HIJA DE PUTA
Por: Héctor Pallás Guío
Mi madre siempre decía
que el cierzo ni madruga, ni trasnocha, pero ya son las once menos cuarto y no
parece que tenga idea de parar. Las banderas del NH de Cesar Augusto indican
exageradas la dirección noroeste del viento. Las copas de los árboles de
Echegaray y Caballero ondean al unísono; como una marea que se abre, se
desangra y se vuelve a cerrar. Incluso las farolas y los semáforos se zarandean
en un quejido de baldosa, acero y hormigón. La calle está desierta. La parada
compartida por el 29 y el 36 parece ser el último reducto humano de la ciudad,
aletargados al refugio de la marquesina, con chaquetas demasiado ligeras para
esta época del año. Nadie habla; todos se ignoran con las caras iluminadas por
las pantallas de los móviles.
Estoy fuera de la
marquesina. He llegado tan pronto como me ha traído el tranvía, pero la parada está
llena. El semáforo se ha puesto en rojo para dar paso a los vehículos que
regresan a sus casas tras cumplir con el turno de tarde en la otra orilla del
Ebro. Las asas de las bolsas de la compra se me clavan en las manos y no puedo
meterlas en los bolsillos; tampoco puedo soltarlas sin que se desparrame todo
por el suelo. Demasiada compra para una sola persona.
Una niña me mira desde
el asiento trasero del coche de sus padres. Parece como si fuese capaz de entender
mi dolor desde el otro lado del cristal. Su padre tamborilea la redondez del
volante. Su madre mira hacia el vacío nocturno entre las orillas del río. El
semáforo se les hace largo y yo envidio la prisa que tienen por llegar a casa.
Hoy he vuelto al
trabajo después de los tres días de permiso. Tres días; ese es el duelo oficial
que estipula el Convenio de Limpieza de Edificios y Locales ante la pérdida de
un familiar de primer grado. Mi madre falleció este lunes y el mismo jueves me
he tenido que reincorporar. Es marzo y ya he gastado todos mis días de
vacaciones, los permisos, y cualquier opción de adelanto de la extra.
No he podido hacerme
cargo de los costes del entierro. La última voluntad de mi madre fue que la
enterrase en su pueblo natal, pero no la he podido cumplir. La de asuntos sociales
del hospital, me ayudó con el tema de la cremación gratuita por parte del ayuntamiento.
Dudo que la urna que hay en el salón no comparta en un porcentaje muy alto restos
de los dos mendigos muertos de frío que quemaron antes que ella.
Suena un murmullo y las
cabezas de la gente se estiran; ya llega el autobús. Las personas que estaban
sentadas en el banco de la marquesina se levantan y rozan sus chaquetas de
entretiempo contra las chaquetas de entretiempo del resto de usuarios,
reclamando una especie de jerarquía tribal establecida por un riguroso orden de
llegada. Uno a uno van subiendo todos al rimo del pitido de sus bonos de
transporte contra el sensor. Se hace un silencio protestado por varios
chasquidos de lengua de los que siguen fuera; una tarjeta no funciona. Es un
hombre mayor, pero todavía en edad de trabajar. La horda que espera para entrar
lo hace a un lado y sigue avanzando por el estrecho pasillo de bolsas y
piernas. Soy la última en entrar.
Las puertas se cierran
a mi espalda y el 29 se pone en marcha. La cabeza me va a explotar; dentro del
autobús, el silencio se magnifica como un zumbido molesto. El conductor lanza
miradas de reojo al señor al que no le funcionaba la tarjeta. Se rebusca entre
los bolsillos mientras un par de mujeres lo miran como un polizón que merece
que lo arrojen por la borda.
Me gusta caminar hasta
casa con el buen tiempo, no me importa hacerlo incluso con frío; pero no puedo
con el cierzo. En el puente de Santiago es donde pega con más fuerza. A pesar
de todo, recorrer ese tramo siempre ha sido un momento íntimo; lo ha sido desde
que era muy pequeña, cuando el Pilar todavía tenía las cuatro torres en alto.
Sigo disfrutando de esos tres minutos; no me gusta escuchar música ni
distraerme con otra cosa más que con mis pensamientos. Mi madre siempre quiso
que fuese a un buen colegio, había oído hablar de uno que había al otro lado
del río. Decía que no quería que acabase como ella; pero yo no la entendía, mi
madre era la mejor persona del mundo.
«Era», no me acostumbro
a hablar de ella en pasado.
El hombre saca una
retahíla de céntimos del monedero que va dejando sobre el cromado de la bandeja
del conductor. Los cuento mentalmente. El autobús se detiene en una de las
paradas del parque del Tío Jorge y el conductor recoge el dinero sin apenas
contarlo. Las puertas se abren por detrás de mí a pesar de que no sube nadie.
Se cuela un tentáculo de cierzo que me abraza por la espalda y se me agarra a
los riñones.
El hombre avanza hacia el
interior del autobús sin volverse a coger el ticket y paso a protagonizar las
miradas de esas mujeres. Parecen gemelas, pero se comportan como si no se
conociesen de nada. Agarro las dos bolsas con una sola mano y me saco la
cartera del bolsillo de atrás del pantalón. La deslizo por el lector y
complazco a esas brujas con el pitido de mi tarjeta.
Repto hacia la puerta
trasera. El autobús está lleno, pero nadie habla. La mayoría es gente
trabajadora de vuelta a casa. Todos tienen esa mirada de esperar la cena hecha
o pedir una pizza y tirarse al sofá a ver la tele. Tengo frío y estoy cansada, pero
no tengo ninguna prisa por volver. Por un momento desearía que el autobús
pasase de largo, saliese de la ciudad y condujese hasta gastar todo el
combustible; aunque eso solo supondría retrasar un día más lo inevitable.
El 29 dobla la esquina
de Valle de Broto y encara hacia Salvador Allende. La suspensión del vehículo
gruñe y el habitáculo se zarandea; estoy sujeta al asidero con el pulgar de la
mano izquierda. Varias personas hacen ese amago de levantarse para que el acompañante
de asiento o el que tienen a su lado se aparte. El señor que ha pagado con
céntimos toca el timbre de «parada solicitada». También es mi parada.
Junto a él hay otra
chica joven preparada para bajarse. La conozco, fue conmigo a clase. Fue una de
esas amigas fugaces a las que sus padres no dejaban venir a jugar a casa. Se
llamaba Marta; sus padres fueron más lejos que el resto: le tenían prohibido
tocarme. Otros hablaron con los profesores, hubo reuniones… Yo era muy pequeña,
pero a pesar de los esfuerzos de mi madre por evitarlo, lo recuerdo.
Hoy es último día de
mes. En poco más de una hora vencerán todas las facturas y el reloj volverá a
contar desde el menos doscientos. Tengo que solucionar el tema del alquiler y
lo tengo que solucionar esta misma noche.
El autobús se detiene;
Marta se cuela entre el señor de los céntimos y yo. Lleva las manos metidas en
los bolsillos y el cuello encogido entre las solapas de su chaqueta. Cruza el
semáforo en rojo de Salvador Allende hacia los bloques de enfrente de bomberos.
Al alcanzar su acera me lanza una mirada rápida. Todavía recuerdo su coletero
en forma de gusano y su estuche de la Bella y la Bestia de color azul. De
pequeña decía que quería ser veterinaria.
Siempre quise estudiar
medicina. Llegué a cursar primero, pero fue imposible compatibilizar los
estudios con el trabajo. A partir de entonces, todo fue cayendo en picado.
Cruzo campo a través el
césped y rodeo el parque de bomberos por la parte de atrás. Dicen que en todos
los barrios hay un loco, un tonto y una puta. El loco de mi barrio es un tipo
que recoge chatarra vestido de legionario. Sus juramentos resuenan desde el
fondo del contenedor; tiene medio cuerpo metido dentro y la bicicleta aparcada
en la acera con un remolque casero atado al sillín. Siempre me dio miedo, pero
nunca nos hizo nada a mi madre o a mí.
Vivo en el barrio de
Balsas, en el grupo Teniente Ortiz de Zárate, el hermano mayor y pobre del
Picarral. Aquí todas las casas son iguales: bloques de ladrillo a cuatro alturas
con ventanas pequeñas y apariencia de fortín. Al doblar la esquina siento cómo
el cierzo deja de empujarme por un momento. Es raro, como despertar de un sueño
de golpe o esa sensación de darse cuenta que en realidad estás hablando solo.
Llevo varios días preguntándome
qué es lo que le sucede al cuerpo cuando muere. He buscado las respuestas en
mis libros, pero no he encontrado nada. Dudo que incluso en el temario de los
cursos siguientes aparezca una respuesta. Mi madre se fue en paz y sin dolor,
sedada hasta un estado de semi inconsciencia. Punto y final. Es el hoy y el
ahora lo que me preocupa; sentir esos ojos verdes mirándome desde arriba,
poniéndome a prueba.
Llevo las llaves
preparadas en la mano, dejando sobresalir la llave del portal entre los
nudillos del dedo corazón y anular, como un estilete. Es una costumbre que me
inculcó mi madre desde que tuve edad para volver sola a casa.
Las luces brillan a
través de las ventanas del bloque de enfrente. A través de la luz que dejan
pasar, es posible reconocer los pisos que han sido reformados de los que
todavía tienen las persianas enrollables de listones de madera. Una silueta se
dibuja completa en todo el marco de su ventana en el tercer piso. Es mi casero.
Un yugo y unas flechas
presiden el portal del bloque. La cerradura está recién cambiada, pero la
puerta sigue rozando contra el suelo. El mes pasado fue la última vez que lo
vi, cuando vino a traernos la nueva copia de la llave. Mi madre ya estaba en
las últimas, y aun así quiso cobrarse su parte. Discutimos. No lo he vuelto a
ver desde aquel día.
La pared del portal
luce el mismo ladrillo que el de la fachada. En el buzón no hay más que
propaganda. Nunca nos dejó poner nuestros nombres, para que nadie supiese que arrendaba
bajo mano el piso de sus padres; somos
el tercero izquierda. Soy la del
tercero izquierda.
Guardo la compra y me
desplomo en el sofá. Sobre la mesa ha quedado un bote de champú y un cúter
nuevo. No tengo ganas de ir hasta el baño para dejar el champú y no sé qué
hacer con el cúter. Lo saco de su embalaje y jugueteo con él. La cuchilla es delgada
y está fraccionada en distintas porciones. Se desenfunda y se retrae en un
traqueteo casi hipnótico. Acaricio el lomo de la hoja y al hacerlo arrastro una
capa fina y aceitosa que se me queda entre los dedos. No es la solución más
rápida, ni la más indolora, pero es, al fin y al cabo, una solución.
El cuarto de mi madre
está cerrado, lleno de cajas y bolsas con sus pertenencias. La casa ya no huele
a una persona enferma, solo al polvo de los armarios y a ropa vieja. Llevo
veinte años metida en este agujero; veinte años sin tocar un cuadro, sin mover
un mueble o pintar una pared. Todo está tal y como lo abandonaron los antiguos inquilinos,
cuando cambiaron su piso de protección oficial por una residencia primero y por
un hueco en las estanterías de Torrero años más tarde. Mi madre nunca me lo ha
contado, pero fueron los padres del casero los que dejaron preparado el arreglo.
Veinte años con
goteras, sin calefacción y con la misma mancha de humedad en el techo. Una
infancia en el cuarto de un matrimonio anciano, bajo la mirada de una virgen
amarilleada por los años y una campana extractora que jamás funcionó.
Un cerrojo, eso es lo
único que se permitió colocar mi madre; un cerrojo para guardar mi puerta desde
dentro.
Me duele mucho la
cabeza; el cierzo me da jaqueca, el llanto, el frío, las acumulaciones de gente
y este olor me ponen dolor de cabeza. Cefalea tensional. En el armario de la
cocina donde guardamos las medicinas todavía están sus medicamentos. Detrás de
una muralla de prospectos, cajetillas y bolsas de farmacia están las aspirinas.
Mi madre murió consumiendo veintiuna pastillas diarias.
Suena el timbre. Eso sí
que se dio prisa en arreglarlo la vez que se rompió. Siempre llama en dos
veces; una corta seguida de otra más larga que se mete por el conducto auditivo
como un taladro. Tiene la costumbre de subir hasta el rellano con su propia
llave y tocar el timbre.
Me acerco con cuidado
hacia la puerta y le observo distorsionado a través de la lente cóncava de la
mirilla. Sus ojos saltones y estrábicos cuelgan deficientes de dos grandes
bolsas moradas, casi mortecinas. Tiene el pelo revuelto y grasiento y la nariz
cubierta por un centenar de venillas rojas. Puedo sentir por igual el olor de
sus axilas mezclado con su loción de afeitado desde el otro lado de la puerta.
–Abre.
–Golpea con los nudillos a la altura de la mirilla. El ruido es fuerte y me
hace retroceder un par de pasos. Su tono es autoritario.
–¿Qué
es lo que quieres?
–Que
abras la puta puerta –sube el tono. Sabe que no le escucha nadie. El piso de
enfrente lleva varios años vacío al carecer de las condiciones mínimas de
habitabilidad.
Respiro
hondo, pero el aire que cojo es incapaz de llenarme los pulmones. Siento su peste,
como a agua estancada, contaminando el oxígeno que nos separa y restando la
densidad necesaria para hacerlo respirable. Tengo el pulso acelerado; no estoy
preparada.
–Abre la puerta o llamo a la policía.
Cuento hasta tres. Él
también está contando en voz alta. Lleva el móvil en la mano.
–Uno… Dos…
Giro la llave y quito
la cadena. Él termina de abrir la puerta de un empujón y me aparta a un lado.
Cruza el pasillo y camina hasta el cuarto de estar. Al pasar a mi lado roza
todo su cuerpo contra mi pierna. Apenas cabe en los pantalones de chándal que
lleva. Es de esos gordos a los que se les han arqueado las piernas y camina con
un balanceo casi circense.
–A ver qué va a ser eso de que no me abras la puerta de
mi propia casa –protesta tratando de cubrir los seis pasos que separan la
entrada del sofá–. Te juro que la próxima vez llamo a la policía. ¡Te lo juro
por Dios!
Cierro la puerta y
camino hacia el salón siguiendo su estela. Cada último de mes se repetía la
misma rutina desde que tengo uso de razón. Él llegaba, se dejaba caer sobre el
sofá, mi madre le sacaba una cerveza y arreglaban el pago del mes.
–¿Sabes a qué día estamos hoy?
–pregunta. No me mira a la cara, no podría hacerlo aunque quisiera; con el ojo
bueno me apunta a las tetas.
–Jueves treinta y uno–le respondo.
–Uno de abril dentro de veinte minutos según mi reloj. A
ver si te enteras, chavala. –Al hablar remata las eses con el siseo típico de
los que no se terminan de acostumbrar a la dicción de ciertas consonantes
pasadas por la dentadura postiza.
–Mañana te daré el dinero.
–¿Qué dinero? –Bracea. La chaquetilla del chándal le
queda corta y el elástico de la manga se le queda atascado en algún punto del
antebrazo. –Tu madre y yo teníamos un contrato no escrito. Y tú ya sabes de qué
iba…
–…
Las mejillas se le
ponen rojas. No encuentra la posición en el sofá, ni sabe qué hacer con los
pies o las manos.
–Después
de todo lo que he hecho por vosotras… ¿Tú sabes lo que podría pedir por este
piso? –Evita mirarme a los ojos. Señala los muebles del salón con aspavientos,
como si el Rey Midas le estuviese enseñando su palacio a la Reina de Saba.
–¡Seiscientos euros! ¿Tienes los seiscientos del último mes? ¿Y los seiscientos
del que viene?
–¿Qué
es lo que quieres?
–No,
dime qué es lo que quieres tú, ¿quieres que llame a la policía para decirle que
tengo metida a una ocupa en la casa de mis padres?
–No
te estoy preguntando eso –le respondo– ¿qué es lo que quieres: follarme, que te
la chupe, follarme por el culo?
Su gesto se relaja.
Siento cómo se le hace la boca agua y traga saliva. Me mira como miraba a mi
madre cuando los dos eran más jóvenes, cuando todavía pensaba que podría llegar
a tener algo con ella, cuando me compraba juguetes y me pedía que le llamase
papá. Le decía que quería retirarla del oficio, que quería ser el único hombre
que se la follase. Decía que ya tenía una casa, que no necesitaba trabajar más.
Era un enfermo que sentía celos de los clientes de una prostituta.
–Yo… yo quiero
hacerlo todo –responde. Le tiemblan las manos, no acierta a desabrocharse la
cremallera de la chaquetilla del chándal. Ya llevaba meses fantaseando con esta
idea; sobre todo desde que la enfermedad de mi madre empeoró.
Me arrodillo en el
suelo. Las baldosas no están bien alineadas y una junta un poco levantada se me
clava en la piel. Él se pone de pie apoyando todo su peso contra el brazo del
sofá y comienza a acariciarme el pelo. Tengo que hacer un esfuerzo para
contener las náuseas.
Se baja los pantalones
y los calzoncillos hasta las rodillas. La tripa le cae por encima de donde
debería tener la polla. Se la busca con la mano derecha mientras no deja de acariciarme
el pelo, cada vez más brusco, cada vez más lascivo. Alejo el cuello hacia atrás
para mirarle a la cara; en realidad estoy tratando de no vomitarme encima; el
olor que desprende su entrepierna y los pliegues de la piel colindantes es lo
más parecido al fondo húmedo de un contenedor de basura.
–Cómeme los huevos, puta –me dice humedeciéndose los
labios. Trata de hundirme la cabeza en la masa magra de su entrepierna.
En ese momento suena un
traqueteo mecánico seguido de un chasquido como de goma rota y un grito de
dolor demasiado agudo para el volumen del emisor. El tendón de Aquiles o tendón
calcáneo es el más grueso y duro del cuerpo. Es el encargado de unir los
músculos de la pantorrilla al hueso del talón, responsable de la movilidad del
pie y del equilibrio del individuo.
El casero cae de
espaldas contra el brazo del sofá y la mesita. La lámpara con la base de
cerámica de Muel cae al suelo y se parte en tres trozos bien diferenciados. Se
lleva las manos al tajo horizontal que le he hecho en la parte posterior del
tobillo, a la altura de la goma del calcetín. Intenta darme una patada, pero en
ese momento se da cuenta de que ha perdido el control motriz de su pie, flácido
como una bolsa de plástico colgada del pomo de una puerta.
Le lanzo varias
cuchilladas con el cúter hacia la cara; cortes limpios en diagonal. Trata de
pararlas con las manos y siento el filo atascándose contra los huesos de sus
manos y los antebrazos. La adrenalina ha abandonado el glande de su micro pene
para actuar como fulminante de su instinto de supervivencia.
Grita, pero por su boca
solo salen espumarajos y sílabas inconexas. La sangre de los cortes que se ha
hecho en las muñecas le salpica a la cara. Sigo lanzándole cuchilladas cuando
caigo en la cuenta que la hoja se ha partido y la tiene clavada en el cuello.
Un chorro de sangre le cae por el pecho hasta la tripa y se cuela entre las
almohadas y las costuras del sofá. Cada vez bracea con menos fuerza hasta que su
cuerpo se relaja y las manos se le caen derrotadas.
Me siento en el suelo,
observando su cuerpo sin vida tendido sobre el sofá. Un hilillo de sangre se
precipita desde el tresillo gota a gota hasta el suelo. Forma un charco que se
canaliza en la junta de las baldosas y fluye hacia mí. Tiene los ojos abiertos
y el gesto tranquilo.
Mi madre murió mientras
dormía. No tuvimos tiempo de despedirnos. Llevo tres días dándole vueltas a que
esta hubiese sido su última voluntad.

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