EN TRANCE

EN TRANCE

05/03/2020

Por: Héctor Pallás





41º37´54,04”N - 0º52´22,12”W

Amanece, pero las nubes que han descargado durante la noche son demasiado densas como para que el sol pueda atravesarlas. Vamos con el Golf GTI del ´98 de Richi por una parte de la ciudad en la que nunca antes se nos había perdido nada. Un barrio desconocido, de calles estrechas y aceras pequeñas; de esas a las que parece que las ha desbordado la última capa de brea. Las casas, los locales e incluso la iglesia no respetan ningún tipo de congruencia arquitectónica entre sí. Los muros están llenos de pintadas y de carteles de «se vende», o «se traspasa». Los árboles callan y se retuercen buscando la luz, inclinados hacia el centro de la calle. La pintura de los pasos de cebra es una costra blanca y todo está cubierto por una fina capa de humedad.

            –¿Vamos bien? –pregunta Richi. O eso me parece escucharle. Después de tantos años en la brecha y tantas juergas juntos, hemos llegado a desarrollar un sistema de comunicación no verbal, casi telepático. Conduce a una mano, con ese estilo que tienen los bajitos, hundido en el asiento, mirando por encima del volante.

De cualquier manera, yo le respondo:

            –Esto dice que sigamos recto.

La música Trance suena potente en el interior del habitáculo del coche. Siento cómo el cristal devuelve las ondas sub graves contra mi pecho. El sonido del bafle que ocupa la totalidad del maletero corre por las vigas del chasis y se transmite a nuestros cuerpos como una vibración eléctrica. Los dos cabeceamos al ritmo de la música; la misma música de siempre.

Es nuestra tercera vez con este grupo de Telegram. Es la misma historia de siempre: un colega de alguien tiene un compañero de curro que le ha hablado de un grupo de tipos como nosotros. Tipos que nos tomamos demasiado en serio una movida de la que solo vivimos el estertor final; demasiado jóvenes para lo que murió, demasiado viejos para lo que se nos venía encima.

Todo el mundo sabe el cuándo y el cómo, pero nadie sabe el dónde; ahí está la gracia. El mensaje de Delirium SCA llega a las cinco y media de la mañana, justo cuando suena la última canción en locales de moda como el Baja California. No se sabe quién es, ni nadie trata de averiguarlo; nos limitamos a disfrutar lo que construye para nosotros. El texto es corto y conciso: una hilera de números, símbolos y letras en forma de paralelos y meridianos. Ese mensaje no se responde, ni se reenvía, ni mucho menos se cuestiona. Solo se acude.

El grupo no tiene nombre. Su identidad se autodestruye cada domingo por la noche y se vuelve a regenerar con los datos que ha recopilado en función de la asistencia el domingo siguiente. No es una rave al uso, ni el parking de una discoteca, ni mucho menos una discoteca per se; es un movimiento espontaneo, al margen del negocio y las marcas y eso es justo lo que lo hace especial. El sentimiento de robarle horas al día para dárselas a la noche más allá de las normativas municipales, en un claro homenaje a los horarios y costumbres de la Ruta Destroy.

            –¿Estás seguro que es por aquí?

El caravista y el aluminio se encuentran de frente con su propio pasado. Tapias grafiteadas y huertas junto al tramo soterrado de lo que algún día fue una acequia. Casas bajas y torres de campo engullidas por el crecimiento de la ciudad; postes de luz de madera, cables de alta tensión, señales de prohibido el paso y alambradas. Lo provisional como monumento a lo definitivo frente al abandono.

La acera desaparece de forma brusca, desahuciada por una tapia de ladrillo y pilastra de hormigón a la que se le han envejecido las pintadas. Al otro lado del muro se levantan altas las copas de los cipreses de una especie de finca privada. Enfrente aguanta el tipo una hilera ventanas tapiadas, rejas y fachadas humildes que se sujetan apiladas unas contra las otras.

            –Treinta metros –le digo a Richi. Pero no hace falta informarle; más allá de los vatios del Golf suena una música traída por una fuerza superior.

Los dos nos miramos y sonreímos. Suena un remix lo suficientemente impersonal como para reconocer los primeros compases de la mítica sesión aniversario de Spook Factory del ´96. La callejuela desemboca en una explanada con una docena de coches aparcados; reconozco varios de ellos, con las mismas pegatinas de discotecas de la carretera del Saler que llevamos nosotros. Coches tuneados, alerones, faldones, equipos de sonido y tubos de escape; la sala de los horrores pre-ITV.

Aparcamos bajo la sombra de un sauce al que le sobresalen las ramas del otro lado de la tapia y nos bajamos del coche.

                        –Espera –le digo a Richi mientras me saco del bolsillo de atrás del pantalón una bolsita de cierre zip con dos pastillas redondas de color naranja.

            –¿Qué es eso? –Me pregunta con una media sonrisa de respuesta.

            –Pensaba esperar a tu cumpleaños, pero me he dicho: «qué cojones»

            –¿Son auténticas?

            –Dos KTM –ketamina y metanfetamina– gran reserva de 2.003.

Richi me quita la bolsa de las manos y las observa a través del plástico. La calidad del cierre las ha mantenido inalteradas desde aquella novena edición del Groove Parade en tierras monegrinas del que solo nos llegó una camiseta de recuerdo y mil anécdotas de mi hermano mayor y sus colegas. El tipo que me las vendió las había encontrado en el bolsillo de una riñonera que daba por perdida.

Richi me mira y yo asiento. Abre la bolsa, vacía el contenido con cuidado sobre la palma de su mano, como si estuviese manipulando el último ejemplar de una especie de insecto en peligro de extinción y me da una. Quita el tapón de la botella de agua que lleva en el portavasos del coche, se mete la pastilla en la boca y echa un trago para ayudarse a tragarla.

Después, me pasa la botella y yo hago lo mismo.

–Gracias, tío. –Me abraza y me da un par de palmadas que resuenan a edredón sobre la superficie de mi abrigo.

Salimos del coche y caminamos hacia una puerta de hierro abierta en la tapia de ladrillo. Mientras tanto no dejan de llegar coches llenos de raveros con la música a todo volumen. El vacío entre las membranas de los altavoces y nuestros oídos se llena de una cacofonía binaural de graves a distintos tempos. Miro el móvil: las seis y media; el grupo de Telegram ha desaparecido hasta su reencarnación siete días después.

Al otro lado de la puerta se levanta un complejo deportivo esculpido de intemperie, al barbecho de un pasado post apocalíptico de especulación y pelotazo inmobiliario que hubiese dinamizado San José alto. A la sombra del cartel de la extinta SD Arenas cuelgan los mismos altavoces que en las últimas concentraciones convocadas por Delirium SCA. El DJ es un tipo distinto al de la última vez; nunca es el mismo. El suelo está resquebrajado e invadido por las plantas silvestres que han crecido a su libre albedrío, más allá de las palmeras descuidadas y el resto de árboles que en un acto de rebeldía han expandido sus raíces más allá de los alcorques a los que fueron destinados.

La gente baila en el fondo de una piscina vacía de proporciones olímpicas. Bajamos a la pista a través de las escaleras. Todavía conserva la mayoría de los azulejos y una balsa natural de color café en el extremo norte, donde se ha acumulado el agua de las últimas lluvias. Las paredes de la piscina tampoco se han librado de los grafitis.

La mayoría son hombres, más cerca de la treintena que de la veintena. Son grupos de no más de cuatro individuos. Bailan con movimientos cortos e imprecisos, pero al mismo ritmo, como los cipreses inanimados movidos por la brisa mañanera, levantando el petricor, extasiados por el trance de la música y el efecto de la química metabolizándose en forma de impulsos eléctricos en sus cerebros. Un grupo sale de una de las casetas del socorrista. No ríen, ni disimulan; en este tipo de reuniones, el acto clandestino de consumir estupefacientes está exento de pudor. Otros se mueven con una lata de cerveza en la mano fuera de la piscina. Todos más pálidos que la gente normal, todos con el amanecer reflejado en gafas de sol.

Richi está bailando. Normalmente se limita a seguir el ritmo con el cuello desde la barra u otro punto de apoyo, pero esta vez parece movido por una fuerza que tira de él desde los pies hasta las manos. Suena un corte de la sesión de las Fallas del ´94 en N.O.D. Heaven, Spook, Chocolate, Espiral, Puzzle, Barraca, Face, A.C.T.V… Hemos crecido al calor de las historias y las cintas piratas de estos templos valencianos dedicados a la música electrónica.

Me mira y sonríe; en ese momento me doy cuenta que yo también estoy bailando. Siento mi cuerpo ligero, flotando un palmo por encima del fondo de la piscina. Las líneas azul oscuro que demarcan las calles de los nadadores comienzan a contonearse y a desalinearse entre ellas. Algunas se tensan y destensan como cuerdas; otras responden a las sacudidas del sonido y reptan como serpientes de azulejo y abandono por el lecho azul celeste.

Richi pierde el equilibrio y cae al suelo de espaldas. Las líneas del sueño avanzan hacia el extremo contrario siguiendo la onda expansiva de su caída. No sé si ha tropezado con alguien o si se ha caído solo. Intento acercarme para ayudarle a levantarse, pero no puedo moverme; mis pies flotan en el aire y soy incapaz de avanzar. Mi cuerpo no deja de elevarse. Quiero bajar pero no sé cómo hacerlo. Me tiro al suelo con las manos por delante, pero no consigo amortiguar la caída y me golpeo la cara contra los azulejos.

Alguien ayuda a Richi a levantarse. Otro tipo me tiende la mano para que se la coja, pero me quedo mirándola sorprendido al descubrir dos dedos meñiques y un segundo pulgar. Caigo en la cuenta de que no solo tiene siete dedos, sino que además es de color verde; más azulado por el dorso que en la palma.

Me agarro a su mano y la siento fría y reptiliana al tacto; tal y como la imaginaba. Me ayuda a levantarme de un tirón y me deja de pie, pero los dos nos tambaleamos. No deja de mirarme justo encima de la ceja derecha. Me vuelvo para mirarme a mí mismo, pero no me encuentro; solo veo un cielo raro, con nubes naranjas asomando detrás de una hilera de cipreses y palmeras de copas violáceas en distintos matices. El suelo de la piscina también es naranja y el caravista de los edificios que asoman hacia Zaragoza la Vieja vira a verde. Por un momento pierdo la consciencia y la música suena como si procediera del fondo del mar. Un cosquilleo extraño me sube por los tobillos, las rodillas, los huevos y el ombligo hasta el cuello. Cuando me quiero dar cuenta el nivel del agua ha rebosado la piscina y todos flotamos.

No sé cómo hemos llegado hasta el coche. Richi respira con dificultad agarrado al volante. Está despeinado, tiene la piel cianótica y los labios ligeramente morados. Mi mira desde detrás de unas ojeras de gran tamaño, con los ojos llenos de venas a punto de explotar, como si se hubiesen desarrollado más allá del espacio destinado a sus cuencas. Todo está en silencio; es domingo, empieza a anochecer y la fiesta parece haber terminado hace horas. No queda ningún otro coche en el parking y nos quedan menos de siete horas para recuperar el sueño de los últimos dos días. Soy incapaz de captar ningún olor. Me siento demasiado cansado como para replantear lo que estoy haciendo con mi vida.

Le miro, como le he mirado tantas otras veces, poniendo a prueba nuestra capacidad de leernos las mentes. Siento la boca seca y un fuerte dolor en la frente y las mandíbulas. Todo se empieza a enfriar poco a poco. El cierzo silba entre las ramas de los árboles que vigilan el parking. El último poso de la KTM se manifiesta en mi cuerpo en forma de una taquicardia que me araña los pulmones desde dentro, en pequeñas descargas eléctricas. La sangre fluye más deprisa; los andrógenos, la serotonina y la testosterona funcionan como sustancias aceleradoras en mis venas. La química ha traspasado la última frontera de la desinhibición. Sé que él siente lo mismo.

 

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