vacío.

Recordó el color amarillo. Un amarillo intenso, fuerte y con un fuerte olor a pintura. Buscó su ropa en el cesto de la ropa sucia, pero estaba vacío. Entró al cuarto de baño, pero estaba limpio; apestaba a lejía reciente. Sintió náuseas, pero las reprimió; nunca le gustó vomitar.

Caminó hacia el salón. Todo estaba recogido: los discos, la mesa, los ceniceros… Se asomó a la ventana: Zaragoza seguía a lo suyo, inmersa en su dicotomía de capital de provincias: toda una metrópoli para la gente de pueblo, pero insignificante para los de la gran ciudad. Dos mujeres regresaban a casa cargadas con la compra. El vendedor de los iguales charlaba con un anciano. Varios chicos jóvenes con ropa de faena descargaban material de una furgoneta aparcada sobre la acera mientras su jefe fumaba un cigarro y reía al lado de un tipo trajeado. Estaba nublado, pero no tenía pinta de que fuese a llover.

Sonó el teléfono, era el padre Luis. Raúl se había entregado.

Javier ya no tartamudeaba.


Comentarios