BAJA CALIFORNIA
29/12/2019
Por: Héctor Pallás
En ocasiones, pocas, la
ciudad es capaz de invocar su pasado en el gesto más simple. Atardece. Más allá
de Tuzsa, el puente del cuarto cinturón y los depósitos de la Zaragozana, la
Tierra completa una vuelta teñida de naranja y ocre sobre sí misma. El aire
sopla cambiado, de bochorno, y trae consigo una mezcla de día de lluvia y fruta
verde que se corre en la boca. Sobre la panza de las nubes se reflejan los
últimos rayos de sol y en su condensación cálida huele a barro y ribera. Marta
se incorpora sobre sus talones y se recoloca la minúscula braga. El matojo de
cañas que la rodea está lleno de condones usados, latas descoloridas y botellas
vacías y montones de clínex viejos que se agarran a las hierbas como plantas de
algodón.
–Date prisa, tía
–protesta Silvia, la camarera nueva.
Marta se recoloca el
vestido. Es curioso lo práctica que puede resultar cierta indumentaria cuando
no queda otro remedio que salir a mear al descampado.
–Mierda, ya me he manchado. –Se sacude el polvo de los
zapatos a la pata coja, como una grulla de asfalto.
–Trae, que te lo guardo –protesta su amiga quitándole el
bolso del hombro.
–Estoy hasta el coño.
Al otro lado de Cesáreo
Alierta, justo en frente del descampado, brilla el neón de la Baja California;
el local de moda de la ciudad. Silvia y Marta apuran un cigarrillo a medias
esperando cruzar entre el tráfico. No hay pasos de cebra, ni semáforos cerca,
solo una rotonda donde el nombre de la calle adopta el apellido de una
carretera nacional.
Un grupo de jóvenes
reduce la velocidad al pasar a su lado. Conducen un Renault Megane maqueado con
las ventanillas bajadas. Suena esa mierda de música latina; la misma que pincha
el DJ del local todas las noches, desde las ocho de la tarde hasta las seis de
la mañana. Los cuatro ocupantes del vehículo parecen clones en algún tipo de
misión suicida: mismo peinado, misma ropa, mismo grado de retraso mental.
–Mira, mira, co
–dice uno de los que van sentados en los asientos traseros.
–¿Os venís con nosotros, guapas? –invita el copiloto, el
más ingenioso de los cuatro.
–Anda y que os follen. –Marta les enseña la uña
perfectamente pintada de su dedo corazón.
–¡Que os jodan, putas! –El coche se aleja con un acelerón
de ceños fruncidos que petardea en el tubo de escape antes de perderse hacia el
final de la calle.
Silvia le devuelve el
bolso.
–Joder, que borde estás.
–Estoy harta de tanto niñato y tanta polla –responde
Marta.
Las dos muchachas
alcanzan la acera contraria tras cruzar tres carriles, una mediana, otros tres
carriles y esquivar un autobús que vuelve a cocheras. Marta siente sobre sí la
mirada del conductor, como la del taxista que espera en la puerta con los
cuatro intermitentes encendidos, los seguratas o la hilera interminable de
jóvenes que esperan su turno para acceder al local. No le dice nada a Silvia;
pensaría que se ha vuelto loca.
Regresan a la discoteca
por una puerta que hay en un lateral del edificio; más pequeña que la salida de
emergencia, pero no tan discreta como el acceso para celebrities y artistas. A diferencia de la fachada principal, con
sus neones y la entrada de terciopelo rojo al estilo de las premieres de cine, la pared lateral –la
otra linda con una fábrica de colchones–, está empapelada de carteles de fiestas
y eventos que a su vez tapan otros anuncios desfasados que hacen lo propio con
sus antecesores, más o menos, desde que el Baja California se inauguró en 2.008.
–¿Dónde coño estabais? –protesta la encargada de la sala.
Es una palurda de tetas operadas a la que colocó en el puesto la hija del dueño.
Copia el estilo de las gerentes de sala que aparecen en Sexo en Nueva York:
traje y chaqueta negro, tacones, gafas de pasta, el pelo recogido hacia atrás y
el micro de diadema… A pesar de todo, sigue pareciendo la chica que canta los
números en el bingo del barrio.
Silvia calla y como de
costumbre, Marta responde:
–Si funcionase el baño de los empleados no tendríamos que
salir fuera a mear.
Alguien llama a la
encargada a través del pinganillo que lleva en la oreja. Mira hacia arriba con
la mirada hueca, como si su interlocutor se hubiese ahorcado de la lámpara del
techo. Cuando se quiere dar cuenta, las dos camareras se han esfumado.
La pista de abajo está
llena. La pared del fondo imita a una misión española en el Méjico colonial. A
través de la puerta se llega al piso superior, donde están los reservados y la
zona VIP. El lado derecho de la sala es un roquedal costero en el que resalta
la silueta de un tiburón gigante y un león marino. Hay una zona de sofás
cubiertos por palmeras y sombrillas de las que cuelgan luces de colores. En el
centro se erigen las plataformas de las gogó, en forma de cactus luminosos. La
pared contraria es donde está la barra, los baños y el guardarropa. Recuerda a
una calle típica de San Francisco o de cualquier ciudad de la costa oeste. Las
puertas de los edificios son los accesos a los baños.
La pared principal es
la del escenario. La cabina del DJ está situada dentro de una Catrina mexicana gigante
que emite luces de colores. A través de las oquedades de las cuencas y la nariz
se ve al pinchadiscos obnubilado dentro de sus cascos.
Marta trabaja en los
mismos dos metros de barra que Silvia. Sirven cubatas de garrafón a quince
euros, cervezas a siete y aguas a cinco. Como ellas, casi idénticas, hay otras
catorce camareras.
–Un JB cola y un Seagram´s con limón –pide a gritos un
tío de unos treinta años, con la barba bien repasada, el corte de pelo de moda
y camisa a cuadros de marca. Mientras espera, mira de reojo hacia uno de los
sillones, donde su chica se retuerce en una pose que roza el manierismo
tratando de hacerse un selfie digno
de su cuenta de Instagram.
–¿Con limón me has dicho? –repite Marta. Este verano
cumple el octavo año en la plantilla y aunque se niega a reconocerlo, ha
perdido parte de su capacidad auditiva.
–JB cola y Seagram´s limón –repite el muchacho con la
amabilidad impostada del que cree que la camarera trata de ligar con él.
Marta se mueve con
habilidad por la barra. Coloca los vasos de plástico sobre el mostrador y los
llena con cuatro enormes cubitos de hielo. Encesta una rodaja de limón en cada
uno. Se gira para coger las botellas de licor, blande una en cada mano, las voltea
y vierte exactamente cinco centilitros en cada vaso. Las devuelve a su
ubicación y los rellena con una manguera de la que sale un líquido parecido a
la Coca cola.
–Perdona,
te había dicho que el Seagram´s era con limón –le dice el chico.
–Mierda…
–¿Qué pasa? –le dice Silvia.
–Nada.
Marta esconde el cubata
en la balda inferior de la barra, donde guardan los vasos vacíos, las pinzas
para el hielo y las bayetas. Sirve un nuevo Seagram´s, esta vez con limón y
cobra treinta euros al muchacho, que vuelve junto a su chica.
Marta siente un dedo insolente
en su espalda.
–Subid arriba, las dos –la encargada se dirige también a
Silvia.
En la planta superior
es donde se cuece el meollo nocturno de la ciudad. Cuando José Joaquín “JJ” Aladrén regresó de
sus negocios en Méjico, tuvo muy claro que quien controlase la noche Zaragozana
controlaría también el día. Para ello construyó un espacio como nunca antes se
había visto; una discoteca que consiguió que al lado del Baja California, el
Plata o la Oasis pareciesen bares de cortado y guiñote.
Los tacones les impiden
subir los escalones al ritmo de la encargada. Tras ellas, cierra el cortejo un
segurata extranjero que nunca dice nada.
En el rellano del
segundo piso hay otro segurata, otro montón de músculos con ojos que se
intercambia un gesto de cabeza con su compañero. En realidad, ninguno de los
dos parece capaz de comunicarse utilizando el lenguaje verbal.
Un pasillo recorre el
perímetro de la sala. A un lado se despliega una hilera de puertas numeradas de
acceso a reservados y salas. La encargada camina enfilada hacia el despacho de
JJ.
–Si es por lo de antes ya te hemos dicho que teníamos que
mear… –solloza Silvia. Lleva menos de un mes en el local y todavía no sabe cómo
funciona esto.
Es una de tantas crías
que crecieron al calor de la vida y milagros que sus hermanas mayores le
contaron de esta discoteca.
–Esperad aquí –les dice la encargada con el habitual
ademán de superioridad con el que se dirige a las camareras.
Llama a la puerta y
espera a que le abran. Un tercer segurata se asoma a la puerta. Tiene la nariz
chata de los boxeadores malos y le falta un diente.
–Adelante –dice. Al menos este sabe hablar, por eso es el
guardaespaldas personal de JJ.
La encargada les invita
a pasar con un gesto de cabeza.
El mal llamado despacho
es una segunda pista de baile. Está insonorizada del resto del local y a menudo
se hacen actuaciones musicales en directo. Todos escuchan atentos a una cantautora
experimental que emite una serie de gemidos y vocablos inconexos mientras un
tío con pinta de profesor de matemáticas pincha una base de chill out sobre un estándar de jazz en
una mezcla de cacofonía clasista.
Entre los asistentes,
Marta reconoce a los asiduos: hijos de empresarios, jugadores del Zaragoza, influencers, e incluso un grupo muy raro
de japoneses que visten chaquetas de cuero y acuden al local en moto. Ninguno
de ellos está ahí por casualidad.
JJ chasquea los dedos
para llamar a su encargada. Es un hombre pequeño, con sobrepeso y una
prominente coronilla que casi le empalma con la frente. A diferencia del resto
de sus invitados, viste informal, con camisa de manga corta, vaqueros y unos
mocasines de bebé de foca como única extravagancia. Le brilla la cara; siempre está
sudando. Parece poco creíble que viviese durante cinco años en una ciudad en
mitad del desierto de Sonora.
–¿Qué es lo que quieres? –le pregunta. A pesar de haber
nacido en Almonacid y que toda la familia por parte de padre descendiese de
Fraga, tiene un curioso acento mejicano.
–Yo… esto… José, ya sabes que yo… yo siento un gran
respeto por tu trabajo –la encargada empequeñece frente al jefe.
Termina la canción del
peculiar dúo y el público les regala un comedido aplauso.
–Este tema es una variación sobre Black Narcissus de Joe Henderson –dice el pringado con pinta de
profesor desde detrás de la pantalla de su MacBook Pro.
–¡Me encanta, me encanta esta canción! –se acerca al oído
de JJ la heredera del sector automovilístico aragonés. Una rubia producto de la
hija de un gran empresario con un americano de la base aérea a la que le gusta
la cocaína, viajar a Nueva York, la ropa cara y los cachorros de labrador. Sobre
todo la cocaína.
–Haz el favor de limpiarte, hija mía –le responde
cariñoso JJ, que se hace un gesto con el dedo índice en la punta de la nariz.
El segurata con cara de
boxeador aparta a la rubia y se la lleva de vuelta a los sofás sintéticos de
color verde que bordean el contorno de la sala.
–Bueno, dime, ¿Qué es eso que me tienes que contar?
–Te traigo a estas dos –responde la encargada.
–Y qué pasa con estas dos –le dice–. ¿Eh, qué pasa con ustedes dos? –Se dirige ahora a Marta y
Silvia.
–Eso me gustaría saber a mí, qué es lo que hemos hecho
–se defiende Marta con los brazos cruzados.
De repente, todo se le
hace oscuro a Marta. Dos manos le tapan los ojos.
–¿A que no sabes quién soy? –le pregunta una voz que se
le hace familiar.
Marta también reconoce
su perfume. Ya hace seis años y todavía recuerda esa noche como si fuese ayer.
Todavía se estremece cuando se cruza por la calle con algún hombre que huele
como él.
–José Enrique –le quita las manos y se vuelve para
mirarle.
Los brazos que la
rodean son los del mejor torero del escalafón de los últimos tres años:
Nacional IV. Cuando le conoció no era más que un novillero que apuntaba
maneras, pero sabía que llegaría lejos.
–Ya veo que os conocéis –dice JJ–, venga va, tomaros una
copa.
–Pero… –protesta la encargada de la sala.
–¿No tienes nada que hacer? –le apremia a que se marche.
La encargada parpadea
con rapidez tratando que las lágrimas no le estropeen el rímel. Vuelve a poner
los ojos en blanco como si alguien le llamase por el pinganillo y se marcha del
despacho dando un portazo del que nadie se percata.
–Cuánto tiempo –le dice Marta a Nacional IV.
Él la escudriña con la
mirada. Ya no es la veinteañera con que se lió aquel mocoso que le prometió el
cielo. Siente los ojos verdes del diestro recorriéndole la raíz morena del pelo,
las ojeras bajo un tormo de maquillaje y el hueco donde debería estar aquella
muela que se le partió las navidades pasadas.
–Me alegro mucho de verte –le dice–; de verdad.
José Enrique, AKA Nacional IV lidia una media verónica
con los talones sobre el albero y regresa junto a la rubia amante de los viajes
a Nueva York, la ropa cara, la cocaína y los cachorros de labrador. Ella le pregunta
algo; él sonríe al tiempo que le responde: “nadie”.
–¡Qué fuerte! –Se acerca Silvia incapaz de mantener la
compostura. Lleva una copa en la mano–. He estado hablando con los del
Zaragoza, tía. Y me han presentado a la dueña del concesionario Lamborghini y a
su marido.
–Cuida con esa gente, no son trigo limpio –le responde
Marta.
–Ven que te presente a los chicos del Zaragoza, son
majísimos.
–Vámonos de aquí –insiste Marta.
–Pero, ¿por qué?
–Venga, tenemos trabajo.
Marta camina por la
acera hacia su casa. No tiene dinero para el taxi y todavía es temprano para
que pase el primer autobús. Silvia se ha marchado con uno de los tipejos del
Zaragoza, un lateral derecho que ha venido cedido para un año. Además, uno de
los zapatos le ha hecho una rozadura en el talón.
Son finales de agosto,
pero tiene frío. Camina con los brazos cruzados frotándose los hombros. Las
lágrimas le han borrado lo poco que podía ocultar el maquillaje. Se siente
desnuda. El Baja California ha sido su segunda casa desde que llegó del pueblo
para triunfar en la ciudad, pero ahora se siente como Paco Martínez Soria.
Desde hace ocho veranos ha ido encadenando trabajos en fábricas, tiendas y
almacenes; siempre de lunes a viernes, nunca en turno de tarde ni de noche. No
podía fallar a su curro de fin de semana. Esa discoteca se había convertido en
toda su vida. Ella es Marta, la del Baja; la camarera veterana a la que las
chicas piden consejo. Detrás de la barra nadie la juzga. Nadie le pregunta por
su familia. Nadie sabe si le han vuelto a dar de alta la luz o si este mes
podrá pagar el alquiler. Marta, la del Baja; suena mejor que Marta, la del
comedor social.
Sale el sol. La luz rojiza
que brilla a su espalda se refleja en las ventanas y cerramientos de Cesáreo
Alierta, en esa parte que muchos confunden con el Paseo Constitución. Zaragoza
todavía está dormida; las persianas abajo, los coches ordenados en largas
hileras. Un semáforo brilla intermitente a lo suyo, inútil. Una mujer mayor
saca la basura.
Marta respira hondo. El
bochorno se ha parado. Las hojas de los árboles también. La calle ya no huele a
nada.

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