LOBOS

LOBOS

20/02/2020

Por: Héctor Pallás Guío




2 de marzo de 2.015

Un par de camareros atendían la barra. Vestían camisa blanca y chaleco granate; un uniforme excesivo para un restaurante de carretera. Al otro lado del mostrador de acero inoxidable bramaba una manada de jubilados ardorosos que escindía al grupo entre los que querían tomar café y los que necesitaban aprovechar la parada para ir al servicio.

El conductor del autobús esperaba fuera, sujetando un cigarro con los dedos amarillentos de su mano izquierda. El cierzo de principios de abril lo consumía mientras él no despegaba los ojos de la pantalla del móvil.  

La televisión estaba encendida, pero era imposible escuchar nada. El sonido de las tazas de café chocando contra sus respectivos platos, la cafetera a pleno rendimiento, las conversaciones absurdas de a mitad de camino y el tintineo metálico de la tragaperras convertía la sala en una especie de lonja medieval.

Los baños estaban en el subsuelo, al que se descendía por una amplia escalera de terrazo. El vendedor de los cupones de la ONCE tenía instalada su mesa de trilero justo en la entrada. Era un camionero al que un accidente lo retiró de la carretera antes de hora. Firme defensor de la técnica de los ojos húmedos como principal estrategia de marketing.

El techo de la cafetería todavía tiznaba hacia un tono amarillento, a pesar de que ya hacía un par de años de la vigente normativa anti tabaco. Parecía como si la nube de humo se resistiese a abandonar el local.

Una señora mayor que ni tomaba café ni tenía que ir al baño se aposentó en una mesa cerca de la televisión. Sobre la mesa todavía descansaban las consumiciones de los anteriores comensales con el hielo derritiéndose en el fondo. Veía pasar los rótulos del telediario regional al tiempo que una reportera movía los labios con cara compungida. En una subdivisión de la pantalla, un hombre de manos anchas, enfundado en mono de trabajo señalaba un montón de ovejas muertas. Estaban apiñadas unas sobre otras en una estampa que bien podía recordar a una escena del holocausto. Todas con la misma marca en el pescuezo, todas con la lana marcada de sangre en un lado y de mierda hacia el otro.

–Qué barbaridad –Cabeceó la señora sujetando el impulso de persignarse.

Al otro extremo, donde la barra se retorcía para encontrarse de nuevo con la pared, un par de tipos con pinta rara bebían Veterano sin hielo. Vestían botas camperas, pantalones tejanos y chalecos de cuero. Uno de los dos llevaba un pañuelo anudado a la cabeza y se mesaba la barba cana. El otro, mucho más alto y de piel oscura no perdía detalle de lo que salía en la televisión.

La señora se volvió para mirarlos. El negro abría las aletas de la nariz a cada respiración mostrando los caños cavernarios. Los ojos le irisaban como un ámbar con una avispa solidificada en su interior.

La cámara enfocó al ganadero. Señalaba la entrada principal de los corrales. Le temblaba la mano. Tenía el rostro pálido y podía sentirse el sudor frío que le paralizaba la cara en un rictus que parecía encogerle.

            –Lobos –dijo la anciana sin dirigirse directamente a la extraña pareja–. Una noche, hace muchos años, cuando era niña, bajaron del monte y atacaron al ganado de mi padre.

Al volverse hacia ellos vio que ya no estaban. No los había visto salir. Sobre la barra estaban sus copas medio llenas y un fuerte olor a pelaje de animal en celo que ocupaba el vacío que habían dejado.

 

Dos días después ya no había quien se acercase a la granja de la masacre bobina. El interés que había levantado en los medios se había esfumado esa misma tarde, cuando el Ebro llegó a la ciudad en forma de una crecida con una punta de dos mil seiscientos metros cúbicos por segundo. Los animales ya llevaban tres días muertos y el olor hacía la atmósfera irrespirable. Todavía no había acudido el perito. El ganadero había llamado más de veinte veces a su seguro, pero las líneas estaban colapsadas, atendiendo a los afectados por las inundaciones de los pueblos de la ribera.

Ya se hacía tarde. Sonó la campana que marcaba la una del medio día y el ganadero decidió regresar a su casa después de otra jornada perdida. A escasos doscientos metros de su granja encontró un vehículo atascado en el barro; un Peugeot 309 hundido hasta la panza.

            –¿Son ustedes los del seguro? –Preguntó el ganadero desde la cabina de su tractor. Los ocupantes eran un hombre alto y delgado y una mujer de mediana edad con pinta de asistenta social que esperaban a un lado del camino.

            –Policía nacional –saludó la mujer sin desmontar el entramado de brazos cruzados tras el que se parapetaba–, ¿puede ayudarnos?

El ganadero miró hacia su pueblo y lanzó un hondo resoplido.

            –Ya he hablado con la Guardia Civil y con el SEPRONA –respondió. Se rascó la cabeza por dentro de la gorra–. Hicieron fotos y revisaron toda la instalación. ¿Qué más quieren? Lo he perdido todo y los del seguro siguen sin venir.

            –Lamentamos mucho la situación –siguió la policía de paisano con su tono de manual–, pero necesitamos ver el lugar de los hechos.

            –No van a encontrar nada. Los periodistas y la Guardia Civil pisotearon todo, además, con las últimas lluvias se ha borrado cualquier rastro del camino.

El hombre largo que permanecía en silencio miró las cuatro ruedas del coche clavadas en el fango.

            –¿Puede sacarnos de aquí? –dijo–. No le robaremos mucho tiempo.

El ganadero tiró del Peugeot con una cincha de lona y lo arrastró hasta la parte seca del camino, enfilado hacia el pueblo en toda una declaración de intenciones. Las cuatro ruedas estaban rebozadas en barro, rellenando el hueco entre el neumático y el mal llamado guardabarros.

            –Ya les he dicho que no hay nada que ver.

            –Enséñenos las ovejas.

El dueño de la explotación los llevó en el tractor hasta los corrales donde estaban las ovejas muertas. A lo lejos asomaba un silo de chapa serigrafiado con el nombre de la empresa que le suministraba el pienso. Era una nave moderna, de paredes de hormigón prefabricado y el tejado de un material parecido a la uralita. Tenía las ventanas controladas por un autómata y un corral exterior con un vallado metálico para la carga y descarga de animales. Parecía no tener más de diez años desde su construcción.

El ganadero abrió la cancela e invitó a pasar a los policías con un gesto de su visera. Él no quería volver a verlo.

            –Les recomiendo que se tapen la boca con un pañuelo –les dijo cuando pasaron a su lado.

El policía delgado se cubrió la cara con la manga de la chaqueta, su compañera se tapó la nariz haciendo una pinza con los dedos.

Los rayos del sol del mediodía entraban por los tragaluces del techo y dibujaban rectángulos simétricos de planta trapezoidal apilados como tumbas en un camposanto. Un zumbido de moscas reverberaba entre los muros del fondo de la granja. Amontonadas en una masa de lana sucia y carne pútrida había unas trescientas cabezas de ganado, una sobre otra asfixiadas en una montonera que alcanzaba varios metros de altura.

A escasos metros del grupo, había varios cadáveres que salpicaban el suelo de paja y fiemo.

El policía se acercó a uno de los cuerpos occisos. Era una oveja preñada. Estaba rígida, como de cartón, boca arriba, con las patas tiesas como una erección matutina.

            –Mira –señaló el policía a su compañera– solo le ha mordido en el cuello.

            –Aquí hay otra –dijo la compañera–. El mismo mordisco en el cuello.

            –No hay ninguna otra marca.

La silueta del ganadero se recortó en la entrada a la granja. Según habían podido comprobar en su ficha era un hombre de treinta y cinco años, pero parecía mucho mayor. Tenía las espaldas anchas y la cabeza casi le empalmaba con el cuerpo sin un cuello que se lo impidiera. Caminaba garriancho como si llevase una rozadura en los muslos.

            –Se hace tarde –les dijo.

Los dos policías salieron del corral con los zapatos y el bajo del pantalón manchados de barro.

            –Nos pondremos en contacto con usted –le entregó una tarjeta el policía.

El granjero la leyó sujetándola con sus dos grandes manos.

            –Gracias por su tiempo, intentaremos mover algunos hilos para agilizar sus… problemas con el seguro –le estrechó la mano la mujer policía.

 

Faltaban dos minutos para la media noche. La granja era un conjunto de píxeles oscuros en mitad de la noche. Solo se mostraba cuando los faros de algún vehículo reflejaban su luz contra el silo metálico que la coronaba. No estaba cerca de nada, ni era un lugar de paso. Estaba escondida en un recodo de los Monegros, al que solo se podía acceder por un camino intransitable; lejos de la Nacional II, lejos incluso de cualquier carretera secundaria.

            –¿Estás seguro de que vendrán? –preguntó el viejo de la barba larga y el pañuelo anudado en la cabeza. Merodeaba alrededor de la puerta de los corrales.

            –Vendrán –respondió el negro sentado en el asiento de su chopper. Era una Sportster modificada hasta imitar la que montaba Henry Fonda en Easy Rider. Había sustituido la bandera estadounidense del depósito por la pintura con que estaban decorados los populares Flying Tigers.

Un rugido retumbó entre las lomas de Monte Oscuro. El suelo temblaba bajo sus botas camperas y el epicentro llegaba por el este y avanzaba hacia ellos a gran velocidad. Una docena de haces de luz los precedía.

El negro sonrió al viejo de la barba y éste le devolvió una sonrisa afilada.

El grupo llegó hasta la granja en fila de a uno entre una nube de humo, barro y tubos de escape. Encabezaba el grupo una bobber de asiento individual, con neumáticos anchos y una calavera de chivo sobre el faro delantero. La luz se le colaba a través de las cuencas de los ojos.

Tras él, otros diez hierros rodantes y chalecos de cuero negros. Sobre la espalda, el parche de un lobo enseñando las fauces y encima de este, el lema «Canis Lupus».

Aparcaron las motos en semicírculo y se apearon. Al apagar el contacto pareció como si se hubiese despejado una tormenta.

El negro y el viejo de la barba se acercaron al grupo.

            –Hace mucho tiempo desde nuestro último encuentro –saludó el tipo de la barba dirigiéndose al grupo.

            –¿Es aquí? –preguntó con voz cavernosa el que parecía el líder de la banda.

            –Alfa. –El negro agachó la cabeza al pronunciar su nombre.

El líder parecía sacado de un libro de mitología escandinava. Lucía una melena blanca y espesa recogida en una coleta, a juego con la barba marmórea que le acentuaba el rostro. Era el más alto del grupo con diferencia y el más ancho de espaldas. Tenía un ojo verde que parecía brillar en la oscuridad y el otro completamente blanco, enmarcado por una cicatriz que le cruzaba el lado izquierdo de la cara, desde la frente a la mejilla.

            –Acompáñame –le indicó el negro sin levantar los ojos del suelo.

Parte del grupo se quedó guardando las motos y la otra mitad entró a la explotación. El tipejo de la barba y el pañuelo anudado en la cabeza los condujo hasta la pila de ovejas masacradas. El líder observó la escena con su ojo y se rascó el mentón.

            –Maiyun. –Llamó con un chasquido de dedos a uno de sus hombres.

Un cheyenne de pelo largo anudado con dos trenzas se acercó. Su rostro era un tótem labrado en madera tatuado con las pinturas de guerra de su pueblo. Llevaba un collar hecho con colmillos y plumas de pájaro.

            –¿Hueles lo mismo que yo? –preguntó el líder olisqueando por encima de su barba cana.

            –Apesta –respondió el indio.

Se acercó al cuello de una de las ovejas dentelleadas y olió la herida. Se alejó un paso y batió con las palmas de la mano hacia sus fosas nasales el hedor que desprendía la herida. Después se acercó a una segunda oveja y repitió la operación. Hizo lo mismo con una tercera y una cuarta.

Todos le miraban con atención, sin mover un solo músculo. Maiyun era el mejor explorador con el que contaba el grupo.

El indio reptó a cuatro patas por encima de la paja sin dejar de olisquear el suelo. Se dirigió hacia la salida y se quedó de muestra señalando con la nariz hacia el este.

            –¿Cuántos son? –Preguntó Alfa.

            –Solo uno.

            –Hacia dónde ha ido.

            –No está lejos; puedo sentirlo.

            –Guíanos, no tenemos mucho tiempo –Alphahizo un gesto con el puño al resto de miembros de su banda y todos se pusieron en marcha.

El estrépito de los motores volvió a redoblar entre las montañas. En Alcubierre, al otro lado de la sierra, una mujer chasqueó la lengua:

            –Voy a recoger la ropa del tendedor, esta noche va a llover.

Su marido despegó los ojos de la tele hacia la ventana.

            –En el telediario han dicho que mañana hará bueno.

            –¿Es que no oyes los truenos?

La mujer salió al jardín con un balde azul bajo el brazo y comenzó a recoger la colada. En el cielo brillaban Perseo, Casiopea y Andrómeda eclipsados por una enorme luna gibosa creciente.

 

5 de marzo de 2.015

El dueño de la explotación volvió a la granja puntual como todos los días a las seis y media de la mañana. No era un hábito, ni una obligación el hecho de madrugar tanto; al igual que ya le sucediera a su padre, se despertaba todos los días del año a las seis menos cuarto de la mañana. Daba igual que se hubiese acostado a las dos de la madrugada o a las diez de la noche, su reloj onírico no fallaba.

Esa noche había dormido inquieto. Una pesadilla que le pareció eterna le estuvo rondando hasta el abismo del despertar. En ella, una manada de lobos le perseguía mientras él intentaba salvar a su ganado, balando con las patas clavadas en el barro.

El tractor vadeó el camino en el punto en el que encalló el coche de los policías. Todavía estaba la marca de las ruedas arrastrándose por el barro. Los últimos metros de la pista de acceso se mantenían húmedos por las lluvias de los días anteriores. Fue entonces cuando descubrió unas marcas sospechosas grabadas en el suelo.

Eran las trazadas de un montón de neumáticos. Se bajó del tractor y las siguió a pie hasta la explanada que daba acceso a los corrales. Los vehículos seguían una estela individual; eran motos. Algunos de los dibujos que trazaban tenían relieve, pero otras eran lisas; inadecuadas para ese tipo de terreno.

Vio el lugar en el que habían estado estacionadas. Ahí arrancaban las pisadas que se dirigían al corral de los animales. El pastor siguió las huellas. Se detuvo para comprobar el calzado; parecía un zapato elegante, con mucho tacón; quizá una bota, una bota campera.

Puso su pie sobre una de las huellas y comprobó que se trataba de unas suelas varios números mayor que el suyo.

El corazón le latía deprisa. Volvió corriendo al tractor. No se atrevió a mirar atrás. Subió las escalas de acceso a la cabina del John Deere y resbaló en el último escalón con el barro que se le había acumulado en la suela de la bota. Se dio un golpe en el costado, pero evitó la caída al agarrarse con fuerza a la manilla de la puerta. Las llaves todavía estaban puestas en el contacto. Lo encendió y salió marcha atrás a todo lo que daba el tractor. No utilizó los espejos retrovisores, le aterraba la idea de encontrar un carnívoro cuadrúpedo en mitad del camino. Agarró el volante con una mano y se volvió para controlar la maniobra por la ventanilla trasera. Al salir a la carretera encontró la tarjeta del policía asomando en el salpicadero.

 

Cuando llegaron los agentes no había nadie en casa. Nadie respondía al fijo a nombre del propietario de la granja, ni al móvil desde el que les había llamado. Una vecina les avisó de que una ambulancia había se lo había llevado a Zaragoza hacía una hora escasa.

            –Dicen que ha sido un ataque de nervios –les dijo la vecina sin soltar el carro de la compra, como si fuese una extensión de su propio brazo–, por lo de las ovejas, ya saben, pero yo creo que hay algo más.

            –Por favor, si regresan a su domicilio dígale que hemos tratado de ponernos en contacto con él –dijo el policía de paisano larguirucho.

            –¿Y quiénes son ustedes? –preguntó la vecina escaneando a la curiosa pareja que tenía en frente, con pinta de matrimonio mal avenido de Testigos de Jehová.

            –Policía nacional –respondió extendiendo su tarjeta.

La vecina se acercó la tarjeta a las gafas sin soltar el asa del carro y leyó para sus adentros acompañando cada sílaba de un ligero cabeceo.

            –Lorenzo Paz –respondió en voz alta la vecina–. Una vez conocí a un Paz, uno que vendía tomates en el mercadillo de Bujaraloz. Me parece que su mujer era de la zona de Benabarre…

            –Muchas gracias señora –interrumpió la compañera.

Los dos policías condujeron el Peugeot 308 de nuevo a la explotación ganadera. Para evitar volver a encallar en el trozo embarrado y pisar las huellas de neumático que el dueño de la granja les había descrito, optaron por aparcar el coche en la parte seca del camino y hacer el último tramo andando.

            –No me vendrá mal caminar –dijo la compañera–, pero si lo llego a saber me traigo otro calzado.

Esta no era la primera vez que Lorenzo trabajaba con Matilde Maestre. Además de conductora, era la encargada de reconducir al código penal los «Expedientes X» de su compañero. La última vez que compartieron un caso fue hace apenas un año, cuando una rumana afirmó que obedecía a un plan divino cuando trató de incendiar una Iglesia Evangélica en una boca calle de la avenida San José. Tal y como resolvieron los informes médicos, lejos de tratarse de un caso de posesión o vudú, la pirómana resultó ser una enferma de esquizofrenia paranoide que llevaba varios días fugada del psiquiátrico.

La agente Maestre estuvo apartada del cuerpo durante varios años. Se ahogó en el estrés de su día a día y éste acabó sepultándola bajo una pila de pastillas y sesiones de diván. Ahora había aprendido a valorar de nuevo su trabajo y disfrutaba especialmente este tipo de casos que para ella, con lo que había sido, bien se parecían a unas vacaciones pagadas.

            –Mira ahí. –Señaló Lorenzo con su largo y huesudo dedo índice.

El camino estaba surcado por líneas rectas, como de neumático estrecho.

            –Parece de moto –respondió Maestre–. Me parece que ahí tienes tus lobos.

            –¿Has hablado con el SEPRONA?

            –Ningún ataque certificado desde 1.996. Desde entonces tan solo ha habido avistamientos puntuales, en el Pirineo, o en la Ibérica, pero nunca en un secarral como este.

Maestre trazó un semicírculo con las dos manos sobre la línea del horizonte, desde su ombligo a toda la envergadura de sus brazos. Al hacerlo hizo sonar el tejido sintético del abultado anorak de color rojo que llevaba.

A un lado del camino vomitaba grava y piedras un barranco seco. Estaba cubierto de matorrales espinosos y alguna que otra tamariz que destacaba por la altura. Todo lo demás era un paisaje curvilíneo de sedimentos blanquinosos, un antiguo fondo marino reconvertido en secarral.

            –¿Y qué me dices de estas huellas de moto?

            –Quítate de la cabeza cualquier tipo de ritual, solo serán unos curiosos.

Los dos policías siguieron la trazada de las ruedas hasta los corrales. Sobre el tejado había una pareja de buitres que reían gibosos y retorcidos en una masa de carne dura y plumas.

            –Yo no me pienso acercar –advirtió Maestre con los brazos en jarras.

Lorenzo echó un vistazo a las marcas en el suelo. No seguían ningún patrón regular definido; tan solo se abrían y se contraían como una manada avanzando por el camino.

Uno de los buitres protestó a sus visitantes con un graznido demasiado agudo para la enorme sombra que proyectaba. El otro se rascó con el pico por debajo del ala.

En ese momento, un rayo de sol devolvió un reflejo contra la montura metálica de las gafas de Lorenzo.

El agente se acercó con su paso cabizbajo hacia el lugar del reflejo. El buitre volvió a regurgitar un gorjeo de advertencia.

Lorenzo se agachó y recogió el objeto que brillaba semienterrado en el suelo. Era un Zippo, uno de esos mecheros metálicos a gasolina que se abrían por la mitad y que tan populares se habían hecho en las películas y anuncios del siglo XX.

            –¿Tu madre no te dijo que no cogieras basura del suelo? –dijo Maestre, que se había acercado hasta él–. Vete a saber cuánto tiempo lleva ahí.

            –Funciona –respondió Lorenzo.

Lo abrió y lo encendió con la yema del dedo índice, con la poca maña de aquel que no ha fumado un cigarro en su vida. Uno de los buitres se lanzó al vacío desde el tejado de la granja. El otro, tras dudar con un par de pasos laterales con sus garras sobre la canalera del agua lo siguió en un vuelo cansino.

Una mecha trenzada se deshilachaba con el avance de la llama del Zippo. Lanzaba al aire un humo negro que lo impregnaba todo con un olor que recordaba al de la gasolina quemada.

 

 

7 de marzo de 2.015

Samuel se despertó de golpe. Estaba sentado sobre el remolino de mantas en que se había convertido su cama y tenía la mano derecha sobre el pecho, comprobando que todavía le latía el corazón. Con la otra mano sujetaba la culata fría de una M1911 del calibre .45 por debajo de la almohada. Le había parecido escuchar un ruido por la parte trasera de su bungalow.

Volvió a sonar un crujido, esta vez sobre las tablas del porche. Quitó el seguro del arma y enfiló el alza del cañón al estrecho ángulo que quedaba entre el marco de la puerta y el pasillo, apuntando a la puerta principal.

Sentía el sudor ya frío entre las costuras de la camiseta, más patente en el valle del espinazo y alrededor del cuello.

Una silueta se enmarcó al trasluz de la puerta acristalada con el sol del mediodía. Era una sombra conocida, coronada por una gorra que ya estaba cansado de ver.

            –¿Hay alguien? –Llamó con los nudillos sobre el marco de aluminio lacado blanco.

Samuel guardó la pistola entre el colchón y el somier y bajó los pies de la cama.

            –Ahora voy –respondió. A pesar de llevar más de treinta años en España, todavía arrastraba las vocales con el deje cantarín de su acento del Medio Oeste.

Caminó descalzo hacia la puerta y la abrió. Cuando el responsable del camping le miró de arriba abajo fue cuando cayó en la cuenta de que solo llevaba la camiseta sudada y los calzoncillos slip.

            –¿Tienes el dinero? –le saludó el mocoso sombrío bajo la visera de la gorra de empleado del Camping Municipal de Zaragoza.

            –¿Ya es fin de mes? –respondió Samuel con un ojo guiñado y el otro cegado por el sol; llevaba varios días sin salir fuera.

            –Es día siete, del mes siguiente; me debes dos mensualidades.

            –¿No te pagué dos meses por adelantado? –Samuel se rascó el orificio donde tuvo la oreja izquierda antes de quemarse media cara. El empleado del camping bajó la mirada a las tablas del porche–. Coge ese dinero, ahora estamos en paz.

            –Verás… esto no funciona así –respondió el muchacho armado de valor para mirarle las cicatrices de la cara–. Esa era la tarifa por dar cobijo a un ex convicto. La otra parte del trato era que tú siguieses pagando los gastos como el Henry Ford que consta en el contrato por larga estancia de temporada baja. Si no, ¿qué gano yo con esto?

            –Dame un par de días, te conseguiré la pasta.

            –Dos días. –Hizo el símbolo de la paz con los dedos índice y corazón formando una uve–. Si este jueves no tienes el dinero, más doscientos euros de intereses en concepto de demora, más te vale que te hayas largado de aquí, porque si no…

            –¿Si no…?

            –Novecientos sesenta pavos, no lo olvides.

El chaval de la gorra bajó las escaleras de espaldas hacia el siguiente bungalow. Al darse la vuelta se remangó el forro polar, a la altura de la espalda, como si se estuviese buscando algo en los bolsillos del atrás del pantalón; en realidad quería enseñarle la culata del Táser. A pesar de ser un mierdecilla, se las arreglaba sangrando a tipos desesperados. Alquilaba los bungalows vacíos a indocumentados, familias desahuciadas y divorciados con la piel demasiado fina como para dormir en la calle o en una de las camas del albergue municipal. Él era el encargado de hacer los check-in durante la temporada baja mediante un sencillo sistema de comisiones bajo mano y nombres falsos que él mismo se encargaba de ejecutar. De cara al resto de empleados del camping, sus inquilinos no dejaban de ser clientes que habían decidido pasar una larga temporada en esta parte del país, con derecho a una bombona de gas al mes, menaje y servicio de lavandería.

Samuel arrastró su culo hasta la silla de la cocina y se dejó caer contra el respaldo. Hacía varios días que no comía y se sentía cansado.

Fuera, en el bungalow de al lado, el chaval de la gorra discutía con una pareja de polacos. Al parecer, el perro de su hijo había desaparecido. El empleado señalaba de forma indistinta hacia el canal o la calle que circunvalaba el camping, pero el padre blandía en alto la correa del cánido como un látigo.

 

 

Seducidos por la decoración de la puerta, los Canis Lupus se habían instalado en el pub Infierno´s de la zona heavy de Bretón. Bebían Veterano sin hielo alrededor de un futbolín, mientras dos parejas se jugaban los cuartos con réplicas metálicas en miniatura del Real Zaragoza y el Osasuna. Los moteros enfundados en cuero gritaban y se empujaban, pedían música y rompían las copas de cristal. A parte de las camareras y el DJ, no había ningún otro cliente que no perteneciese a la banda. En la otra punta del bar, sentados alrededor de una mesa baja, en un recodo de la pared reconvertido en reservado, el líder hablaba con los nómadas de su banda, el negro y el tipo de la barba.

            –Dadme fuego –gruñó Alfa, saboreando entre los dientes el amargor del papel de un Reig 15.

El barbudo se palpó los bolsillos del chaleco con las dos manos y después pasó a registrarse el contenido de los de su pantalón.

Alpha carraspeó al tiempo que le daba una vuelta al purito ayudándose de la lengua. En ese momento, el negro se sacó una cerilla del bolsillo y se la encendió contra la barba de tres días que le tapizaba toda la cara, menos el mostacho a lo Bubba Smith que lucía. Acercó la cerilla con cuidado de no prender la barba de su líder y este dio un par de caladas hondas a la faria hasta que la punta prendió en un amarillo rojizo en mitad de una nube de humo.

            –Esperamos que te guste este garito, es uno de nuestros favoritos –intervino el barbudo.

Alpha levantó su único ojo hacia un poster de Dio y un mural con la mascota de Iron Maiden que ocupaba todo un tramo de pared. Sonaba una canción del disco homónimo de los Sabbath.

            –Lo que me gustaría saber es cuánto tiempo lleva esa alimaña rondando esta ciudad. –Se retiró el purito de la boca con la técnica de un tratante de ganado, con las yemas de los dedos índice y pulgar–. Si os dejé aquí fue para que controlaseis el eje Madrid-Barcelona. Creí haberme expresado con suficiente claridad: si trata de escapar hacia Francia pasará por aquí. Si va hacia el Levante, o si busca refugio en el norte pasará por aquí. Nosotros le empujaremos desde el sur. Recuerdo mis propias palabras.

            –Es imposible que lleve mucho tiempo aquí, Alfa. –El gordo de la barba y el pañuelo batía la pierna derecha como un canguro–. Tú sabes que tenemos controlada esta ciudad como la palma de nuestra mano.

            –Los bares, sí; los puticlubs, también. Pero yo os pedí que vigilaseis la Nacional II como si fuese vuestra propia polla. ¿No fueron esas mis palabras exactas?

La pierna se detuvo en seco. No respondió.

            –¿Moses? –Dirigió una bocanada de humo hacia el negro.

El negro asintió. Sus ojos devolvían un brillo meloso.

            –Salid a buscarle y no volváis hasta que le hayáis separado la piel del cuerpo.

Los subordinados se miraron y el negro hizo un gesto con la cabeza a su compañero. Los dos se pusieron de pie.

            –¿Dónde creéis que vais? –les interpeló su líder.

            –Vamos a por él –respondió el negro.

Alpha negó con la cabeza.

            –No con esos chalecos. –Hizo un gesto circular con la uña del dedo índice–. No hasta que os hagáis merecedores de ellos.

El negro y el barbudo se miraron de nuevo y volvieron la vista hacia Alfa.

            –Ya me habéis oído –insistió.

Los dos moteros se quitaron los chalecos y los dejaron sobre los respaldos todavía calientes que habían ocupado. Sin valor para decir una sola palabra abandonaron el local a través de la puerta con forma de cancerbero.

Solapada en una mezcla perfecta con los últimos acordes de la guitarra de Iommi se adivinaba la introducción de teclado del Child in Time. Alpha subió los pies sobre la mesita y en ese momento una de las camareras se aceró hacia él.

            –Por si no te has enterado, ya hace nueve años que se prohibió fumar en los bares de este país –reprimendó mientras le apartaba las botas de piel de serpiente para recoger las copas de coñac vacías.

Alpha sonrió. Se sacó el Reig 15 de la boca y tras mirarlo con la nostalgia del fumador de Rössli que no encontró nada mejor se lo apagó en la lengua.

 

 

A pesar de que la investigación la llevaba Paz, el despacho de Maestre era más grande y tenía una orientación mejor. El sol se colaba por las ventanas, pero la agente tenía los fluorescentes del techo encendidos, además de una lámpara de pie. Junto a la ventana agonizaba una planta de interior, un regalo de bienvenida de todos sus compañeros. Lorenzo no recordaba que nadie le hubiese pedido colaborar en el regalo de su compañera.

            –Gracias por venir, secretario Wallace –estrechó la mano de un negro de metro noventa con el pelo canoso, traje azul oscuro y varias distinciones militares en la solapa.

De pié, cuidadosamente detrás de él, sin saber muy bien qué hacer con las manos, esperaba un gordo en pantalones cortos con el pelo cortado a cepillo y cara de extranjero.

            –Agente Maestre, agente Paz, este es el cabo Preston –les presentó. El gordo dio un cabeceo afirmativo y se sentó en la silla que le indicó el negro–. Él es uno de los tantos soldados americanos de la Air Base que decidieron echar raíces en su acogedora ciudad.

            –El placer es nuestro –respondió Maestre golpeteando con el bolígrafo sobre el informe que tenía sobre la mesa.

            –Él es el mayor experto que he conocido jamás en asuntos de este tipo –el Secretario Wallace hablaba arqueado hacia su compatriota sin dejar de mirar a los ojos de Maestre.

Preston tenía las mejillas sonrosadas. Jugueteaba con los pies por debajo de la silla y escuchaba a su superior observando los detalles de las placas del techo.

            –¿Sabe a quién podría pertenecer el encendedor?

Lorenzo Paz le entregó una bolsa con cierre zip con el mechero dentro. Preston movía la cabeza en un temblor rítmico propio de cierto espectro autista.

            –Las huellas no están activas; no al menos en ninguna base de datos de la policía española –añadió Maestre.

            –Sabe que esa es una información que no podemos compartir con ustedes –aclaró Wallace con una sonrisa resignada.

Preston hizo el amago de coger el encendedor, pero primero lanzó una mirada de corzo herido a Lorenzo Paz. Este le dio permiso.

El cabo en la reserva levantó la bolsa con dos dedos y dejó que rotase varias vueltas sobre sí misma. En una de las caras había un anagrama descolorido con la forma de una palmera y las letras: «DEST-STORM-VET, 1990-1991» resaltadas en relieve. En la otra, una cabeza de lobo con las mandíbulas abiertas.

            –¿Y bien?, –Dijo Wallace, mirando de reojo el reloj de oro que llevaba en la muñeca –¿le suena de algo?

            –No es una réplica, eso es seguro –dijo Preston sin quitar sus pequeños ojos del encendedor–. Es de un veterano de guerra, de la Guerra del Golfo; por lo que es poco probable que el dueño lo hubiese comprado o se lo hubiesen regalado. Un veterano de guerra no se desprende así como así de un recuerdo como este.

            –¿Y qué me dice del otro lado? –preguntó el agente Paz de pie, con el culo apoyado sobre un radiador de la pared.

            –¡Ja! –Le atravesó Maestre con una mirada.

            –¿El lobo? –le miró Preston.

Lorenzo Paz asintió. Tenía el brazo derecho cruzado a la altura del abdomen y se rascaba el mentón con la mano izquierda.

            –Si se fija en este detalle –Preston se levantó de la silla para acercar la bolsa al agente. Señalaba con el dedo rechoncho–. Si mira con atención verá que el lobo lleva una placa colgando del cuello. A pesar de estar descolorida se adivina el emblema de la 82nd Airborne Division.

            –Eso es ridículo, su base está en Fort Bragg, North Carolina –interrumpió el Secretario Wallace–, nunca se ha movilizado a las bases en el extranjero.

            –¿Ni siquiera en tiempos de guerra, Secretario Wallace? –Maestre hizo como que anotaba algo en un papel.

            –Quizá estuvo usted, señorita Maestre, en una de esas manifestaciones de los ochenta en contra de nuestra querida base, isn´t it?

            –Señora, señora Maestre –matizó la agente.

El Secretario Wallace mostró de nuevo el alicatado de su dentadura y tiró de su brazo para ver la hora más allá del puño de su camisa.

            –Me temo que se hace tarde –se levantó de la silla con agilidad. Se recolocó el nudo de la corbata y se alisó los lados de la chaqueta con sus dos enormes manos negras–. Señor Paz, señora Maestre; ha sido un placer. Esperamos haberles sido de ayuda.

El Secretario recolocó la silla en el hueco que ocupaba y se encaminó a la puerta. Preston entendió que la primera persona del plural le incluía y se levantó obediente tras su superior.

            –No hace falta que nos acompañen, conocemos la salida –se despidió Wallace enfilado por el pasillo sin un solo apretón de manos. Preston seguía caminando un par de pasos detrás de él.

Paz y Maestre se quedaron mirando sin decir nada. El propio agente se sorprendió a sí mismo de ser capaz de aguantar la mirada durante tanto tiempo contra los ojos de su compañera.

            –¿Y ahora qué hacemos?

            –Olvidémonos de este tema –Maestre cerró de golpe el cuaderno sobre el que había estado garabateando y se apoyó contra el respaldo con el gesto derrotado–. Solo son unas ovejas; no ha muerto nadie. Me da igual que haya sido un lobo, un lince o el último puto oso pardo del Pirineo. Dejemos que los ecologistas lo saquen a relucir y que se maten con los ganaderos y las aseguradoras. No es nuestra guerra.

Algo que sucedía en la calle llamó la atención de Lorenzo.

            –Ahora mismo vengo.

El agente bajó las escaleras lo más deprisa que pudo. Las suelas de los zapatos le resbalaban sobre el encerado de los escalones, especialmente en los descansillos. Una vez en el vestíbulo, el policía que guardaba la entrada se sorprendió al verle corriendo, por lo que le dejó pasar, pensando que se trataba de un asunto de extrema gravedad.

Salió a la calle. Un 23 esperaba en la recámara de la parada a que una anciana se bajase del 51. Detrás, varios coches pitaban nerviosos tratando de abandonar el inmovilismo del carril derecho. Un grupo de mujeres se contaban penurias en la puerta de la farmacia y un cuarentón con ropa de faena fumaba un cigarro en la puerta de un bar. El coche oficial del Secretario Wallace se alejaba por el paseo María Agustín hacia la estación Delicias. El cabo en la reserva Preston caminaba con pasos cortos hacia el cruce con la avenida de Madrid. Llevaba la tarjeta del bus en la mano.

            –Señor Preston –llamó el agente Paz desde lo lejos.

El americano se volvió asustado. Llevaba un cerco de sudor que le rebosaba la camisa de manga corta a la altura de las axilas.

            –Señor Preston, ¿hacia dónde va?

            –¿Sucede algo?

            –Creo que nuestra reunión ha acabado de una forma un tanto… precipitada. Ruego disculpe a mi compañera.

Preston se detuvo a un lado de la acera, bajo la sombra que proyectaban un par de árboles a los que era alérgico en tiempo de primavera.

            –Los hombres vuelven de la guerra contando historias. Nadie quiere escuchar al encargado de la lavandería, o a cualquiera de los mecánicos de la base. –Parecía más despierto, como si hubiese recobrado el valor que alguna vez le pisotearon hombres como el Secretario Wallace–. Cuando alguien vuelve del frente, todos le escuchan. Por un momento, ese soldado es como Dios y tiene toda la atención de sus compañeros. A menudo suelen exagerar sus historias para hacerlas más heroicas, o incluso más divertidas. Los hay que incluso se las inventan para impresionar a las chicas… Pero nunca escuché una historia igual a la que contó un hombre con un mechero igual que ese.

 

28 de mayo de 1.991; campo petrolífero de Al-Sabriyah; norte de Kuwait.

 

Speed, tranquilizantes, cocaína, anfetas, mescalina, LSD, cristal, somníferos, hachís, popper, MDMA, ketamina, peyote, crack, parches de morfina, éxtasis… Hacía dos meses que la guerra había acabado, pero el comando «Canis Lupus» de la 82 División Aerotransportada todavía tenía trabajo que hacer. En la retirada iraquí, las fuerzas de Saddam Hussein tuvieron a bien quemar más de setecientos pozos petrolíferos kuwaitíes reventando la economía del país vecino y creando una trinchera de humo y fuego que evitase el avance tanto aéreo como terrestre de la coalición de las fuerzas estadounidenses y británicas.

Mientras el resto de soldados perdían el culo por regresar de vuelta a sus bases, había ciertos grupos de voluntarios que no habían saciado el hambre de guerra que les había ofrecido la operación Tormenta del Desierto. Pertenecían a una suerte de infantería nata criada al calor de las historias de sus padres acerca de Vietnam y Corea, o de sus abuelos en Alemania. Se habían convertido en carne de cañón obsoleta en favor de una guerra moderna a base de misiles guiados, bombardeos por GPS, fuego amigo y cazas invisibles; todo ello retransmitido en directo para todo el mundo a través de un filtro verdoso de visión nocturna.

Soplaba el shamal. Las columnas de humo se extendían desde los campos petrolíferos del norte hasta las aguas del golfo Pérsico. Amanecía, pero el cielo era de color negro.

Una vez firmado el alto el fuego se desplazaron a Kuwait más de diez mil civiles repartidos en una docena de empresas encargadas de sofocar los fuegos. Sobre sus hombros caía la responsabilidad de salvar una de las reservas de crudo más grandes del planeta; en sus bolsillos, un cheque kuwaití por valor de más de veinte mil millones de dólares.

El cielo había sustituido el oxígeno por el hollín en suspensión, mezclado con dióxido de azufre, dióxido de carbono, óxido de nitrógeno y el letal sulfuro de hidrógeno.

            –Aterrizaremos ahí. –Señaló el piloto del Black Hawk a través de la emisora–. Estaré patrullando la zona, si cambia la dirección del viento no podré bajar a por vosotros, por lo que tenéis que llevar en todo momento puesta la máscara y el traje NBQ.

Raudhatian y Sabriyah eran los campos petrolíferos más peligrosos. Estaban situados al norte, cerca de la frontera con Irak y eran los que mayores daños habían sufrido. El ejército pagaba un plus de mil dólares a los voluntarios que patrullasen esa zona.

El helicóptero había despegado a las 7:00 de Camp Doha, un mar de lonas blancas, alambradas y hangares en fase de construcción en Base Militar al oeste de Kuwait City. Voló bajo, evitando las enormes columnas de humo y rodeó la línea de la costa entre la península y la isla de Bubiyán.

Las partículas carbonizadas en suspensión dificultaban el uso del instrumental, pero el piloto era un veterano que había aprendido a guiarse en el desierto siguiendo la trazada de los antiguos oleoductos, reconvertidos en tuberías de agua para sofocar los incendios.

A través de la abertura del portón izquierdo, la tripulación veía a uno de los equipos de extinción. Varias mangueras apuntaban el chorro de agua a presión contra la base de una columna de fuego que se retorcía sobre sí misma en la combustión grisácea del vapor. Bajo sus pies se había formado un barro parduzco y pegajoso que se afanaban en retirar varias piezas de maquinaria pesada.

            –Ya sabéis lo que toca, chicos –les indicó con el pulgar extendido hacia abajo– a partir de aquí estáis solos.

El sargento primero Samuel Mann, el líder del grupo, hizo un gesto a sus hombres. Pero uno de los suyos no reaccionaba.

Un tipo con barba y un pañuelo de calaveras anudado en la cabeza miraba hipnotizado la columna de fuego reflejada en los cristales de sus gafas de sol. Dibujaba remolinos en el aire con los dedos, como si pudiese dirigir el espíritu del tornado de fuego que bailaba junto al helicóptero.

Un grupo de trabajadores empezó a hacer aspavientos con los brazos al Black Hawk; las hélices estaban avivando las llamas. El piloto hizo un gesto al sargento primero, esta vez con mucho más énfasis que la primera vez.

            –No hay tiempo, ¡vamos!

El helicóptero descendió hasta un quedar a un metro del suelo y los catorce hombres saltaron a la arena del desierto uno tras otro. Después, el transporte ascendió rápido y volvió por la misma ruta segura por la que había venido. Mann tuvo que sacar de una patada al tipo que se había comido un tripi justo antes de despegar.

El único trabajador que llevaba el mono limpio se acercó al comando.

            –¿Quién está al mando? –Llevaba unas Ray Ban de montura de plástico y su voz con acento texano sonaba tamizada por la máscara de tela blanca que le cubría la nariz y la boca.

Frente a él se desplegaba un grupo de trece hombres armados que parecía cualquier cosa menos un ejército. No llevaban cascos, alguno ni siquiera vestía el uniforme de camuflaje. Varios de ellos llevaban camisetas negras sin mangas, otros iban tatuados. Tan sólo había un soldado uniformado con el típico gorro de los cuerpos de reconocimiento. Llevaba el chaleco antibalas.

            –Sargento de primera Mann –le hizo el saludo militar– hemos oído que tenéis problemas.

            –¿Ve esos pozos de ahí? –El texano señaló por encima de su hombro, hacia siete columnas de fuego sobre la línea del horizonte–. Le juro por la memoria de mi madre que nos llevó más de tres semanas apagarlos. Varios de mis hombres escucharon explosiones.

            –¿Fuego de mortero, artillería?

            –No, nada de eso. –Se recolocó la máscara por encima de los caños de la nariz–. Hay un grupo de ratas que lleva varios días merodeando por aquí. La semana pasada dispararon contra el grupo de la Red Adair que está trabajando a unas millas al oeste de aquí. Hirieron a un ingeniero y causaron graves daños en la maquinaria.

El grupo avanzaba entre las nubes de humo tóxicas. Caminaban en formación en uve, con el sargento primero en la punta de lanza, los granaderos a los lados y los dos tipos de las ametralladoras M249 cerrando el desfile.

Unos metros más adelante abría camino el rastreador. Era un tipo de ascendencia nativa capaz de seguir un rastro a través del desierto. Parecía guiarse por un olfato súper desarrollado.

            –Lobo guía a manada, todo limpio por aquí delante –avisó por radio al grupo–. Rodead el lago por el este. Cambio.

            –Recibido, lobo guía. Corto y cambio –respondió el sargento Mann.

Algunos de los pozos se habían reventado antes de incendiarse. Aquello provocaba que se formasen grandes balsas de crudo que llegaban a ocupar la extensión de varios campos de fútbol. Después, bien por la acción de un fuego cercano o por un sabotaje enemigo, estos lagos ardían, convirtiéndose en una laguna Estigia. A diferencia del resto de incendios, estos estanques en llamas levantaban el humo más negro de todos. Solidificaban el cielo en un bloque ciego de carbón, más sombrío que la propia noche.

Las nubes tóxicas eran pesadas y torpes, de alas empapadas en crudo; como si les costase levantar el vuelo. Vomitaban hacia la atmósfera en remolinos irregulares y se trenzaban con las humaredas de los incendios adyacentes, empujadas hacia las aguas ácidas del golfo Pérsico.

Nevaba. Todo el suelo estaba cubierto de copos negros en combustión; partículas demasiado pesadas para completar el viaje.

El comando llevaba puestas las máscaras NBQ. Eran capuchas completas con dos aberturas de cristal como unas gafas de buceo de las baratas y un filtro para respirar. Dentro de las máscaras sonaba música. La mayoría de los soldados solían hacer esas patrullas con sus walkmans a todo volumen. El Painkiller de Judas Priest y el Cowboys From Hell de Pantera eran las cintas más solicitadas. También las de Metallica y Megadeth. En combinación con las drogas recreativas y alucinógenas, las guitarras distorsionadas y las voces rasgadas conseguían motivar a las tropas convirtiéndolas en una patrulla berserker vikinga.

El suelo estaba solidificado en las orillas del lago en llamas. El petróleo quemado se había endurecido hasta quedar convertido en alquitrán. Las suelas de las botas parecían querer agarrarse a la superficie pegajosa, como si alguna fuerza demoníaca los arrastrase. Aun así, el grupo no se detenía; nadie protestaba, nadie se rendía.

El tipo del pañuelo en la cabeza veía el fuego verde como un geiser de absenta proyectada con un sifón. Sentía un cosquilleo juguetón en los dedos, como una canica corriendo por sus venas, arriba y abajo en el vaivén de sus brazos al caminar. Llevaba sobre el hombro el M16 equipado con el lanzagranadas; lo sentía como una ramificación de su verdadero yo.

El soldado de primera Johnson, líder del grupo Alpha era el encargado de vigilar el flanco derecho. A diferencia de su compañero, no se había tomado el tripi. Él prefería las drogas estimulantes, como el éxtasis y las anfetaminas. Le gustaba la forma en que lo mantenían alerta, al punto de la taquicardia nerviosa. Miró hacia arriba, le pareció que las volutas se abrían empujadas por una masa de aire frío. A través del jirón que se había abierto en la negrura le pareció ver el azul del cielo. Apenas debía ser mediodía.

Tras un vadeo de más de dos horas alrededor de la laguna se encontraron con el guía parapetado tras un montículo de arena que se alejaba del lago. Al ver acercarse al grupo les hizo una señal y todos se agacharon y reptaron hasta su posición.

            –Están ahí delante. –Señaló al frente y hacia dos puntos imaginarios que se perdían hacia la izquierda.

A unas trescientas yardas de su posición había una masa de alquitrán seca sobre lo que había sido otro lago petrolífero incendiado. Sobre la superficie habían pintado una gran marca roja en forma de cruz: lo estaban utilizando como helipuerto improvisado para el transporte de tropas.

Los prismáticos de visión térmica no servían. No funcionaban bien entre la influencia de los pozos quemados.

            –Parece que están esperando –dijo el sargento Mann.

El grupo de iraquíes estaba sentado, hablando y bebiendo agua, demasiado confiados de que nadie les aguaría la fiesta. Tenían los petates amontonados a un lado, junto a los AK-47 y varios lanzagranadas.

            –Si atacamos de frente los machacaremos –añadió Johnson, el líder de la sección Alpha, un rubio con barba y una gorra de los Minnesota Vikings bajo la que le asomaba el pelo largo y descuidado.

            –Tienes que pensar a lo grande, Alpha –respondió el sargento sin apartar los ojos de su objetivo–, de qué sirve comerse las migajas si puedes llevarte la hogaza de pan entera. Quiero derribar el helicóptero.

El sargento hizo una señal a sus granaderos y les indicó colocarse en una posición que tuviese un ángulo de disparo fácil. El indio los acompañó.

El resto del grupo se partió en dos escuadrones: uno de ellos manteniendo la posición con las dos ametralladoras y la otra lista para atacar.

El grupo esperó durante varias horas que se hicieron eternas. Ya debía ser de noche, pero a través del humo que tiznaba la atmósfera se hacía imposible adivinarlo.

El sargento Mann miró hacia el cielo:

            –No era así como quería hacerlo –le dijo a uno de sus hombres, pero no le escuchaba; se retorcía en el suelo en posición fetal.

            –Todavía no –dijo otro de los soldados, un fusilero que se agarraba a su M16.

            –No se puede luchar contra esto –dijo el guía indio– no os resistáis.

Uno de los miembros del comando iraquí se había alejado de su grupo para hacer de vientre. Llevaba un puñado de hojas del Al-Joumhouryia con las que limpiarse el culo. Las estrujaba en la mano preparando el terreno mientras dejaba caer sobre la arena kuwaití los restos del almuerzo.

Escuchó el zumbido de las patas de un animal corriendo por delante de él, pero no vio nada. Se apresuró en terminar la faena sin dejar de lanzar miradas fugaces al helipuerto, donde había dejado su Kalashnikov, junto a los demás. Trató de serenarse. Sabía que no quedaban animales en esa parte del desierto, ni zorros, ni gacelas, ni ningún ave migratoria; todos habían muerto asfixiados por el humo y la guerra.

Se subió los pantalones sin hacer uso de las hojas de periódico y corrió de vuelta hacia sus compañeros. Pero cuando regresó al charco solidificado reconvertido en helipuerto ya no quedaba nadie.

Frente a él había una criatura bípeda apoyada sobre las extremidades superiores. Tenía el cuerpo cubierto de pelo y el lomo erizado de rabia. Levantó las fauces de las pocas partes tiernas que quedaban del cabo Hafidh. Todavía masticaba la pleura del pulmón, pegajosa, tiñéndole de sangre el hocico.

Sonrió. No es que pareciese que la bestia alzaba las comisuras de la boca en algún acto reflejo al masticar. Ese animal de pelaje pardo y ojos amarillentos elevó las cejas y soltó una carcajada demasiado humana como para ser real. En ese mismo momento, unas garras derribaron al soldado. Entre la oscuridad distinguió media docena de pares de ojos. Azules, verdes, rojos y amarillos, todos ellos brillantes, como accionados por algún tipo de mecanismo a pilas.

No fue rápido, ni se tarda tanto tiempo en perder la consciencia como aseguran los expertos. Aquellas bestias no actuaban por instinto; eran muy conscientes de lo que hacían.

Debía ser mañana. No se diferenciaba el día de la noche, pero el grupo había vuelto a su forma original.

            –¿Os habéis deshecho de los restos? –preguntó el sargento primero Mann. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, sobre la chaqueta de su uniforme.

            –Los hemos arrojado al fuego –respondió Moses, el granadero negro. Era el único que no llevaba camisetas de grupos. Nunca compartió el entusiasmo por el Thrash Metal de sus compañeros.

El comando regresó al punto de encuentro. De entre la mole de nubes negras se levantaba una columna grisácea, casi blanquinosa; era el vapor de las mangueras a presión.

            –¿Qué tal ha ido, muchachos? –El texano parecía estar en la misma posición en la que los había despedido. Seguía luciendo inmaculado el mono de trabajo.

            –Ya no tenéis de qué preocuparos –respondió el sargento primero sin quitarse las gafas de sol.

 

Domingo, 8 de marzo de 2.015.

A pesar de que no eran pocos los que afirmaban que con su traslado al parking sur, el Rastro había perdido su esencia; la magia de la venta ambulante tan solo había cambiado de emplazamiento. En su nueva ubicación todavía quedaba un hueco, al margen del zoco de los tenderetes oficiales, donde poder comprar y vender género de calidad. Samuel había conocido a un rumano de confianza en los años que pasó trabajando en la construcción. Era un encofrador que apenas chapurreaba el castellano; todo un experto en dar palos en oficinas bancarias y el poco honroso negocio del reciclaje de las materias primas como el cobre, el hierro o el cartón. Él fue quien le presentó al Anticuario, un gitano de la extinta Quinta Julieta al que muchos zaragozanos conocían por haber sido el mediador entre la comunidad gitana y Sáinz de Varanda, allá a principios de los ochenta. Sin ser lo que se diría un vanidoso, a menudo le gustaba enseñar los recortes de prensa en los que aparecía su huesuda efigie en blanco y negro junto al difunto alcalde. Algunos de los suyos dicen que los socialistas llegaron a ofrecerle un puesto en la lista municipal; pero la mayoría –incluido él mismo– sabía que tan solo lo instrumentalizaron como pacificador en la guerra de las chabolas de Ranillas de 1984. Ahora gastaba su tiempo entre su negocio de antigüedades del Gancho y el puesto del Rastro.

            –Necesito hablar con el Anticuario– Se dirigió Samuel a un par de gitanillos que comían pipas sentados en un banco. Así era como funcionaban las cosas, sobre todo desde que la ciudad cayó en manos de la derecha más reaccionaria, capitaneada por la Orden de los Caballeros del Pilar.

Los dos gitanillos se miraron. Uno se encogió de hombros y el otro asintió una sola vez después de chequear de arriba a abajo al tipo de la cara quemada.

            –Compras o vendes –le preguntó el que parecía el cabecilla de los dos; un híbrido de doce años entre Raimundo Amador y la ficha roja de Parchís.

            –Hoy vendo, mañana ya se verá –respondió.

Los dos niños se levantaron cansinos como jubilados y comenzaron a caminar entre la vorágine de furgonetas, toldos y ofertas. Apilados en una retícula de paralelos y meridianos pintados en el suelo, se sucedían los puestos de ropa y zapatos, mezclados con los de alimentación y bricolaje, sin ningún tipo de criterio. Los reclamos insolentes de los vendedores se mezclaban en un idioma ininteligible de precios y descuentos por segunda unidad. Mientras tanto, una masa humana de bolsillos descuidados avanzaba con paso cansino, como una digestión pesada, por los estrechos pasillos del Rastro.

Condujeron a Samuel hacia la parte sur del mercadillo, donde la organización escapaba del control municipal y los puestos de toldo y mostrador eran sustituidos por las alfombras en el suelo y los maleteros abiertos. Un rumano con la cabeza rapada vendía herramientas de la construcción. Las brocas de los taladros todavía llevaban la cal pegada y los pistoletes estaban oxidados. A su lado, un negro vendía zapatillas de imitación y detrás de este, un anciano que dormía en el psiquiátrico todas las noches, mostraba orgulloso dos docenas de cajas con novelas de Marcial Lafuente Estefanía y Corín Tellado. Ninguno de los vendedores de esa parte tenía licencia, pero todos y cada uno de ellos tenían algo en particular.

El gitanillo que parecía el líder se adelantó hacia un grupo de gitanos mayores; de esos jovenzanos de americana y pañuelo al cuello con pinta de bailaor flamenco. El otro niño hizo un gesto a Samuel para que esperase junto a él. El niño dijo algo al oído de uno de los bailaores y este afirmó con la cabeza, moviendo los dedos índice y corazón de su mano derecha invitándoles a acercarse.

Samuel caminó hacia ellos.

            –¿Qué quieres, americano? – Al contraste con su piel oscura, el veinteañero parecía tener los dientes blanqueados. Una barba de bordes perfectos acentuaba su genética de origen hindú.

            –Busco al Anticuario, tengo algo que le puede interesar –respondió con su acento marcado.

            –¿Qué tienes?

            –Aquí no. –Samuel se dio un par de palmadas en el cinto indicando lo que les había traído.

El gitano de la barba asintió y lo llevó consigo hacia una zona apartada del mercadillo, donde los vendedores no autorizados aparcaban sus vehículos.

            –¿No querrás un móvil? –Le preguntó el gitano–. Un Iphone, el último que han sacado esta semana.

Samuel negó con la mano. No tenía teléfono, ni lo quería. Había hecho un arte de la materia de la incomunicación.

El gitano se detuvo frente a una Ford Transit de color marrón con matrícula de Huesca y llamó haciendo sonar los anillos de oro contra la puerta lateral con un patrón rítmico que recordó a las Alegrías. Se corrió la cortina del ventanuco lateral y tras un sonido de cerrojos descorriéndose, se abrió la puerta.

            –Pasa hijo, que no te vean ahí en la puerta –les dijo el Anticuario clavando los ojos contra la media cara quemada del americano. No era la primera vez que hacían un trato, pero no acababa de acostumbrarse a su rostro.

Las paredes y el techo de la Transit estaban tapizadas con madera, mientras que el suelo estaba cubierto por varias alfombras superpuestas de colores vivos. En el centro del habitáculo había una mesa redonda, de esas que llevaban un círculo en la base donde debería ir el brasero. A su alrededor, una butaca acolchada, sobre la que se sentaba el Anticuario, y otras tres sillas plegables apiladas contra la pared.

            –Sentaros –les invitó señalando las sillas.

Sobre la mesa tenía una edición de bolsillo con las tapas roídas de La Metamorfosis de Kafka. Tenía la mala costumbre de marcar la página doblando la esquina superior de la hoja. El gitano joven cerró la puerta corredera tras de sí, pero el habitáculo no quedó a oscuras; estaba iluminado por dos candelabros de bronce con pinta de finales del S. XIX.

            –Cuánto tiempo, americano, ¿qué me traes esta vez? –Preguntó el gitano extendiendo su mano para que se la estrechara con la flacidez que lo hacían los reyes y las damas.

Samuel la sintió huesuda y fría al tacto. A diferencia del joven, este no llevaba anillos ni pulseras. El Anticuario tenía la piel mucho más clara que el resto de sus congéneres. Vestía de negro y era un hombre pequeño y menudo, de los que solo comen una vez al día; dos a lo sumo. Tenía la frente amplia y el pelo peinado hacia atrás, rematado en una greña seca. Sus rasgos eran el resultado de su estricta dieta: ojos hundidos, pómulos huesudos y nariz aguileña rematada por un bigote bajero a lo Willy DeVille.

Samuel se contoneó sobre la silla y se revolvió en las entretelas del cinto para sacar la pistola que había traído.

            –Es una M1911 del calibre .45, la que llevaba en el ejército. –La deslizó hacia el Anticuario por el tapete oscuro que cubría la mesa.

            –¿Dónde vas con ese cañón, payo? –Interrumpió insolente el gitano joven– ¿De dónde vamos a sacar munición? ¿Qué quieres, cazar elefantes?

Samuel y el Anticuario lo miraron, pero no dijeron nada. Al encontrar sus ojos con los del viejo, el joven comprendió que en su presencia debía guardar silencio.

El Anticuario la cogió y la sopesó con las dos manos. En un movimiento rápido sacó el cargador y desmontó la corredera y el muelle sacando un pasador. Dejó el despiece sobre la mesa, cogió el cañón y miró a través de él, como si fuese un catalejo.

            –Traigo dos cajas de munición –añadió Samuel agitándolas como un sonajero en el bolsillo de su chaqueta.

El gitano joven le miró hacia el lado quemado de la cara con los brazos cruzados.

            –¿Cuánto quieres? –Le preguntó el Anticuario.

            –¿Cuánto ofreces? –Respondió el americano sonriente.

El Anticuario devolvió las piezas a su estado original con calma y tiró de la corredera para comprobar que todo funcionaba a la perfección. Después, metió el cargador en su sitio y puso el seguro. Se había manchado las manos de grasa y se las estaba limpiando cuidadosamente con un pañuelo; dedo a dedo, como si se limpiase pieza a pieza.

            –Me costará mucho colocar este hierro, mucho fuego para mi clientela –respondió con el tono calmado y ronco de fumador retirado que tenía–. Puedo darte cien mil.

El americano bajó los ojos hacia la pistola y convirtió en euros la cifra en pesetas en la que se seguía manejando el Anticuario.

            –¿Seiscientos euros? –Samuel se rascó la frontera entre sus cicatrices y el borde donde le nacía de nuevo el pelo–. Yo había pensado en mil quinientos.

El Anticuario arrugó los labios y alineó la pistola con los dibujos del tapete. Se había dejado crecer las uñas de las manos, bien como los guitarristas, o por puro abandono. Las cachas de madera eran las originales y sobre la corredera podía leerse el número de serie, al lado del grabado de la US Army.

            –Doscientas cincuenta mil –tradujo Samuel.

El gitano joven carraspeó al tiempo que se rebuscaba el móvil por los bolsillos de los pantalones de cachemira.

            –Cien mil y diez gramos –dijo el Anticuario–, si los colocas bien puedes sacar otras cien mil y si sabes cómo tocarla, puedes sacarle el doble; eso sí, bajo tu responsabilidad y sin decirle a nadie que es la mía.

            –No me interesa la cocaína, necesito el dinero.

El Anticuario se frotó las manos. Por esos dedos habían pasado todo tipo de armas obsoletas del ejército, revólveres de colección, escopetas de caza, pistolas caseras, e incluso un lanzagranadas ruso. Sabía lo que costaba colocar la mercancía y el riesgo que ello conllevaba en un almacenaje prolongado; pero sabía también que un arma del ejército americano podía tener muchas novias dentro del mundillo coleccionista, aunque fuese una calibre .45.

            –Ciento cincuenta mil, última oferta.

            –Dame mil pavos y es tuya –insistió Samuel.

El gitano joven calculó con el Iphone de última generación:

            –Ciento sesenta y seis mil.

            –Sea –respondió el anticuario.

 

Casa Juan era una de esas cafeterías que solo se ven de pasada; desde el cristal del autobús o la acera de enfrente, de esas en las que nunca se ve a nadie entrar ni salir. Languidecía oculta por los andamios y la red de seguridad de una empresa de reformas que se empleaba a fondo con la fachada del edificio. Dentro del local ya no quedaba ni rastro de aquel Juan que la fundó, cuando todavía servía carajillos a los trabajadores de la cercana Averly y a los madrugadores del turno de mañana que esperaban el autobús de la empresa justo en su puerta. El local estaba regentado por una asiática pegada a un teléfono móvil que no hablaba ni una palabra de español.

Preston bebía un batido de chocolate en pajita, Lorenzo un vaso de agua.

            –Yo trabajaba en el servicio de lavandería, en el turno de noche.

            –El Secretario Wallace se refería a usted como cabo.

–Cuando sucedió aquello ya hacía más de dos años que me declararon… unfit for duty –Preston no mira a Lorenzo, prefiere ver a través de los cristales ahumados del establecimiento–. Es lo que ustedes llamarían: no apto para el servicio. Podían mandarme de nuevo a mi casa de Des Moines, pero por aquel entonces ya había conocido a Carmela.

–Entiendo que es su esposa.

–Mi ex esposa.

Al hablar de su ex mujer Preston se frotaba el dedo anular de la mano izquierda, como si la ausencia de la alianza le escociese como el vinagre sobre una herida abierta.

            –Hacía seis meses que la guerra había acabado y ya apenas aterrizaban aviones, más allá de las maniobras habituales. Pero esa noche llegó uno de esos enormes Hércules procedente de Kuwait. Traía un cargamento importante, de esos que se descargaban rápido y que iban directos al hangar subterráneo con la supervisión del coronel y el Secretario Wallace.

            –¿Cabezas nucleares? –preguntó Lorenzo Paz. Sus superiores pasaron años obsesionados con la idea de que ETA o el GRAPO se hiciese con una de esas supuestas armas de destrucción masiva y las utilizasen para hacer un socavón en el centro de Madrid. La respuesta oficial por parte de la autoridad militar americana siempre era la misma: negar, negar y negar.

            –A las dos de la madrugada era la hora del descanso. –Preston movía la pierna derecha de forma compulsiva–. Teníamos veinte minutos para comer un sándwich en la cantina. Normalmente solo estábamos los trabajadores y algún policía militar en turno de guardia. Pero esa noche había un grupo de hombres que no había visto antes, unos soldados que habían vuelto del frente, escoltando la mercancía en ese mismo vuelo. Eran ruidosos y borrachos. Tiraban las cosas por el suelo y discutían y se peleaban entre ellos.

La puerta del bar se abrió con el golpe sordo de la puerta rebotando contra el marco de aluminio. Era otra china, más o menos de la misma edad que la camarera, vestida con un jersey varias tallas más grande delo que debería que se arremolinaba en bolisas. Tiraba de un carro de la compra colmado de latas de refresco. Se dijeron algo en su idioma y las dos desaparecieron por la puerta de la cocina.

            –No vestían el uniforme militar; no al menos como deberían. Uno de ellos parecía el jefe, pero había otro… Uno alto y rubio, con barba y el pelo largo y tatuajes en los brazos. La camarera tenía sintonizada la emisora de la base. Ya no sonaba el Rock and Roll del viejo John Rowley, sino música de jóvenes negros.

            –¿Y qué pasó entonces?

Preston parecía asustado, como si al recordar esas palabras estuviese abriendo una puerta que había cerrado mucho tiempo atrás.

            –Todo sucedió muy deprisa. El rubio de la barba increpó a la camarera y el jefe lo agarró del cuello. Era el único que iba sereno. El rubio le dio un puñetazo y el otro se abalanzó sobre él y lo tiró al suelo. Se colocó encima de él, inmovilizándole con las rodillas y empezó a darle puñetazos en la cabeza. Los demás se levantaron de las sillas y se acercaron a separar. En ese momento llegó la policía militar y los detuvieron. Se armó un buen follón y llegó a intervenir el propio Secretario Wallace, exigiendo que se les levantase el arresto. Por lo que escuché, el coronel al mando de la base estaba harto de Wallace, así que decidió mantener en el calabozo a esos tipos como escarmiento.

Sorbió de la pajita hasta encontrarse con el sonido de las burbujas que producía su propio aire sobre el culo del recipiente vacío.

            –Ayudé a la camarera a recoger el desastre que habían montado. Todo estaba lleno de cristales rotos y restos de comida por el suelo. Fue entonces cuando encontré uno de sus chalecos apoyado sobre el respaldo de una silla. En realidad era una casaca del uniforme a la que le habían cortado las mangas. Llevaba ese símbolo bordado sobre el pecho.

            –¿Qué fue de esos tipos?

            –Nunca más los volví a ver.

 

Viernes, 15 de noviembre de 1.991; base de la USAF de Zaragoza.

 

            –Tenemos que largarnos de aquí –dijo “Alpha” Johnson. Llevaba varias horas siseando en voz baja celda con otros cinco soldados con los que compartía la celda.

            –Nadie va a ir a ningún sitio –respondió el sargento Mann desde el otro lado de la pared, en una celda individual. El moratón que le rodeaba el párpado inferior parecía reciente a pesar de haber transcurrido tres días desde la pelea.

El zumbido de uno de los fluorescentes que iluminaban los calabozos rebotaba contra las paredes de hormigón. Era la única vibración que atravesaba el glaciar de silencio que ocupaba el pasillo entre celdas.

            –Alpha tiene razón –intervino Moses, desde una de las celdas de enfrente. Junto a él, apiñados en el suelo había otros seis hombres que fumaban y se pasaban una Penthouse de estraperlo que habían conseguido sobornando al encargado de la limpieza–. El miércoles habrá luna llena.

            –Mañana hablaré con Wallace –respondió Mann–. Que nadie haga nada hasta que yo lo diga, ¿entendido?

Los ojos del negro brillaban a través de las sombras que lo enjaulaban. También parecía blandir una especie de sonrisa. Nadie respondió. Mann se recostó sobre el camastro apurando un cigarro, con el brazo cruzado por detrás de la cabeza a modo de almohada, buscando respuestas en el lucido irregular del techo, consciente de que en ese mismo momento, Wallace estaba sobrevolando el Atlántico hacia su casa de Myrtle Beach, Carolina del Sur, para celebrar Acción de Gracias junto a su mujer y sus cinco hijos.

Cuando abrió los ojos ya era demasiado tarde. Un fogonazo de luz le abrasó los párpados. Su primer instinto fue el de tirarse al suelo. En ese momento cayó en la cuenta del olor a gasolina que viciaba la cama, las paredes, el suelo y su propia ropa.

Las llamas subían en un remolino atraídas hacia el respiradero de plástico que agujereaba la parte alta de la pared. La piel se le fundía con la ropa derretida en un dolor que le encostraba la carne y se le clavaba como una aguja hasta el hueso. El volumen de su celda –y sus pulmones por extensión–, se habían llenado del humo viciado de la gasolina quemada. Trató de reptar hacia los barrotes, pero fue inútil. Tan pronto como el humo consumió el oxígeno, Samuel perdió el sentido y se desmayó, tratando de protegerse la cara con el brazo en un último gesto involuntario, casi reflejo.

Cuando despertó en la enfermería tenía todo el cuerpo cubierto de vendajes. Tres policías militares vigilaban su cama en turnos de ocho horas, hasta cubrir las veinticuatro del día. Tenían órdenes de avisar al propio coronel en cuanto despertase, al considerarlo responsable de la fuga de los miembros de su comando, ahora convertidos en un grupo de desertores.

El aparato que controlaba sus constantes vitales comenzó a emitir pitidos arrítmicos. Apenas había caído en la cuenta de que llevaba varias vías intravenosas y sondas de evacuación enhebradas en su cuerpo, ni de que respiraba a través de unos tubos transparentes que le llenaban los orificios de la nariz y la boca. No sabía si seguía en Zaragoza o si le habían trasladado, o si realmente estaba muerto y se encontraba en la sala de reanimación del Cielo, lo único que le importaba era saber si esa noche habría luna llena.

            –Trate de tranquilizarse, sargento –le dijo el policía militar. Era un chicano de veintipocos años con bigote de adolescente que llevaba la boina de policía militar al estilo de los pintores bohemios.

Mann trataba de decir algo, pero los tubos que le llenaban la tráquea se lo impedían.

            –¡Enfermera!– llamó el chicano hacia la puerta entreabierta.

Se arrancó los tubos de la garganta y sintió el borde metálico tropezando contra los accidentes geográficos de su interior. Gritó, pero era incapaz de articular una sola palabra.

            –Ahora viene la enfermera, sargento.

El policía militar lo agarró de los hombros para impedir que se incorporase sobre la camilla. Mann lanzó un gemido de dolor a través de los vendajes; tenía todo el cuerpo despellejado.

            –¿Qué día es? –vocalizó mudo, pero ni las palabras se materializaban en sus cuerdas vocales, ni la mímica de sus labios atravesaba las vendas que lo envolvían.

            –Trate de no moverse, por favor, sargento. –El policía militar parecía al borde del colapso–. ¡Enfermera!

Mann sacó un pie de la camilla y lo apoyó en el sueño. Al moverse sintió varios conductos plásticos tirando de él de vuelta a la cama. En ese momento llegaron dos mujeres enfundadas en batas blancas; una enfermera joven y otra más veterana que parecía ser la doctora

            –No se mueva, sargento, su estado es muy grave –advirtió la médica.

Mann trató de responder, pero no podía. La joven advirtió sus intenciones:

            –Creo que quiere decir algo.

Mann asintió derrotado y la joven le acercó la libreta que llevaba debajo del brazo y un lápiz.

«¿Qué día es?», escribió con la mejor caligrafía que le permitían los vendajes que le enguantaban la mano.

Las dos mujeres y el policía militar se miraron extrañados. Nunca antes habían visto una reacción semejante a los calmantes que le entraban directos por vía intravenosa.

            –Veintitrés de noviembre, sargento –respondió el chicano.

            –Sábado –añadió la joven.

Mann devolvió la carpeta garabateada a la enfermera.

            –Tiene que descansar, sargento Mann –intervino la doctora–, es un milagro lo rápido que está reaccionando al tratamiento, nunca antes habíamos visto sanar así una quemadura.

Varias semanas después, el sargento Mann recibió el alta en la enfermería de la base. A pesar de que las heridas habían cicatrizado con éxito tenía el noventa por ciento del cuerpo quemado. Un coche le esperaba frente a la puerta del edificio principal para ir a la base de Torrejón, donde tomaría un vuelo directo a un consejo de guerra en Fort Bragg.

            –Ya son las nueve y diez –dijo el chófer enseñando al pasajero del asiento de atrás su reloj de muñeca como si fuese un trofeo heredado. Llevaba el pelo atado en una coleta hacia atrás, cubierto por la gorra que remataba su uniforme.

            –Vendrá –respondió mirando por encima de las gafas de sol. Vestía traje oscuro con corbata a juego y camisa blanca ceñida. No era de su talla; hubiese sido mucha casualidad.

A las nueve y media el coche oficial abandonó la base americana de Zaragoza tal y como había llegado. Nadie sospechó lo más mínimo hasta que esa misma tarde aparecieron flotando sobre las aguas del Huerva los cadáveres desnudos de un oficial del ejército y su chófer.

 

Domingo, 8 de marzo de 2.015.

Cuando Samuel regresó a su bungalow ya era de noche. Había cogido el 36 frente a la Intermodal y recorrió las trece paradas que le separaban del final de línea en Valdefierro. Desde ahí, cruzó al otro lado del Canal y bordeó la orilla hasta la entrada del camping cargado con un par de bolsas de la compra en cada mano.

Saludó al tipo de la puerta. Era un disminuido físico que se dedicaba a rellenar sudokus en el turno de noche a cambio del sueldo mínimo, mientras que su empresa recibía grandes beneficios fiscales directos de las arcas del consistorio municipal gracias a su contratación. Éste le devolvió el saludo con la mano buena sin levantar la vista del papel. A esas horas, tan solo estaban iluminadas las zonas comunes del recinto. Las farolas bajas brillaban con una eficiente luz LED que se reflejaba en los ojos siempre alerta de los vecinos que le miraban desde el interior de sus casetas prefabricadas.

Su bungalow estaba al final de la calle. Sentía una presencia merodeando cerca, pero su olfato le advertía que no se trataba de ninguno de ellos. Se sorprendió a sí mismo al recordarlos después de tanto tiempo. También pensó que sería una putada que volviesen justo después de vender su pistola.

            –Dentro de exactamente… diez minutos –el encargado del camping señaló las 23:50 sobreimpreso en la pantalla iluminada de su teléfono móvil. Estaba sentado en una de las sillas del porche de Samuel, con los pies apoyados sobre el asiento de otra–, habrán pasado los dos días que le di para que pagase sus deudas, señor Henry Ford.

Samuel subió los tres escalones de acceso al porche y caminó hacia la puerta con la llave preparada en la mano.

            –Entra –le dijo y dejó la puerta de aluminio y cristal abierta tras de sí.

Dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina. Del interior asomaba el olor a asaduras y carne fría envueltas en papel parafinado, con un cordero, una vaca y un pollo impresos en tinta azul bajo el logo de una carnicería familiar de los alrededores de la calle Rioja con avenida de Navarra. El encargado se quedó en el marco de la puerta.

            –Novecientos sesenta –le entregó un fajo de billetes que había doblado en la solapa de su cartera para diferenciarlo del resto del dinero.

El encargado se quedó mirando la mano en el aire, sosteniendo los billetes perfectamente doblados, sonrió y los cogió tratando de evitar las quemaduras de su inquilino.

            –Prefiero no saber de dónde lo has sacado –dijo mientras contaba uno a uno los billetes anaranjados y azules, en distintos grados de desgaste; algunos remendados con celo, otros, con las marcas y dobleces de los que acostumbran a llevarlos plegados en el bolsillo trasero del pantalón.

El joven asintió y se los guardó en su cartera, cara a cara con la foto de una rubia que debía ser su novia. Samuel se preguntó si esa chica era consciente de quién era el tipo que se colaba entre sus bragas los sábados por la noche.

            –¿Quieres algo más? –Preguntó Samuel.

            –Nos vemos el día treinta. –El encargado salió de la casa caminando de espaldas, sin perder de vista a Samuel. Sabía que los miserables con los que trataba estaban desesperados, pero también era consciente que rara vez tenían algo que perder.

 

 

            –¿Viste ayer las noticias?

La agente Maestre invadió el despacho de Lorenzo sin llamar, lanzando un ejemplar del Heraldo sobre su mesa.

Lorenzo no respondió, Maestre sabía de sobras que Lorenzo no tenía televisión en casa y que rara vez leía una publicación a parte de sus revistas de culto a lo paranormal. En portada salía la fotografía a todo color de un héroe local atendido por los servicios de urgencias, tras reducir a un ladrón tras un tiroteo en un bar, como remataba el titular.

            –¿Qué tiene que ver esto con nosotros?

            –Ese tipo es un impostor –respondió Maestre. Tenía un brillo gracioso en los ojos–. El ladrón, que se encuentra en prisión preventiva en Zuera, ha declarado que ese zumbado entró con una escopeta a matar a varias personas con las que tenía una deuda.

Lorenzo la miraba intrigado sin soltar la portada del periódico.

            –Los médicos han comprobado la herida en el hombro del supuesto «héroe» –Maestre dibuja dos grandes comillas por encima de su cabeza, como las orejas de un zorro– y coincide con la declaración del ladrón. Es una herida de bala y no de escopeta.

            –Vaya… –Lorenzo se rascó la cabeza sin saber qué decir.

            –Lo jodidamente contrario a estar en el lugar preciso y en el momento adecuado. La pistola era del ladrón y la escopeta con la que fueron asesinados los cuatro hombres del bar era de ese tipo –clavó su uña roja contra la foto en cuatricromía de la portada.

Lorenzo volvió la vista entonces de vuelta a la portada del periódico y encontró el rostro de un hombre de su misma edad, pero más pequeño, calvo y con rasgos delicados; el típico retrato que suele acompañar los pies de fotos de noticias más relacionadas con parricidas y pirómanos que con tiroteos o asesinatos a sangre fría.

            –La pistola es del ejército americano –añadió Maestre– un modelo obsoleto al que se le perdió la pista hace muchos años.

La cara de Lorenzo dibujó un signo de exclamación.

            –¿Tiene número de serie?

            –Y huellas. –Levantó las cejas Maestre.

 

 

El Anticuario repiqueteaba un fandanguillo con las uñas de la mano derecha sobre la mesa de la comisaría, al tiempo que con la palma de la izquierda marcaba el tempo, como en un cajón flamenco. Confiaba demasiado en la influencia que alguna vez tuvo con las listas socialistas para el ayuntamiento de la ciudad.

            –Así que dice, que no conoce de nada a este hombre –preguntó Maestre con el dedo fijado sobre la fotografía del ladrón implicado en el tiroteo.

            –Ya les he dicho que no lo he visto en mi vida –respondió. Era de esos hombres que al hablar clavaban la mirada en el otro, como si de este modo pudiesen entrar en sus pensamientos, o al menos anticiparse a lo que le van a decir.

            –Y la pistola tampoco.

El Anticuario levantó la vista por encima de Maestre, hacia Lorenzo, que se encontraba en el fondo de la sala, de pie, pensando en sus cosas.

            –Muy bien. –Afirmó Maestre de esa forma que solo ella sabía, arrugando la papada al tiempo que arqueaba una ceja y hacía la mueca de la máscara de la tragedia con la boca; era la definición gráfica de la decepción, el preludio del «date por jodido»–. Pues da la casualidad de que tengo aquí la declaración jurada de un tal Florin Iordănescu en el que afirma que fue usted quien le vendió el arma. Por no hablar un informe recién salido del laboratorio de la Policía Científica en el que se certifica que además de las huellas de Iordănescu, la pistola también tiene las suyas.

Ya no sonaba el fandanguillo. El Anticuario tenía la boca seca, su nuez saliente se movía arriba y abajo, como impulsada por el complejo sistema de cables y eslingas destensadas que formaba su cuello.

            –Quiero hablar con Solanas –atinó a decir.

            –¡Ja! –Maestre se dejó caer sobre la silla con los brazos cruzados por encima de la barriga.

Pedro Solanas era el último remanente socialista que había quedado en el consistorio local tras dos mayorías absolutas de dilapidación y saqueo de las arcas públicas. Máximo responsable del ascenso de la extrema derecha, ocupaba su legislatura en la bancada del fondo de la oposición, junto a dos ediles de corte filocomunista, la representante antitaurina y el asiento vacío del representante nacionalista aragonés.

            –¿De dónde sacó la pistola? –Preguntó Maestre por decimocuarta vez en tres horas– Ya sabemos que usted se la vendió a Iordănescu, deje de hacernos perder el tiempo.

            –La única pistola que he vendido en mi vida fue una Roth-Steyr 1907 de la Primera Guerra Mundial, una pieza de coleccionista. De eso hace ya más de treinta años, señora, y se la vendí precisamente al Comisario que mandaba en esta casa por aquel entonces, por si usted lo quiere saber.

            –No le quepa la menor duda de que al acabar con usted tramitaremos la denuncia contra nuestro antiguo Jefe Superior. Está muy feo eso de comprar pistolitas a un traficante de armas sin licencia. Y ahora dígame, ¿quién le proporcionó la pistola?

            –Quiero hablar con Pedro Solanas –respondió el Anticuario.

            –¿Es usted consciente de que está a una llamada de teléfono de que lo bajemos al sótano de la comisaría y se lo saquemos a ostias? –Maestre levantó la voz por encima de su tono habitual, alcanzando ese acento a regañina siniestra que solo dominan las madres creyentes del Santo Patrón de la ostia a tiempo.

Con los años, el gitano había desarrollado un complejo sistema inmunitario contra cualquier tipo de autoridad, especialmente cuando se trataba de la policía. En casi medio siglo de actividad jamás le habían detenido, ni sabía lo que era dormir una sola noche en una cama que no fuese la suya. Miró el reloj, ya casi eran las ocho y se le hacía tarde.

            –Si no tienen más preguntas, yo me iré marchando a mi casa, ya me han entretenido bastante sin tener nada contra mí.

            –No se pase ni un pelo –respondió Maestre.

            –Tengo que ir al baño –dijo el Anticuario haciendo el ademán de levantarse–. Uno ya tiene cierta edad, ¿sabe?

Maestre resopló.

            –Yo le acompaño –intervino Lorenzo Paz, como accionado por un resorte.

El gitano sonrió mordaz y Maestre se quedó sola en la sala de interrogatorio de la segunda planta, la que está junto a la cafetera.

Paz y el Anticuario recorrieron el pasillo entre plantas de interior y una fotocopiadora que apestaba a tóner caliente y folios reciclados. Atravesaron las miradas que asomaban por encima de las pantallas de ordenador de los despachos. Al doblar el pasillo esquivaron el fregado que una operaria de limpieza de origen latinoamericano había delimitado y entraron en el servicio de caballeros.

            –Ya sabía yo que usted era buena persona –le dijo el Anticuario desde el eco de detrás de la puerta del wáter.

Lorenzo esperaba al otro lado, observando un par de zapatos negros, viejos pero brillantes, asomando por el hueco que había entre la puerta y el suelo. Sonaba el trasiego de una tubería en el piso superior y los goteos típicos de varias cisternas.

            –Podríamos olvidar todo este asunto si nos echases una mano –dijo Lorenzo con un hilillo de voz.

            –Ya les he dicho que no sé nada.

            –Tenencia, tráfico y depósito de armas no es ninguna broma; menos aún si se ha cometido un robo con violencia con un arma que casualmente tiene sus huellas.

            –Señor policía, yo…

            –Si a eso sumamos las denuncias de tráfico de drogas, delito contra la salud pública, adulteración peligrosa y el rosario de antecedentes que engrosan su historial delictivo –interrumpió Lorenzo–, podría decirse que está jodido.

El sonido del rollo de papel corriendo en su propia jaula hizo sentir a Lorenzo cierto pudor. Después, tras un prolongado desagüe y el sonido del pestillo, el Anticuario salió del baño.

            –No sé cómo se llama –dijo. Sus ojos habían perdido el brillo altanero y orgulloso de su sangre gitana; en su lugar solo había dos cristales opacos, agusanados por la acción corrosiva de las cataratas–. Le dicen el americano. Solo lo he visto un par de veces o tres en mi vida, quizá cuatro, no lo sé. Acude a mí cuando anda mal de dinero.

            –¿Podría describirlo?

            –Como si lo tuviera aquí mismo de cuerpo presente.

 

 

2 de abril de 2.015; Jueves Santo.

 

Una hilera de motos brillaba entre el polvo y los charcos de la explanada que había junto al parque Torre Ramona; la campa donde se colocaban las ferias de Las Fuentes. Eran las monturas de los miembros del MC Broqueleros, un motoclub de corte fascista que tenía su sede en los bajos de un edificio de la calle Belchite; en el local que cinco años antes había ocupado una mercería.

Entre media docena de japonesas, dos Sportster, varias ciento veinticinco y un scooter asomaba una Harley Davidson Electra Glide Shovelhead del ´78 roja, con el asiento monoplaza tapizado en blanco, el guardabarros y las maletas originales. Estaba rematriculada, como sucedía con los clásicos de importación.

            –¿Estás seguro de que es esa? –preguntó Alpha sin bajarse de su bobber de neumáticos anchos y con una calavera de chivo como carcasa sobre el faro delantero.

            –Sin ninguna duda –respondió Maiyun desde el manillar de su chopper –, Moses la vio la semana pasada.

Alpha escupió sin quitar los ojos de encima de la moto.

Los Canis Lupus aparcaron junto a las otras motos protegidos por la mala iluminación del alumbrado público en esa zona de la ciudad. Al escuchar el estruendo de los diez motores Harley bramando al unísono los miembros del club local se asomaron por la puerta de su Club House. Era un grupo ecléctico, de distintas formas y tamaños, como las piezas de un frutero en un bodegón; pero todos con el mismo chaleco de cuero y el mismo corte de pelo. Parecían incapaces de hacer una suma de tres números entre todos, pero no por ello abandonaban la pose de malotes. Las vibraciones hicieron que saltase la alarma de un Mini que había aparcado a escasos metros de las motos. Aquellos tipos no sabían lo que era un motoclub de verdad.

Alpha y los suyos se apearon y caminaron hacia el local. Uno de los Broqueleros, un pelado de gimnasio que trataba de disimular el acné juvenil con una barba de tres días, se puso al frente del grupo con los brazos cruzados. En la solapa derecha del chaleco, bajo el parche del 1% en forma de rombo, llevaba bordado el título de «sargento de armas»; el tipo duro que debía velar por la seguridad dentro y fuera del club.

Alpha chasqueó los dedos y llamó a varios de sus hombres. Maiyun se sacó un cuchillo de la bota; Moses un revólver. Pudieron sentir el momento preciso en el que el rapado se cagó en los pantalones.

            –¿De quién es esa moto? –Gritó Alpha frente a la puerta del local de los Broqueleros MC.

Los Broqueleros se metieron al local y cerraron la puerta por dentro. Alpha se urgó algo entre los dientes con la punta de la lengua.

            –¿De dónde habéis sacado esa Shovel del ´78? –El líder de los Canis Lupus llamó con los nudillos a la puerta. Sobre el marco de aluminio original que ya guareció la anterior mercería habían colocado el escudo de su club, un rango de hidalguía zaragozano con blasón propio que se remontaba a mediados del S. XVIII, cuando un grupo de fanáticos religiosos pertrechados de sus broqueles sofocaron una revuelta popular por una subida en el precio del pan. El emblema presentaba a un tipo con un pequeño escudo en la mano, más parecido a un repartidor entregando una pizza, o un camarero con una bandeja en la mano, en verso circundante con el texto: «Pro rege et patria pariter certare decorum est», –o lo que es lo mismo: «el rey y el país apropiados para luchar»–.

Nadie respondió en firme. Desde el otro lado de la puerta se les oía deliberar entre susurros.

            –¿Os han contado alguna vez el cuento de los tres cerditos y el lobo?– canturreó Alpha.

            –¡Si no os vais de aquí llamaremos a la policía! –advirtió uno de ellos.

Los Canis Lupus rieron.

            –Había una vez tres cerditos que vivían al aire libre cerca del bosque. A menudo se sentían inquietos porque por allí solía pasar un lobo malvado y peligroso que amenazaba con comérselos –comenzó a relatar Alpha con una voz paternal que sonaba siniestra a través de sus fauces–. Un buen día decidieron que cada uno de ellos construyera una casita.

            –¿Policía?

            –El más pequeño de los tres, que era vago y despreocupado construyó una casita de paja. El mediano construyó la casa de madera con los troncos que encontró y el mayor, el más trabajador y sacrificado de los tres, tardó una semana en levantar una casa de ladrillo. Una casa segura como un fortín. Con una puerta grande y fuerte como esta.

            –La policía está de camino –dijo uno de los Broqueleros desde el otro lado– largaos de aquí y nos olvidaremos de todo esto.

            –«Yo no le temo al lobo feroz», decía el más pequeño de los tres. «Yo tampoco», decía el mediano. «No entendemos por qué te esfuerzas tanto en hacer tu casa, si las nuestras nos han quedado de puta madre», le decían al hermano mayor mientras se revolcaban en el barro y bebían limonada…

El resto de los Canis Lupus reían a horcajadas.

            –¡Limonada bien fresquita! –Añadió uno de los Lupus, un espalda mojada al que todos conocían por el nombre de guerra de Coyote.

            –Una noche de luna llena apareció el lobo feroz y el cerdito más pequeño se escondió en su casita de paja. El lobo tan solo quería hacer unas preguntas al cerdito acerca de una Shovel del ´78, pero el cerdito no quiso responderle. Así que el lobo gritó: «soplaré y soplaré y la casa derribaré».

Alpha pegó una patada a la puerta que hizo que alguno de los Broqueleros MC soltase un grito de terror.

            –El lobo dio un soplido fuerte como un huracán y la casita de paja salió volando por los aires, por lo que el cerdito corrió a refugiarse en la casa de madera de su hermano el mediano, que estaba en casa fumando crack y viendo la tele…

En ese momento apareció un coche patrulla de la policía local con las luces a toda pastilla y la sirena en marcha. Varios miembros de los Canis Lupus se acercaron y lo rodearon de cuero y piel tatuada y de amenazas de muerte.

            –¡Ahora sí que estáis jodidos! –Amenazó uno de los Broqueleros con la seguridad que le proporcionaba una cerradura sencilla, un candado de los chinos y la presencia de dos municipales al comienzo de su turno de noche.

            –Está todo controlado, agentes –se asomó a la ventanilla del coche patrulla un negro de los Canis Lupus–, sigan su ronda con cuidado, aquí no hay nada que hacer.

La sirena se detuvo y el rotativo azul cesó. El Opel Astra de la policía local se esfumó calle Belchite abajo, hacia el cruce con Miguel Servet, donde el precio de las viviendas se duplicaba y las Fuentes parecía un barrio menos obrero; al borde del callejero de Zaragoza. Mientras su compañero se asomaba, Maiyun, el indio, había lanzado al habitáculo del coche policía la semilla triturada en polvo de una planta que solo crecía en ciertos rincones de África. Una sustancia capaz de anular la voluntad de los más rectos sin necesidad de usar la violencia.

            –¿Por dónde iba? –Alpha paladeó una sonrisa sardónica.

            –Por la puta casa de madera –añadió Moses, el negro con bigote de herradura.

Alpha se llevó el dedo índice a la sien, como si hubiese reenganchado el recuerdo.

            –«Si no me decís de dónde habéis sacado esa Shovel del ´78, soplaré y soplaré y la casa derribaré», dijo de nuevo el lobo. –Alpha volvió a dar una patada en la puerta que hizo saltar polvillo de cal alrededor del marco–. Pero, ¿sabéis qué?, los dos cerditos decidieron llamar a la policía, así que el lobo feroz sopló y tiró abajo la casa de madera.

            –Esa moto es mía, la compré hace un año –dijo al fin uno de los tipos del motoclub–, puedo enseñaros los papeles.

            –¿Qué haces, estás loco? –Le interpeló uno de sus compañeros.

            –Se la compré a un americano de la base que se quedó a vivir aquí, un tal Henry Ford, como el de la fábrica de coches.

            –Mientes, cerdito –respondió Alpha–, y estoy a punto de derribar tu casita de piedra, contigo y tus hermanos dentro.

            –¡Es cierto!, era un tipo muy extraño, le faltaba una oreja y tenía toda la cara quemada, como si hubiese sufrido un accidente.

Alpha miró hacia sus hombres; les brillaban los ojos. A él se le había empezado a escurrir un hilillo de babas. Podía paladear su cuello.

            –Llévame hasta él –ordenó Alpha.

 

3 de abril de 2.015; Viernes Santo.

Arcosur se había convertido por méritos propios en un monumento a la estupidez urbanística. Situado en el extremo meridional de la ciudad, intramuros de la frontera de asfalto que separaba la Z-40 de las lomas redondeadas del antiguo Acampo Casellas, transformado en el sector 89/3, un pelotazo inmobiliario de más de cuatro millones de metros cuadrados. Seis años después, seguía siendo poco más que un proyecto sobre el papel, con dos mil viviendas construidas de las más de veintidós mil proyectadas; una población de apenas tres mil habitantes censados y una plaga de más de un millón de conejos en situación irregular.

Samuel Mann había hecho de esos descampados su coto de caza particular, en las noches de luna llena. En una ciudad anegada de runners y degenerados nadie se asustaba por ver a un hombre merodeando en mitad de la noche por las líneas imaginarias que delimitaban las futuras avenidas, aceras y parques del barrio en construcción. Después de casi veinticuatro años, la maldición había vuelto. Un par de meses antes le pilló por sorpresa, en su casa. Para la segunda, hace justo un mes, ya estaba preparado; hizo autostop hasta los Monegros, donde no pudiera causar ningún daño a nadie. La primera luna llena de la primavera siempre era la más intensa; los cristianos lo sabían bien; de ahí que decidieran localizar la muerte de Cristo en el mismo hito astral.

El cierzo silbaba entre el armazón desnudo de las grúas abandonadas. Ancladas a un enorme pedestal de hormigón, entre los palets de material de obra dilapidado, abandonado, como los restos de un naufragio, a la suerte de cuadrillas de rumanos, gitanos y chapuceros de pegote y llana en general, a los que le salía más barato coger prestado un saco de cemento a una constructora en suspensión de pagos que comprarlo. Un vuelo nocturno enfilaba la pista de aterrizaje del aeropuerto de Zaragoza. Era la maniobra natural para ese mastodonte de cuatro hélices retirado del combate y reconvertido en un carguero civil lleno de ropa cosida en el tercer mundo. Samuel tuvo opciones de hacer lo mismo. Recorrió España de arriba abajo, lo intentó en varios trabajos, en fábricas, e incluso en la construcción. Rara vez terminaba la primera jornada. Otras veces se despedía de sus compañeros con un «hasta mañana» y nadie volvía a verlo jamás. Siempre volvía a la carretera, hacia un nuevo comienzo, en un nuevo lugar al que llegar a dedo o en la agonizante red de autobuses del estado.

2003 fue el año más duro. La guerra de Irak, su 82nd Airborne Division de vuelta al desierto… Y él pudriéndose en la habitación de un piso compartido con media docena de jornaleros en una capital de provincia del sur. En 2003 volvió a beber. Llevaba más de una década sin probar un trago.

A pesar de que nunca bajó la guardia del todo, con el tiempo, llegó a pensar que se había curado. Samuel se preguntaba a menudo si todo acabó el día del accidente, o si fue a causa de la medicación que le suministraron. Un chamán gambiano con el que coincidió en la recolección del tomate Raf en El Ejido le contó que el vínculo que le mantenía era el mismo que le unía a la manada. Si eso era cierto, significaba que los demás andaban merodeando su territorio.

Esa noche podía sentirlos muy cerca. Casi podía oler sus pelajes empapados de sudor, con los poros bien abiertos, apestando a muerte.

La luna estaba en lo alto. Un conejo lo miraba con ojos nerviosos. Roía un tallo tierno que había crecido a la humedad de la cara norte de un murete de hormigón a medio construir al que le sobresalían las varas de ferralla como la espalda espinada de un gran reptil ya extinto. Samuel comenzó a sentir la sequedad en la boca que precedía a la metamorfosis. Todo comenzaba en el cuello. Sentía dos cartílagos tensarse desde su cuello a través de sus encías, era la fuerza que desenfundaba los caninos de las mandíbulas y los devolvía a su forma animal.

Justo después, algo se rompía en su espinazo y empujaba desde la dorsal hasta levantar una prominencia de músculo y pelo; ya no había marcha atrás. Se miró las manos; tenía las uñas manchadas de sangre, alargadas y en punta, producto del violento brote que habían sufrido desde un habitáculo retráctil desarrollado en sus falanges. Sintió una presión fuerte en los pies, después de tanto tiempo se le había vuelto a olvidar quitarse los zapatos. Las garras de los pies le habían destrozado las punteras de los zapatos y los cordones habían reventado justo antes de darse de sí. Cayó al suelo; las últimas transformaciones le habían dejado exhausto.

Sintió el olor del polvo y de las últimas lluvias estancadas en lo hondo de los poros del suelo. Era capaz de sentir en la boca el sabor del combustible de los aviones que encaraban la pista de hormigón del aeropuerto de Zaragoza y el regusto a roedor que había dejado un rastro reciente. Al abrir los ojos sintió la prolongación convexa de su hocico. Era noche cerrada, pero podía ver con total claridad.

El conejo salió corriendo despavorido y el pompón blanquecino de su trasero se perdió hacia la entrada de una madriguera cercana.

Samuel se puso de rodillas y se levantó ayudándose de las garras delanteras. Aulló con todas sus fuerzas.

 

Sepultada bajo un centenar de multas de tráfico, una docena de denuncias domésticas, varios robos, dos estafas y una agresión, se secaba la tinta de la denuncia que un motorista había presentado en la comisaría esa misma mañana. La dotación apenas cubría los servicios mínimos. Maestre se había ido al pueblo; Lorenzo Paz ya hacía un par de horas que había vuelto a casa con las manos vacías. En el bolsillo llevaba el retrato robot que había elaborado a partir de las descripciones plásticas que le había hecho el Anticuario. Era imposible, se decía; recordaría haberse cruzado antes con un hombre con la cara quemada y una sola oreja. Zaragoza, a pesar de todo, seguía siendo un pueblo; decían.

 

Los Canis Lupus conducían en formación de punta de flecha, con Alpha al frente y sus acólitos desplegados en ambas alas, en orden jerárquico descendente, de mayor rango cuanto más cerca se encontraban del líder. El tipo de la barba y el negro del bigote de herradura cerraban sus respectivas columnas.

Las luces de Plaza y la Feria de Muestras se reflejaban en los retrovisores de la manada. Entre su posición y las luces perennes de la ciudad había una zona oscura y apartada de la que procedía el olor del antiguo jefe, el desertor, el paria. Maiyun se adelantó al grupo, hizo una señal y los demás le siguieron con sus intermitentes hacia una salida condenada con bloques de mallazo y hormigón que se adentraba al futuro barrio de Arco Sur a través de un pinar con el aspecto tétrico que presentaban esas plantaciones famélicas en forma de campo de refugiados. Había una abertura por la que apenas cabía una motocicleta. El grupo la atravesó en fila de a uno con Maiyun delante.

            –Ahí está –señaló Alpha a los suyos, convertido en un enorme ejemplar de hombre lobo albino con un solo ojo verde encendido. Hizo una señal a un grupo de cuatro y los mandó por el flanco derecho. Hizo lo mismo con otros cuatro y los mandó hacia la izquierda. Él se quedó con dos hombres y mandó a Maiyun de avanzadilla.

El olor era tan fuerte que sentía la presencia de los suyos erizándole la carne quemada. A diferencia de sus hermanastros de manada, él no era el arquetipo de un licántropo al uso. Él era una especie de bestia despellejada con media cara cubierta de pelo pardo, y una sola oreja, como la máscara del fantasma de la ópera o el quinto miembro de KISS en la centésima gira de despedida.

Escuchó unos pasos a su espalda, rodeando su posición. Debía ser Maiyun, el indio; siempre lo mandaban delante, él mismo lo hacía cuando adornaba las solapas de su guerrera con la insignia de Sargento Primero. El zumbido de las motos balanceó un estéreo perfecto que lo acabó rodeando. Ya no había escapatoria.

Maiyun fue el primero en llegar, pero se mantuvo a una distancia que consideró cauta. Mann lo saludó con la cabeza. Maiyun no se lo devolvió. Poco después, el círculo de lobos se fue cerrando hasta encerrarle por completo.

            –Al final has hecho justicia a tu nombre, Chupacabras –le llamó Alpha.

Samuel había adoptado la posición de ataque, con las piernas semi flexionadas, preparado para lanzarse sobre el primero que se le acercase.

            –¿Han valido la pena todos estos años de destierro? –Preguntó Samuel dirigiéndose al gran lobo blanco.

            –Te lo diré cuando haya acabado contigo.

            –¿Necesitas de otros doce lobos? ¿Te has vuelto viejo o solo perezoso?

Alpha lanzó un gruñido. Sus soldados estaban nerviosos y se contenían los unos a los otros para no saltar sobre la bestia desollada que había sido su líder.

            –¿Dónde estabais mientras los vuestros morían en Irak, desertores?

Uno de los lobos más cercanos a Alpha blandía una pistola. Samuel podía oler a través del cañón el casquillo recubierto de plata.

            –Acabad con él –Alpha señaló a dos lobos cruzados. En la Guerra del Golfo habían sido dos fusileros del montón que apenas fueron capaces de pasar los controles más básicos. Fue el propio Mann el que se sirvió de sus influencias en Fort Bragg para meter en el ejército a dos huérfanos desvalidos con semejante potencial en las noches de luna llena.

Los dos lobos saltaron contra él y rodaron por el suelo enzarzados en una bola de pelo, garras y fauces. Samuel se libró del primero con un zarpazo que le hizo caer de espaldas varios metros atrás. El otro le había alcanzado con un mordisco en el antebrazo.

            –¡Vamos! –jaleó Alpha.

El lobo que había caído al suelo se levantó con rapidez y se volvió a lanzar contra él. Suplía la falta de experiencia en combate con un igual con las miradas brillantes de los suyos. En un salto, Samuel se encaramó a la estructura de la grúa y escaló hasta la parte de arriba. Los dos lobos jóvenes lo siguieron.

            –¡A qué esperáis, id tras él! –señaló Alpha hacia los barrotes oxidados de la grúa.

El resto de lobos se subieron, trepando por cada una de las paredes de la enorme columna de metal. El Chupacabras, como se referían a Mann, se había hecho fuerte en el travesaño superior, tratando de impedir que llegasen hasta la pluma horizontal.

Uno de los jóvenes consiguió morderle en un pie y él, instintivamente le rajó la yugular con un tajo certero. El lobo cayó golpeándose entre los hierros de la torre hasta aterrizar descoyuntado en la base de hormigón. En su caída arrastró a un gran lobo negro.

El hermano consiguió trepar hasta lo más alto.

            –No tienes por qué morir esta noche, chico –masculló.

Pero el lobo cruzado no le escuchó y saltó a por él. Intercambiaron dentelladas, la mayoría de ellas superficiales. Samuel cayó de espaldas sobre la estructura metálica. Sintió las garras de otro lobo abriéndole la carne de la espalda. El joven tenía fuerza y agilidad, pero actuaba como lo hacían los ciegos de ira. Con el entrenamiento preciso hubiese llegado a ser un auténtico alfa de su propia manada, pero se equivocó cuando eligió seguir al lobo del pelo blanco. Samuel agarró su cabeza con las dos manos y le clavó las garras correspondientes a los pulgares en los ojos. El lobo joven lanzó un alarido de lobezno recién destetado y descubrió su cuello. Samuel no desaprovechó la ocasión.

Su cuerpo se quebró como una fruta madura contra el suelo. A pesar de todo lo que había vivido en la guerra, nunca había oído nada comparable con el chasquido de un costillar partiéndose en dos.

Samuel se irguió como pudo deshaciéndose de las garras del lobo que le había rajado la espalda. Intentó palparse las heridas para valorar la profundidad de los arañazos y las sintió húmedas y calientes, en la fase previa al escozor.

            –¿Cuántos lobos tienen que morir esta noche, Alpha? –Llamó desde lo alto de la grúa.

            –Solo uno, Chupacabras.

            –Sacrificas a los tuyos como escoria, has destrozado la estructura de la manada, ¿dónde está vuestro orgullo, soldados?

            –¡Matadle! –ordenó Alpha señalando con sus zarpas albinas desde la base de la grúa.

            –Se ha acabado, Alpha Johnson, tu liderazgo ha llegado a su fin.

            –Tus órdenes no sirven de nada, mis hombres solo me obedecen a mí.

            –Me obedecerán –dice Samuel–. Yo te desafío, Alpha, lucha como un lobo.

El resto de licántropos se detuvo en seco, con las orejas en punta y los hocicos resollando el vaho del cansancio. Mann seguía en lo alto de la grúa, a unos once metros del suelo; como un grillo de la conciencia sobre el hombro de un gigante de hierro. En la base, dos lobos muertos y otros dos lamiéndose las heridas, y Alpha, con el pelaje albino e impoluto.

            –Ningún desafío puede quedar sin respuesta –dijo Maiyun saltando desde un travesaño de la torre al suelo. En su forma animal, un enorme ejemplar de pelo grisáceo con las extremidades enguantadas en negro.

Alpha le respondió con un gruñido.

            –Ningún desafío sin respuesta –repitió una voz anónima desde la grúa.

Varios lobos fueron secundando el mensaje al tiempo que descendían de la estructura metálica; los más jóvenes de un salto y los más viejos y pesados, en una elegante maniobra de dos tiempos. Respiraban con la seguridad del que sabía que amanecerían en sus envoltorios humanos, todavía respirando.

            –Sumisión, obediencia, docilidad… –Alpha ya conocía las reglas. Se quitó el cinturón y levantó los brazos para que uno de los suyos revisase que no llevaba ningún arma escondida. Moses, en su forma de lobo negro fue el encargado de cachearlo–. Ya sabéis los valores que representa el Sargento Primero Mann. Por tipos como él nuestros ancestros acabaron guardando la casa del hombre, cuidando de sus rebaños y tirando de sus trineos. Correas, arneses, golpes, castraciones, rabos mutilados y orejas cortadas. ¿Y todo a cambio de qué? De ser convertidos en un juguete, o de un plato de sobras fuera de la casa.

Samuel bajó con cuidado los peldaños verticales. Las heridas del tobillo, el antebrazo y la espalda se habían enfriado y comenzaban a revelar el verdadero alcance. Levantó los brazos y Moses chequeó su cuerpo con un cierto pudor de culpabilidad.

            –No te cortes en tocar, admira vuestra obra –le dijo en voz baja.

            –No nos quedó otra opción –respondió el lobo negro sin cruzar sus ojos con los de su Sargento.

            –Ya conocéis las reglas –Maiyun sabía que ninguno tenía la más mínima idea de en qué consistía un desafío. Su única experiencia al respecto se remontaba a sus años de cachorro en la reserva Cheyenne en la que se crió, en las faldas de las Colinas Negras de Dakota del Sur, cuando su padre fue retado por un joven lobo de piel moteada–. El combate solo terminará cuando uno de los dos muera o se rinda incondicionalmente ante su enemigo. El vencedor será el nuevo líder de la manada y en su mano estará el futuro de la misma. Por su parte, el perdedor, en caso de que sobreviva, deberá alejarse para siempre del territorio y perderá todo estatus o privilegio que tuviese.

Samuel miró hacia el cielo. Sentía la luz de la enorme luna endureciéndole la piel, recreándose en los cruces y depresiones que le dibujaban las quemaduras en la suerte de mapa que le envolvía el cuerpo.

Alpha fingía estar tranquilo. Buscaba con su único ojo verde las miradas cómplices de los que habían sido sus soldados, pero nadie le hacía caso, todos estaban pendientes del cuerpo mutilado del Chupacabras.

            –Está prohibido el uso de armas o cualquier objeto que no pudiese sostener un lobo cuadrúpedo –prosiguió Maiyun–. Violar esta norma supondría la intervención de la manada y recomiendo a los contendientes no quebrantarla.

            –Déjate de mierdas, piel roja –interrumpió Alpha–, solo quedan cinco horas hasta el amanecer.

Los dos contendientes se posicionaron dentro del círculo imaginario que habían trazado los demás miembros, uno a cada extremo. La silueta de Alpha se recortaba grande y fuerte, con las piernas y los hombros bien torneados. Frente a él jadeaba con dificultad un cuerpo que lucía escuálido ante la falta de pelaje. Movía la oreja derecha con los impulsos eléctricos con que lo hacían los otros cánidos cuando un insecto orbitaba a su alrededor. El único corro de pelo que le enmascaraba la parte derecha del rostro era de un pelaje parduzco salpicado de alguna cana hacia la zona del entrecejo.

Alpha fue el primero en atacar. Acometió un fuerte zarpazo lateral contra Samuel, seguido de otro con la garra contraria. Éste retrocedió hasta sentir el hálito de la manada en la nuca y bordeó el perímetro del círculo alejándose lo máximo posible de su enemigo. No había regocijo entre el público, ni jaleo, ni el más mínimo disfrute ante lo que anticipaban como la víspera del hundimiento de la manada.

El lobo blanco volvió a atacar, esta vez con un potente salto con las garras en alto y la boca bien abierta. Samuel no pudo escapar y los dos cayeron al suelo. Alpha le había clavado los dientes en el brazo, por encima del codo y Samuel había hecho lo mismo con su hombro. El ser bicefálico en que se habían fundido comenzó a dar fuertes sacudidas, como las de una anguila fuera del agua. Rodaban por el suelo, saboreando la sangre del otro sin aflojar ni un newton de presión, manteniendo un gruñido al unísono en forma de nota ligada entre compases, con apariencia de mantra. El círculo de lobos se iba desplazando hacia la dirección de la riña, adaptando formas amnióticas. Nadie podía tocarlos.

Alpha golpeó las costillas de Samuel. Pudo sentir cómo perdía la fuerza al mismo ritmo que los pulmones se le iban vaciando. En cuanto el lobo blanco sintió el más mínimo desbloqueo maxilar aprovechó para soltarse lanzando a su presa a un par de metros de distancia.

Alpha escupió. Llevaba el hocico teñido de sangre. También le escurrían por la espalda dos lágrimas rojas a causa de la presa que le había hincado Samuel.

            –Apestas –dijo el lobo blanco limpiándose las fauces con el dorso del antebrazo.

Samuel estaba de rodillas en el suelo. Se sujetaba con fuerza el brazo izquierdo, en una posición agarrotada, como si alguno de sus huesos hubiese cedido.

            –Ven a por mí. –Le enseñó las fauces.

Varios lobos lanzaron un quejido de desaprobación, casi misericorde, tratando de soportar el gesto de imparcialidad que un desafío como aquel requería. Maiyun les lanzó una mirada de desaprobación.

Alpha comenzó a ser consciente de la situación que estaba a punto de desencadenarse. Tenía que acabar con Samuel cuanto antes. Se acercó a él y lo derribó de una patada en el pecho antes de que pudiese levantarse. Samuel cayó de espaldas sin soltarse el brazo herido. En ese momento, Alpha se precipitó sobre él, clavándole las rodillas contra el pecho y comenzó a atizarle en la cara.

Los puños cerrados del lobo blanco subían y bajaban como dos martillos neumáticos, aplastando la cara del Chupacabras. La sangre salpicaba el pelaje albino de Alpha. Hizo una breve pausa para coger aire. El pecho le latía arriba y abajo hinchándose y deshinchándose. Necesitaba coger el resuello suficiente para rasgar la yugular de su oponente con las garras colocadas en una posición estática, imitando las púas de un rastrillo.

Alpha echó el brazo derecho hacia atrás para coger impulso. Bajo su peso, Samuel escupía espumarajos de sangre y fragmentos de su propia dentadura. Llevaba la lengua lacerada y un ojo poseído por una enorme inflamación.

De repente, el lobo blanco arqueó la ceja de su ojo sano en un ángulo extremo, como si alguna inflamación craneal espontanea forzase al desalojo de su globo ocular. Dejó de mover la lengua de esa forma casi obscena que acostumbran los perros cuando están excitados y se desdobló como una alfombra vieja hacia la comisura derecha.

Alpha cayó al suelo petrificado, envuelto en un ovillo apenas capaz de producir más signo vital que un aullido como el de un lobezno recién destetado que presencia la muerte de su madre. Tenía las garras en la entrepierna, tratando de cegar la herida por la que se le estaba escapando todo el riego sanguíneo.

Samuel no se movía. Seguía boca arriba, con la cara destrozada y el brazo derecho cruzado sobre el tórax en una posición forzada, afianzándose el izquierdo a la altura de la fractura. En la garra izquierda sujetaba la bolsa escrotal de su enemigo como un órgano todavía latente. De su interior, entre una masa rojiza de carne y piel sobresalían dos ligaduras en forma de uretra y conducto deferente.

Alrededor del lobo blanco comenzó a expandirse un charco de sangre. Seguía boca abajo, resoplando en forma de quejidos. Dio varios espasmos y tosió. Tenía el hocico contra su propio plasma sanguíneo que le tiznaba la cara y le arremolinaba el pelaje como a las hienas de los documentales, cuando se dan un festín. Volvió el lado del ojo sano hacia Samuel, pero se dio cuenta que no le miraba. No estaba muerto, parecía respirar. El brillo verdoso se fue apagando poco a poco, al tiempo que los mecanismos de parpadeo y enfoque se descordinaron en un tope mecánico.

Samuel ladeo la cabeza hacia el otro lado. Los lobos no le miraban a él, contemplaban la escena al completo. Maiyun se acercó y se arrodilló a su lado. Ladeaba la cabeza noventa grados para poder mirarle directamente a los ojos.

            –Ya se ha terminado, Sargento –le dijo.

El indio deslizó las garras correspondientes a los dedos índice y corazón sobre el charco de sangre de Alpha y se los llevó a la cara, dibujándose una uve de sangre en la frente.

 

Cuando despertó olía a lona y a humedad. A un palmo escaso de su cara se entrelazaban las fibras plásticas que le habían servido de cobijo en las últimas horas de la madrugada. El tejido era basto y a través de la amalgama de hilos verticales y horizontales se colaba la luz del sol y un humo de esos que no se olvidan nunca.

            –Está despierto –avisó el tipo gordo de barba cana y pañuelo anudado en la cabeza al resto de miembros.

Habían construido un hospital de campaña con palets, bloques de obra y una lona promocional que anunciaba una futura urbanización con campo de golf que nunca se llegó a levantar. Al otro lado de la lona se escuchaba el leve chirrido metálico que producía el quejido de la grúa abandonada por la acción del cierzo.

Maiyun fue el primero en acudir. Le seguían de cerca un par de Canis Lupus a los que hacía más de veinte años que no veía en su forma original, desde los tiempos de Tormenta del Desierto. Todos estaban más viejos, más calvos y con los cuerpos decorados con todo un rosario de tatuajes talegueros, pendientes y complementos de mal gusto.

Samuel balbuceó algo ininteligible. En ese momento reparó en la ausencia de varios dientes y una inflamación que le mantenía la cara tirante.

            –Descanse, sargento –le tranquilizó el indio. Era el único de los miembros de la manada por el que no parecían haber pasado los años.

            –¿Dónde está Alpha?–preguntó.

Moses, echó una mirada hacia afuera de la lona, donde el rescoldo de una hoguera todavía levantaba un humo blanquinoso.

            –No podemos permitirnos dejar ningún rastro –añadió Maiyun–. ¿Qué haremos? ¿A dónde iremos ahora?

Samuel le miró a los ojos y los encontró brillantes, como un lago de aguas nerviosas en mitad de la noche.

            –Hemos recuperado tu Shovel del ´78 –trató de animarle Coyote con su indiscutible deje mejicano.

Los Canis Lupus que aguardaban afuera le miraban cabizbajos, entre las solapas de cuero de sus chaquetas.

            –Maiyun –dijo Samuel–. Estás al mando de esto, yo me quedo aquí.

            –¡Sargento, eso es imposible! Retaste a Alpha y recuperaste tu liderato, no puedes dejar la manada así.

            –Serás un gran líder, has nacido para esto –Samuel alargó la mano y se la puso sobre el hombro.

Maiyun le estrechó la mano con la suya.

            La maldición solo funciona cuando el lobo está en manada –dijo Samuel–. He estado más de veinte años libre de mi forma animal. Deseo morir como un hombre, esta ya no es una tierra para lobos.

            –¿Qué podemos hacer por ti? –Preguntó el tipo de la barba.

            –Llevadme a casa.

 

Epílogo.

Un año después.

Space Oddity de David Bowie sonaba a través de la ventana abierta del bungalow. Samuel garabateaba palabras sobre un cuaderno con los últimos rayos de sol sobre el porche. Con el despido del encargado, el camping municipal se había convertido en una provincia lapona desde octubre hasta mayo. Sus pintorescos vecinos habían desaparecido en busca de fortuna hacia otras latitudes. No le costó acostumbrarse a esa soledad.

Pasaba largas tardes cubierto con una manta, escribiendo al calor de una emisora de radio fórmulas, al naufragio del vacío hertziano, ajeno a las noticias o cualquier tipo de actividad extramuros.

Cuando levantó la vista del papel encontró a una veintena de pasos de su casa una silueta huesuda enfundada en un traje de pana pasado de moda. El extraño levantó la mano en un saludo que parecía requerir de su atención. Samuel cerró el cuaderno y se cobijó entre el estampado a cuadros de la manta.

            –¿Es usted el sargento Mann? –le preguntó el hombre delgado. Tenía el pelo canoso y despejado y lucía unas gafas de montura metálica de la misma época de esplendor que el traje.

            –¿Le conozco de algo? –preguntó Samuel. Hacía meses que había enterrado el alias de Henry Ford.

El hombre se detuvo en una distancia que ambos consideraron prudencial.

            –¿Sargento primero Mann? –insistió– ¿Samuel Mann?

Samuel carraspeó. De repente sentía los músculos tensos y la herida del brazo le bombeaba como reciente.

            –¿Esa moto es suya?–preguntó señalando la Shovel del ´78 roja al tiempo que iba cubriendo a base de pasos cortos la distancia que les separaba.

            –Puedo hacerle una oferta si le interesa, pero me parece que no ha venido usted a comprar mi moto.

            –Me llamo Lorenzo Paz –dijo el extraño estrechando su huesuda mano–. Llevo más de un año detrás de usted.

Samuel le miró a la mano como quien examina el género de una pescadería, le miró a los ojos y los sintió temblorosos. No hizo mención de estrechársela. Lorenzo Paz recuperó su mano hacia el bolsillo interior de la chaqueta y sacó la placa de Policía Nacional.

            –Solo quiero vivir tranquilo –dijo Samuel.

            –No he venido a detenerle.

            –No tiene motivos para hacerlo.

            –Tiene razón, aparte de la masacre de un rebaño de ovejas y la venta ilegal de un arma, no tengo nada contra usted; pero creo que el ejército de su país lo anda buscando por un asunto muy desagradable relacionado con su deserción.

Samuel miró a izquierda y derecha e invitó a pasar a su visitante con un gesto de cabeza.

            –Necesito que me acompañe. –Rehusó Lorenzo Paz con un gesto de mano.

            –No voy a ir a ningún sitio.

Samuel miraba hacia el cielo. Apenas faltaban un par de horas para anochecer.

            –No se arrepentirá, sargento Mann.

            –No puedo.

            –Me lo debe, sargento.

El agente Paz le lanzó un objeto brillante que Samuel cogió al vuelo. Era un mechero estilo zippo. Lo sostuvo en la mano y esbozó una pequeña sonrisa al contemplar la cara y el dorso de aquel encendedor.

La agente Maestre esperaba en la puerta del camping, apoyada sobre el capó de su Renault Megane, fumando un cigarro con la cara del que acaba de perder una apuesta. Cuando vio acercarse a su compañero escoltando a Samuel Mann aventó el cigarrillo al suelo y lo apagó con la suela del pie. A pesar de que casi anochecía todavía llevaba puestas unas enormes gafas de sol que le conferían un aspecto a lo Michael Knight.

Condujeron durante algo más de una hora hacia el noreste a través de carreteras secundarias que atravesaban pequeñas poblaciones en una cadencia cada vez menor. Cruzaron varios carteles de delimitación comarcal y uno provincial siguiendo nombres de pueblos que ninguno de los dos había oído antes. Por el camino se les echó la noche encima. Samuel, que iba sentado en los asientos de atrás, lanzaba miradas puntuales hacia la luna, que resplandecía en su cénit.

Nadie dijo nada durante el camino. Samuel jugueteaba con el mechero que le había dado Lorenzo. Maestre no dejaba de escrutar el rostro deforme a través del espejo retrovisor.

            –Creo que es por aquí. –Señaló Maestre con el intermitente izquierdo.

El coche abandonó la comodidad del asfalto y se metió en un camino de grava con las típicas trazadas del tránsito de maquinaria agrícola. Los bajos del coche protestaban desalojando algún pedrusco de mitad del camino y las briznas de hierba decapitadas al paso de la moldura del cubre cárter. Los maizales, todavía jóvenes, se apelmazaban en muros de cañas a los que la oscuridad les confería un aspecto fantasmal, rematado por un penacho de hojas alargadas. Una acequia de hormigón servía de de frontera entre varias fincas y desde ahí, un camino que a baja velocidad se hacía interminable.

Maestre se crujía el cuello contra el reposacabezas; a ella se le estaba haciendo especialmente largo el viaje.

Tras un cuarto de hora en el camino apareció el brillo de un par de focos en lo que parecía la caseta del guarda de algún tipo de explotación agraria. Poco a poco, los faros del Megane dibujaron la silueta titánica de un cementerio de tractores y cosechadoras retiradas del servicio. Aparcaron frente a la casa, escorados a un lateral del camino. Varios perros salieron a recibirles con ladridos, pero huyeron a esconderse bajo las tripas de las máquinas oxidadas tan pronto como olisquearon la presencia de Samuel. Varias siluetas de distintos tamaños les miraban a través de las cortinas de la casa. Una mujer demasiado envejecida para su edad salió a recibirles.

            –He preparado café –dijo. Tenía acento extranjero.

La casa era una pequeña construcción de ladrillo de una sola altura calentada por una estufa de leña. Dentro había un hombre mayor con pinta de borracho que no hizo mención de levantarse de un sofá con pinta de incómodo y dos chicos; un niño y una niña. No había ningún tipo de decoración; aquel lugar era la definición gráfica de un lugar de paso.

            –Han venido a ver a vuestro hermano –tranquilizó a los niños. Estos asintieron con el gesto asustado.

La mujer los acompañó a la última de las tres habitaciones que se ramificaban del pasillo. Todo en esa casa de jornaleros rezumaba humildad; desde el lucido en cal de la pared, al suelo de hormigón o las puertas de chapa.

Dentro de la habitación había un pequeño ejemplar con hocico y largas orejas, cubierto por un pelaje grisáceo que se iba oscureciendo hasta dibujar un antifaz oscuro en la cara.

Samuel cayó de rodillas al suelo y se llevó las manos al cuello. La boca seca, la tensión en las mandíbulas… Todo comenzaba en el cuello.

 

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